Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 8 #4
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Capítulo 8 #4

―¿Duerme con su hijo? ―preguntó en voz baja.

―Márchese ―musitó enérgica.

―A mi hijo le ha dado besos, abrazos y palabras de aliento desmesuradas. ¿No hay nada para mí?

Ella rodó los ojos, puesto que no iba a salir de la habitación, no dejaba de mirarla con descaro, y como ella había hecho peores cosas con él, no se sintió tentada a avergonzarse por estar desnuda ante él porque sería una hipócrita.

Aura Holt era más práctica que todo eso, así que recorrió lo que le quedaba hasta la silla, agarró el camisón y se lo colocó.

―¿Era necesario que se cubriese tan pronto? ―gruñó.

―Ya ha tenido bastante recompensa por una noche, ahora haga el favor de marcharse. ―La mujer estaba empujándole para que saliese de su alcoba.

―Contemplarla ha sido un buen premio, lo admito. Pero he cabalgado bajo una tormenta espantosa y he llegado justo a tiempo para salvaros a Basil y a ti.

No sabía si había visto las quemaduras que ocultaban su vestido y no se atrevió a preguntarle porque eso daría pie a más cuestiones que ella no deseaba atender.

―Creo que Basil tenía muy controlada la situación, milord.

―¿¡No vas a dejar el maldito título a un lado ni después de haberte visto en cueros!?

―Shhhh ―lo regañó. Robin volvió a moverse hacia el otro lado.

―Lo siento ―susurró.

―Está mojado, cansado y es muy tarde. Vaya a dormir.

―Un beso.

―¿Qué? ―Él no estaba tan agotado después de todo si todavía podía pensar en besos.

―Mi recompensa debe ser la misma que le ofreciste a mi hijo mayor. Puedes… ¿Achucharme, era? Sí, creo que esa fue la palabra que empleaste. Te permito achucharme, besarme, hacerme cosquillas e incluso me sentaré en tu regazo si no te incomoda mi peso.

―¿No tuvo bastantes zalamerías en la posada, milord?

―No uses el título y deja de tratarme con tanta formalidad, Aura. Por mucho que me agrade descubrir que estás celosa podría darte un par de azotes por no cumplir mis exigencias.

―¿Celosa? ―refunfuñó.

―Tremendamente. No hace falta que lo admitas, porque lo sé.

―No pensaba hacerlo.

―Te he dicho que no hacía falta que lo hicieras.

―Es que no estoy celosa.

―¡Ja! ―exclamó, más alto de lo que pretendió porque no se lo creía.

―Shhhh ―lo llamó al orden otra vez por levantar la voz. Robin se había vuelto a mover en la cama.

―Eres una mentirosa.

―¿Sabe qué? ―preguntó retóricamente―. Si esta noche duerme mejor creyendo que estuve celosa cuando lo vi abrazado a aquella mujer, tiene mi permiso para pensarlo… aunque no sea verdad.

―Eres una cobarde además de ser una gran mentirosa ―repitió.

―Llamar cobarde a una mujer que sostenía dos pistolas en sus manos, y que estaba más que dispuesta a disparar, es una gran contradicción, milord.

―De-ja el tí-tu-lo de u-na vez ―dijo con molestia― y admitiré la verdad sobre ti.

―¿Qué habrías de reconocer? ―Decidió ver qué se proponía él y prescindió de la etiqueta en la conversación.

Se acercó a Aura, le acarició la mejilla y enfocó su mirada con la de ella. Era una mujer excepcional. Se dio cuenta entonces de que tenía un golpe en el rostro.

―¿Te pegó? ―preguntaba una obviedad, lo sabía.

―No me duele.

―Se atrevió a tocarte, a lastimarte… Si estuviese aquí, yo mismo le pegaría un tiro. Lo siento, Aura.

―Considero que Farmer recibió su merecido, tarde, pero lo recibió.

―Siento haberme marchado.

―Sí, creo que debería hacer eso mismo ahora.

―¿No quieres que reconozca algo sobre ti?

―¿No podemos hablar mañana?

―No. Es esta noche cuando todo me impulsa a hablar con libertad. No sé si mañana será igual. Debo decirlo en este instante. ―Thomas no había dejado de acariciar su mejilla.

Ella suspiró.

―Está bien, ¿de qué se trata?

―Creo que eres una de las mujeres más excepcionales que he conocido.

Eres increíble, cosa que supe cuando te vi por primera vez, y que certifiqué en cuanto te observé empuñar una escoba para atizarle a un descarado que se atrevió a orinar frente a ti.

Otra mujer se hubiese desmayado allí mismo.

No tú, porque eres fuerte, algo temeraria, y tu sentido de la justicia y la lealtad es tan férreo que te envidio.

Sosteniendo dos pistolas parecías una diosa guerrera.

Tú, Aura, eres una bendición para nosotros.

Comparable al sol que sale tras la tormenta cuando las nubes se disipan para traer alegría, paz y seguridad.

Una flor silvestre en un gran campo de rosas marchitas que ha conseguido ponerme a sus pies.

Deseo ser tu vasallo para servirte de la mejor manera posible.

Hubo unos minutos de silencio después de lo que él esperaba que ella considerase como una declaración colosal que la hiciera echarse a sus brazos en medio de un llanto.

―¿Ha terminado ya, milord? ―dijo de modo inalterable.

―¡Aggg! Tal vez debí componer un soneto sobre tu frialdad ―habló muy alto. Tanto, que no tardó en despertar al pequeño que dormía en la habitación.

―Mamá ―la llamó Robin.

―Ya voy, terroncito.

Él suspiró, sabiendo que se había terminado la hora de la charla.

―Hablaremos mañana, Aura.

Ella abrió la puerta para darle el último empujón y la cerró en sus narices.

Después pasó la llave, para asegurarse de que él no entrase en la habitación, a continuación se apoyó sobre la puerta y se deslizó hasta el suelo porque sus rodillas no podían seguir sosteniéndola.

Thomas Foster la había convertido en budín de chocolate y si Robin no hubiese estado en la cama, después de haber escuchado las palabras más bonitas que jamás un hombre recitó en voz alta, ella lo hubiese achuchado, besado, y todo lo que se le hubiese pasado por la mente, mientras lo llevaba al lecho para instarlo a hacerle el amor.

―Mamá, ven ―la llamó el niño, al ver que seguía durmiendo solo.

―Enseguida, terroncito.

Tuvo que colocarse a cuatro patas, una posición nada elegante, para lograr llegar a su cama, porque sus piernas no eran capaces de obedecerla y ponerse en pie. ¡Qué hombre! ¡Qué declaración! ¡Qué apuesto era! ¡Qué placer le dio aquella mañana! ¡Cuánto lo deseaba!

Thomas Foster, vizconde Portman, la había arruinado para el resto. ¡Maldito fuese por hacerla soñar!