Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

―Y tú insufrible. ¿Adónde quieres llegar a parar? Lo digo para ver si debo dosificar mucho mi paciencia o dejar que la desbordes y darte un puñetazo en tu ducal y perfecta nariz.

―¡Absurdo por completo! No alzarías la mano contra un buen amigo ―terció con humor―. En especial porque eres consciente de que soy un excelente luchador. ―Su orgullo exigía dicha puntualización.

―¿Lo ponemos a prueba? ―Thomas levantó una ceja mientras su rostro permanecía impasible.

―¡Ah!, creo que no. Había olvidado lo que sucede cuando una mujer le impulsa a uno a demostrar las grandes dotes de virilidad que posee.

―Se rio con ligereza―. Isobel también lo hizo conmigo.

―Suspiró al recordar a su esposa, ella lo hacía mejor persona―.

Me alegro muchísimo de que un hombre que juró hasta la saciedad que no se casaría, esté…

estés ―precisó― decidido a hacerlo. Sabía que ella era importante porque tú no eres la clase de hombre que metería a una amante bajo el mismo techo en el que se encuentran sus hijos.

Por cierto… ¿ha domesticado a tus diablillos?

¿O los tienes escondidos en la mazmorra y todavía no los ha conocido? ―quiso averiguar.

Su explicación lo satisfizo, a medias.

―No metería jamás a Basil y a Flavian en un lugar así ―apostilló―. Además, ellos la adoran ―manifestó con gran felicidad.

―Sí. Eso explica el motivo por el que los mellizos no se han deshecho de ella o la dama no ha huido.

―Están muy cambiados. Mis hijos parecen otros, te lo garantizo.

―Ah, los tiernos cuidados y afectos femeninos son la cura de todo mal. Te doy mis más sentidas felicitaciones.

―Y las acepto.

―Confío en que hagas que la dama tenga un vestido impresionante para anunciar sus nupcias…

―Lo tendrá ―corroboró.

―No quería hacerlo, pero lo haré.

―¿El qué?

―Debo llamarte la atención, Portman. Uno no tiene a la mujer de sus sueños vestida con un viejo vestido que no usaría ni una monja de clausura.

―Creo que se esconde tras ellos…

―Interesante ―dijo pensativamente―. Dejemos a un lado a tu futura vizcondesa.

―Sí. ¿Cómo está Phenton? No he ido a verlo todavía hoy.

―Ya ves, los cuidados femeninos de los que hablaba son milagrosos como te he dicho ―alegó con una sonrisa socarrona.

―¿Una mujer? ¿Quién?

―Solo debes saber que él parece haber recuperado las ganas de vivir y que está gritando a su personal a diestro y siniestro.

―¡Son excelentes noticias! ―exclamó―. ¿No me dirás quién ha obrado esa hazaña? Sospecho que sabes mucho más de lo que dices.

―Una mujer.

―Eso lo has dicho antes.

―Hablando de mujeres, tengo entendido que Banstorn se reunió con Regina cuando visitó a Sullivan y a Evangeline en Dover. ―Decidió cambiar de tema.

―¿No te ha comentado nada al respecto?

―Nadie habla sobre ese asunto tan espinoso. ¿Estuvo Ranfield allí?

―Sí. El esposo de Regina parecía una sombra al acecho.

―Me preocupa mucho mi hermano. Desde que le hice saber que el deber del ducado recaería en sus manos y en las de su futuro heredero…

―¿Es definitivo que Isobel… no? ―No había una forma más delicada de hacer la pregunta.

―Hemos sido muy buenos amigos, Portman. Todo el mundo partía a la guerra cuando tú y yo nos quedamos en la retaguardia para ocuparnos de nuestras obligaciones.

Herederos. Eso es lo más importante. Pues no.

Lo fundamental es el amor. Quiero eso para Liam.

Amo a mi hermano sobre mí mismo. Mi familia es lo primero.

No está bien y no quiero que se case por obligación.

Ya ves, tan inteligente como me considero y no sé cómo ayudarlo cuando ha perdido a la mujer que amaba.

―¿Por qué no pospones el asunto del matrimonio de Banstorn?

Hay tiempo. Tú eres joven, tal vez los dioses del Olimpo te premiaron con la inmortalidad, quién sabe.

Espera un par de años, deja que él siga su curso.

Pudiera ser que la mujer adecuada llamase a su puerta y desfilase por el pasillo de la catedral como un manso corderito que no va hacia el matadero.

―Quiere casarse de inmediato. ¿Qué sucedió con Regina en Dover? Debo saberlo. Evangeline asegura no estar al corriente, mi hermano no suelta una palabra y yo no sé cómo actuar.

―¿Quiere casarse?

―Me ha pedido que busque una candidata a mi gusto, la convenza y redacte el contrato. Antes del final de la temporada podría estar casado. Esa es su meta.

―No sé bien lo que Regina le dijo o dejó de decirle con exactitud.

Cuando nos refugiamos en el lugar más próximo donde servían licor, la posada ―precisó―, él confesó que la amaba y que estaba lleno de desesperación.

Según creo recordar, porque yo no estaba muy lúcido, ella pretendía que la olvidase, hasta el punto de pedirle que actuasen como si hubiesen muerto el uno para el otro.

―Una patada en su orgullo, sin duda ―se lamentó.

―Creo que fue más una puñalada en su corazón, York.

―Sí, eso también. Le dije que si la quería que luchase por ella cuando la dama todavía era libre.

―Y ella trajo al mundo a un varón ―recordó con suavidad el vizconde.

―¿Lo sabías?

―Estuve allí cuando tu hermano se peleó con Ranfield sobre el cuadrilátero en El placer del infierno. No era difícil intuir el motivo. La discreción imperaba. Aunque me lo confesó después de varias pintas en la posada.

―Lo frené por ese motivo. Lo admito, pero… ¿qué más dará de dónde venga un niño si uno lo cría como suyo?

―Un pensamiento muy liberal, York.

―¡Vamos!, la mitad de los primogénitos del reino pudieran estar engendrados por amantes de esposas aburridas. ¿Quién lo sabría? ¿Qué certeza hay de que una mujer alumbre a un hijo legítimo si no hay amor, pasión, felicidad, lealtad, complicidad…?

―Estás siendo injusto al cuestionar el honor de miles de mujeres, York ―le recordó.

―Absurdo, lo sé, pero mi hermano sufre y me lamento de no haberlo persuadido para que pusiera mayor empeño.

―Olvidas que Regina tal vez no lo hubiese aceptado.

―Es probable. La hija menor de mi duquesa condena todo lo que Liam representa, pero creo que podría haberla conquistado con persistencia. Yo mismo logré hacer que Isobel dejase al lado mi historial de depravación y me aceptase tal y como soy. Eso sí que fue una batalla difícil.

―Me gustaría ayudarte más, York, pero no sé bien qué aconsejarte si no es dándole más tiempo a Banstorn, para que no se case.

―Creo que tomaré en cuenta tu sugerencia. Es lo único que se me ocurre. Con suerte, Liam logre olvidarse de Regina. Posiblemente ella haya hecho bien al pedirle que se aleje. Espero que una mujer lo deslumbre y encuentre la felicidad.

―Eso me recuerda… ¿qué mujer has dicho que ha curado a Phenton? ―volvió a interesarse.

York se puso de pie mientras sonreía.

―Eso, amigo mío, no lo he dicho.

―¿Es un secreto?

―Uno que no me corresponde desvelar. Sé paciente, Phenton se recuperará y luchará por lo que le corresponde. Sospecho que después de haber visto la muerte tan próxima tantas veces… y esta lo ha tocado muy de cerca, nuestro amigo tendrá que casarse y tener a su heredero.

―No me gusta que me dejes al margen. Puedo ser de ayuda. Phenton también es mi amigo.

―No adelantemos acontecimientos. Todo a su debido tiempo. Veamos cómo se recupera el duque y lo que hace por encontrar a su dama.

York se encaminó hacia la puerta de salida.

―Está bien. Te dejaré marchar sin aclararme la cuestión sobre Phenton porque tengo una charla pendiente con la señora Holt.

York se dio la vuelta y lo miró con diversión en los ojos.

―¿Esa señora Holt? ―Señaló la ventana de la calle para que Portman la viese acompañada de los tres muchachos.

―¡Maldición!

York se rio. Reconocía una maniobra evasiva porque él mismo las había empleado muchas veces para huir de las damas que lo acechaban.

Portman supuso que Aura había planeado una escapada con Basil, Flavian y Robin para escabullirse. Bien. La esperaría porque no iban a dejar las cosas sin aclarar.

***

La alegría por la recuperación del duque de Phenton duró poco.

A primera hora de esa tarde fue a visitar a su amigo, dado que le llegó una nota urgente del duque de York explicándole que había tenido una fuerte recaída en su estado de salud.

Discretamente, York, quien estaba en casa de Phenton cuando se personó allí, le dijo que la enfermera que lo atendía se había despedido del servicio, y esa sería una causa factible para el deterioro de su mejoría.

Lo animaron cuanto pudieron, pero Phenton parecía cansado de seguir luchando.

Portman y el resto se marcharon, pues el enfermo tuvo un momento de lucidez en su mal estado y los echó a gritos de su casa. York, al igual que Thomas, opinaba que era buena señal que se mostrase enérgico. Había que seguir esperando noticias sobre la evolución de su buen amigo.

Thomas llegó a su casa bien entrada la noche.

Lo hizo muy desanimado, pensando en lo frágil que era la propia vida.

No quería perder a Phenton. Y a su estado emocional cuestionable se le sumaba el hecho de que Aura lo había vuelto a evitar.

Se encerró en su estudio para reflexionar sobre cómo procedería con ella.

Al pensar en su falta de confianza en él, se fue ofuscando más y más. El whisky que tragaba no ayudaba a serenar su congoja. ¿Y si ella lo dejaba? ¿Y si escondía algo que no pudiese ser salvado? ¿Y si de nuevo otra mujer lo abandonaba para marcharse con otro hombre?

La desesperación era un mal que, alimentado con las dudas, podía convertirse en un malvado dragón que le quemaba por dentro.

Miró el vaso que sostenía en la mano vacío, y lo estampó contra la pared más próxima para ver si así se sentía mejor. Acompañó el gesto con un sonoro grito.

No mejoró. Estaba en un estado de decepción absoluta.