Capítulo 9 #2
La dinámica de las siguientes semanas fue agradable, pacífica, fraternal para todos. Como si los cinco estuviesen descubriendo un nuevo amanecer, esperando a ver dónde les llevaría todo.
Por las mañanas, si el sol brillaba con fuerza, acudían a la playa, donde Robin seguía recibiendo clases de natación. Corrían, jugaban, se reían… No había nada más placentero que verlos divertirse.
Cuando el viento era un poco más frío, el vizconde se llevaba a los chicos a cabalgar.
Robin montaba con él. Ella los esperaba en casa mientras ayudaba a la cocinera a preparar los pasteles de limón que todos deseaban comer a casi todas horas.
Organizaba las cuestiones domésticas y había cubierto el puesto de los tres sirvientes que había despedido tiempo atrás.
Thomas parecía reacio a buscar a un profesor. Ella no deseaba apremiarlo porque sabía que merecía disfrutar de sus hijos un poco más.
Por las tardes él se encerraba en el despacho para atender las cuestiones relacionadas con sus arrendatarios, con sus inversiones y las obligaciones del título.
Compartían las comidas todos juntos y Aura sentía que estaba sobre una nube de algodón de azúcar. La vida nunca fue más placentera que en esos momentos. Parecía que habían quedado atrás el dolor por la pérdida, la incertidumbre del mañana.
Ayudar a la señora Garland con la panadería fue una suerte, pero en el East End la vida no era fácil.
Había habido noches en las que tuvieron que auxiliar a caballeros que fueron atracados en un callejón, incluso a niños a los que les habían hecho lo impensable.
Avery Sullivan había cambiado las cosas en la zona y cada vez esa calle era más segura.
Así se lo había contado la señora Garland, quien hacía más tiempo que residía allí.
Había visto lo mejor y lo peor de los dos mundos, el de la alta clase y el de la baja.
Nada era comparable a la estabilidad y seguridad que le ofrecía Thomas, en especial a Robin.
El niño tendría por delante un futuro brillante y, si Dios quería, se apoyaría en Basil y en Flavian. Nunca estaría solo.
En esos días de paz y prosperidad, el vizconde había sido bastante correcto en su trato, no tan cercano, pero sí amable.
A Aura no le importaba porque sabía que él estaba volcándose en sus hijos y que incluía a Robin en su núcleo.
Lo prefería así, aunque una parte de ella recordaba con bastante nitidez y anhelo lo que compartieron una única vez gracias a unas botas gruñonas.
―¿A qué viene esa sonrisa, Aura? ―le preguntó Portman, mientras los sirvientes comenzaban a retirar los últimos platos de la cena.
―Soy feliz ―afirmó ensoñadora.
―Ah, es bueno saberlo.
―Mamá, Basil va a leernos Pinocho a Flavian y a mí, antes de acostarnos ―le dijo desde el lado derecho el pequeño.
―Excelente lectura ―opinó ella―. Mientras no le leas Frankenstein , nos irá bien a todos. ―Basil le había prestado su copia y ella había tenido sus momentos de pavor durante esa lectura.
―No sería apropiado ―respondió Basil con una sonrisa.
―¿Qué es Frankenstein ? ―se interesó Flavian.
―Eso, ¿qué libro es? ―preguntó curioso Portman.
―Uno muy bueno que Robin no debe conocer todavía ―señaló Aura.
―Basil ―tomó la palabra el vizconde―, te haces cargo de Flavian y de Robin y así Aura y yo podríamos charlar.
―Soy tan mayor como mi hermano y por descontado Pinocho no es una lectura por la que tenga especial interés ―objetó Flavian.
―Cierto, ocupaos los dos de Robin, ¿de acuerdo? ―reformuló la petición Portman. Se giró para mirarla―. ¿Una copa de oporto en la biblioteca, Aura?
―Creo que no… ―Él se acercó a la mesa y le tomó la mano que tenía sobre la superficie.
Ella levantó la mirada para ver si los chicos les estaban observando.
Los tres muchachos estaban de espaldas a ellos e iban charlando sobre sus asuntos en dirección a la salida del comedor. No les prestaban atención.
―Por favor ―rogó él con voz firme.
A la señora Holt le recorrió una sensación que comenzó en su cabeza y terminó en los dedos gordos de los pies. Se había estremecido por completo al verle sonreír. Esos dos hoyuelos eran la más dura de las tentaciones. ¡Por qué tenía que ser tan encantador y apuesto!
―Me encantaría. ―Se dejó convencer.
Se levantó, como el caballero galante que era, le retiró la silla y luego le ofreció el brazo.
―¿Me acompaña, mi querida dama? ―preguntó si lo aceptaba con la máxima de las cortesías.
Ella se aferró a su antebrazo y se dispusieron a caminar hacia la biblioteca.
―No hace falta todo el protocolo, milord.
―¿Por qué no? Tú no quieres dejar de usar la etiqueta conmigo.
―Los chicos…
―Tu hijo y los míos son perfectamente conscientes de dónde están mis afectos, Aura ―la cortó―. La única que se esfuerza por negarlos eres tú. Considero que te he dado suficiente tiempo para que lo aceptes.
―¡Ah! ¿Eso era tu indiferencia? ¿Tiempo? ―le preguntó coqueta, dejando a un lado la formalidad. Era momento de acortar distancias.
―¿Hay un deje de lamentación en tu primera pregunta? ―cuestionó, gratamente sorprendido.
―En absoluto, me siento muy feliz cuando estás con los chicos ―respondió sonriendo.
―¿Por qué no has querido acompañarnos ninguna mañana a montar? Me consta que eres una jinete magnífica ―dijo en clara alusión a cuando Sullivan la acompañó a la posada.
―Uhm, ¿estás seguro de que quieres evocar en mí ese recuerdo? Lo que sucedió aquella tarde fue…
―Para olvidar, mea culpa , Aura ―la frenó con una brillante sonrisa y luego siguió con la explicación―: Un amigo me necesitaba y estuve ahí para él.
Una mujer, no la que yo necesitaba ―ladeó la cabeza para mirarla a fin de que Aura no tuviese dudas de que se refería a ella con esa afirmación―, me ofreció un poco de distracción y me lamento porque fueses testigo de aquello.
Hace mucho que no he tenido intimidad, Aura, y no la hubiese aceptado de una posadera que solo pretendía ganarse unos peniques ―se vio en la obligación de señalar―.
Te he echado de menos y parece que no te apiadas de mi situación.
Ella entendió que se refería, en la última parte, a su actitud distante con él. Aura se había echado a un lado, y en secreto había esperado que Thomas la extrañase. Su corazón latía frenético.
―Necesitabas tiempo con los mellizos y sabía que te iría mejor si te dejaba al mando. Confío en que Robin no te haya causado muchas complicaciones.
―Adoro a tu hijo tanto como tú a Basil y a Flavian, corazón mío.
«Corazón mío». Ahí estaba la fórmula que él había utilizado aquella vez, mientras le susurraba en la oreja y la tocaba a placer, para su goce, para el suyo propio.
Entraron en la biblioteca. La estancia estaba cálida.
La chimenea le confería una iluminación perfecta, así que ella sospechó que todo ese despliegue era algo muy elaborado y preparado.
La dejó sentada en el sofá tapizado en tonos ocres y respaldo de terciopelo.
Thomas preparó dos oportos y le tendió el suyo. Se sentó a su lado, bastante cerca.
―¿En qué punto quieres que estemos? ―preguntó mirándola a los ojos. Luego dio un largo trago a su bebida y se terminó el líquido.
Ella bebió, pero no todo el contenido. Dejó la pequeña copa encima de la mesa ovalada de mármol que tenían frente a ellos.
―Temo que algo cambie, que se estropee ―precisó.
Le confesó su mayor miedo. Tres personas dependían de que ellos se llevasen bien, de que no arriesgasen la estabilidad.
Otras dos personas, Aura y Thomas, necesitaban dar rienda suelta a la atracción tan poderosa que habían sentido cuando se vieron por primera vez y que no había mermado un ápice.
El vizconde se tomó unos segundos para valorar sus palabras y su propia situación.
Thomas había pasado unas semanas magníficas reconduciendo su relación con los muchachos.
Había descubierto que Basil era mucho más mayor de lo que aparentaba y que Flavian siempre era lo primero para él.
Se sorprendió también al descubrir que su heredero había tomado bajo su ala a Robin.
Había descartado acercarse a Aura en favor de que todos se habituasen a su situación.
Lo cual resultó una tortura, porque se moría por besarla en cuanto la veía.
La trataba con respecto y corrección, siempre sin la debida formalidad que debería mediar entre un empleador y su servicio.
Ella no era una empleada más, la sentía parte de su vida, de sus hijos.
Hacía mucho tiempo que no era feliz. Su corazón parecía estar sanando esa herida que resultó mortal, y que Emily le dejó de recuerdo.
No creyó que sería capaz de confiar en una mujer y por Aura Holt estaba dispuesto a dejarse llevar, para que ella tomase el control de la situación.
Haría lo que ella le pidiese. Si le decía que no sentía lo mismo, se tragaría la angustia, pero se quedaría.
No volvería a marcharse ni a huir de nada que supusiera un desafío.
Si le decía que sí, que Dios se apiadase de ella, porque no volvería a separarse de Aura mientras él tuviese algo que decir al respecto.
Había esperado todo cuanto fue capaz para propiciar la conversación que debían mantener. Necesitaba saber en qué punto se encontraban los dos. Conocer sus deseos, porque los de él estaban gritándole alto y claro desde que la tuvo entre sus brazos y la acarició.
―¿Tengo que perseguirte mucho más, corazón mío, o no hacerlo en absoluto? ―Se negó a darse por vencido tan fácilmente. Quemaría un último cartucho.
Ella ladeó todo su cuerpo, incluso subió parte de la pierna derecha sobre el sofá, para tenerlo completamente enfrente.
Llevó la mano derecha a su mejilla para acariciarlo.
Su piel era tan suave a su tacto… Supuso que se habría afeitado antes de bajar a cenar.
Él colocó su mano sobre la de ella y la apretó hacia su rostro.
Entornó los ojos para concentrarse en su toque.