Capítulo 9 #3
―Me tienes, Thomas. Me conquistaste cuando me mostraste tu verdadera naturaleza, esa que habías enterrado en algún punto del camino.
La que demuestra la clase de padre que fuiste, el que has sido capaz de volver a ser.
La grandiosidad de un hombre debe ser medida por su capacidad de amar y proteger a sus hijos, a sus hermanos, a su familia.
Basil se parece muchísimo a ti en ese aspecto y Flavian no se queda atrás.
No flaquees, porque el rasero con el que te tomo la medida está en la cúspide en estos momentos, y yo nunca te he deseado tanto como cuando decidiste volver a abrir los brazos para cobijar en ellos a Basil y Flavian.
Lo escuchó suspirar con satisfacción ante sus palabras, mientras se embebía de ellas. Abrió los ojos para participar de la realidad y asegurarse de que no estaba soñando. Aura le había permitido el paso y él caminaría junto a ella. Por ella.
―Están abiertos para Robin, para ti. Deja que te muestre cómo nos sostengo a todos. Esta vez no fallaré. Lo juro y siempre cumplo mis promesas.
Los dos se quedaron mirándose con fijación, conscientes del paso que iban a dar.
―¿Es ahora cuando vas a besarme, Thomas? ―preguntó, muy cerca de sus labios, sin retirar la mano de su rostro.
―Si lo hago no habrá marcha atrás. No podré dejarte ir nunca, porque esta noche te haré el amor, corazón mío.
―¿Es una promesa? ―cuestionó embelesada.
―Desafiaré al Altísimo si osa apartarte de mi lado. Me enfrentaré a cualquier mortal que se atreva a causarte desdicha. Me arrancaré el corazón y te lo ofreceré en sacrificio si algún mal llego a hacerte.
―Llévame a la cama, Thomas, porque ni quiero ni soy capaz de seguir negándonos lo que tanto deseamos. Debo advertirte, porque no sé si la otra noche que me sorprendiste en mi habitación te diste cuenta de que además de la quemadura que tengo en el rostro…
―Una que casi no se percibe y que te hace todavía más interesante ―razonó él, interrumpiéndola. Ella lo premió con una sonrisa.
―Mi cuerpo tiene otra quemadura y…
―¿Me deseas? ―la frenó.
―Con toda mi alma.
―Es lo único que necesitaba saber. No me falles tú tampoco, Aura, porque no podría soportarlo una vez más.
Aura comprendió que se refería a la anterior vizcondesa. Benditos fuesen Basil y Flavian por haberla ilustrado tan bien.
―No lo haré. Me entrego a ti con la promesa de ser tuya hasta que me apartes ―susurró, todavía sobre sus labios, alegrándose por la clase de hombre que era.
―Entonces no te dejaré ir.
La besó. Al fin los labios de Thomas pudieron saborear la dulzura de una gran mujer a la que se juró que amaría hasta el fin de sus días.
Ninguno de los dos recordaría cuánto tiempo estuvieron besándose, con ternura primero, para luego dar paso a una pasión cada vez más creciente. Lo que sí sabría Aura, fue la dicha que la embargó cuando su vizconde se incorporó y la aupó en sus fuertes y capaces brazos para dejarla sobre sí misma.
―Estarás en mi lecho, como debe ser, y vendrás por tu propio pie ―le dijo, cuando ella emitió un pequeño grito de sorpresa por la acción llevada a cabo. Le tendió la mano y ella la agarró para subir a su habitación, los dos juntos, en mutuo acuerdo.
―¿Qué hay de los chicos? ―preguntó, al recordar que Robin se acostaba en su cama.
―Basil se ocupará de todo. Su intuición e inteligencia nunca me sirvieron tanto como ahora, Aura, porque creo que hasta fue él quien planeó nuestra conversación en la biblioteca sin que yo me diese cuenta.
Estoy seguro de que se ocupará de Flavian y de Robin, a quien dejará en tu habitación cuando se duerma.
―Si se despierta…
―Haré el esfuerzo, lo prometo. Te amaré entre las sombras de mi lecho con gran placer, y te dejaré ir cuando los dos estemos listos para tomar el descanso que el guerrero merece tras el furor de la batalla.
―Qué gran idea. ―Se rio coqueta.
―Voy a necesitar achuchones, besos, cosquillas y lo que estés dispuesta a darme, Aura.
―Todo, Thomas, sin reservas. Te lo prometo.
La puerta de la estancia de él se abrió. La dejó entrar primero y cerró tras él. La chimenea estaba también encendida y el ambiente era muy similar al de la biblioteca, salvo que…
―¿Margaritas junto a la cama de un hombre, Thomas? ―preguntó, mientras se acercaba a ver el jarrón que había en ese lugar.
Él se quedó detrás y cuando ella se giró para observarlo le dijo:
―Son para ti, para mí, para recordar la gran mujer que eres.
A veces lo más sencillo es lo que nos ata a la tierra y enciende la esperanza.
Ya te lo dije en su momento, tú no eres una rosa, eres una flor silvestre capaz de hacer temblar los cimientos de la vida de un hombre que no tenía nada a lo que aferrarse antes de tu llegada.
―Yo me aferraré a ti, para que seas mi ancla, Thomas. ―Permanecían uno frente al otro. Cerca, sin tocarse, pero ansiando hacerlo.
―Llevo tanto tiempo esperándote, corazón mío…
―Ven. ―Le colocó los brazos al cuello y Thomas Foster comenzó a besarla con delicia, con suavidad, para impregnarse de su esencia, de su vitalidad y fuerza. Aura era una mujer asombrosa y no podría vivir sin ella.
El vestido de lana gris que ella llevaba comenzó a caer al suelo. El uno se servía del otro para desembarazarse de la ropa que les impedía sentir piel contra piel. Sin prisa, pero sin pausa. Gozando del toque, de los besos compartidos, de las caricias que al fin se estaban dando con libertad.
Se quedaron desnudos, abrazados, situados frente al calor de la chimenea.
Aura le acariciaba la espalda, él rasgaba con suavidad, con las uñas, los glúteos de ella.
A Thomas le agradaban muchísimo sus tentadoras curvas, la suavidad de su cuerpo, el olor a bollos de canela recién hechos que ella desprendía.
Los dedos masculinos se pasearon por la imperfección de su piel.
Ella confió en que él no la despreciase.
Sabía que no lo haría, pero una parte muy pequeña de sí misma tenía miedo de que lo hiciese.
La acarició un tiempo allí, y luego la aupó en sus brazos.
―Eres perfecta tal y como eres ―le dijo.
Entonces la depositó con sumo cuidado, tal como si fuese una obra de arte, sobre el lecho. Ella se colocó en el centro de la cama de cuatro postes y lo esperó impaciente. Thomas la examinó desde la distancia antes de llegar hasta ella.
Cubrió el cuerpo de Aura con el suyo y procedió a besarla de nuevo.
―No tendré jamás bastante de ti, de tus besos.
La respuesta de ella fue arquear la espalda para darle un mejor acceso a la parte derecha de su cuello, donde él estaba comenzando a crear un reguero de besos húmedos combinados con otros más tiernos.
La boca de su amante, cuando tuvo bastante de sus labios y su cuello, buscó un premio mayor.
Las manos de él sostuvieron los pechos en sus palmas para burlarse de los pezones, para estirarlos levemente, antes de que su lengua saliese de su cavidad para lamer con lascivia el primer botón que le daría placer a su querida institutriz.
―¡Aaaaah! ―exclamó ella, al sentir la caricia tan maravillosa sobre su seno derecho.
Como si de un bebé hambriento del alimento de su madre se tratase, él engulló ese pico enhiesto con la mayor de las devociones.
Chupó, jugó, lamió y devoró mientras su otra mano no dejaba descansar a su compañero.
En cuanto consideró que ese adorable seno, que lo llenó de puro gozo, estuvo más que bien atendido, se desplazó en busca de su hermano.
La operación fue la misma: lamer, chupar, disfrutar, hacerla gemir.
Aura se aferró a su espalda y la arañó levemente, sin causarle dolor. Ese acto de ella lo encendió más todavía. Las manos femeninas subían y bajaban, y cuando se quedaban acunando su cabeza, lo instaba a que estuviese más cerca de ella, a que le diese más placer del que ya sentía.
Permitió que el pezón izquierdo escapase de su boca y levantó la mirada hacia ella. La veía con los ojos cerrados, concentrada en sus atenciones. Se sonrió.
―Me pregunto si estarás ya mojada. Confío en encontrar tu feminidad resbaladiza para poder alimentarme como quise haber hecho en el vestidor la última vez que te tuve dispuesta.
Ella no estaba prestando atención a sus palabras, era esclava de las peticiones de su cuerpo, de la necesidad que clamaba por ser saciada, del ansia de tenerlo dentro.
Lo requería como el aire para respirar, como el agua para no morir sedienta, como un dulce chocolate que explotaba en su paladar para hacerla jadear.
―Thomas… Te necesito ―le confesó, en medio de un delirio demencial.
―Y me tendrás.
Colocó la boca justo en el lugar donde sabía que encontraría el sabor del paraíso. Estaba tan húmeda que su virilidad y sus bolsas masculinas le dolieron ante la expectación.
―¡Dios santo divino! ―exclamó ella, en cuanto se dio cuenta de lo que él estaba haciéndole entre las piernas.
La lengua de Thomas la trabajaba de un modo suave, sosegado, como si quisiera deleitarse en el gusto sensual de ella. Nunca había probado algo tan delicioso como la esencia de Aura.
Bendijo en silencio a sus compañeros disolutos, por haberle enseñado un par de trucos cuando asistía a aquellas fiestas indecentes de las que tanto se quejó.
Mientras su boca sorbía ese pedacito de cielo que la hacía gemir, jadear y retorcerse en la cama, él tuvo que agarrar bien sus caderas, situando las manos por debajo de los glúteos, para que Aura no tratase de huir de su contacto.
Comenzó a darle el ritmo preciso y la presión necesaria para terminar de volverla loca.
―Thomas, por favor… por favor… me siento vacía. ―Le dictaba las necesidades que su cuerpo le transmitía.
―Te calmaré, confía en mí ―le dijo, al tiempo que su mano derecha soltaba parte de su precioso trasero para ir a cumplir una nueva misión.