Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

―Excelencia ―Aura le hizo una reverencia―, el placer es mío se lo aseguro. ―Se giró para enfocar la mirada en el duque de York―. ¿En qué posición se encuentra, York? ―se atrevió a preguntarle, usando su título, tal y como él le pidió que hiciera.

Lo vio erguirse con satisfacción ante su curiosidad. Él se acercó a ella un poco, Isobel y Thomas se afanaron para tratar de escuchar lo que el duque iba a decirle. York bajó la voz y le dijo:

―De rodillas, por supuesto. Es la mejor posición para…

―York… ―lo llamó al orden su mujer, previendo que añadiese algo que incomodase a la pareja que tenían enfrente y a ella misma.

―Ah, el título, un aviso de que no debo ser perverso ―razonó el duque, pues su esposa lo llamaba por su nombre de pila aunque fuese un acto público, y empleaba el ducado solo para reprenderlo.

Thomas miró al duque con seriedad. Isobel y Aura se tensaron. La duquesa sabía que eran muy buenos amigos, pero York solía sobrepasar los límites con facilidad y era una suerte enorme que contase con la lealtad de quienes lo rodeaban, dado que su esposo podía ser muy difícil a veces.

―Sí. Coincido en que estar de rodillas puede ser algo muy placentero, en más de un sentido ―soltó Portman, en una clara alusión hacia el aspecto más pícaro, y para dejar patente que estaba completamente enamorado.

Isobel no pudo evitar reír con ligereza. Aura se abanicó con las mejillas encendidas. York le dio un par de palmadas en la espalda a su estimado amigo.

―Después de todo, hay esperanza para ti, Portman, y no estás tan hundido en la mojigatería como pensaba… Un hecho del que indudablemente se beneficiará tu futura esposa… Si es que no lo ha hecho ya ―musitó en tono muy bajo, que solo escucharon Aura, Thomas y la duquesa.

―¡Bienvenidos, pasen por favor! ―exclamó Isobel, para que la pareja de recién llegados escapase de las burlas de su esposo.

Aura, del brazo de su vizconde, entró en el gran salón, donde el resto de los invitados estaba aguardando para que se terminase la recepción.

La duquesa de York se quedó mirando a su esposo mientras negaba brevemente con la cabeza.

―¿He dicho algo que no sea cierto, mi amor? ―trató de defenderse York.

―¿Tienes que ser siempre tan escandaloso? La señora Holt se ha debido sentir muy incómoda con una observación que ha estado totalmente fuera de lugar. Con todas las que has hecho ―lo regañó.

―Isobel, ella va a estar en nuestro círculo privado. ¿Quieres que la mantenga engañada sobre mi naturaleza perfecta, audaz, divertida y, a veces, un poco escandalosa? ―preguntó con relativa pereza.

―Eres ridículo, Malcom ―sentenció con burla.

―Lo sé, y me amas por ello. ―Él le guiñó un ojo a su duquesa y ella le sonrió―.

Déjame disfrutar un poco, amor mío. Phenton está al fin fuera de peligro y Portman tiene planes de boda…

Hoy soy feliz. Y tengo esperanzas de que mi hermano se presente en el baile afirmando que ha caído preso de un hechizo de amor.

―Me temo que lo último costará un poco más, Malcom ―razonó ella.

―Lo sé. Disfrutaré de dos buenas noticias pues, y aguardaré la última con esperanza.

―Excelente consejo te has dado tú mismo, mi amor.

Los duques de York continuaron con su papel de anfitriones mientras otra pareja captaba la atención de los invitados.

Ella escuchaba los cuchicheos del beau monde , en especial los que se preguntaban sobre su identidad y lo que había hecho para seducir a un vizconde.

Había quienes censuraban su aparición porque era de mal gusto que un hombre se pavonease con su amante por los salones de baile, aunque el anfitrión hubiese sido en el pasado un disoluto de la peor clase.

―No les hagas caso. Los rumores desaparecerán en cuanto York anuncie el compromiso ―trató de tranquilizarla él. Estaba a punto de ponerse a pedir satisfacción a diestro y siniestro ante los comentarios nada discretos que se hacían en el salón.

Ella cabeceó. No tenía sentido explicarle que la había devuelto al foco de una atención que no quería traer hacia sí porque provocaría una pelea.

Aura Holt comprendió que había tomado la peor decisión de su vida.

Los periódicos comenzarían a destriparla en las columnas de chismes.

Se empeñarían en buscar sus orígenes. Ilusa.

Había pensado que un baile no alteraría su modo de vida.

La esperanza y la necesidad de complacer a Thomas la habían cegado por completo.

Creyó que no causaría expectación, sin embargo, un vizconde, aunque fuese un título más bajo al que estaba acostumbrada, sí era motivo para que todos se interesasen por esas cuestiones.

Los años en los que había estado fuera de juego siendo panadera, la habían adormecido sobre la brutalidad social.

Los anfitriones entraron al fin en la sala y se dio por iniciado el baile. Él la llevó hacia la pista, pero se dio cuenta de una cosa que…

―Lo siento, Aura ―le dijo él, justo antes de colocarse junto a las demás parejas―. Me preocupé de tu aspecto, pero no tuve en cuenta si sabías bailar.

―Sé bailar, Thomas ―le confirmó ella, tratando de tranquilizar el nerviosismo que sabía que él sentía por su causa. Era muy protector, como Basil.

Él la terminó de llevar hacia el lugar indicado para comenzar la danza y la sostuvo entre sus brazos. La música comenzó a sonar. Un vals.

―Pareces una princesa, corazón mío ―le susurró solo para sus oídos―. Tan bella que podría ponerme ahora mismo de rodillas. ―Aura se sonrió ante su elogio―. ¿Te ha molestado York? Él es…

―No, Thomas. York me resulta… refrescante. No es como los demás duques que conocí ―dijo con media sonrisa. Sintió que él se tensaba.

―¿Has conocido a muchos?

―Unos cuantos.

―¿Dónde?

―El placer del infierno atrae a un buen puñado de libertinos, independientemente de su rango o posición, en especial durante los últimos años ―le dijo ella.

Thomas se relajó con su apunte. El vals transcurría tal y como imaginó que sería. Aura jamás soñó con estar tan bien acompañada, por el hombre al que amaba, mientras disfrutaba de sus atenciones. No era solo una princesa. Se trataba de algo mucho más profundo.

Las caricias secretas que le daba cuando la hacía girar por la pista de baile, como por ejemplo deslizar su dedo por la parte de su espalda, sostenerla más cerca de lo permitido unos pocos segundos de más, o soplarle en la oreja era… ¡Un sueño hecho realidad!

―Ardo en deseos de besarte. Lo sientes, ¿verdad? ―le preguntó.

Ella afirmó.

―Imagino que tanto como yo.

―Debería ir a buscar a la señora Garland y darle una pequeña fortuna.

―¿Por qué? ―preguntó ella mientras seguían bailando.

―Por hacer que aceptases mi empleo.

―Creo que eso deberías otorgárselo a Flavian.

―¿Qué?

―Tengo entendido que fue tu hijo menor quien convenció al mayor para conocerme.

―¿Estás diciendo que mis hijos planearon todo esto? ―cuestionó incrédulo.

―Posiblemente no al detalle, pero sí decidieron que merecía la pena conocerme y probar mi determinación.

―Alabados sean mis chicos por ello.

Ella comenzó a reír sin contención, debido al tono tan celestial que él empleó en su alabanza mientras giraba por la pista de baile una vez más. Los ojos de ella divisaron una figura masculina que hizo que su buen humor saliese de su cuerpo a toda velocidad.

Cuando regresó la mirada a ese punto, ya no vio allí nada. Trató de tranquilizarse. Su imaginación podía causarle a veces una mala pasada. Sus tensos nervios tampoco contribuían a que estuviese calmada.

Thomas Foster había sido testigo del cambio de ella. Aura estaba pálida y su respiración se había acelerado.

―¿Todo bien, corazón mío? ¿Te has mareado? ―le preguntó.

―¿Podemos salir al jardín a tomar el aire? Hace mucho calor aquí.

―Me temo que no. El programa de York estipulaba ―comenzó a explicarle― que debíamos mostrar nuestro amor mientras bailábamos el vals, de una forma más civilizada que inapropiada, aunque no era indispensable ceñirnos a este requisito, para que su duquesa y él hicieran el anuncio del compromiso cuando acabase la danza.

Te aseguro que recibí una nota con esas indicaciones exactas de su puño y letra, y, como tú bien señalaste hace pocos días, no es prudente contrariar a un duque.

―Estás complacido, no me hagas creer que no apruebas los planes de tu amigo ―lo regañó tibiamente ella.

―No te mentiré jamás. Así que reconoceré que estoy encantado con la situación. Hoy todo el mundo sabrá que mi corazón está donde pertenece.

―Oh, Thomas… Me hace feliz escuchar esas palabras, pero tengo pánico.

―¿Por qué? ―Él no había esperado esa confesión.

―Tengo miedo de que algo malo suceda.

―Son los nervios de una prometida enamorada. Lo sé. Estaré a tu lado todo el tiempo. Sé lo abrumador que puede llegar a ser el hecho de ser el centro de atención de la alta sociedad. Lo harás bien. Confío en ti.

La música cesó en ese instante y Aura vio cómo el duque de York y su duquesa se movían hasta lo alto de las escaleras que servían para entrar y salir del salón principal.

Era el momento del anuncio. Aura recorrió con la mirada la estancia, buscando, pero esperando no ver, la sombra que había percibido mientras bailaba con el príncipe de sus sueños.

Seguro que sería su imaginación tratando de sabotear una dulce vivencia.

Hacía demasiado tiempo que no se permitía soñar despierta.

Siempre alerta, preocupada… Se convenció de que no había de qué temer.

Thomas estaba a su lado para sostenerla, para protegerla en caso de necesidad. Todo iría bien. ¡Tenía que salir bien!

Portman la llevó del brazo para acercarse hasta los duques. Aura trataba de controlarse. La situación no conseguiría sobrepasarla, se juró.