Capítulo 11 #2
―¡York! ―lo volvió a amonestar.
―… y no ha participado activamente nunca… Lo dicho, mojigatería… ―continuó sin vergüenza con su característico tono parsimonioso.
―¿Te apetecería que yo le explicase a tu esposa la clase de actos indecorosos que tú organizabas, York? ―refunfuñó el vizconde.
―No seas absurdo, Portman. Isobel está al corriente de todo a lo que a mí se refiere ―dijo con naturalidad―. Yo mismo se lo he contado para que no se sorprendiese con mis… peticiones.
Portman gimió.
―Bien. La señora Holt no está interesada en conocer nada reprochable sobre mí.
―¡Oh, sí lo estoy! ―afirmó ella con diversión. No mentía, le gustaría saber todo sobre él. ¿Qué tipo de fiestas serían? Muy escandalosas supuso…
―No, no lo estás ―la frenó Thomas.
―Holt… Un apellido corto y preciso. De los que no se olvidan ―dijo pensativamente York, acabando con la discusión de ambos―. ¿Tiene familia en Londres?
Portman agradeció en silencio el nuevo rumbo de la conversación.
―No ―respondió. A ella se le había escapado toda la diversión con esa pregunta. York no pasó desapercibido ese cambio.
―¿Está segura de ello? ―dijo reflexivo, al tiempo que la examinaba con muchísima atención.
―¿Disculpe? ―Sintió la tierra moverse. Aura trató de tranquilizarse ante la pregunta.
No la conocía porque nunca le habían presentado al duque de York antes.
Se acordaría con facilidad si hubiese conocido a semejante espécimen con anterioridad.
Era tan apuesto que dolía si una se quedaba mirándolo demasiado tiempo.
Lo cual era extraño para ella, dado que el vizconde era el paradigma de lo que sería su hombre ideal.
―Como bien sabrá, los duques no crecen en los árboles.
Somos una pequeña comunidad y nos gusta estar en contacto.
―Se quedó pensando en sus propias palabras y sonrió de un modo que a Aura le pareció ver pequeños destellos brillantes en su sonrisa―.
Aunque hay quien sostiene que tal vez yo nací de una costilla del propio Dios…
¡Blasfemias infundadas! ―exclamó con falsa humildad.
Luego se sonrió―. Hubiese salido del Olimpo…
Ya sabe, por todo esto. ―Él se llevó una mano a la cara para moverla en círculos y señalarse a sí mismo―. Un duque, apuesto, inteligente y rico…
―Yooooork ―lo refrenó el vizconde exasperado―. Has interrumpido una charla importante… ¿para nutrir todavía más tu vanidad?
―Dices cosas absurdas. Mi vanidad no puede alimentarse más. Y sí, me he dado cuenta de la interrupción cuando he entrado y creo recordar que me he disculpado por ello. Deberías adiestrar mejor a tu servicio, Portman ―lo amonestó.
Aura suspiró.
―Es un asunto que tengo pendiente, excelencia. ―Al marcharse a Roseclouds ella no había podido entrevistar al personal que el vizconde tenía en la ciudad. Lo haría lo antes posible para determinar quién debía quedarse y quién no.
―Encantadora. Ese lacayo que se cree superior a un duque, ya hace siglos que debió haber recibido un escarmiento. Confío, señora Holt, en que haga lo debido ―le comentó York.
―Creo que lo haré de inmediato. ―Ella se movió, pero Portman no la dejó seguir su camino, dado que no la soltaba de la cintura.
―Me parece que alguien la quiere retener a su lado, señora Holt ―expuso, en su habitual tono perezoso y burlón, el duque.
―¿No puedes volver luego, York? ―preguntó Portman. No deseaba perder la oportunidad de hablar con Aura.
―¡Ah, viejo bribón! Tu dama tiene asuntos que atender y yo necesito hablar contigo con cierta urgencia.
No. Debes escucharme ahora mismo. ¡Quién sabe de lo que sería capaz de hacer un hombre acostumbrado a que las aguas de los mares se abran a su paso, si su querido amigo lo desdeñase!
―La sentencia de York hizo que Aura se riese―.
Bien, objetivo cumplido. La señora Holt se ha reído.
Deberé añadir en mi carta de presentación que además de apuesto, inteligente y rico, resulto muy elocuente y gracioso.
Aura lo miró con agradecimiento. El duque de York era un hombre… peculiar.
―¿Y enumera sus cualidades por orden de importancia, excelencia? ―se atrevió a preguntar.
―Mi vanidad así lo exige ―respondió, realizando una breve reverencia con la cabeza.
―Una respuesta locuaz. Considero que puede añadir a sus cualidades las de elocuente y gracioso. Si me disculpa, les dejaré ahora con sus asuntos… ―Ella trató de volver a marcharse. No logró moverse. Se ladeó para buscar la oreja del vizconde―. Thomas ―le susurró, para hacerlo reaccionar.
―Tenemos una conversación pendiente ―la avisó.
―Lo sé ―respondió ella.
―¿Cuándo? ―preguntó Thomas, para establecer el momento exacto en el que retomarían la charla.
―En cuanto estés libre.
―Bien. ―Fue entonces cuando la liberó.
―Excelencia ―se despidió ella, con los mofletes rojos como dos tomates maduros porque el amigo de Thomas hubiese sido testigo de esa intimidad entre ambos.
―Señora Holt… ―se despidió el duque.
Aura comenzó a caminar más rápido de lo que debería hacer hacia la puerta. Llegó hasta el umbral y…
―¡Aura! ―la llamó el duque. Ella rodó los ojos, sin que York la viese hacerlo y se giró―. No le importará que use su nombre, ¿verdad? Ya ve, la siento de la familia.
―Es un honor, excelencia. ―¿Qué más podía decir?
―Nada como eso. Soy York, puede llamarme por mi título. Hágalo, por favor.
―York ―concedió ella―. ¿Qué puedo hacer por usted? ¿Mandar un té con un tentempié, tal vez?
―No es necesario ―respondió al ofrecimiento.
―Como guste, aunque debo advertirle que mi receta con anís, menta y una chispa de miel es única, excelencia ―señaló Aura con sumo respeto. Lo vio torcer el gesto y no supo qué había hecho mal.
―Se lo agradezco, pero no soy aficionado al té.
En cuanto a nuestra relación… Nos ocuparemos de eliminar la formalidad en nuestras conversaciones a medida que avance la confianza.
Le gustarás a Isobel, estoy seguro de ello.
Desde que sus hijas se marcharon ha estado necesitada de una buena amiga.
Tú serás perfecta. ―El duque se rio―. Ah…
¡veis qué facilidad tengo para olvidarme de la etiqueta! Ya eres Aura para mí.
―Un placer, York ―respondió con cortesía. Consideró que este duque que tenía ante ella era bastante especial en sus formas.
―¿No lo amonestarás por tomarse libertades? ―se quejó Portman. Ella se dio cuenta de que estaba celoso. ¡No tenía motivos para estarlo! Aunque le pareció taaaan tierno verlo enfurruñado.
―Una no reprende a un duque, Thomas. ―Usó su nombre de pila una vez más para tratar de contenerlo.
―¿Y sí a un vizconde?
Ella mostró una bonita sonrisa simpática.
―A uno en el que confía… sí ―razonó ella. Eso lo aplacó por completo, pues lo observó sonreírle complacido.
York carraspeó, temiendo que la mujer ―o peor, Thomas― comenzase a correr a los brazos del otro.
―Mi duquesa se ha estado entreteniendo con la organización de un baile. ―Desvió la conversación―. Lo celebraremos en un par de días. Portman será un chico bueno y te traerá a mi casa envuelta en sedas, encajes o muselinas… tal y como debe ir vestida una mujer de tu posición.
Ella se quedó lívida. Solo pudo atinar a ofrecer una sonrisa trémula y a marcharse de una vez por todas. Cerró la puerta con suavidad.
York se acercó a la silla frente al escritorio de Portman y se sentó. El vizconde lo siguió.
―¿ Whisky ?
―No. Siéntate y hablemos ―le ordenó, como el duque tirano que podía llegar a ser.
El vizconde resopló, aunque le hizo caso y tomó asiento tras el escritorio.
―¿Orgía, York? ¿Era preciso hacer esa entrada tan…?
―¿Triunfal? ―lo ayudó.
―Devastadora ―lo corrigió.
―¿Estás enamorado? ―se interesó.
Portman no debería estar sorprendido, York era un hombre que siempre decía y hacía lo que le venía en gana sin esperar la aprobación de nadie.
―¿Lo estuviste tú de tu esposa cuando la viste por primera vez?
―Por completo ―apuntó lleno de orgullo.
―Entonces sabes cómo va esto, York.
―Supongo que podría decirle a Isobel que el baile que ha preparado tan concienzudamente se convierta en uno de compromiso.
Portman se echó atrás en la silla y suspiró. Se tocó el rostro con la mano.
―Aura Holt es complicada.
―Lo sé.
La forma en la que lo dijo lo dejó sorprendido. Su amigo había sido muy vehemente.
―¿Cómo lo sabes?
―Tengo una corazonada ―dijo.
―¿Sobre qué?
―¿Le has pedido matrimonio? ―preguntó, para olvidar el asunto anterior.
―Sí.
―De acuerdo. Será un baile de compromiso. Mi duquesa estará encantada de formar parte de algo así.
―La relación entre la señora Holt y yo es…
―No debió haber comenzado esa frase, porque sospechaba que York se hacía una idea de lo que había entre Aura y él y no era nada decoroso.
Eran amantes. Thomas había intimado con una mujer que trabajaba para él.
¡Qué escándalo!―. La considero mucho más de lo que parece a simple vista.
Ella no es… pero sí es… ―comenzó a titubear.
―¿Es tu prometida? ―Al duque le pareció un buen término que emplear.
―Sí. ¿Te escandaliza?
―No. No esperaba que la presentases como otra cosa, pues sé que eres un mojigato.
―Añade desagradable a todas esas cualidades que enumeras cada vez que hablas de ti mismo y dila en primer lugar ―le recomendó.
―Eres absurdo, Portman. Era del todo lógico que tuvieses buenas intenciones con respecto a la dama.
―Hay quien me considera un disoluto sin corazón, tal como lo eras tú antes de que Isobel te reformase, del mismo modo que lo es Banstorn o Phenton.
―Se sintió un poco insultado por el duque.
Thomas no era tan libertino como ellos, pero lo consideraban de la misma calaña que a sus amigos.
No era un mojigato, solo decente… a veces.
―Hablaremos de ellos dos en un momento, te lo aseguro. No obstante, lo primero es aclararte tu situación. Eres un mojigato ―repitió, para fastidio de Portman.
El vizconde resopló.