Capítulo 9
Una familia en ciernes
Aura se había levantado a las ocho de la mañana con un plan muy determinado en mente que la luz del sol haría posible.
Había despertado a los chicos y les había dicho que se preparasen para ir a la playa.
Dado que el vizconde tardaría un tiempo en encontrar a un buen tutor, al que ella estaba también decidida a dar el visto bueno final, lo mejor sería disfrutar de las vacaciones inesperadas.
Había preparado una cesta, con algunos dulces que la cocinera había preparado con las recetas que ella le dio.
Metió una botella de leche y se dispuso a ir hacia la entrada donde el pequeño regimiento la estaba esperando con varias toallas sobre sus cuellos.
Flavian llevaba en la mano una pelota, mientras que Basil tenía sujeto a Robin en la suya.
Le encantaba ver lo protector que era el hijo mayor de lord Portman con todos, pero en especial con su pequeño.
―¿Todos listos, chicos? Desayunaremos en la cala.
―¿Nuestro padre no viene? ―preguntó el heredero del vizconde, mientras la escrutaba.
Ella se temió que el muchacho supiera sobre la visita de Thomas a su habitación. Con Basil una nunca sabía a qué atenerse.
―Lo cierto es que no lo he invitado. Imagino que tiene mucho trabajo, como por ejemplo encontrar a un nuevo mentor para vosotros.
―No quieres que nos acompañe ―dijo Flavian, quien intercambió una mirada significativa con su hermano mayor.
¿De qué habrían estado ellos hablando? Era muy consciente de que no tenían ningún secreto. Aura carraspeó.
―No, no me apetece que venga.
―¿Tiene algo que ver con lo que pasó en la taberna? ―se interesó Basil.
Ella pensó que el joven podría solicitar ya mismo un trabajo entre los runners de Bown Street, porque sería un investigador excepcional.
―Era una posada, no una taberna.
―No has respondido a mi pregunta.
―No creo que lo haga, Basil ―reconoció.
Él se encogió de hombros.
―No podré ayudarte si no me cuentas el motivo de tu enfado.
―Te agradezco tu preocupación, pero creo que puedo lidiar con tu padre sin ayuda, por lo que te agradecería, a los tres ―miró también a su pequeño―, que os mantuvieseis al margen en esta cuestión, por favor.
―¿Vamos? ―preguntó Robin.
El cambio que había experimentado su hijo desde que llegaron a la finca había sido abismal. Su corazón estaba más ligero.
―Divirtámonos en la playa. ¿Sí?
La respuesta de los chicos fue salir por la puerta.
Hasta la cala de arena, que divisó cuando pasaron por el camino en carruaje la primera vez que llegaron a la finca, solo había un pequeño paseo que harían andando.
Aura estaba contenta, muchísimo, de formar parte de lo que tenía frente a ella.
Basil, Flavian y Robin, que iban delante, parecían llevarse muy bien, iban hablando sobre si haría suficiente calor para poder tomar un baño en la orilla.
Su pequeño todavía era más bien silencioso, pero comenzaba a soltársele la lengua.
―¿Tú te bañarás? ―le preguntó Basil, ladeando un poco la cabeza para hablar con ella.
―No lo descarto. ―Se había puesto su vestido más viejo. No tenía un traje adecuado para zambullirse en el mar, pero tal vez optase por remojarse las piernas hasta las rodillas―. ¿Os han enseñado a nadar? ―se interesó.
―Sí, padre lo hizo cuando cumplimos cuatro años ―respondió Flavian.
La imagen que evocó Aura en su mente le calentó el corazón y otras cosas menos decorosas de su cuerpo, dado que vio a un vizconde desnudo hasta la cintura, con sus dos hijos en brazos mientras los adiestraba para ser unos campeones nadadores.
Llegaron a su destino, después de bajar una escalera de piedra bastante estable, y lo dispuso todo como si estuviesen haciendo un picnic en la playa. Los muchachos tomaron algunos pastelitos de limón y bebieron directamente de la botella de leche, a fin de cuentas, era una salida del todo informal.
Aura no se había puesto medias. Se retiró los zapatos y se recostó sobre la toalla que tenía debajo, de tal modo que todo su cuerpo, a excepción de la parte alta de la espalda, quedó apoyado en la arena, a fin de poder observar a los chicos.
Los tres estaban jugando a correr detrás de la pelota.
No supo cuánto tiempo pasó hasta que una figura masculina le tapó el sol.
Portman.
―¿Por qué no he sido informado y se me ha excluido de una excursión a la playa? ―le interrogó con molestia.
Aura no escuchó la pregunta. Estaba demasiado absorta observando cómo el vizconde procedía a quitarse la chaqueta y la camisa, para quedarse con el torso al aire libre. Solo unos pantalones, que ella calificaría de muy ceñidos y finos, se quedaron para vestirlo.
―¡Padre! ―gritó Flavian entusiasmado, al ver que su progenitor tenía intención de ponerse a jugar como había hecho tantos años atrás.
―Hablaremos más tarde, Aura, y las cuestiones que tenemos pendientes crecen cada vez más ―le advirtió, para después ir hasta la orilla y ponerse a jugar con los muchachos.
¡Dios santo! Si había creído que Thomas Foster era el hombre más maravilloso del mundo, en estos momentos tenía una percepción mucho más inquietante sobre él.
Aura se mordió el labio mientras apretaba sus rodillas para aliviar la sensación que crecía en su zona íntima.
Verlo bañado por el sol, con solo unos pantalones…
Y si él le parecía perfecto y la excitaba hasta el punto de sentirse adormilada y con los párpados pesados, observarlo jugar con los tres chicos hacía que lo admirase sin contención.
Entonces los muchachos se metieron en la orilla con su padre. Ella se incorporó para quedarse sentada.
―¡Robin no sabe nadar! ―lo alertó desde su posición.
―Hay que remediarlo ―le dijo Thomas al pequeño mientras lo subía en sus brazos.
Era definitivo. Aura Atenea haría cualquier cosa por ese hombre si seguía mostrándose así con los muchachos. ¡Maldito! Casi hubiera preferido que volviese a marcharse a Londres, a una posada, o a visitar a otro de sus amigos. ¡La estaba matando!
Comenzaban a parecer una familia. Mientras los observaba salpicarse, reírse y disfrutar del mar, ella se sentía la mujer más feliz del mundo.
¿Podría ser así de idílico su futuro? ¿Conseguiría brindarle estabilidad a Robin, formarlo y hacerle fuerte para cuando tuviese que luchar en el futuro por lo que le pertenecía?
No debería echarlo todo a perder por un hombre, por más que fuese excepcional.
No sabía qué había hecho que Thomas Foster se saliese del redil en el pasado.
Sí, bueno, podía imaginárselo. Si la información que le habían dado sus hijos era correcta, y ella no la ponía en duda, debió haber sufrido mucho.
Tanto como para aislarse del mundo y dejar a sus hijos en malas manos.
No podía imaginar que una mujer se plantease siquiera abandonar a semejante espécimen en favor de otro.
Era alto, con unos hombros fuertes y capaces que tenían que recordar cómo sostener a su familia y protegerla.
Su sonrisa, con esos pequeños hoyuelos que lo hacían parecer a veces infantil, como si tuviese el rostro de un niño, la volvía loca.
¿Por qué lo abandonaría su vizcondesa? Seguro que había sido un padre fantástico antes de que todo se saliese del tiesto.
Basil y Flavian habían sufrido una desatención continuada, pero Aura sospechaba que el padre había estado en una situación de igual precariedad.
Se alegraba de que los chicos la hubiesen encontrado, de que Thomas ―no Portman, porque ella era capaz de vislumbrar al hombre tras el título― la hubiese forzado a estar a su lado.
El futuro comenzaba a ser realmente esperanzador.
Los chicos salieron del mar acompañados por el vizconde, pero se quedaron jugando en la orilla con la arena.
Él se acercó hasta ella. Estaba empapado, el pelo echado hacia atrás. Nunca lo había visto más salvaje y tentador como en ese instante. Desvió la mirada para vigilar a los chicos. Era lo más seguro para todos hacer eso y no seguir babeando ante la visión de un dios griego.
Sin previo aviso se sentó a su lado, sobre la toalla que había tendido Basil.
Aura notó que la mano de él se colocaba sobre la suya, que tenía apoyada sobre la toalla.
Los dos estaban sentados, mirando al frente, unidos por esas dos manos que se tocaban la una a la otra.
Aura no se atrevió a moverse, casi ni a respirar.
―He estado solo demasiado. Es reconfortante que una mujer se ocupe de nosotros, de mí, de mi casa, que atienda los asuntos que he descuidado.
Adoro tu determinación. Llevo ausente mucho tiempo, tanto que había olvidado todo el amor que les profesaba a Basil y a Flavian.
Me lo has hecho recordar y ha surgido como un volcán que estalla con virulencia.
No hay suficiente gratitud ni dinero en el mundo para premiarte por ello.
No te vayas nunca… No nos dejes atrás… No me abandones, Aura.
Ella se tragó el nudo que sentía en la garganta ante unas palabras que sabía que eran sinceras y que fueron dichas desde el corazón.
―No tengo pensamiento de marcharme a ningún otro lugar, Thomas. ―Usó su nombre porque la ocasión lo exigía.
―Bien.
Acto seguido, levantó la mano de ella, se la apretó levemente y se la llevó a los labios. Con suavidad la soltó, se puso de pie y se encaminó de nuevo hacia los chicos para ayudarlos a construir un castillo de arena. Los cuatro estaban sentados en la orilla, planeando cómo hacer la fortificación.
Aura se limpió las lágrimas que comenzaron a caerle por las mejillas con disimulo.
Se tragó un sollozo cuando vio a Robin trepar sobre la espalda de Thomas para abrazarlo.
Y sintió unas ganas inmensas de comenzar a llorar de dicha cuando observó al vizconde abrir los brazos para que Basil y Flavian acudiesen a él.
Todos juntos al fin. Thomas y los mellizos lograrían recuperar el tiempo perdido. Robin sería uno más de ellos.
Familia. Un grato comienzo para todos.
***