Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

―Los escépticos que pensaron que no verían nunca una fiesta de buen gusto en mi casa ―comenzó a hablar York, quien sostenía de la cintura a su esposa―, van a tener que morderse la lengua.

―El público, en especial el masculino, se rio ante esa observación―.

Ah, ya veis, las mujeres obran milagros y el amor es la mejor de las curas.

Isobel es el ejemplo más creíble. ―Le dedicó una sonrisa cargada de significado que ella le devolvió.

Regresó la vista hacia sus invitados―. Sé que mi duquesa y yo hemos tardado en hacer nuestra presentación oficial, pero las cosas excepcionales se hacen esperar y sabíamos que nos amaríais más por eso.

―El público afirmó en alto―. Nos reunimos hoy aquí en lo que va a convertirse en una fiesta llena de promesas.

Es una ocasión especial que estará cargada de sorpresas ―dijo con orgullo, mientras miraba con fijación a la futura lady Portman.

Ella se estremeció. Los ojos del duque regresaron al público―.

Dejemos que sea el vizconde Portman quien explique mejor la situación.

Aura respiró profundamente y se preparó para que Thomas la acompañase al lado de los duques de York. La pareja se situó junto a Malcom e Isobel.

Ella observó a Thomas colocarse sobre su rodilla derecha, al tiempo que buscaba en el bolsillo la caja de terciopelo. Se quedó ante ella, sosteniendo el anillo, mientras le agarraba la mano.

―¿Me concederá el honor de convertirse en mi esposa, señora Holt? ―preguntó con esperanza, con ilusión, con la visión de un futuro plácido junto a la mujer que amaba, con sus tres muchachos siendo testigos de lo que sería tener una familia feliz.

―Sí, por supuesto que sí. ―Thomas Foster no había entrado en sus planes, pero lo acogía con sumo gozo.

El público comenzó a aplaudir ante la declaración mientras él deslizaba el anillo sobre el dedo anular, el guante hacía complicado el trabajo, pero se las apañó.

―¡No, de ninguna manera! ¿¡Qué disparate es este!? ―Se alzó la potente voz de un hombre que se abría paso entre la multitud a grandes zancadas para llegar hasta la pareja.

Aura lo veía caminar hasta ella. ¿Estaba viendo a un fantasma o él era real? Quería hablar, moverse… pero la situación era tal, que no podía salir de su estupefacción.

―¿Quién es usted para intervenir en una decisión que ha sido tomada ya? ―preguntó Portman iracundo. El hombre seguía acercándose hasta ellos.

―Su clase social está muy por debajo. Sería un sacrilegio consentir tal unión ―dijo el desconocido desde su posición.

―No se atreva a menospreciar a la mujer que amo, sería su último error, se lo juro ―saltó Portman. York se interpuso en el camino de su amigo para frenarlo.

―¿A ella? Es su estatus el que no es acorde con la posición de la dama ―razonó el hombre al que Portman deseaba darle un puñetazo.

―¡Azucarillo, eres tú! ―Ella al fin pudo reaccionar.

No era un sueño. No era su mente imaginando su más querido deseo.

Él estaba ahí. Al fin. Él estaba ahí. A escasos pasos de ella.

Aura no se lo pensó dos veces, salió al encuentro de él para echarse en sus brazos.

Las lágrimas caían por sus mejillas, los sollozos eran incapaces de ser controlados.

Portman, quien estaba incrédulo asimilando lo que acababa de ocurrir, y eso era que su prometida había soltado su mano para ir corriendo hacia los brazos de otro hombre que la abrazaba y no parecía dispuesto a dejarla ir, estaba luchando con York para que lo soltase.

Ningún petimetre, por muy ancho de espaldas y aspecto refinado que tuviese, iba a robarle lo que era suyo.

―¡Suéltame, York! ―Parecía decidido a pegarse con su amigo. Malcom jamás lo había visto así. Portman era un hombre muy sensato y calmado.

―Es su hermano ―le dijo para aplacarlo.

―Me importa poco quién sea, ella es mía. ―Thomas se desembarazó de York dándole un empujón, y se encaminó hacia donde estaba Aura, todavía abrazada a ese hombre.

Isobel se acercó a York, aprovechando que la atención no permanecía sobre ellos. Estaba más tranquila después de escuchar la identidad de quien estaba abrazado a la prometida de Portman.

―¿Por qué sospecho que tú preparaste todo esto, esposo? ―le recriminó con suavidad.

―Se suponía que era mi regalo de compromiso para la dama ―se excusó Malcom―. No creí que resultase algo tan dramático.

―Haz que se oculten en la salita de recibir visitas, yo me quedaré para contener a las masas ávidas de información y escándalo ―le sugirió a su duque.

―Estás al mando, excelencia. ―Usó el título con Isobel para reconocer su autoridad en la situación.

York se encaminó hacia el trío, que se había convertido en la comidilla de la buena sociedad.

Llegó justo a tiempo para que Thomas no cometiese una temeridad.

Se interpuso una vez más en el camino del vizconde, cosa que costó mucho porque Portman estaba a punto de subir los puños y exigir una pelea.

―Estaremos mejor en un ambiente más privado. ¿Me acompañan, caballeros? La dama también, por supuesto.

Al ver que el recién llegado no tenía pensamiento de soltarla, entre otras cosas porque Aura seguía abrazada al cuello de él sin poder dejar de llorar, Portman se dispuso a tomarla en sus brazos, aunque eso incluyese privarla del deseo de no separase de ese molesto hombre.

―No lo hagas, Portman ―le pidió York de modo muy discreto al intuir su acción―. Sé lo que sientes, sé paciente ―le recomendó.

Él asintió a duras penas.

Aura y su hermano abrieron la comitiva, sin dejar de abrazarse, seguidos por un enfurecido Portman y York. Cuando salieron de la zona donde estaban los invitados, la esposa de York decidió tomar la situación en sus manos.

―Damas y caballeros ―comenzó a decir―, confío en que no esperasen una fiesta común en casa del duque de York ―afirmó con una sonrisa―.

Lo que acaban de ver no solo ha sido una maravillosa petición de mano, sino el reencuentro de dos hermanos que llevaban demasiado tiempo separados.

Ese es nuestro regalo de compromiso para la feliz pareja.

Dejemos que la familia se ponga al día y disfrutemos del resto de la noche.

Aunque no puedo prometerles que no surjan más sorpresas a lo largo de la velada. Ya saben que mi esposo es imprevisible.

Los invitados aplaudieron tras las palabras de la duquesa.

Isobel era consciente de que hablarían de la velada por todo Londres durante semanas, incluso meses, e intuía que York estaría encantado.

A él le gustaba no ser como el resto. Cuando todo se calmase y los invitados desapareciesen de su salón, le pediría las debidas explicaciones a su esposo.

***

El cuarteto había llegado hasta el lugar que recomendó la duquesa de York. La dama trataba de controlar su llanto con relativo éxito.

―Atenea, por favor, afloja un poco tu agarre, no tengo intención de irme a ningún lado, y por descontado tú tampoco me dejarás. ―Esa segunda aseveración la hizo mirando con fijación al vizconde.

Aquiles Damon Darkworth, décimo duque de Darkworth, había resistido una situación límite en Francia. Cuando regresó a Londres y le dijeron que todos estaban muertos, había deseado no sobrevivir a las calamidades que se enfrentó durante su ausencia. Todavía no se creía lo que tenía delante.

―Lo contradigo ―lo desafió Portman―. La mujer a la que sostiene mientras yo lo permito y trato de controlarme para no matarlo a puñetazos, es mi prometida, la futura vizcondesa Portman.

―¡Vizcondesa! ―exclamó Aquiles―. ¿De verdad cree que permitiré que mi hermana se case por debajo de sus posibilidades? ―Le tocó el turno al duque de Darkworth de desafiarlo a él.

La vista de Thomas buscó la de York. Su amigo dio un paso al frente. Los cuatro continuaban de pie.

― Lady Aura Atenea Darkworth, hija de un duque, hermana de otro. ―El dedo de Malcom señaló al tercer hombre de la habitación.

―¿No encontraste un momento para explicármelo antes de la fiesta? ―preguntó molesto Portman, al tiempo que trataba de digerir la nueva información.

―No había estado seguro hasta que vi a Darkworth echar a andar hacia su hermana ―se excusó York.

―Dudo mucho que eso sea así. ¿Qué te hizo sospechar de la identidad de mi prometida? ―preguntó, mirando una vez más al hermano de ella.

―Eso de que es su prometida, todavía está por ver ―le informó Aquiles.

―Creo que no lo entiende, ella ha consentido en convertirse en mi esposa. Es mía y poco puede hacerse ya ―dijo con seriedad Thomas, para luego volver la atención hacia York―. ¿Y bien, amigo mío?

―Sus ojos y su… falso apellido ―desveló.

―Explícate.

―Si lo recuerdas bien, he comentado en alguna ocasión que los duques no crecen en los árboles ―siguió explicando York―.

Es habitual conocernos los unos a los otros, aunque sea de oídas.

Estuve en compañía del anterior duque de Darkworth hace años, no suelo olvidar a quien me impresiona.

Los ojos del padre de ellos ―señaló a Aura y a Aquiles― me parecieron una ofensa para mi vanidad.

Portman resopló.

―¡Por qué no me sorprenderá oír una declaración así, York! ―exclamó exasperado.

―No sé de qué te quejas. Es gracias al recuerdo del iris que tu prometida y el duque compartían con su difunto padre, por lo que he conseguido reunir a dos amorosos hermanos.

―No estoy seguro de que en estos momentos pueda agradecerte tu mediación, York ―declaró Thomas, sin desembarazarse de la seriedad que lo embargaba.

―Lo harás, ya lo verás. Como decía, los ojos fueron claves, pero no tanto como el apellido que empleó. Fue relativamente fácil consultar mi libro de la nobleza inglesa y averiguar cómo se llamaba la anterior duquesa de Darkworth. Su nombre de soltera era Elizabeth Aura Holt, hija de un conde.

―Debería haber acudido a ti en vez de a Phenton ―dijo Thomas, más para sí mismo que para el resto.