Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 11
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Capítulo 11

Un tirano espléndido

Llevaban dos días en Londres y Aura estaba intranquila. Thomas no había estado casi en casa. Ella lo echaba tremendamente de menos. Los muchachos más. Y por muchas preocupaciones que él tuviese por la vida de su amigo, debía pensar en la familia también.

Con esa idea se encaminó hacia el despacho del vizconde, dispuesta a… Bien. No sabía a qué, pero algo tenía que decirle porque lo veía alicaído, triste y quería darle consuelo, además de tirarle de las orejas.

Llamó con suavidad sobre la madera. Cuando escuchó que él le daba acceso, entró con cierta humildad en la guarida de un león herido. Cerró la puerta tras de sí.

―Señora Holt, ¿qué puedo hacer por usted? ―le preguntó en cuanto la vio. Sí. La formalidad no solo la empleaba ella. Portman también la usaba en las pocas veces que se habían visto.

Se acercó y se sentó en la silla, dado que él le había indicado que tomase asiento con la mano. La cordialidad estaba a la orden del día.

―Siento terriblemente lo que le ha ocurrido al duque de Phenton, ¿hay novedades? ―inquirió con suavidad.

―Se lo agradezco. Phenton sigue estable, lo cual no es poco dadas las circunstancias.

De hecho, acabo de regresar para interesarme por su salud.

El galeno dice que no debemos perder la esperanza.

Es un hombre sano y fuerte. Creo que no morirá, él no se lo perdonaría si dejase este mundo sin dar con su agresor.

―Lucien Maldith era un hueso duro de roer.

Thomas estaba seguro de que sobreviviría solo por orgullo. Oraba para que así fuese.

Aura sonrió ante la suposición de lord Portman.

―Son buenas perspectivas. Tú… ¿Cómo estás? ―se interesó sin considerar la etiqueta. Lo observó abrir los ojos en exceso.

―¿Pregunta sin tener en cuenta el título, señora Holt? Sus modales se resentirán ―le dijo con tirantez. Lo volvía loco. No sabía a qué atenerse con ella.

―Me ha parecido lo más adecuado ―razonó, sin saber bien qué más explicarle.

―¿Por qué?

―Porque es evidente que necesitas un amigo y yo…

―No ―la cortó―. Amigos tengo más que suficientes, yo preciso de otra cosa que usted, señora Holt, no está dispuesta a otorgar.

Aura estaba recibiendo su misma amarga medicina. No. No era agradable que alguien le hablase desde la distancia cuando ella misma pretendía acortarla.

Aura se levantó en ese momento y caminó en dirección a la ventana, que justo estaba cerca de la puerta de salida. Él malinterpretó su acción, por lo que de pronto dijo:

―¿Ya se marcha, señora Holt? ¿Esa es toda su preocupación? ¿Un par de preguntas corteses para aliviar su conciencia y listo? ―Él estaba enfadado, Aura lo sabía.

Se colocó junto a la ventana. El día estaba tan gris como el estado de ánimo de ambos.

El vizconde se permitió relajarse un poco en cuanto comprendió que ella no pretendía huir… de momento.

―Mi situación es muy complicada, Thomas ―le dijo al fin, dándole la espalda. Él permanecía sentado, alerta.

―¿Debo esperar a que algún hombre llame a mi puerta para reclamarte? ―Dejó la formalidad.

―No, si Dios es caritativo conmigo ―apuntó ella sucintamente.

―¿Sigues casada? ―Él contuvo la respiración tras pronunciar la pregunta.

―No.

―¿Quién eres?

―¿No sería posible que dejásemos el pasado al margen y que solo nos tuviésemos el uno al otro, Thomas?

―¿Lo harías tú en mi lugar? ―contraatacó.

―Si fuese tú y supiera la carga que yo tengo, sí, lo haría.

―Te protegeré con mi vida si es que estás en peligro. Otra cosa muy diferente es que no confíes en mí.

―Nunca he sido tan feliz como lo soy a tu lado, al lado de los muchachos. No mentí cuando te dije que te amaba.

―¿En pasado? ¿Debo suponer que eres inconstante en tus afectos, Aura?

―Te amo, Thomas ―se rectificó de inmediato―. ¿Es suficiente para ti eso?

―No. Quiero que me entregues todo lo que tengas para ofrecer.

Sin reservas, sin velos, sin medias verdades.

Quiero recibir lo mismo que yo he dado: sinceridad, devoción, confianza, lealtad.

No estoy dispuesto a conformarme con menos.

Una vez creí vivir plenamente y no fue así.

Esta vez lo tendré todo o nada ―sentenció con convicción.

―Sí. Lo que dices tiene todo el sentido del mundo. ¿Por qué deberías conformarte con menos? ―Usó la misma fórmula que él, de modo retórico―. Tengo miedo, Thomas. Miedo por Robin, por mí misma, por ti, por Basil, por Flavian. Temo poneros en peligro.

―¿Quién te persigue?

―No tengo pruebas.

―¿Quién es, Aura?

Ella suspiró. Era momento de arriesgarse.

―Sería más seguro para todos si no hablase.

―Eres mía, Aura. Yo protejo lo que es mío ―aportó con sencillez, para ver si se daba cuenta de que él jamás permitiría que algo malo le sucediese.

Ella cabeceó afirmativamente.

―Yo…

En ese mismo instante, justo cuando ella había decidido desempolvar la caja de Pandora y desvelar todos sus secretos, la puerta del despacho se abrió para dar paso a un hombre que Aura vio en cuanto se giró para observar al causante de la interrupción.

El recién llegado llevaba una chaqueta en tono gris oscuro de terciopelo, unos pantalones negros de seda y algunos volantes blancos adornaban las prendas.

Le pareció de lo más elegante. Y la dejó impresionada ver que incluso de espaldas, se percibía un hombre llamativo, alto, fornido, más que Thomas, con el pelo lustroso, negro, perfectamente peinado.

―Ah, al fin consigo dar contigo, Portman.

¡Nada como un intento de asesinato para volver a reunir a los amigos!

Mi viaje por Francia, encantador, así que ahórrate la pregunta.

Banstorn ha preparado una reunión en su casa para debatir sobre el asunto de Phenton.

No te apenes, no tiene pensado organizar ninguna orgía, aunque eso tal vez sea un inconveniente para ti, pues sé que ya te gustan… incluso demasiado.

El gran duque de York había hecho acto de presencia en la casa de Portman. Impecablemente vestido, con una apariencia que rivalizaría con el mismísimo Zeus, para destruir con unas pocas palabras su reputación frente a la mujer a la que quería convertir en su esposa. ¡Grandioso!

―¡Por amor de Dios, York! ―exclamó con enfado―. Tu sentido de la oportunidad es tan desastroso como la vanidad que exudas. ¿No puedes anunciarte? ¿Llamar a la puerta como mínimo antes de irrumpir y arrastrarme por el lodo?

El vizconde movió la cabeza hacia el lugar donde estaba Aura rezagada. El duque se giró con el ceño fruncido para ver a una mujer con los ojos rojos, ataviada con un vestido de cuello alto de un color azul oscuro.

―Tu lacayo me informó de que estabas solo. Mil disculpas, milady . ―El duque se acercó hasta ella, con sus andares soberbios y elegantes, le sostuvo la mano y le depositó un beso en ella.

Aura estaba quieta, no se atrevía a moverse. Tenía ante ella a uno de los hombres más apuestos que había visto nunca. Sus ojos azules contrastaban con la oscuridad de su pelo, su porte regio, su vestimenta impecable, su… su… ¿¡Cómo podía ser un hombre así de perfecto!?

Portman era increíble, pero este era…

De lo que ella no se dio cuenta, fue de que mientras llevaba a cabo su escrutinio, York estaba haciendo mucho más. La evaluaba de otro modo, no carnal. Fueron los ojos de color verde azulado de la mujer los que captaron por completo su atención.

―¿Quieres soltarla de una vez, York? ―le dijo enfurruñado el vizconde, que se había puesto de pie y se dirigía hacia ambos a grandes zancadas.

Thomas sabía muy bien el efecto que ese maldito duque tenía sobre las féminas, y aunque estaba muy seguro de sí mismo y de los sentimientos de Aura, no le apetecía poner todo a prueba. Además, York estaba felizmente casado y solo tenía ojos para su esposa, pero… ¡los celos eran así!

El duque retuvo la mano de ella hasta que su amigo se colocó a su lado.

―¿Cómo has dicho que se llama tu dama, Portman? ―cuestionó, con una media sonrisa que Aura encontró burlona.

―No lo he dicho ―respondió el aludido.

Ella se dio cuenta de que estaba frente al duque de York y procedió a ofrecer una reverencia.

―Soy la señora Holt, excelencia.

―¿Y tiene nombre, señora Holt? ―preguntó con descaro.

―Aura ―intervino el vizconde―. Ella es Aura, tu esposa es Isobel y no volveré a repetir que la sueltes.

York ladeó la cabeza.

―Resultas absurdo, Portman. Conozco perfectamente el nombre de mi amada duquesa. ¿Crees que no grito su nombre cada noche cuando…?

―¡York! ―trató de frenarlo Thomas.

―… la llamo y no viene rauda y veloz a atenderme ―siguió él. Portman sabía que esa no era la frase inicial que el duque iba a decir―. Perdonaré tu impertinencia debido a que sé lo que son los horribles celos.

―Sí, sí, lo que tú quieras, pero si no la sueltas de inmediato, iré a por mis floretes. Amigo mío o no, probarás el acero por mi mano.

York la soltó entonces.

―Te perdonaré también esa grosera amenaza del todo infundada, solo porque hoy me siento generoso… y gratamente sorprendido. ―York le sonrió a Portman.

El vizconde se interpuso entre el duque y ella, la agarró por la cintura y la estrechó contra su lado derecho.

Aura se dejó hacer y se tragó las ganas de recordarle que cuando una mujer ama, no hay quien se interponga en su camino, por más que un adonis se le presentase.

Los hombres eran muy primitivos en determinadas cosas y muy obtusos para otras.

York se sonrió todavía más por el gesto del vizconde.

―Supongo que debería especificar que las veces que lord Portman acudió a una fiesta infame, no…

―¡York! ¿Por qué no cierras la boca?

El duque levantó las manos en alto en señal de rendición.

―Como quieras, solo trataba de sacarte del lodo. No diré que eres un buen hombre, leal, afectuoso, mojigato la mayor parte del tiempo, y que me alegro mucho de que tu…, sea lo que sea la señora Holt tuyo, te haga tan feliz.

―Gracias… creo. ―Lo referente a la mojigatería no le había agradado. El resto no estaba mal.

―Ah, lo olvidaba ―siguió York―, Portman ha estado en tres, cuatro a lo sumo, fiestas indecentes y…