Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 9 #4
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Capítulo 9 #4

El maldito York, antes de casarse, se vanagloriaba de hacer que una mujer se derritiese en su lengua, y le dijo que no había nada más delicioso como tragarse el elixir de una mujer, ni tan siquiera el mejor de los whiskies era comparable.

En aquel momento el duque y su hermano Liam entablaron una conversación sobre la conveniencia de ayudarse de los dedos en el cometido o no.

Thomas fue mudo testigo de aquel intercambio de perversidades, en las que Phenton también opinó.

Eran asuntos nuevos sobre los que él no había escuchado hablar.

Haberse casado tan joven, y haber pertenecido a una familia muy temerosa de Dios, habían hecho que sus trucos amatorios fuesen escasos.

Eso, y que hasta la fecha nunca sintió deseos de llevar a cabo esa acción con ninguna mujer.

De complacerla, de ser generoso, de mostrarse perverso y lascivo.

Apoyó el dedo índice en su entrada listo para penetrar en la guarida femenina.

Liam sostenía que era más rápido si se usaban los dedos para que una mujer explotase con muchísima lujuria si se tenía prisa por cumplir con el siguiente nivel.

Bien. Thomas Foster estaba impaciente por conquistar el cuerpo de Aura con su inquieta lanza varonil.

Así que después de meter la primera falange, llevó un nuevo dedo hasta su abertura.

Deseaba ser un experto amante, proporcionarle primero placer a ella, para que cuando se uniesen, pudieran alcanzar el éxtasis de nuevo al unísono.

La lengua del vizconde, que no había abandonado su lugar mientras se disponía a darle placer con los dedos, incrementó su ritmo, a la par que lo hicieron el índice y el corazón.

Aura gimió más alto en cuanto se vio tan bellamente asediada.

―No puedo… no puedo… ¡Aaaaaaaah! ―gritó, cuando el placer la atravesó para elevarla hasta el cielo y cobijarla entre las algodonosas nubes azucaradas.

¡Qué delicia! Ni todo el chocolate, las cremas o el dulce más empalagoso era comparable a hacerle sentir esa nueva explosión de placer, que sin lugar a dudas fue más perversa e intensa que la experiencia que le regaló en su vestidor.

Soltó todo el aire de sus pulmones y una sonrisa se formó en su rostro. Ese fue el panorama con el que se encontró Thomas en cuanto volvió a trepar por el cuerpo femenino, para abrirle las piernas con las suyas.

Aura despegó los párpados en un segundo.

―Ha pasado mucho tiempo… ―le dijo, al tiempo que tragaba saliva.

―Seré cuidadoso, te lo prometo.

Le dio un ligero beso en los labios, para luego cobijarse en el hueco de su cuello, mientras se sostenía el miembro dispuesto a marcarla como suya.

Se colocó en la entrada de su vaina y con una paciencia infinita, que nunca sabría de dónde llegaría a brotar, se hundió poco a poco.

―¡Dios! ―exclamó ella ante la incomodidad.

―Estás muy estrecha. No presiones, solo relájate.

Poco a poco fue recorriendo un camino que lo haría desmayarse de gozo.

Mientras, Aura se obligaba a hacer lo que él le había dicho. Respiraba con tranquilidad, al tiempo que se aferraba a la espalda masculina tratando de sobrellevar el asalto.

Sería fuerte y aguantaría, pues él le había demostrado que podía ser capaz de borrar la molestia en cuanto llegase a su destino.

Si su boca había sido deliciosa, su virilidad debía catapultarla hasta el cielo una vez más.

Las chicas que trabajaban en El placer del infierno, y que no resultaban nada discretas cuando se acercaban a la panadería y hablaban entre ellas, sostenían que un hombre era mucho mejor amante cuando su falo era grande y grueso.

Thomas no se sentía ni pequeño ni delgado.

―No imaginé que pudiera sentirte tan apretada. He tenido que usar todo mi autocontrol para no dejarme ir mientras recorría tu interior.

―Demasiado tiempo sin esto… ―insistió ella.

―Hagamos que nos dé placer a los dos. Quiero que vengas conmigo cuando lleguemos a la cúspide, y necesito que no tardes demasiado, dado que no eres la única refugiada en el celibato.

Ella se sentía llena, temerosa y muy asustada. No sabía si podría lograr lo que él le pedía.

―Dame más placer. ―Se sintió como una mujer mundana, terriblemente experimentada tras hacer esa petición.

―Mi diosa griega, allá voy.

Thomas comenzó a mecerse, primero despacio, y poco a poco fue intensificando los embates. Aura le salió al paso. Un nuevo comienzo de ese algo glorioso la instaba a moverse a su compás.

―Thomas… yo… ―Le gustaba. Le gustaba muchísimo sentirlo dentro. Llena. Audaz. Pasional. Poseída.

Los ojos de ella estaban sobre los de él. Las manos femeninas sosteniéndose de su espalda mientras sus cuerpos estaban conectados al fin como tanto había esperado… deseado.

―Lo sé… Disfruta de mi cuerpo, siente cómo te amo, el punto en el que pierdo el control por ti.

―Uno. Somos uno…

Aura se sintió pesada, adormilada por el ardor que le producía.

―Ven conmigo, sígueme, corazón mío. ¡Te amoooooo, Auraaaa! ―exclamó, en el momento de dejarse llevar.

Thomas no consiguió contener durante más tiempo el torrente de deseo que se desbordó en su interior, haciendo que se sintiese vulnerable al haberse expuesto, sin haberlo pretendido, de esa manera ante ella.

―Thomaaaaaaaas ―gritó ella, llena de devoción en el instante en el que la liberación la atravesó, mientras sentía como algo cálido se derramaba en su interior.

Dos personas habían saciado el deseo contenido al fin. La fragilidad de ambos flotaba en el ambiente.