Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 11 #4
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Capítulo 11 #4

―¿Thomas? ¿Qué ha pasado? Escuché… ―Aura vio que los vidrios rotos se reflejaban gracias a la luz de las velas.

Se acercó hasta el escritorio de él. Se preocupó al ver el estado que presentaba.

Tenía mala cara y su ropa estaba descompuesta.

Iba en mangas de camisa. Gracias al cielo no había rastros de carmín sobre él.

Los celos se la hubiesen llevado al infierno.

―No deberías estar despierta a estas horas.

―Me preocupé cuando no volviste para cenar y me refugié en la biblioteca. He debido de quedarme dormida mientras te esperaba porque no te oí llegar.

―Vete, Aura, no soy una compañía agradable esta noche.

―¿Qué ha pasado? ―Sabía que estaba sufriendo.

―Vete ―repitió.

―No.

―No es buen momento para enfrentarte a mí, mujer ―le dijo con mucha seriedad, temiendo por su autocontrol.

―Sufres. Creo que es buen momento ―usó su fórmula― para que te atienda.

―Phenton parece querer morir entre agonías. Tú me esquivas cada vez que puedes. He bebido mucho, sal de aquí antes de que haga o diga algo que lamentemos los dos.

―No pienso irme. Siempre he pensado que un hombre debe maravillar a una mujer. Cuando era más joven tenía la convicción de que solo me enamoraría de quien fuese capaz de bajarme la luna.

―Entonces no lo harás nunca, enamorarte digo. Es evidente que nadie podrá ofrecer la luna. No debería sorprenderme ante tus demandas a estas alturas ―habló él, cuando ella se quedó un momento callada.

La señora Holt se acercó y se colocó a su lado. Le acarició el cabello tiernamente en una clara invitación. Un acercamiento. Una tregua.

―Tú, no solo has hecho un imposible, Thomas, sostienes al astro rey de la noche con una cuerda para mí, incluso después de habérmelo ofrecido.

Él movió la silla, la giró hacia donde Aura estaba y apoyó su cabeza sobre el vientre femenino. Ella lo abrazó desde su posición. En silencio le estaba explicando que estaba ahí para él. Solo para él.

―Eres malvada, Aura. Solo me ofreces tu cuerpo cuando yo lo quiero todo de ti. Si supieras el estado que presento, no me tentarías. ―Podría tomarla con fuerza debido a su ánimo. Ella no merecía que la usase de ese modo.

―¿Qué hay de malo en que nos consolemos un poco, Thomas? Imagino que me necesitas esta noche y sé, sin duda, que yo te preciso todavía mucho más ―musitó con cierta seguridad.

―Debería recordar la promesa que te hice. No te tendría si no te despojabas de tus reservas. Esta noche no tengo la fuerza necesaria para cumplirla. Te deseo, Aura. Necesito que me demuestres cuánto me amas, aunque no quieras que conozca tu pasado.

―Estoy aquí, Thomas. Te amo muchísimo. Sírvete de mi fuerza hoy. Deja que yo te sostenga.

Ella se colocó de rodillas frente a él. Los labios del vizconde buscaron los de Aura para besarla con fuerza y sin reprimirse. La acción la abrumó. Emitió un pequeño grito de sorpresa.

―Vete, no soy una buena compañía. No podré controlarme.

―Entonces… ¿quién te pide que lo hagas? ―lo animó.

―No habrá amor, Aura. Esta noche no, me siento como un animal salvaje. ¿Entiendes lo que te digo?

La respuesta de ella fue llevar sus manos a los botones de los pantalones.

Él gimió ante la acción. Su miembro se enfureció bajo las telas de ropa, lleno de expectación.

Estaba duro como el mármol, preparado para actuar.

Intentó ponerse de pie, pero ella lo frenó al apoyar la palma de la mano en su torso.

―No. Te daré paz. ―En un gesto audaz, que llegó fruto de la desolación de Thomas, Aura le bajó los pantalones y la ropa interior, que quedó arrugada sobre las pantorrillas masculinas. No le permitió incorporarse y él decidió cederle el mando lleno de anticipación.

Ver a una fémina de rodillas, mientras él mantenía una posición de superioridad, era un hecho muy excitante.

Lo había visto en las fiestas a las que Banstorn solía acudir u organizar.

Que la mujer a la que amaba estuviese en esa tesitura, mientras comenzaba a tocar su miembro con las manos y se relamía los labios…

Algo como lo que se avecinaba le parecía el paraíso de los paganos.

Aura recordaba aquel episodio en el vestidor del vizconde, cuando él se retorció bajo sus glúteos con impaciencia.

También estaban muy presentes las caricias lascivas que le ofreció en su intimidad con la boca.

Si ella había logrado olvidar todo lo que la perseguía mientras él la complacía, por Dios, que haría lo que fuese para alejarlo del dolor que lo inundaba.

―Eres grande ―dijo en alto, sin darse cuenta de que lo había dicho.

La mente de Thomas había salido de la habitación en el momento en el que las manos de ella comenzaron a acariciarlo, a explorarlo, a palparlo a su antojo.

Se reclinó sobre la silla, echó la cabeza hacia atrás, decidido a disfrutar de lo que Aura tuviese en mente.

Por más que sus instintos le gritasen que la subiese sobre su regazo y la obligase a montarlo con fuerza, la dejaría actuar.

Lo que le hacía lo adormilaba y lo dejaba en un estado de tranquilidad. Su toque era mágico en ese sentido.

Aura tenía su virilidad sujeta entre las manos.

Necesitaba comprender cómo hacerlo temblar, por ello era de vital importancia investigar.

Era duro, pero estaba envuelto en terciopelo.

Su mano derecha lo empuñó con fuerza, entonces, al percibir que él levantaba las caderas hacia arriba, comprendió que el movimiento era elemental, como un balancín.

Su mano izquierda llegó hasta los dos sacos para sostenerlos en las palmas. Eran pesados.

―¡Diossssss! ―exclamó él, al ser consciente de la combinación que ella hacía con las dos manos mientras le tocaba el falo y los dos otros componentes de sus partes masculinas.

Aura se sintió pletórica al haber provocado una reacción así.

Deseaba que Thomas se abandonase al placer que le pudiese brindar.

Acercó sus labios hasta la punta. Una pequeña humedad se había almacenado en ese lugar.

Sacó la lengua y lo probó. Su sabor era desconocido, su olor también.

Ni agradable, ni desagradable, solo… excitante.

La unión de ambos la hacían humedecerse entre las piernas todavía más de lo que estaba.

Deslizó la lengua para lamerlo con lascivia, de igual forma que Thomas había hecho con ella en el lecho.

―¡Diossss! ―volvió a gritar él.

Mientras, Aura seguía con su labor. La saliva dejaba muy impregnada su hombría, por lo que era más fácil emplear un movimiento constante con la mano. Eso lo hacía jadear y moverse al mismo tiempo que ella trabajaba sobre su instrumento. La lengua femenina seguía lamiéndolo por todas partes.

―Llévame den…tro de tu boca, cora…zón mío ―consiguió rogar, en medio de la grandiosidad del momento.

Aura comprendió su petición. Se movió para quedarse sobre su virilidad, abrió la boca y engulló un pedazo de su gruesa, larga y palpitante hombría. En ese instante sintió las manos de él colocadas en la cabeza.

―Necesito un poco más, toma aire ―le aconsejó.

Y cuando la escuchó llevar a cabo la acción, él la forzó con suavidad para que lo albergase en su dulce cavidad.

Aura lo cobijó hasta donde pudo soportarlo y él se contentó.

Ella dejó de tocarlo con las manos en sus partes varoniles y desplazó las palmas sobre las rodillas de él.

Permitió que Thomas dirigiese su cabeza a su antojo mientras se maravillaba del poder que tenía sobre él con esa acción tan perversa.

Comprendió que hombres y mujeres no eran tan diferentes, pues cuando él estuvo entre sus piernas y lo urgió a darle lo que demandaba, ella había estado en el mismo estado que su amante.

Los sonidos que Aura emitía eran deliciosos para Thomas. Lo encendía hasta el punto de que podría comenzar a arder.

―No será así, corazón mío ―le dijo, al tiempo que la separaba de su virilidad para incorporarse―. Te llenaré para que sepas a quién perteneces. Te regaré las entrañas mientras gritas la liberación al mismo tiempo que yo.

No le dejó opciones. La levantó, la colocó sobre el escritorio, sostenida por las palmas de las manos y las rodillas, en una posición decadente, que se hizo todavía más precaria cuando le subió la falda, dejándola sobre su espalda, y le rasgó las enaguas con suma violencia.

―Thom… ―No logró decir nada más. Él entró en ella como si de un conquistador normando se tratase, para hacerla gemir de puro gozo.

Se hundió en su interior con facilidad, sujetando las caderas femeninas con fuerza.

Estaba más que preparada y deseosa de recibirlo, tan resbaladiza que a Thomas se le hizo la boca agua.

Se quedó quieto, completamente enterrado en su caliente vaina, para disfrutar de la sensación de plenitud que lo embargaba.

―Esto es el cielo, Aura. Dime si lo sientes. Es aquí donde pertenecemos los dos.

―¡Sí, sí! ―gritó, al sentir que él comenzaba a moverse con un ritmo exigente.

―Esto es lo que me haces. Esto es lo que despiertas en mí.

Puedo ser tierno, pero hoy necesito que sientas a la bestia que reside en mí y que te reclama sin concesiones.

¿Eres mía, Aura? ¿Solo mía? ―le preguntó, sin dejar de montarla con una violencia que los hacía desquiciarse a ambos. Deliciosa, plácida, fascinante.

―Solo tuya. Solo tuya, Thomas ―le dijo, convirtiéndose en la mujer más feliz y satisfecha del mundo.

La intensidad de lo que él le hacía comenzaba a causar estragos en su interior. Algo grande comenzaba a gestarse. Conocía lo que se avecinaba y lo anhelaba con delirio.

―Ven conmigo, yaaaaaaa, corazón mío. ―No era una pregunta. Se trataba de una exigencia hecha justo en el fragor de la liberación. Demandando como el amante tirano que estaba siendo.

―¡Síííííííí! ―Aura se dejó llevar por él, con él. No podía negarse a nada. Había intentado mantener las distancias, esconderse de Thomas. No había funcionado. Lo amaba. El amor era confianza, era lealtad, era desnudar su alma.

Thomas Foster se apoyó sobre su espalda justo cuando derramó en su interior su simiente.

Besó su cuello y la abrazó por detrás. Ella hizo lo propio sobre el escritorio, de tal modo que tenía medio cuerpo en alto y el otro tendido sobre la madera.

Unos pocos minutos después, lo sintió moverse para abandonar su interior.

―Ve a dormir, mañana tenemos cosas que hacer.

Aura se giró para observarlo, se había sentado de nuevo en la silla. Parecía frío y distante. Deslizó los pies para bajar del escritorio y su falda, junto con lo que quedaba de sus enaguas, cubrieron su desnudez.

―¿Qué hay que hacer? ―se interesó.

―Mi futura esposa necesita un guardarropa nuevo, y eso incluye que la modista confeccione un vestido a toda prisa para la fiesta del duque de York.

Aura lo miraba directamente a los ojos. Él hacía lo mismo. Ella era consciente de que estaba esperando una reacción por su parte. Y sospechaba que ella le pusiese impedimentos.

―De acuerdo ―claudicó en pocos segundos.

―¿Así de fácil? ―Había esperado muchas cosas. Nada como verla dócil y obediente.

―Seré tu esposa, pero tengo algunas condiciones que…

―No.

―¡No sabes lo que voy a decir!

―No hace falta ser tan inteligente como Basil, para deducir que me pedirás que no pregunte sobre tu pasado.

―Te contaré algunas cosas de mí, solo lo preciso. Pero lo que iba a pedirte era que vivamos permanentemente en Roseclouds.

―No.

―¿Por qué no? ―Su negativa había sido cortante.

―No vas a esconderte. No me importa quién fueses antes de convertirte en mi vizcondesa, pero tu nueva posición exige que disfrutemos de la temporada.

Soy un hombre que no permitirá que el título se arruine y para eso tengo que mantener mis contactos.

Lo que pides es imposible de conceder. No me alejaré de ti ni de los chicos, Aura, vendréis allá a donde yo necesite ir debido a mis obligaciones.

―Pero…

―Esto no es una discusión ―la interrumpió―, corazón mío.

Me has obligado a mostrarme como un autócrata ante ti.

No has parado hasta hacer que me alce como un bárbaro incivilizado que exige lo que se le debe.

Bien. Me has permitido poseerte dos veces.

Mi hijo podría estar creciendo ya en tu interior.

Eres mía, tanto como yo soy tuyo. No hay más que hablar.

Ella se levantó y alzó la nariz.

―En vista de que todo está decidido, te deseo buenas noches, Thomas.

Comenzó a caminar hacia la puerta como si de una gran reina se tratase, aunque su aspecto, su peinado medio deshecho, y parte de su vestimenta transmitiesen todo lo contrario.

―¿No olvidas algo, Aura? ―Él se dio cuenta de que tenía que aprovechar la oportunidad para hacerla hablar.

Ella ladeó la cabeza para mirarlo de reojo.

―No lo sé. ¿Qué sería?

―Debes contarme tu pasado.

―Has dicho que poco importa eso.

―Y tú ibas a contármelo cuando York nos interrumpió. Hace unos pocos minutos has admitido que me revelarías lo que considerases preciso. Ese me parece un buen comienzo.

―Es tarde, estoy cansada debido a… lo que hemos compartido.

―No es una excusa válida, mujer.

―Entonces tendrás que contentarte con que lo haré cuando esté lista para hablar. A no ser que me ates a una silla y me obligues a desvelar lo que yo deseo que siga en silencio.

―Si te atase a una silla, como dices, no sería con la idea de interrogarte, lo haría para que los dos volviésemos a caer en los brazos de la lujuria más depravada, y no me detendría más que para tomar aire y volver a empezar.

Ten cuidado, corazón mío, porque podría hacerte hablar sometiendo tus deseos a los míos, privándote de lo que tu cuerpo ansía y yo no estoy dispuesto a otorgarte.

En mi visión, tú suplicarías y yo te obligaría a compartir tus secretos, unos que cantarías alegremente, entre suspiros y gemidos deliciosos. ¿Quieres ponerme a prueba, Aura?

Ella suspiró, sabiendo que siempre sería débil en todo lo referente a él, a sus peticiones, a sus insinuaciones indecorosas, a su estado de ánimo, a sus necesidades… La había esclavizado y ella se había puesto los grilletes con sumo placer.

―Buenas noches, Thomas. ―Se marchó de allí sin esperar ninguna otra observación por su parte, tratando de que sus rodillas la sostuviesen.

Thomas Foster no tenía precio como amante.

Todas sus facetas eran grandiosas. No deseaba conocer a un Thomas Foster más tirano todavía, que la obligase a cantar como a un pajarillo mientras él le hacía mil y una perversiones…

¡Oh, pero sería tan encantador conocer esas obscenidades que se advertía que emplearía para obligarla a hablar… !