Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 8
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Capítulo 8

Una noche imprevista

―¡Chicos! ―los llamó en cuanto entró en casa de los señores Sullivan―. Regresamos a Roseclouds.

―No quedan demasiadas horas de luz, señora Holt, debería considerar quedarse en nuestra casa ―le dijo Avery, quien necesitaba retenerla para cuando llegase Portman.

El señor Sullivan estaba enfadado. Se marchó de Londres en cuanto se casó para estar tranquilo, disfrutar de su mujer y alejarse de cualquier enredo. Su plan se había deshecho en un solo día, en el que se amontonaron las incómodas visitas.

―No es un viaje tan largo, si salimos de inmediato llegaremos bien.

―Aura se giró hacia Evangeline, que había salido al recibidor en cuanto los vio llegar a caballo por la ventana―.

Ha sido usted muy amable por acogernos, señora Sullivan.

Solo me queda agradecerle su hospitalidad y pedirle disculpas debido a los inconvenientes.

Evangeline asintió.

―¿Dónde está mi padre y qué ha hecho para enfadarte? ―saltó Basil, quien junto con Robin y Flavian ya estaba preparado para marcharse.

Aura se molestó consigo misma por no haber previsto la increíble empatía que poseía el joven a la hora de observar a una persona y determinar sus sentimientos. No lo engañaría porque seguramente la descubriría al punto.

―Lord Portman está ocupado en estos momentos. Iremos a casa y lo arreglaré todo.

Basil dejó de preguntar, aunque no estaba satisfecho con la respuesta de Aura. Ella esperaba que el tutor de los niños le hubiese hecho caso y se hubiera marchado de Roseclouds porque si les ponía las cosas difíciles…

Los chicos salieron los primeros, el carruaje estaba preparado en la puerta principal, aguardándolos.

Avery se colocó delante de Aura para retenerla un segundo antes de que se marchase de estampida de su hogar con los muchachos.

―Espérelo aquí, señora Holt ―le pidió.

―Está muy entretenido, dudo mucho que deje de divertirse para atendernos ―le dijo ella manteniendo a raya su enfado.

―Si algo le sucede, señora Holt, me hará responsable a mí.

―Los que salimos del East End estamos hechos de una pasta diferente, más dura que el resto. ¿No le parece?

―Aun así, él vendrá enseguida. Quédese.

―Nos conocemos hace tiempo, señor Sullivan.

―Es cierto ―coincidió él.

―¿Cree que cambio de opinión cuando tomo una decisión?

Él le sonrió con afabilidad.

―Cook es el que mejor sabe que eso no sucede, puesto que usted se empeñó en ayudarlo a conquistar a la cantante y hasta que ella no se rindió a sus delicias, unas que si no me equivoco ideó precisamente para encandilar a la dama que Cook pretendía, no cejó en su empeño. Usted tiene determinación, señora Holt.

Ella le sonrió.

―¿Cómo está nuestro amigo? ―se interesó. Su enfado quedó momentáneamente apartado y ella sabía que había traído a la conversación a Cook para que así ocurriese. Avery Sullivan era un tipo listo, además de un buen hombre.

No se sorprendió demasiado cuando el servicio de Roseclouds le aseguró a Aura que el vizconde había ido a casa de los señores Sullivan, porque cuando preguntó si conocían el nombre de pila del hombre y ellos le dijeron que era «Avery», la señora Holt supo que Portman pertenecía al círculo de El placer del infierno y que no era un simple socio del club.

―Felizmente comprometido, según la última carta que he recibido de él.

―Les irá bien ―opinó Aura con satisfacción. Esa pareja tenía que estar junta.

―No sé hasta qué punto, puesto que usted ya no trabaja en la panadería. ¿Por qué no hace que los chicos bajen del carruaje y me cuenta la historia de cómo llegó a trabajar para lord Portman?

―Mary sabe tanto o más que yo sobre dulces, señor Sullivan. Ahora, no crea que no me doy cuenta de que trata de entretenerme, así que me marcho y le agradezco también a usted la ayuda que me ha prestado. Tengan buena tarde ―se despidió del matrimonio, dado que Evangeline había sido un testigo mudo.

―Señora Holt ―dijeron al unísono Avery y Evangeline, con una inclinación de cabeza, para despedirla.

El matrimonio la acompañó hasta la salida, la vieron subir al vehículo y alejarse hacia el carruaje. Los dos entraron de nuevo en casa.

―Debimos retenerla contra su voluntad ―opinó la señora Sullivan. Ella conocía bien el carácter del vizconde y por ello dijo―: Cuando Portman se presente aquí y vea que no está… Mal asunto.

―Se las apañará, pero más le vale estar preparado. Aura Holt es un polvorín en estos momentos. La he visto poner orden en la calle cuando alguien la molesta y es formidable en su actuación. Portman está en problemas.

―¿De qué conoces a la señora Holt? Y lo más importante: ¿por qué dices eso sobre el vizconde?

―Cook le consiguió empleo en la panadería de enfrente cuando se presentó en la puerta de El placer del infierno para pedir trabajo con un bebé en los brazos. Venía muy bien vestida y con unos modales impecables, por eso no la dejamos quedarse allí.

―¿Es una dama tal vez?

―No lo sé, pero sí te aseguro una cosa, mi pequeña Eve, y es que hay algo entre la señora Holt y lord Portman, y no hablo de una simple relación entre patrón y empleada.

Ella podía entender eso perfectamente. Thomas Foster era un hombre muy apuesto, con un aspecto muy a la moda.

La señora Holt, pese a tener esa quemadura en su rostro, no se sentía intimidada por ser diferente.

Lo mismo sucedía con la cara de su esposo, aunque Avery tenía dos cicatrices en su maravillosa cara, él se veía soberbio.

―¿Qué ha pasado en la posada? ―le preguntó a Sullivan.

―La señora Holt se empeñó en entrar ella sola y me ordenó que la esperase.

―¿Te lo ordenó? ―inquirió con el ceño fruncido.

―Ya te he dicho antes que no es una mujer al uso.

Cuando ella pedía algo en aquel entonces, era imposible negarse.

Posee un fuerte carácter y no se amedrenta con facilidad.

No sé lo que vio en la posada, pero intuyo que Portman se estaba divirtiendo con otra mujer, porque salió con la ropa desarreglada y lleno de carmín, además estaba mojado y apestaba a cerveza, así que creo que la señora Holt tuvo que ver en la cuestión de la humedad que él presentaba.

―¿Crees que se aman?

―Pudiera ser. El vizconde corría tras los pasos de la señora Holt como un loco y lleno de remordimientos. Habrá que esperar para ver qué sucede.

―Me gusta mucho la señora Holt. Creo que en verdad Portman está en un serio apuro.

―Efectivamente.

Avery se acercó a su esposa, quien había estado de pie frente a él, en la entrada de la casa, y le dio un beso lleno de pasión.

―¿Qué te propones, esposo? ―preguntó con picardía.

―Estás cansada, creo que te vendría bien una pequeña siesta antes de la cena, Eve. Imagino que el niño está con la niñera perfectamente atendido. ―Ella cabeceó afirmativamente.

―¿Una siesta que implique que estaremos desnudos?

―Eso sería todavía mejor.

―No sé si podré atenderte como nos merecemos, Avery ―dijo con lástima.

―¿Por qué? ¿Tan pronto te has cansado de tu amoroso esposo? ―preguntó con el ceño fruncido.

―No dejo de pensar en Regina.

―¿Hablaste con ella? ―inquirió, al tiempo que la colocaba entre sus brazos y subía con Eve por las escaleras. Ella se agarró a su cuello para estabilizar su posición.

―Me dijo que todo iba estupendamente bien.

―¿No la creíste?

―Ni por un momento.

―¿Qué podemos hacer por ella?

―Confiar en que si Ranfield trata de hacerle daño, nos pida ayuda. Mi hermana siempre ha sido solitaria sobre sus cuestiones, prefiere auxiliar a solicitar ayuda, así que no hay mucho que pueda hacer.

―Trataré de averiguar la situación de Regina con su esposo.

Ella sintió esperanza con la propuesta de su esposo.

―¿Cómo harías eso?

―El servicio. Todos tienen un precio. Mandaré a alguien para que hable con los criados de Ranfield y nos expliquen lo que sucede. ¿Te parece bien?

―Te amo, Avery. ―Su esposo siempre tenía soluciones para todos sus problemas.

―Y yo a ti, esposa. ¿Tomamos esa siesta?

―Lo que desee, señor Sullivan ―le dijo, seductora.

―Así me gusta ―observó con la voz cargada de deseo, mientras entraban en la habitación.

Sin embargo, justo cuando la dejó en el suelo y las manos de Avery se dirigieron al nudo del pañuelo de la corbata para deshacerlo, se escuchó la campana de la puerta principal.

―¡Maldición, había olvidado a Portman! ―se quejó Avery. Miró a su esposa y le dijo―: Ve desnudándote, en cuanto le diga que la señora Holt no está aquí, correrá tras sus faldas lo más rápido posible.

Sullivan no esperó respuesta, bajó volando al piso inferior con la idea de librarse lo más pronto posible del vizconde.

―Ha regresado a casa ―le informó nada más verlo entrar en su hogar precedido por su mayordomo.

―¿Cómo dices? ―Sullivan había esperado que él se marchase de inmediato.

―No he podido retenerla.

―¿Lo has intentado siquiera? ―preguntó molesto.

Avery consideraba que esa conversación ya estaba durando demasiado. ¡Su esposa lo estaba esperando desnuda sobre la cama! Ningún caballero haría esperar a una dama, y menos en tales circunstancias.

―Bueno, ¿te vas antes de que oscurezca o qué vas a hacer?

En ese momento se oyó un trueno. La tormenta, y no solo la climática, se le había echado encima a Portman.

―¡Infierno! ―Salió de allí sin despedirse, cosa que el señor Sullivan agradeció muchísimo.

―Echa la llave, Thompson ―le ordenó al mayordomo―, y sea quien sea no abras la puerta. Hoy hemos recibido suficientes visitas como para todo un año.

Subió los escalones de dos en dos, al tiempo que se quitaba el pañuelo de la corbata, la chaqueta y la camisa. Para cuando llegó al lugar donde Evangeline lo esperaba, tendida sobre la cama sin nada que la cubriese, él ya estaba casi en igualdad de condiciones que su amante esposa.

***

―¿Qué es lo que te preocupa? ―le preguntó sin vacilación Basil en el carruaje mientras regresaban a casa.

―Bastantes cosas, pero ahora mismo estaba pensando en cómo has conseguido que Robin comience a hablar ―le respondió ella.

Su hijo había empezado a pronunciar monosílabos de modo habitual. Era un privilegio escucharlo al fin.