Capítulo 7 #3
―Lo vimos cuando se marchó a caballo días atrás. Mi padre estaba muy triste.
―¿Y tenía que ser por mí? ―No se creía con tanto poder como para afectar a lord Portman. En cambio su vanidad deseaba que así fuese. ¡Qué egoísta estaba resultando ser! Aura se dio cuenta de ello y se reprendió a sí misma.
―Basil dice que sí, porque te vio salir de su habitación una mañana.
Se puso colorada por lo que eso implicaba. Sabía exactamente a qué mañana se refería Flavian.
―¡Dios santo! ¿Hay algo que no se le escape a tu hermano? ―Estaba mortificada.
―No te vayas, Aura. Ahora ya no nos importa si mi padre no regresa nunca. Contigo estaremos bien, yo lo sé.
Se le rompió el corazón con la petición que él acompañó con los ojos empapados en lágrimas silenciosas.
―No me iré, te lo prometo. Ve a tu habitación, vístete y diles a Basil y a Robin que se preparen para salir.
―¿Vamos a huir de casa? ―preguntó de sopetón el joven.
―No, voy a averiguar el paradero exacto de tu padre. Cogeremos el carruaje y lo vamos a traer aquí a la fuerza, a punta de cuchillo si hace falta ―añadió con convicción.
El joven dio un salto en la silla dispuesto a cumplir la petición.
Lord Portman iba a conocer muy de cerca el temperamento que Aura Atenea se empeñaba en mantener bajo control, porque pese a que actuaba según sus propias directrices, su empleador no había visto ni una mísera parte de la formidable arpía en la que podía convertirse en caso de ser de extrema necesidad.
A fin de cuentas, lady Aura Atenea era la hija de un gran duque. Un vizconde estaba muy por debajo de su rango. Thomas Foster no tenía la más mínima oportunidad de enfrentarse a ella y salir indemne. Muy pronto se iba a dar cuenta de esa gran verdad.
***
Portman y Banstorn habían logrado escapar de la casa de los Sullivan sin sufrir ningún daño.
Cosa difícil, porque todos esperaban que Ranfield se pelease con Liam, y el vizconde se habría metido para defenderlo y hubiese sido todo un caos.
Afortunadamente no fue así, y los dos habían dado a parar con sus huesos en la posada más próxima, lugar donde pasarían la noche bebiendo, divirtiéndose con las atenciones de dos posaderas, algo rollizas, pero encantadoras, que se dejaban caer sobre el regazo de ambos cada vez que les servían una pinta.
El vizconde estaba bastante contento, no ebrio del todo, pero muy alegre. Su amigo figuraba en la misma tesitura que él.
―Malditas sean las mujeres, Portman ―decía su amigo, al tiempo que levantaba su jarra al aire―. Tienes suerte de no tener que soportar a una esposa, estoy seguro. Dicen que estabas enamorado de ella. ¿Es verdad?
Él agitó los hombros. Hacía mucho tiempo que no pensaba en Emily, en lo egoísta que fue al quitarse la vida y en la traición que supuso saber que lo había abandonado.
―Supongo que tuve un matrimonio similar al de cualquier otro hombre. Ella murió y todo acabó. No hay mucho más. ―El secreto se lo llevaría a la tumba. Sus amigos no conocían las circunstancias sobre su viudez.
―Yo estoy muerto para ella, Portman.
Le costaba seguir un poco la conversación.
―¿Para quién?
―Regina.
―Lo siento por eso. ¿Qué te ha dicho?
―Muchas cosas, pero en resumen… me ha pedido que no la mire, que no le hable y que no la toque…
―¿La tocaste? ―preguntó alarmado.
―Nada escandaloso, solo le acaricié las mejillas ―dijo como si fuese de lo más natural que un hombre tuviese esa intimidad con una mujer casada que lo despreciaba.
―¿Acaso querías morir? Incluso Sullivan se ha dado cuenta de que Ranfield es tremendamente posesivo con su esposa.
―¡Que se la quede! Son tal para cual. Es una orgullosa que no merece ni mi compasión.
Ranfield la está consumiendo y ella en vez de pedir ayuda, actúa como si fuese una mujer en los albores de su primer amor.
¿A quién quiere engañar? La maldigo, Portman, una y mil veces.
Y me maldigo a mí mismo por haberle exigido a Ranfield que se casase con ella cuando me enteré de que estaba embarazada.
―Recuerdo eso. Yo estaba allí cuando te peleaste con él sobre el ring . Al menos atizaste con ganas al hombre que te robó a la mujer que amas.
Ese episodio sucedió una noche en el club El placer del infierno, justo cuando Banstorn se alzó como un caballero de brillante armadura para exigir al conde que cumpliese con su deber y se casase con Regina por haberla deshonrado.
Eso era lo que Liam le había confesado que ocurrió, después de tomar tres cervezas y ponerse a recordar el pasado.
Un pasado que siempre tenía que ver con Regina y que su compañero traía a colación una y otra vez desde que se habían sentado en la mesa.
Portman estaba al corriente sobre la pelea producida, pero no sobre las cuestiones que la motivaron. Ya lo sabía todo.
―Sí… bueno. Eso me recuerda que también tengo que maldecir al maldito York, por poner sobre mis hombros el peso del ducado.
―Así que es verdad y estás enamorado de lady Ranfield ―alegó con sorpresa. Había expresado en alto su conjetura para fastidiarlo, esperando que lo negase una vez más.
―¿Has tenido alguna vez esa sensación?
―¿Cuál? ―se interesó, al ver que su compañero no proseguía con su explicación.
―La que te produce saber que te han quitado algo y que no podrá ser tuyo nunca.
―Sí.
―¿Fue a la muerte de tu esposa, Portman?
―No. ―Era Aura negándose a sucumbir.
―Siempre me odiaré por no haber luchado por Regina cuando todavía tenía la oportunidad de hacerlo.
¡Dios, ella era perfecta! Habría hecho que no perdiese nunca el interés.
Estoy seguro. No puedo verme casado con ninguna otra.
Mi hermano me ha pasado una lista para que elija y soy incapaz de hacerlo.
A todas las damas las comparo con ella. Regina, que me ha pedido que actúe como si estuviésemos muertos el uno para el otro…
Soy lamentable, lo sé. Debes de estar pensando eso de mí.
Y es una suerte que acabemos borrachos y mañana no recordemos nuestras palabras, Portman.
El vizconde lo miró a los ojos. El sufrimiento de Banstorn era muy real.
―Si te sirve de consuelo, yo tengo unos celos terribles de mis hijos.
―¿De tus diablillos? ¿Por qué? Son muy jóvenes para andar conquistando a las muchachas. ¿Qué años tienen?
―Casi doce.
―Bueno, yo a los doce intenté que una doncella me mostrase sus pechos. Imagino que tienes que ir con cuidado con ellos.
―No es nada de eso. Hay una mujer que cuanto más me niega lo que deseo, más lo ansío. Es como tú has dicho antes, esa sensación de la que hablabas.
―¿Y qué tienen que ver tus pequeños tahúres con ella?
―Es la institutriz que contraté para ellos y que ardo en deseos de que esté pendiente de mí y solo de mí, Banstorn. Si tú eres patético, yo no me quedo atrás.
Liam le dio un par de palmadas en la espalda.
―La tienes bajo tu techo, no debería ser complicado hacerle ver lo fantástico que sería tener complacido a su empleador, puesto que la colmarías de las mismas satisfacciones carnales que ella te otorgaría.
―¡Cállate, Banstorn! ―lo amonestó―. Haces que suene como algo sucio y sórdido.
―¡Dios mío! No la quieres solo para que caliente tu cama ―exclamó con sorpresa―. La última vez que vi a Phenton en White´s, dijo que lo habías mandado a investigar a una mujer… ¿Una panadera? ¿Es ella?
―¿Todos los duques son unas viejas chismosas? ―se quejó.
―York y Phenton lo son.
―Ya… Sí, era panadera antes de estar a mi servicio.
―A tu servicio no está o tú no te mostrarías tan falto de…
―¡Sé un poco serio, Banstorn! ―lo regañó.
―Está bien.
―Te decía que la señora Aura Holt es un enigma porque Phenton me ha escrito y nadie la conoce o ha oído hablar de ella antes de aparecer en el East End.
―Uhm… precioso nombre. De diosa griega ―musitó―.
¿Está casada, Portman? Porque ya has visto que cuando hay un esposo de por medio es mejor retirarse, yo mismo lo acabo de aprender.
O tal vez esté huyendo de su esposo. Si Regina abandonase a Ranfield, mandaría todo al cuerno por ella.
Incluso a mi hermano y al ducado. Aunque ella no haría jamás algo así.
Su maldita lealtad que tanto me impresiona es un impedimento ―dijo la última parte más para sí mismo que para su compañero.
―Su esposo murió. ―Imaginar que ella pudiese estar casada con otro hombre le había dado dolor de cabeza, barriga y muelas.
―¡Tanto mejor! ―exclamó alegremente―. Si Regina se convirtiese en viuda creo que orinaría sobre la tumba de Ranfield para después ir a seducirla. ¡Qué sueño tan precioso!
―¿¡Quieres olvidar por un momento a Regina y a su esposo!? ―inquirió muy molesto.
―Está bien. Me has aguantado buena parte del día. Te dejaré despotricar un rato. ¿Cuál es el problema con tu viuda? ―ofreció compasivo.
―No estoy seguro de nada en lo que a ella se refiere.
―Si le has pedido ayuda a Phenton, es porque consideras tener algo más serio con ella ―observó con cierta suavidad.
―No, el matrimonio no puede entrar en mis planes.
Mis hijos la respetan y tengo pánico porque me abandone, no lo negaré.
Pero no puedo plantearme encadenarla a mí con la bendición del Altísimo.
He sido libre demasiado tiempo para hacer y deshacer a mi gusto.
Sería muy complejo volver a tener a una esposa dependiendo de mí…
Aunque por otro lado, hacerle el amor por la noche a la mujer a la que deseas…
―No se había dado cuenta de que estaba cavilando en voz alta.
―Hablas en serio… ¿De verdad, estás hablando de casarte? Tú, que juraste sobre la Biblia y frente a un vicario que no lo harías jamás.
―No era el libro de las sagradas escrituras, Banstorn. Y tú ibas disfrazado de vicario en aquella orgía.
Liam estalló en una sonora carcajada.
―¿Te he dicho alguna vez que tu santurronería es muy irritante? ¿Qué hombre acude a un par de fiestas infames y se queda vestido sin disfrutar de un buen par de muslos frescos bien predispuestos?
―Uno al que le gusta en exceso la intimidad.