Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

―No entiendo por qué habría de incomodarte volver a Londres, si hasta hace unos meses habías vivido allí plácidamente.

―En el East End ―puntualizó.

―No te comprendo, Aura. De verdad que no, porque cualquiera querría salir de ese lugar, y cuando te ofrecí trabajo te negaste con tozudez, y ahora parece que te alegraría volver allí y no a Mayfair.

―Me sentía cómoda.

―No. Cada vez estoy más convencido de que te ocultabas en el East End. Debiste sentir una gran alegría cuando dije que nos trasladaríamos al campo…

―Ah, primero me investigas y es en estos instantes cuando toca lanzar acusaciones sobre mi vida.

―No voy a discutir más. Por favor, organízalo todo para marcharnos… los cinco.

―Por supuesto, milord ―le dijo ella, al tiempo que se levantaba y procedía a hacerle la correspondiente reverencia.

―Esta situación la has provocado tú, no yo ―le recordó.

―Desde luego, milord. ¿A qué hora debo tener listos a sus hijos y los baúles?

Portman tamborileó la madera del escritorio con los dedos y emitió un largo suspiro.

―Avísame cuando todo esté listo para salir. Y dile al ayuda de cámara que contrataste…

―Gilbert ―lo ayudó ella con el nombre.

―…que prepare mis cosas. Me quedaré atendiendo mis asuntos hasta que me mandes llamar.

―Buenas tardes, milord. ―Ella repitió la elegante reverencia. Incluso bajó la cabeza y los ojos como se esperaba que hiciese una debutante cuando le presentaban a alguien importante.

―Tus modales te delatan, Aura Holt. Te estaré esperando, cuando decidas confiar en mí. ―Escuchó que le decía, antes de que saliese por la puerta. Ella no respondió.

Thomas Foster se quedó pensativo en su asiento, esperando poder resistir la tentación de volver a amarla en el lecho.

Aunque su relación no fuese la de dos almas enamoradas, él era muy consciente de que los dos estaban en ese mismo punto.

Amor. Y en honor a la verdad, no sabía si haber dejado de compartir intimidad sería un acierto o todo lo contrario.

El tiempo lo diría y, por todo lo bueno que había en la Tierra, esperaba que la situación no tardase demasiado en arreglarse.

¡Dios, cómo la amaba!

***

Los ojos se le habían cerrado sin que pudiera remediarlo. El traqueteo del carruaje, junto con las noches que llevaba sin poder dormir, hicieron que cayese rendida. Thomas ocupaba la mayor parte de sus pensamientos. No había planeado enamorarse de él, de nadie ya puestos, pero había sucedido.

Su vida era tan complicada que no sabría por dónde empezar sus explicaciones.

El peligro la acechaba, a ella y a Robin, y era por el pequeño que no se atrevía a desvelarle su pasado.

Lo comprendía perfectamente. Entendía la postura de Thomas porque ella en su lugar hubiese hecho lo mismo, y eso hubiera sido obligarlo a desvelar sus secretos.

Si solo estuviese en riesgo ella lo habría hecho enseguida. El asunto de Robin era más complicado.

El vizconde Portman era un buen hombre, excepcional, en su opinión. Sensato y leal, al que la vida le había dado un buen revés que sospechaba que comenzaba a aceptar.

Aura se sentía mal consigo misma por ocultarle la verdad sobre sus lazos familiares, más cuando él sufrió lo indecible con su anterior esposa.

Y el hecho de que la mantuviese a su lado y la tratase con algo de indiferencia, pero como si fuese parte de la familia, lo hacía ser todavía mejor de lo que era.

Thomas Foster era un premio caído del cielo, pero ella no sabía qué hacer. ¿Por dónde comenzar a explicarse?

Londres. Volver no le hacía gracia. Menos después de haber estado segura y feliz en Roseclouds.

Como institutriz, su papel hubiera quedado en un segundo plano cuando la contrató, es decir, fuera de la esfera social.

No obstante, Thomas ya había dejado claros sus planes sobre su relación.

Matrimonio. Debería estar dando saltos de alegría.

El hombre al que amaba y que estaba segura de que la amaba pretendía forjar un futuro junto a ella, con los chicos.

Era una complicación monumental. Convertirse en vizcondesa le daría visibilidad, todo el mundo se preguntaría quién era, de dónde había salido, y dejaría de estar segura. Robin estaría en peligro.

¿Por qué no podían quedarse en Roseclouds para siempre, lejos de la sociedad, del mundo? No funcionaría, él tenía un estatus que conservar.

Cuando accedió a que compartieran intimidad, Aura había aceptado el hecho de que podía convivir con una relación clandestina.

Amantes. Después de haberlo meditado con profundidad, y mientras caía presa del embrujo de Thomas, le pareció que tal vez fuese lo mejor para ambos permanecer juntos en las sombras.

Aunque una parte de ella nunca estaría contenta con ese arreglo, era el más adecuado para Robin.

Esa idea duró poco. Él había hablado de matrimonio y el corazón de ella aleteó de gozo, a la vez que se marchitaba ante lo que ello supondría.

Más pronto que tarde debería hablar con Thomas y explicarle la situación y el hecho de por qué no podía casarse con él. Dolía. Si a ella, que era la que iba a tomar la decisión le sangraba el corazón, ¿cómo lo haría sentir a él cuando le dijese que no podrían tener más de lo que ya compartían?

Los hombres no llevaban bien el rechazo, ya lo había visto antes con Jacob. Porque había aplazado el compromiso… lo hizo tanto como pudo.

El recuerdo de su primo lejano evocó un sentimiento desagradable en su interior.

¿Por qué no pudo Jacob parecerse un poco a su madre?

La progenitora de Jacob Donaldson era tan dulce, tan calmada y buena, que la adoraba.

Todos la llamaban tía Alice. Se quedó viuda a una temprana edad y el padre de Aura se hizo cargo de ambos cuando llamaron a la puerta.

Los dos últimos miembros de la familia Darkworth que había con vida…

Adoraba a su tía Alice, le partió el corazón tener que dejarla atrás.

La madre de Jacob se había desvivido con Aquiles y con Robin desde que el pequeño nació.

Alice lloró cuando el hermano de Aura desapareció.

De ella solo habían recibido amor, atención y paciencia.

¿Cómo estaría su querida tía Alice? ¿Jacob la cuidaría bien?

Creía que así sería, dado que su primo solía mantenerse muy cerca de su madre, aunque para Aura él era ruin, oscuro, fiero, un desalmado en toda regla. La había engañado tan bien…

No había sido así antes. Algo le debió suceder a Jacob para cambiar tan radicalmente su actitud con la familia, aunque ella no sabía qué. Desde más jóvenes se habían llevado bien. Jacob le dio su primer beso, algo que empezó como un juego y que acabó con ella embelesada.

Había sido taaaan feliz durante un tiempo…

pero las calamidades comenzaron a cebarse con la familia y todo cambió.

Poco a poco fueron pereciendo. Primero su madre, luego la esposa de Aquiles, su propio hermano podría estar muerto y ella tal vez no lo averiguase nunca, y finalmente su padre.

Aura había perdido tanto por el camino que no deseaba seguir la misma estela.

Su amado padre le dijo «corre» y ella lo hizo lo más rápido que pudo con Robin en sus brazos. Debía protegerlo de todo. Su pequeño, su dulce y bendito niño… Fue fuerte por los dos.

Cuando se dio cuenta del rumbo tan triste que estaban tomando sus pensamientos, se obligó a espabilarse.

Abrió los ojos, mientras emitía un largo suspiro, y observó que Basil estaba despierto, mirando por la ventana.

Su pequeño estaba hecho un ovillo a su lado, sobre el asiento, con la cabeza apoyada en su pierna derecha.

Flavian tenía la cabeza sobre el hombro de su hermano.

Thomas iba a caballo, aunque esta vez él debía ir bastante adelantado porque no lo había visto ninguna vez por la ventana.

―Creí que estabas dormida.

―Pensaba en mis cosas… con los ojos cerrados ―le aclaró a Basil.

―Mi padre me ha pedido que averigüe el motivo por el que no querías ir a Londres.

El joven desvió la mirada para encontrarse con los ojos de Aura. Ella le sonrió. Así era Basil Foster: directo, fascinante, insólito e impredecible.

―Ah, te ha contratado como espía.

―Algo así. Nos preguntó a Flavian y a mí qué opinábamos sobre una boda. ―Ella tosió. La saliva se le había ido por otro lado―. Yo también me sorprendí cuando lo dijo porque él, después de lo de nuestra madre…

―Lo imagino ―lo ayudó sin estar segura de lo que explicarle a Basil. No debía olvidar, que pese a estar frente a un joven, solo lo era en apariencia.

―Le dijiste que estábamos al corriente de todo lo que tenía que ver con la muerte de la vizcondesa. ―No había un tono acusador en su exposición.

―Tu padre decidió explicarme la situación, algo que Flavian y tú ya me habíais comentado, así que decidí no ocultar que yo, al igual que vosotros, ya lo sabía.

―¿Vas a marcharte? ―preguntó, mientras miraba por la ventana de nuevo.

―No.

―¿Te casarás con él? ―inquirió sin ceremonias, ni preparaciones.

―No hay nada que me gustaría más que poder hacer eso.

―Poder… Así que no lo harás ―razonó Basil.

―No voy a irme a ningún lugar, a menos que tu padre me lo pida. ¿Puedes conformarte con eso, Basil?

―No importa lo que yo desee, es mi padre el que deberá elegir si acepta tu decisión, y no creo que él haya leído sobre las disertaciones de Mary Wollstonecraft, por lo que no aceptará una negativa sobre el matrimonio.

No es tan progresista como para creer que una mujer busque más que establecer una vida doméstica con un hombre.

―Basil, a veces creo que tienes la edad de tu padre… ¿De verdad has leído Vindicación de los derechos de la mujer ?

―Sí. El señor Farmer dijo que todos esos malditos Wollstonecraft iban a llenar el mundo de sucias mentiras paganas. Tuve que hacerme con los libros, y no fue una hazaña fácil. Soborné a un sirviente para que me los trajese. No había leído nunca una obra escrita por una mujer de temática filosófica.

―Resulta extraño que Farmer, que se veía un hombre tranquilo, afable, en verdad fuese de naturaleza cruel y retorcida.

―Recordaba bien lo que le había dicho cuando intentó forzarla.

Le daban arcadas al pensar que el maldito hubiese disfrutado cuando pegaba a Flavian.

Su mente enferma habló de dar y recibir dolor…

―Aura, las personas que menos creemos, en las que más confiamos, son las que suelen tramar las mayores traiciones.

―¿Dónde has leído eso? ―preguntó con curiosidad.

―No me ha hecho falta leerlo, lo he vivido. Aunque Julio César entendió eso bien al final de sus días. ―A él le gustaba lo relacionado con la antigua Roma―. Así que la pregunta más importante es si vas a traicionarnos.

―¿Es lo que se pregunta tu padre?

―No lo ha dicho abiertamente.

―Pero lo es.

―Tiene miedo.

―Es un hombre, es vizconde, es rico… El mundo está a sus pies. No tiene por qué tener miedo de nada.

―No quiere perderte ―le dijo.

Ella suspiró.

―Nuestras conversaciones en los carruajes son reveladoras y un poco incómodas. Mucho, en realidad ―confesó.

―El modo tan tenaz que tienes para cambiar el rumbo de la conversación también lo es.

―¿Has sido pequeño en algún momento, Basil?

Él le sonrió por primera vez desde que se inició la conversación.

―No lo recuerdo.

El resto del viaje transcurrió en un silencio tranquilo.

Cuando llegaron a su destino, al poner los pies en Mayfair, sintió que el viento cambiaba. Era gélido. Aura tuvo un mal presentimiento.