Capítulo 12 #4
La mirada del vizconde se quedó posada en Aura. Ella lo estaba observando con una sonrisa trémula. Seguía abrazada a su hermano, la cabeza recostada en el torso de él, y el denominado Darkworth la sostenía por la cintura con el brazo derecho.
―¿Vas a seguir aportando luz o me daré la vuelta y te desvanecerás en compañía de tu hermano? ―le preguntó.
―Me gustaría hablar en privado con Aquiles ―sugirió ella.
―No ―se opuso Thomas.
―Por supuesto ―afirmó York. El duque se quedó mirando a su amigo―. Deberías…
―Vete, York. Esto es una cuestión familiar ―le dijo Thomas, sin dejar de mirar a Aura.
―Usted no es de mi familia ―le recordó Aquiles.
―¿Aura? ―Usó el nombre de ella para ver qué opinaba respecto a la afirmación de su hermano.
―Thomas debe estar a mi lado, azucarillo ―señaló ella.
―Soy muy mayor para que me llames así ―le dijo con una sonrisa y obviando el resto.
―No creo que pueda pensar de otro modo con respecto a ti, hermano, pero lo intentaré. Ahora eres un duque y no queremos que se mofen de ti.
Los dos hermanos se rieron con ligereza. Escucharon un carraspeo. El vizconde estaba recordándoles que no estaban solos.
―¿Un vizconde, hermana? ―refunfuñó Aquiles, mientras el duque de York salía de escena y cerraba la puerta tras de sí.
Los tres se habían quedado solos ya en la salita.
―Es un hombre maravilloso. Lo amarás como yo lo hago, Aquiles. ―Además ella levantó una ceja, y lo miraba con seriedad para ver si su hermano era consciente de que su anterior prometido no tenía ni título… ¡Hermanos!, ¿quién los entendía?
―¿Puedes soltar de una maldita vez a mi futura esposa?
―preguntó sin formalidad. Portman entendía que eran hermanos, pero eso no hacía que los celos disminuyesen, ni tras escucharla decir lo que acababa de expresar.
¡Él quería ser quien la consolase y atendiese, poner el hombro sobre el que su dama se recostase para tomar aliento!
―Lo haré cuando ella me lo pida.
―Necesito aferrarme a mi hermano un poco más, Thomas. No sabía que estaba vivo y temo que si lo suelto se desvanezca ―le indicó.
Thomas se sentó en el sofá más cercano a la espera de una explicación sobre la situación.
―Podrías empezar por contarme por qué la hija de un duque, hermana de otro ―citó las palabras anteriores de York―, tendría que ocultar su posición privilegiada.
―Por una buena razón ―le dijo ella, todavía de pie agarrada a su hermano―.
Por nuestra seguridad, la mía y la de Robin.
Un secreto, cuando sale a la luz deja de serlo y es peligroso, más uno que incluye proteger la vida del futuro duque de Darkworth.
Que preguntases, que averiguases cosas como ha hecho York con buena intención, era arriesgado.
¿Y si hubiese sido mi hermano el villano de la historia y tratase de matarnos a mí y a Robin?
De pronto Aura sintió que su hermano la obligaba a separarse de ella. La miró con los ojos aguados. La prometida de Thomas entendió lo que sucedía. El vizconde también estaba dando sentido a su explicación.
―¿Ro…bin? ―preguntó el duque en medio de un gemido angustioso.
―Robin Aquiles Darkworth, tu heredero.
―Hermana… ¿El niño está vivo? ¿Mi hijo vive, Atenea? ―inquirió con esperanza. La emoción resultaba complicada de contener. Aquiles parpadeaba para alejar las lágrimas.
―Lo protegeré con mi vida si hace falta. Es mi pequeño. El futuro de nuestra familia, de nuestro legado, del título.
―Sabía que aquella sangre era un engaño, no era natural ―dijo Thomas.
Los dos hermanos se quedaron mirando al vizconde, quien se dio cuenta de que había hablado en alto.
―¿Qué sangre? ―preguntó Aquiles sin saber a qué se refería él.
Aura dejó a su hermano para ir a sentarse al lado del hombre que amaba, sostuvo las manos de él entre las suyas.
―Hablaremos de eso más tarde. Tengo cosas más importantes que saber y explicar, querido. ―Acompañó su ruego con una sonrisa dulce.
―Y tanto que ese asunto será discutido en cuanto estemos en casa.
Aquiles llegó hasta ellos, la levantó del sillón sin ceremonias, la depositó en la silla de enfrente y él se sentó al lado del vizconde. Portman apretó los puños, se contendría por el bien de su amada.
―Creo que mi hermana vendrá conmigo a su casa, a donde pertenece, porque no quiero llegar a pensar que la hija de un duque haya estado viviendo, como sospecho que ha ocurrido, bajo el techo del hombre que se ha propuesto en matrimonio y lo que ello implica…
―No podía pensar en su adorada Atenea siendo mancillada sin que mediase el matrimonio.
―Me gustaría ver cómo tratas de impedir que mi prometida regrese a su hogar conmigo a su lado ―lo desafío.
―¡Basta los dos! ―Aura saltó de su sillón y se colocó entre ambos, no sin esfuerzo, dado que su hermano era reacio a permitirle la acción. El vizconde sintió ganas de sentarla en su regazo y rodearla con sus brazos para reafirmarse ante el hermano de ella. No lo hizo.
―Ateneaaaaaa… ―comenzó a llamarla al orden, al ver que ella enlazaba los dedos de la mano izquierda con los de su prometido.
―No soy la joven que recuerdas, Aquiles.
―Es evidente ―susurró su hermano.
―Me he convertido en una mujer que sabe lo que quiere. Antes de encontrar a Thomas y dejar mi vida y la de tu hijo en sus manos, peleé mis propias batallas.
―Hablemos de eso. ¿Por qué Jacob y tía Alice me dijeron que mi hijo y tú estabais muertos cuando es evidente que no es así? ―Aquiles todavía sentía que se despertaría de un sueño.
―Porque es evidente que alguien trataba de acabar con todos nosotros, incluido tú.
―¿Disculpa? ―preguntó su hermano, mientras Thomas escuchaba al fin atento la historia de lady Aura Atenea Darkworth.
―Tiene sentido. Padre me creyó. Verás, primero el incendio que acabó con la vida de nuestra madre y me dejó a mí señalada en el rostro. Después la muerte de tu esposa, tenía una salud de hierro, pero poco a poco se debilitó y nadie fue capaz de averiguar la causa.
―Son cosas que suceden, Atenea.
―No. Cuando te marchaste a Francia y nadie sabía tu paradero, todos nos temimos lo peor. Jacob…
―¿Sospechas de él? ―preguntó incrédulo, al ver que ella no continuó.
―Le rogué a padre que despidiese al servicio al completo, que mandase fuera de nuestras vidas a Jacob, incluso eres consciente de lo mucho que adoro a tía Alice, y estaba dispuesta a apartarme de ella, pues sabía que si nos deshacíamos de nuestro primo, ella se marcharía con él.
No quiso escucharme, y cuando se produjo el segundo incendio, del que casi no salimos con vida Robin y yo, padre me dijo que corriese, después de darme a tu hijo en brazos, quedarse atrás sosteniendo una viga en llamas y salvarnos.
Si te dijeron que estaba muerta y tu hijo también, es porque Jacob deseaba que así fuese.
Me sorprende que sigas vivo. ―Caviló―. ¿Cuánto hace que has regresado?
―Evitó contarle el infierno que supuso aquella noche, marcharse a toda prisa con una pequeña bolsa y tener que curar ella misma las dolorosas heridas de su piel. Por fortuna fueron superficiales.
―Llevo unos tres meses en Inglaterra. Y debo decirte que te equivocas, hermana. Os dieron por muertos porque encontraron a una mujer con un bebé en brazos.
―¡Moly! ―exclamó al cabo de un par de segundos―. La lavandera había venido ese día a casa con su hijo para despedirse porque iba a casarse con un granjero del norte. Debió ser ella.
―Enigma resuelto. Jacob es inocente de todos los cargos. Estoy seguro de lo que digo.
A testarudo no lo ganaba nadie, pensó Aura. De acuerdo, ella podía ser más persistente que su hermano.
―No. Tiene que ser él, desea tu título y ha actuado desde las sombras. ―Nadie la convencería de otra cosa.
―Nuestro primo fue quien movió cielo y tierra para dar conmigo en Francia, Atenea. Me encontró en una especie de prisión, devastado, cuidó de mí y luego me trajo a casa. Uno no salva a un hombre que desea ver muerto.
Ella frunció el ceño. ¡Vaya! Eso sí que no se lo había esperado, Sus teorías eran consistentes, llevaba años pensando en ellas. Después de analizarlo fríamente, había descartado como sospechoso al servicio en pro de Jacob. ¡Era lo más lógico!
―Pero tenía sentido…
―Acusar a tu prometido de cinco asesinatos, incluido el tuyo y el de mi hijo es una locura, hermana. ¡Me salvó!
―¿Prometido? ―intervino Portman llegados a ese punto.
―Así es ―respondió ella, como si desvelar que estaba destinada a otro hombre fuese algo trivial―.
Jacob se casaría conmigo y, después de deshacerse de padre, de ti y de Robin, sería duque y su hijo seguiría con el legado ―explicó mirando a su hermano―.
Dejar a una Darkworth con vida sería su salvoconducto para que no recayesen sobre él todas las sospechas.
―Insisto en que es imposible, Atenea. Jacob ha hecho todo lo posible para que me recuperase.
Se descompuso por completo cuando me habló de tu muerte, la de mi hijo y la de padre.
Jacob Donaldson no es culpable de ningún crimen, salvo el de rescatarme, ayudarme y haberte permitido postergar tu compromiso con él tantos años.
Portman resopló ante lo último, pues fue un ataque directo.
―Las muertes parecen accidentes… No lo son, Aquiles, debes confiar en mí.
Hay un asesino suelto, no he estado escondiéndome durante más de tres años, para que tú llegues y me digas que nada malo sucede en Darkworth Park.
Si no hubiese salido de allí corriendo, con el reloj de oro de papá en la mano para mantenernos a Robin y a mí, te aseguro que estaríamos muertos.
Al menos tu hijo, dado que estoy convencida de que yo era necesaria para el juego mortal que alguien ha estado tramando y llevando a cabo durante años.
¿Quién sobrevive a dos incendios, Aquiles?
Su hermano no sabía qué pensar, pero las conjeturas de su hermana no le parecían factibles. Jacob hubiese sido un buen candidato si no le hubiese salvado la vida.