Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

―Esto ha durado ya demasiado ―intervino el vizconde―. Decidme los crímenes del señor Farmer.

―Él mismo se los dirá si no quiere recibir un disparo en… Basil, ¿dónde le dispararías tú? ―le preguntó al muchacho. No tenía caso tratarlo como a un niño, porque Basil era muchísimo más que eso. Su mente, su actitud, su responsabilidad así se lo había mostrado a Aura desde el principio.

―Creo que lo sabes ―respondió el interpelado.

―Sí. No hay nada que le duela más a un hombre como pegarle un tiro… ahí .

Aura martilleó el arma que todavía tenía una bola de plomo en su interior y se dispuso a echarse el farol más grande de su vida, esperando ser capaz de no disparar. Ella era fuerte en sus convicciones y ante las injusticias no titubeaba a la hora de ejercer presión.

―¡Está bien! ―saltó al fin el tutor―. He empleado una violencia muy necesaria con su hijo menor ―le confesó a Portman el tutor.

El vizconde lo vio todo rojo. Ese maldito le había pegado a Flavian. No importaba cómo, dónde ni cuántas veces, iba a pagar por su atrevimiento. Se abalanzó sobre él y comenzó a darle una sarta de puñetazos que acabaron con el profesor tratando de defenderse de Portman.

―¿No deberíamos intervenir? ―inquirió Basil.

―Nooo, tu mentor comentó antes que le gustaba el dolor, deja que tu padre se divierta un rato, tal vez incluso el señor Farmer esté disfrutando con los golpes.

¡Quién sabe! ¿Habías visto alguna vez al vizconde pelear?

―Portman parecía un príncipe de Egipto. Mojado, cansado, sucio de barro, gruñendo y peleando como si la vida le fuese en ello.

―No. Es bueno, hay que reconocerlo.

Aura y Basil estaban entretenidos con la pelea.

―De algún lado tienen que venir tus capacidades.

―No estoy loco, Aura ―se vio en la obligación de observar.

―¡Por supuesto que no lo estás, Basil! Si tú lo estuvieras, yo lo estaría mucho más que tú, porque tuve miedo de no poder contenerme y acabar disparándole.

Hay personas que nos harán dudar de nosotros mismos y será en esos momentos cuando debamos mostrar nuestra lucidez.

Me duele la mejilla por su bofetón y estoy disfrutando de ver que tu padre le da su medicina.

Es importante solo saber cuándo delegar en quienes nos aman y deben protegernos. Te lo dije, no estás solo. Ya no.

El chico estaba junto a ella. Los dos observaban la pelea con relativa fascinación.

Las cosas estaban igualadas entre Farmer y Portman.

Aura sospechaba que eso era debido a que el vizconde no se habría recuperado del todo de su embriaguez y acusaba cierto cansancio por haber cabalgado bajo la tormenta cuando ya había oscurecido.

―¿Por qué lo entiendes? ¿Por qué me comprendes?

―Yo he estado en tu mismo lugar, Basil. Sé lo que es tener que ocuparse de todo, llevar un gran peso sobre tus hombros porque no hay nadie más que te pueda ayudar.

―Mi padre ha regresado a casa ―señaló el muchacho con esperanza. Ella entendió la alusión.

―Y haremos que desempeñe el papel que debe hacer para que tú puedas ser solo su hijo.

Él cabeceó afirmativamente. Entonces vieron a Portman sobre el profesor mientras le daba el último puñetazo, con el que el malhechor se quedó inconsciente.

―¡Gracias por vuestra ayuda! ―exclamó con enfado el noble.

―No se queje, milord. Ha cumplido su cometido ―le dijo Aura, al tiempo que le guiñaba un ojo a Basil.

―¿Y cuál era ese si puede saberse? ―respondió él con otra pregunta mientras se ponía en pie.

―Impresionarnos a su hijo y a mí con su fuerza bruta y su habilidad.

―Me cuesta creer haber logrado eso ―señaló Thomas mientras se cargaba al hombro al villano.

―¿No te ha parecido que tu padre ha estado magnífico, Basil? ―le preguntó al joven.

―No ha estado mal ―dijo Basil mientras se giraba para irse a dormir.

―¡Alto ahí, terroncito! ―le gritó Aura, al tiempo que dejaba las dos pistolas sobre la silla más próxima.

―¿Qué?

―¿Acaso no va a recibir un abrazo y un beso mi salvador? ―Fue una pregunta retórica, dado que ella ya estaba abrazándolo y dándole un reguero de besos muy sonoros por la cabeza y la mejilla.

―Me estás avergonzando delante de mi padre, Aura ―le dijo él, pero sin tratar de evitar sus muestras de ternura.

―Prepárate para que eso ocurra muy a menudo, pienso achucharos, besaros, abrazaros, haceros cosquillas o lo que se me antoje, a los tres, sin excepción.

Conciénciate, porque llegará un día en el que me presentarás a tu prometida, yo me levantaré de mi asiento y te achucharé sin remordimientos.

Tal vez incluso te siente sobre mi regazo y te mantenga abrazado a mí.

Él resopló.

―Me acostaré antes de que esto se ponga más embarazoso.

―Te quiero, Basil. Y tu padre también te ama ―expuso, al tiempo que le permitía salir de su abrazo.

Aura se giró para buscar la mirada de Portman. Él se asemejaba a un vikingo conquistador que había logrado acabar con la amenaza. Era alto, atlético, y se veía muy capaz de cualquier cosa con el rechoncho profesor sobre su hombro.

―Muchísimo. Os amo a los dos. Sois lo mejor que he hecho en la vida. Mi mayor orgullo ―le dijo con seriedad y sinceridad a su hijo, sin apartar la mirada de él―. Iré a sacar la basura de nuestra casa. Buenas noches, Basil.

―Buenas noches, padre ―se despidió y se marchó.

El vizconde bajó por las escaleras portando el improvisado paquete.

Aura suspiró con satisfacción. Basil, bendito fuera, estaba siempre en el lugar justo en el instante oportuno. Estaría bien en Roseclouds. Permanecería en ese lugar hasta que Robin tuviese que reclamar su lugar en sociedad, y para ello quedaban todavía largos años.

Se metió en su habitación sabiendo que el vizconde no había corrido peligro, y que tampoco se había hecho daño al pelear con un hombre que necesitaba una buena lección.

Una vela ardía dentro de la lámpara. Observó un bulto en la cama.

Su pequeño estaba ahí, donde le dijo que la esperase mientras acompañaba a la cama los mellizos, y no se había despertado.

Había intentado que Robin se acostumbrase a tener su propia habitación desde que habían llegado a Roseclouds. Era inútil. Llevaban demasiado tiempo compartiendo un lecho y ella disfrutaba al dormir abrazada a su precioso Robin.

Se acercó al espejo para contemplar su mejilla. Estaba hinchada, pero no le dolía en exceso. Se untó un poco de ungüento que estaba al lado de la jofaina. Había pasado por cosas más dolorosas que una bofetada que la dejó en el suelo.

Entonces comenzó a desabrocharse el vestido.

Adoraba los trajes que tenían los botones delante, porque así podía desvestirse ella misma.

En honor a la verdad, echaba de menos aquellos vaporosos vestidos de seda, muselina, brocados y encajes con los que había bailado en los mejores salones de Londres.

Recordaba perfectamente su primera temporada en la ciudad.

Una debutante de apenas dieciocho años a la que su padre y su hermano habían vigilado con ojos de halcón.

Pese a haber estado comprometida, el duque quiso que Aura disfrutase de los beneficios de su posición.

Fue un sueño. Lo mejor de todo resultó haber abierto con su padre su primer baile de temporada.

Un recuerdo que jamás podría olvidar. Su hermano Aquiles también bailó con ella.

En aquel momento, su esposa se mostró un poco celosa.

No solo los hombres resultaban seres envidiosos si no se les mostraba la debida atención, también las mujeres se resentían.

La relación entre Aquiles y ella siempre fue excelente.

Tan intensa como la que compartían Basil y Flavian.

Siempre fueron una familia unida. Aquiles sufrió lo indecible cuando perdió a su esposa y los médicos fueron incapaces de determinar la causa de su muerte.

Lo llamaron del Ministerio para que acudiese a Francia para una misión especial.

Aquella mañana de hacía más de cuatro años fue la última vez que vio a su hermano.

Su padre nunca había aprobado el trabajo que Aquiles desempeñaba para la Corona, pero ella sabía que el anterior duque de Darkworth estaba orgulloso de su hijo por los servicios que prestaba a su reino.

Robin y ella se quedaron solos cuando Aquiles tuvo que partir.

El duque se quedó encargado de cuidarlos y protegerlos.

El incendio lo cambió todo. Cuando su padre pereció, ella supo que no estaba a salvo y tuvo que huir.

Un incendio podía ser una casualidad. Dos no.

Incluso Aura se cuestionaba las causas de la muerte de la esposa de Aquiles.

No podía seguir viviendo en compañía del enemigo.

El destino la había traído a Roseclouds, o tal vez su padre guiase sus pasos desde el otro lado, y sería feliz aquí.

Hacía mucho que no se sentía parte de una familia y era reconfortante saber que sería dichosa en el campo.

Se quitó las medias con una sonrisa y se quedó desnuda. Miró a la derecha para ver si el camisón estaba colocado en la silla que estaba frente al tocador. Anduvo un par de pasos en su dirección cuando la puerta de su habitación se abrió sin ningún aviso previo.

―Aura, esperaba… ¡Oh! ―El vizconde perdió la voz en favor de concentrarse con mayor detalle en el paisaje que tenía ante sus ojos. El lienzo de La Venus de Botticelli que había visitado cuando estuvo en Florencia, era una cosa burda en comparación con Aura Holt.

―Dese la vuelta ―susurró para no despertar a Robin.

―No creo que pueda. ¡Dios, es usted mejor de lo que pensaba! ―gritó lleno de admiración.

―Shhhh. ―Le hizo una seña hacia la cama.

Si él decía eso, era porque no era muy consciente de la parte que tenía lacerada por el fuego, y que iba desde la axila derecha hasta la cintura.

No era un área muy extensa, pero sí dejaba clara una imperfección.

No se sentía incómoda con las dos quemaduras que le habían dejado sendos incendios, pero sí tenía un poco de inseguridad por si él pudiese considerarla… inadecuada.

El pequeño Robin se movió.