Capítulo 12
Una ciudad intranquila
¿Esto era lo que habría sentido Cenicienta mientras se vestía para ir al baile del príncipe? Aura no lo sabía, pero posiblemente así fuese, porque ella misma estaba en medio de la esperanza por verse enfundada en un vestido de seda dorado, y el terror de que alguien la reconociese.
Terminó de colocarse los guantes blancos, con la ayuda de una de las doncellas que él le había dicho que tenía que estar a su servicio a partir de entonces.
En la modista, Thomas había encargado todo tipo de vestidos, a su gusto, por supuesto.
Ella se había quedado callada aceptando en silencio sus decisiones.
Si lord Portman deseaba jugar a ser un autócrata, ella no le robaría la ilusión.
Entre otras cuestiones porque le había encargado también un nuevo guardarropa a Robin y ella se sentía dichosa por estar rodeada de telas lujosas que le hacían recordar lo que una vez fue.
¿Qué mujer no se sentiría en el cielo sabiendo que la colmaban de atenciones, lujos y riquezas?
Le había regalado también un juego de zafiros adornados con diamantes. Su doncella, Anne, la estaba ayudando a colocarlos, puesto que los guantes estaban en su lugar ya.
Aura se miró en el espejo mientras Anne le ataba el collar.
El peinado era delicioso, un recogido en la coronilla, con largos tirabuzones que caían sobre sus hombros.
No menos exquisito era el vestido que él había elegido y que casi la hizo llorar cuando vio la tela.
Parecía que iba enfundada en oro. Los encajes blancos del cuello y las mangas le conferían un toque sencillo, muy vistoso.
El lazo blanco del mismo material que el vestido que llevaba ceñido al pecho, hacía que se sintiese una princesa que se había escapado de un cuento. Cenicienta, sí.
―Está usted preciosa, señora Holt. Lord Portman quedará encantado ―le dijo risueña la sirvienta.
―Eres muy amable, Anne. Has hecho un gran trabajo ―afirmó, al ver que había ocultado bastante bien las cicatrices de su rostro.
No se avergonzaba de su aspecto y nunca lo haría.
Sencillamente no quería dejar pistas sobre su identidad en caso de que alguien conocido apareciese en la fiesta del duque de York.
Cuando abrió la puerta para descender las escaleras y reunirse con Thomas, quien probablemente la estaría esperando, vio a los tres muchachos frente a ella.
―Hermosa.
―Preciosa.
―¿Mamá?
Aura se sonrió. Reconoció la admiración de Basil y Flavian y los premió con una reverencia. Luego miró a Robin, quien la miraba como si la viese por primera vez y no la estuviese reconociendo.
―¿Acaso no te gusto, azucarillo? ―le preguntó con voz melosa.
―Sí. Estás diferente. Guapa ―dijo el más pequeño de ellos.
―Maravillosa. Es tarde, debemos irnos. ―El vizconde había subido hasta su posición. Le ofreció el brazo y ella lo tomó.
―Confío en ti, Basil, para que esta noche no haya problemas ―añadió Aura.
―Lo tengo todo controlado.
―Lo sé ―razonó ella.
―Si hay algún problema ―le dijo Thomas a su heredero―, manda a alguien a casa del duque de York. No está demasiado lejos de aquí.
―No habrá ningún problema ―le aseguró su hijo.
Se despidieron. Bajaron por las escaleras, donde el servicio los esperaba con sendas capas, una blanca y otra gris oscura, y llegaron hasta el carruaje. Él le tendió la mano para ayudarla a subir, a continuación se metió en el interior y se sentó a su lado.
―¿Has encontrado a un tutor para los chicos? ―preguntó ella para romper el hielo, en cuanto el vehículo se puso en marcha.
―York me ha recomendado a unos cuantos. Espero que nos visiten en breve.
―Perfecto ―alegó, sin saber qué más decir.
―Esta noche, York y su duquesa anunciarán nuestro compromiso ―desveló.
Ella lo miró entonces. Thomas giró la cara para prestarle atención a su reacción.
―¿No crees que merecía saber que iba a mi propia fiesta de compromiso?
―¿Y arriesgarme a que pudieses escapar de algún modo?
―¿Cómo iba a escapar, si no me quitas el ojo de encima, Thomas?
―Por eso mismo no lo hago.
―No estás siendo justo.
―Dice la mujer que prometió explicarme sus circunstancias y lleva varios días eludiendo la conversación ―respondió.
―¿Quieres empezar la noche peleando conmigo, querido?
―Ah, una muestra de cariño… ¿O tal vez es una llamada de atención? Me gusta que me llames así. «Querido» ―repitió para ver cómo sonaba de nuevo―. Tienes mi permiso para hacerlo.
Él se acercó para besarla y Aura, que no había previsto eso, cerró los ojos y se dejó llevar. ¡Amaba a ese hombre pese a que se había tornado testarudo y tirano!
―No vuelvas a besarme, Thomas ―le pidió con suavidad cuando dejó de asaltarla.
―Creo que me habrías consentido mucho más que un simple beso, si me lo hubiese propuesto ―contraatacó con cierta tirantez.
―Por supuesto que lo hubiese hecho y mi aspecto habría terminado siendo un desastre.
Además de llevarme a mi fiesta de compromiso y no advertirme de ello, ¿deseas que me presente con el pelo deshecho y la ropa en un estado lamentable?
―razonó con humildad, para que comprendiese que debían guardar las formas.
Él se relajó y le sonrió desde su posición, sentado a su lado.
―Estarías adorable y no serías la única que se presentaría en ese estado, yo me solidarizaría contigo e iría junto a ti, despeinado y con la ropa revuelta.
Ella se rio con ligereza.
―Eres del todo incorregible.
Se quedaron un instante mirándose. El vizconde le acarició las mejillas y detestó llevar puestos los guantes.
―Las cosas que nos separen siempre serán meros inconvenientes, porque el amor nos une, corazón mío.
―Lo sé, Thomas. Te amo.
―No dudo de que lo hagas, del mismo modo que sé que tú te sientes segura del amor que siento por ti, solo espero que algún día te abras a mí por completo.
He intentado castigarte por hacerme sentir desconfiado y no he podido.
Te has convertido en el pilar de mi mundo y no puedo dejarte ir. ¿Lo entiendes?
―Sí, porque tú eres lo mismo para mí.
―Bien. Tenemos toda la vida para conocernos mejor, para inspirarnos más confianza. Seré paciente, lo intentaré, aunque Dios sabe que no es una de mis virtudes, corazón mío.
―Te amo por ello, Thomas. Por tu esfuerzo, porque no renuncias, porque eres bueno ―reconoció embelesada.
―Oh, sí, lo hago, porque siento que tengo la paciencia de Job contigo, Aura, y no me lo pones fácil.
―Hablaremos pronto, te lo prometo.
―Sí… ya he oído eso antes. ―No se creía nada.
―Llevo mucho tiempo sola, es difícil narrar mi situación y de verdad te agradezco que no me presionases…
más que un poco. ―Le sonrió, sin atreverse a decir que tenía la idea firme de convencerlo para que la dejase en el campo siempre.
No sabía cómo, pero debía conseguir eso.
Una fiesta y ella le haría ver lo maravilloso que sería vivir en paz en Roseclouds.
No tenía un plan trazado aún para lograr su cometido, pero siempre podría pedirle ayuda a Basil.
Sintió que sus manos, que tenía colocadas en su regazo, comenzaban a temblar. Thomas se las apretó con ligera firmeza.
―No pensemos en eso ahora. ¿Estás nerviosa? La alta sociedad puede ser cruel en ocasiones. Yo te protegeré, te prometo que todo irá bien.
―Sé que a tu lado nada malo me sucederá.
Él sintió el peso del pequeño estuche de terciopelo rojo que tenía en el bolsillo interior de la chaqueta. Un precioso anillo de diamantes saldría de su cobijo llegado el momento del anuncio. Se pondría de rodillas y le bajaría la luna una vez más ante un numeroso público.
Amor. York tenía razón. Cuando se despertaba ese poderoso sentimiento, no había nada más imperativo que conservar y hacer feliz a la persona que agitaba el corazón de uno. Nada era más importante, puesto que solo la muerte sería capaz de truncar sus esperanzas de felicidad con Aura Holt.
Después de los días de tensión vividos desde su último y placentero encuentro, ella había estado más accesible que él.
Thomas no debería quejarse. Era consciente de que Aura estaba poniendo de su parte.
Acostumbrado como estuvo a vivir al lado de una mujer que no precisaba de él, temía acabar en la misma situación.
Aura no era como Emily. Ella no lo traicionaría, ni dejaría de lado a Basil y a Flavian.
La relación de ella con sus hijos no le causaba aquellos inseguros celos que admitió haber tenido.
Era el momento de enorgullecerse de lo que había logrado con los mellizos.
El pequeño Robin también era un tesoro que despertaba la preocupación de sus propios hijos y, por supuesto la de él.
Era un niño un poco retraído todavía, pero estaba seguro de algo que llegó a creer que nunca sucedería, y eso era que sus dos hijos se convirtiesen en una buena influencia para otros.
El carruaje se detuvo y la pareja entró en la formidable mansión del duque de York, donde todo era como él: elegancia y opulencia.
―Ah, una nueva amiga, mi amor ―le dijo York a su esposa cuando Aura y Thomas estuvieron frente a ellos para recibirlos, al igual que hacían con el resto de los invitados―.
Deja que te presente a Aura Holt, la mujer que ha logrado conquistar a nuestro estimado vizconde.
¿No te parece que harán una pareja de lo más adorable?
Ya puedo ver a Portman en la misma posición en la que yo estoy ―dijo con una brillante sonrisa.
―Señora Holt ―tomó la palabra la duquesa de York, Isobel―, he oído hablar mucho de usted y es un placer conocerla al fin.
Deberá disculpar a mi esposo, es muy efusivo cuando recibe buenas noticias, en especial las que se refieren a sus buenos amigos.
―Isobel miró al vizconde y le sonrió, mientras asentía con la cabeza.
El aludido respondió al gesto con la misma acción.