Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

―Lo premiamos con juguetes ―explicó Flavian.

―¿Cómo? ―se interesó Aura.

―Le mostré el viejo baúl donde guardamos los juguetes.

Le dije que sabía que me entendía y que tenía que comenzar a hablar para no parecer un bicho raro.

Le prometí que le dejaría jugar cada día con una cosa de las que allí dentro había, en cuanto lo escuchase decir alguna palabra. Todas las mañanas me dice algo nuevo.

Aura lo miró con los ojos abiertos. Luego le dio muchos besos en la mejilla a Robin y lo abrazó con fuerza.

―Mamá… ―dijo en un susurro el pequeño, para que no fuese tan efusiva en sus atenciones. Robin escapó de su agarre. Aura regresó la vista hacia el hijo mayor de lord Portman, quien estaba sentado en el carruaje frente a ella.

―Basil, podría besarte, achucharte y no soltarte hasta el fin de mis días. No te imaginas lo que has conseguido y la importancia que tiene para el futuro de Robin.

Vio al muchacho tragar saliva y mirar por la ventana. La mirada de Aura se desplazó hasta Flavian en una muda pregunta. No sabía si lo había podido ofender de alguna manera.

―Creo que mi hermano quiere precisamente eso, Aura ―señaló el menor de los hijos del vizconde.

Ella se rio, antes de colocarse frente a Basil, arrodillada en el suelo del vehículo, para darle una gran muestra de cariño. Lo besó por la cabeza, los mofletes, le hizo cosquillas y finalmente lo estrechó sobre su pecho. Basil no se quejó ni una sola vez ante la ternura recibida.

―¿Y yo qué? ―pidió atención Flavian, que estaba al lado de su hermano.

Aura abrió su brazo y lo envolvió para crear un momento único entre los tres.

―Mis pequeños temerarios, mis grandes protectores. Mis terroncitos. Dios hizo que nos encontrásemos para ayudarnos los unos a los otros ―señaló, mientras sentía al pequeño Robin abrazarla por la espalda.

―¿Estás llorando? ―se interesó Basil, tras sentir que una gota le mojaba la frente.

―Noooo. ―Se soltó de los chicos y se sentó de nuevo en su asiento, mientras se limpiaba la nariz con un pañuelo de lino que sacó de su manga derecha.

Minutos después, el carruaje los dejó en la puerta principal de Roseclouds, y mientras accedían al interior se mojaron un poco con la lluvia que cada vez se hacía más persistente.

Debido a la hora tardía, Aura hizo que los tres chicos se colocasen los camisones de dormir y ella misma les preparó un tentempié que tomaron en la habitación de Basil, donde por supuesto estaban los juguetes con los que sobornaban a Robin para escucharlo hablar.

Acostó a los mellizos y se dispuso a ir a su habitación para descansar después de un largo día que sería mejor olvidar en su mayor parte.

Justo cuando iba a acceder a la estancia, sintió que alguien le daba un empujón y la pegaba a la puerta.

Se quedó con la mejilla contra la madera.

Le doblaron un brazo por detrás de la espalda y con la otra mano le apoyaron un cuchillo en el cuello.

―Grita y te rajaré el cuello. ―El metal se hundió en su piel para demostrar que no era un farol.

No se atrevió a decir nada, su captor lo hizo por ella―: Una novia de Lucifer.

Eso dijiste, ¿lo recuerdas, Aura? Sí. Una ramera que yace con su empleador y a la que le gusta que digan su nombre sin ningún respeto es en verdad la zorra de Lucifer.

Apuesto a que estás mojada por escucharme decirte ese tipo de palabras.

Las mujeres como tú necesitan ese lenguaje, que las monten sin importar si se les daña.

¿Portman es delicado? Estoy seguro de que lo instas a ser duro, incluso cruel.

¿Usa la vara sobre ti? ¿No? ¿Sí? ―preguntó al ver que ella seguía inmóvil―.

Esta noche te fustigaré para purificarte, Aura Holt, y me mostrarás lo que le ofreces al vizconde.

Aura supo que el señor Farmer no se había marchado de casa y que no debió haberlo subestimado. A un hombre no le gustaba nunca que una mujer lo dejase humillado. Este tutor había sido denigrado por una fémina y un muchacho, lo cual era todavía más vergonzoso.

El villano la giró para tenerla de frente, sin dejar de apretar el cuchillo sobre la yugular.

―¿Le gustan los juegos violentos, señor Farmer? A mí sí ―preguntó y afirmó en voz baja y muy cálida.

Aura no debía dejarse llevar por el pánico que sentía. Había vivido bastantes situaciones desagradables para saber que era vital mantener la mente fría, y pensar como la mujer mundana y descarriada que el profesor de los muchachos creía que era.

―¿No me darás problemas, Aura? ―preguntó, sin confiar en ella.

―¿Por qué iba a hacerlo cuando es evidente que eres el hombre que al fin podrá satisfacerme? ―Prescindió de la formalidad para parecer más creíble.

Con toda la osadía que fue capaz de reunir, ella se acercó hasta los labios del tutor, que era un hombre de unos cincuenta años y nada atractivo en su opinión, desafiando el cuchillo que se hundiría en su carne si él no aflojaba la presión, y lo besó.

En el momento en el que sintió que Farmer se abandonaba a lo que ella pretendía infundirle, levantó su rodilla, y con fuerza, le asestó un duro golpe en su hombría.

Le dio un empujón, pero el maldito se recompuso muy rápido y la atrapó antes de que pudiese echar a correr.

La agarró por el pelo, dándole un tirón que la hizo gritar debido al dolor.

―Pequeña zorra, estoy habituado al dolor tanto como preparado para ofrecerlo. ―Entonces le propinó una bofetada que la hizo caer al suelo.

Se quedó sentada sin saber lo que ocurría durante unos segundos.

Sentía la mejilla derecha palpitar. Un sonido le llegó hasta los oídos.

Levantó la mirada y vio al señor Farmer quieto a unos pasos de ella, con las manos alzadas.

Giró la cabeza y trató de enfocar bien la vista.

El candelabro que estaba prendido en la pared junto a su puerta le daba buena visibilidad.

―No te precipites, muchacho. Si me matas irás a la horca, todo el mundo sabe que el mal está en tus venas, del mismo modo que la locura estaba en las de tu madre y por eso se quitó la vida.

―Deberías echarte a temblar, señor Farmer, porque según esa aseveración tuya, yo estoy más loco que mi madre. Te avisé de lo que pasaría si la ofendías y no solo lo has hecho, sino que te has atrevido a tocarla.

¡Basil! El heredero de Portman estaba ante ellos portando dos pistolas en sus manos. Cuando comprendió la situación, fue cuando escuchó el martilleo de una de las armas. Aura se puso de pie, con mucha dificultad y se colocó frente a Basil.

―No pienso dejar que te manches las manos, por más que Farmer merezca la muerte justo en este instante.

―¿Qué demonios está pasando aquí? ―La voz del vizconde Portman hizo que todos mirasen hacia la izquierda. El tutor aprovechó el momento para dar un paso atrás.

―Su hijo, milord, ha demostrado al fin su naturaleza. Es la segunda vez que trata de agredirme. Debería internarlo en un centro donde puedan ayudarlo, o se perderá por completo ―apuntó el villano.

―¡Basil, baja de inmediato las armas! ¿Qué crees que estás haciendo? ―Se puso nervioso al observar que su hijo estaba apuntando al profesor a través de la figura de Aura Holt. Era el colmo de las travesuras.

―Lord Portman ―tomó la palabra Aura, quien había vuelto la vista a Basil―, su hijo está haciendo su trabajo: proteger a esta familia. Tu padre está aquí, cédele el lugar, Basil. Dame las pistolas. Demuestra que confías en mí, porque yo también debo protegerte como tú has hecho.

―Él te ha tocado, merece morir. Lo avisé.

La mirada del joven no había abandonado al señor Farmer en ningún momento. Aura colocó las manos sobre las de Basil para agarrar las pistolas.

―Por mí, Basil, haz lo que te pido. Estoy bien porque has llegado cuando te necesitaba. Le toca a tu padre protegerte ―insistió una vez más.

―No me creerá. Nunca lo hace ―dijo el joven.

―No te fallaré, te lo prometo ―le suplicó ella.

El hijo del vizconde aflojó el agarre de las pistolas y ella las empuñó en alto, nada más se dio la vuelta para dejar a Basil a su espalda, le apuntó al profesor.

―Señora Holt… ―comenzó a hablar Thomas, sin comprender del todo lo que sucedía ante sus ojos.

―Cometí un error con usted, señor Farmer ―le hablaba Aura―, al subestimarlo, pero usted también.

Ha estado con sus alumnos durante años y no se ha dado cuenta de cómo son y de lo que son capaces de hacer por quienes aman.

O empieza a confesar sus fechorías o yo le pegaré un tiro, y le aseguro que no me colgarán.

―Ser la hija de un duque tendría esa ventaja… ¿no? Esperaba que sí.

No en vano le había servido para salirse con la suya en casa de su padre y que la cocinera le diese la receta de los pastelillos de limón que el duque adoraba, y la enseñase a prepararlos.

Y Dios bendijese a la señora Parson por haber accedido a su petición poco común, porque enseguida se dio cuenta de que tenía una especial habilidad con los dulces que la condujo a la panadería de la señora Garland.

¿Se le aplicaría un indulto si Aura decidiese darle un buen escarmiento al odioso profesor y confesase después ser hija de un duque?

―Esa mujer está tan desesperada por conquistarle que ha manipulado a sus hijos, Dios sabe con qué ofrecimientos deshonestos lo ha hecho, milord ―decía el mentor de los muchachos―. Solo está mintiendo. Usted sabe los problemas que tienen los mellizos, en especial su heredero.

Un tiro salió de la pistola. Le rozó levemente la oreja, pero le hizo sangre. A Aura le gustó ver cómo entraba en pánico.

―Cazaba con mi padre, señor Farmer, eso ha sido una advertencia. No he fallado. ¿Quiere probar de nuevo?

―No es justo que tú puedas dispararle y yo no ―la amonestó Basil.

Ella lo miró de reojo, sin dejar de estar atenta a los movimientos de Farmer.

―Son las ventajas de ser mayor.

―Una injusticia, Aura ―razonó el joven.

―Así es la vida, terroncito. ―El profesor volvió a contar con toda la atención de ella.