Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 7 #4
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Capítulo 7 #4

― Touché . Supongo que si tuviese un poco de tu sensatez, a estas alturas estaría casado con Regina, y en vez de estar en una posada, me encontraría yendo hacia mi habitación, donde ella me esperaría desnuda para amamantarme de sus pechos después de alimentar a nuestro hijo.

Sus senos me tenían en una excitación constante cuando la tenía frente a mí.

Es liberador confesarlo al fin, aunque mañana lo negaré todo de nuevo.

―Lo que dices es repugnante. ¿Eres consciente de ello, Banstorn? Tu depravación no tiene límites. No puedes hablar así de los senos de una madre…

―Es lo único a lo que podré aferrarme para no volverme loco por haberla perdido. Nunca he lamido los pechos de una mujer que den leche. ¿Cómo será hacerlo?

―¡Quieres parar ya! ―le exigió Portman.

―Mojigato ―se burló. Entonces ocurrió que la mirada de Banstorn se oscureció y se quedó fija en un punto. Thomas conocía ese gesto de su amigo. Se acababa de convertir en un cazador dispuesto a encandilar a su presa.

Las posaderas llegaron con otra ronda y la morena bajita se dejó caer sobre su regazo. Portman no la frenó. La otra rubia trató de hacerlo sobre su amigo, pero Liam sí se desembarazó de ella. El vizconde supuso que su amigo había visto algo más interesante.

―¿Quién va a ser tu víctima esta noche?

―La fiera salvaje que se acerca hacia nosotros. Sé un buen chico, Portman, y vete arriba o a donde quieras con tu acompañante.

―No voy a hacer nada como lo que dices.

―Vete.

―No. Quiero ver esa hermosura que… ―Se quedó sin palabras al reconocer a la mujer que avanzaba hasta ellos a paso ligero.

―Yo la vi primero, Portman ―lo avisó, al ser consciente de que su amigo se había quedado eclipsado.

―No puede ser. Debo estar soñando. ―Tal vez se había pasado de la raya bebiendo, porque estaba viendo a Aura Holt acercarse hasta ellos con cara de malas pulgas.

―Es una mujer en toda la extensión de la palabra. Estoy seguro de que romperemos la cama. Ya me entiendes. Ahora vete.

―Es mi institutriz, Banstorn. ¡La de mis hijos, quiero decir!

―Si no te quiere, me la quedo ―dijo raudo. Necesitaba olvidar a Regina como fuese.

―¿Quieres que te rompa la nariz como hiciste con Ranfield en el ring ?

―No me gustaría que lo hicieras, no.

―¡Entonces cállate! ―le gritó de mala gana.

―Será mejor que te saques de encima a la posadera que se retuerce sobre tus rodillas ―le recomendó.

―¡Infierno! ―gimió en alto al darse cuenta.

A duras penas se deshizo de la mujer que estaba dándole besos y lametones en el cuello.

Estuvo sin la posadera encima justo a tiempo, para cuando Aura llegó hasta su posición, aunque él era muy consciente de que había visto toda la acción mientras se acercaba hasta ellos.

Aura se quedó parada frente a la mesa de Liam y Thomas.

Una ceja alzada evidenciaba su censura. Los labios apretados en una fina línea blanquecina dejaban claro que estaba tremendamente molesta.

Portman no se atrevía a hablar. Definitivamente tenía alma de institutriz o de algo más aristocrático, porque ni el mismísimo duque de York sería capaz de igualar su postura.

―¿No vas a presentarnos, Portman? ―Liam decidió romper el hielo con su propuesta.

Los ojos de ella le recordaban bastante a los de Regina, aunque no eran iguales.

Los de la institutriz que deseaba llevarse a la cama el vizconde, o algo más serio, eran más verdes que azules, pero eran preciosos.

El pelo oscuro, como el de Regina también, se veía soberbio.

Banstorn gimió en su interior al darse cuenta de que todas las mujeres serían comparadas con lady Ranfield siempre.

Debería empezar a fijarse en las rubias, o tal vez las pelirrojas.

―No ―dijo severo―. ¿Qué hace aquí, señora Holt?

Ella era incapaz de hablar. La furia se lo hacía ver todo rojo. Temía abalanzarse sobre la yugular de su empleador con el vidrio roto que tenía a sus pies. Le dio una patadita al cristal para alejar la tentación de sus pensamientos sanguinarios.

Aura lo había necesitado a su lado, protegiéndola a ella y a los mellizos cuando Farmer se convirtió en una amenaza que no estuvo segura de poder controlar.

Él había estado bebiendo, divirtiéndose o retozando, Dios sabía con cuántas mujeres.

Sin emitir una sola palabra tomó la jarra de cerveza de la mesa, la que había estado sosteniendo su compañero unos segundos antes, y se la echó encima a Portman. Se dio la vuelta y se marchó de allí.

―¡Señora Holt! ―gritó, justo antes de salir corriendo hacia ella.

Aura no se volvió, no aminoró el paso, todo lo contrario, comenzó a correr. Salió de la posada con él pisándole los talones y se subió al caballo ―con la ayuda de un escalón de madera―, cuyas riendas había estado sosteniendo el señor Sullivan para ella.

―¡Vámonos! ―le ordenó Aura.

―¿No estaba dentro? ―preguntó Avery. No obtuvo respuesta, porque ella ya estaba galopando.

Portman llegó tambaleándose hasta donde estaba él.

Avery supo que no debió haberle permitido ir a ella sola dentro.

Pero la señora Holt era un auténtico coronel cuando se lo proponía.

Lo sabía por las veces que había coincidido con ella en la panadería.

Fue toda una sorpresa cuando se presentó en su puerta cargada con tres muchachos.

Uno suyo y los dos de Portman. Así que hizo lo que le exigió: acompañarla a buscar al vizconde.

Dado que todavía había suficiente luz para cabalgar y la posada estaba a pocos minutos de su casa así lo hicieron ambos.

―¿Qué diantres le has hecho a la señora Holt? ―le preguntó Sullivan al vizconde.

―¡Ve a por ella, no permitas que se rompa el cuello!

―Parecía una valquiria sobre el caballo que Sullivan le habría prestado.

Iba a una velocidad alarmante. Al ser consciente del peligro que supondría caerse a ese ritmo de la montura, se dio cuenta de que Aura Holt era mucho más importante de lo que suponía, puesto que no deseaba sentirse como Banstorn si llegase a perderla.

Avery asintió y luego le dijo:

―La mantendré en mi casa hasta que vengas. Pide un café, o lo que sea, para dejar de estar ebrio, y adecéntate. Además de tener la ropa mal puesta, estás lleno de carmín por todas partes. ―Le hizo un gesto con la mano señalándose la cara y el cuello.

Portman maldijo al ser consciente de la escena que había visto Aura Holt mientras observaba a Sullivan poner a su montura al galope.

En caso contrario, es decir si la hubiese visto en brazos de otro hombre mientras se dejaba besar, no sabía si él sería capaz de perdonarla. La traición de Emily todavía pesaba muchísimo sobre sus hombros.