Capítulo 7 #2
―Lo hice antes que mi hermano ―razonó. Lo premió con una sonrisa sincera por su afirmación.
Flavian era más cercano y cálido que Basil. Ella se había dado cuenta de que el carácter de los dos hermanos era bastante opuesto.
―Veamos lo que te ha hecho.
Lo giró y procedió a quitarle la chaqueta y a levantarle la camisa. Tres marcas muy rojas, una con sangre, surcaban su espalda. Para haber atravesado la lana y la batista, el maldito Farmer tuvo que haber empleado toda su fuerza.
―No me duele. Solo un poco.
Ella sabía que mentía. Lamentó no haberle atizado al tutor con la vara en la cara cuando tuvo la ocasión.
Si los chicos no hubiesen estado delante, lo habría hecho con sumo placer.
Si Farmer creía que iba a salirse con la suya estaba muy equivocado.
Portman le haría frente en cuanto se enterase de que se había atrevido a lastimar a uno de sus hijos. Ella confiaba en que así fuese.
Dejó caer la camisa y lo tomó de la mano.
―¿Es la primera vez que sucede?
―No, pero las otras solo me daban un bofetón, un pellizco… cosas que podía soportar. Nunca antes se había enfadado tanto como esta vez.
―¿Por qué Basil no lo enfrentó antes? ―La pregunta salió en voz alta.
―Mi hermano no lo sabía. Creí que podría arreglármelas, que sería tan fuerte como Basil.
Ahí tenía un círculo vicioso. Un hijo mayor que quería ser como su padre, un hijo menor que ansiaba parecerse a su hermano.
―Vayamos a mi habitación, terroncito, tengo un ungüento allí que servirá para aliviarte. Yo misma lo preparo. Además de ser panadera y pastelera entiendo de algunas hierbas.
―¿No va a preguntarme qué hice para merecer ese castigo, o los otros, señora Holt?
―No, porque no es importante. Considero que nadie tiene la legitimidad para usar la violencia sobre otra persona si no es en defensa propia, menos sobre un muchacho.
Dudo que tú fueses una amenaza para tu mentor, un hombre que recibe lo que imagino que es un buen estipendio y que debería enseñarte lecciones como esa y que no ha cumplido con su cometido.
―Gracias por no ponerme en duda, señora Holt.
―Aura. Me llamo Aura. Tu hermano y tú me llamaréis así y prescindiremos de toda la formalidad. Después de haber luchado en esta batalla juntos, creo que nos lo hemos ganado. ¿Te parece bien?
―Sí. Me gusta mucho tu nombre, Aura.
―Es griego como el tuyo y el de tu hermano. El segundo nombre de Robin es Aquiles, griego también. Creo que estábamos predestinados a encontrarnos los tres en el East End.
―Lo sé, por eso cuando escuché que alguien te llamaba de ese modo en la panadería le dije a Basil que teníamos que conocerte, aunque él no quería hacerlo.
―Vayamos a mi habitación. Necesito conocer esa historia, Flavian.
Cogidos de la mano, ella y el joven comenzaron a ir hacia el lugar donde Aura tenía los medios para atender sus heridas.
Lo recostó sobre la cama después de quitarle la camisa y le colocó un paño húmedo y frío sobre la espalda para limpiar la sangre y aliviarlo. Lo dejó ahí mientras buscaba el preparado.
―Esto me ayuda mucho, Aura. ―Tenía una molestia bastante considerable. No se sintió vulnerable o flojo por reconocer eso ante su institutriz.
―El bálsamo hará que en un par de días no haya rastro de la atrocidad de tu profesor.
―Se ha enfadado porque ha tenido que repetirme la lección varias veces.
Mi cabeza estaba en otra parte hoy. No soy tan capaz como mi hermano cuando pienso en otras cosas.
Ha amenazado con golpearme cada vez que fallase al responder las preguntas.
No quería que Basil lo supiera, porque en cuanto ve que alguien me hace daño, los dos nos metemos en un lío tremendo.
―¿No ha habido nunca nadie que os haya cuidado y protegido, Flavian?
¿Todas las niñeras, doncellas o institutrices que habéis tenido se han portado mal con vosotros en algún momento?
―Basil ya le había hablado de ese hecho en una ocasión, pero resultaba que no podía creerse que ni una sola alma caritativa se hubiera preocupado con sinceridad por los mellizos.
Aura se encontraba retirándole el paño y untándole con cuidado el ungüento por la zona herida.
―Queríamos que nuestro padre se ocupase de nosotros.
Eso hacía que tramásemos cosas que no estaban bien para librarnos de quienes nos tenían que cuidar y no lo hacían como considerábamos que debían hacerlo.
No es fácil engañar a Basil en algunas cuestiones.
Una vez, provocamos un incendio en la cocina de la casa de Londres hace un par de años.
―No preguntaré ni de quién fue esa idea ni cómo sucedió, porque una travesura así… ―Ella le tenía mucho respeto al fuego. Era muy cuidadosa cuando había algo prendido, y mucho más en la panadería.
―Te lo contaré. Ese día, la niñera que contrató mi padre hacía tres días, me había castigado por la mañana por gritar.
Me privó de la comida durante toda la jornada.
Basil no lo sabía. Se lo confesé por la noche cuando mis tripas no podían resistirlo más.
Bajamos a la cocina porque me apetecía comer uno de los pasteles que aquella mujer se había comido delante de mí.
Mi hermano consideró que sería fácil cocinar. La cosa se nos descontroló sin querer.
―Lo que esa institutriz te hizo estuvo muy mal. Debiste acudir a tu padre.
―Mi padre no estaba nunca en casa.
Ella suspiró al darse cuenta de que no tenían a nadie a quien recurrir. Eran solo dos hermanos para apoyarse el uno al otro.
―No te imaginas lo peligrosos que son los incendios, Flavian. Yo he sobrevivido a dos. En el primero perdí a mi madre y en el segundo a mi padre. No os acerquéis a la cocina ni a las velas si no es con la máxima precaución.
―¿Te duelen todavía tus quemaduras? Basil dice que debes de tener más piel afectada bajo el vestido.
―No me duelen, son un recordatorio de que salí con vida. ¿Entiendes que no es honorable que un par de muchachos se interesen por lo que esconde una dama bajo su ropa?
―Lo siento. Eres bonita pese a tener la cara marcada.
―Te agradezco tu observación, Flavian ―dijo con una sonrisa tierna.
―Mi padre te quiere.
―Y yo lo valoro muchísimo. Ya se lo dije a Basil, lord Portman es un gran hombre.
―Es la primera vez que mi hermano tiene miedo de algo ―dijo con lástima.
―¿Qué le preocupa a Basil, además de ti?
―Él la vio marcharse aquella mañana con el conde de Rashcute.
Era el amante de mi madre, ¿sabes? Lo comprendimos años más tarde.
Basil no suele olvidar nada cuando lo ve por primera vez y aunque no me sucede lo mismo, ese recuerdo no se desvanecerá jamás tampoco para mí.
Mi hermano vino a buscarme para que convenciéramos a la vizcondesa para que no se marchase con él.
Cuando la tuvimos delante, le suplicamos que no nos dejase atrás.
Alegó que nuestro padre la mataría si se quedaba, y que nosotros éramos un recordatorio constante de lo que perdió por no haber sido más fuerte y rechazar a nuestro padre.
Aquel hombre que la acompañaba nos habló como si tuviese derecho a intervenir y nos dijo que él y nuestra madre se habían amado siempre y que era hora de que estuvieran juntos.
Cuando me puse a llorar, Basil me dijo que todavía nos quedaría nuestro padre y me recordó que la vizcondesa nunca nos había hecho demasiado caso.
Basil se equivocó. Nuestro padre nunca estaba cerca para nosotros.
―Lo siento mucho ―se compadeció.
―Eso no fue lo peor. Mi madre saltó al vacío después de ver que el hombre con el que trataba de huir falleció cuando volcó el carruaje, poco después de dejar Roseclouds. Mi padre la acababa de rescatar del interior del vehículo, antes de que la estructura cayese por el acantilado.
Ella se tapó la boca con la mano para no dejar salir el sollozo. Enseguida se hizo una pregunta muy dolorosa que necesitaba respuesta. Así que dejó caer el brazo para hablar.
―¿Estabais allí cuando eso sucedió? ―De pronto, su propia historia le pareció poco miserable, y eso que su vida dependía de que nadie supiera su verdadera identidad, ni la de Robin.
―No. Basil se lo escuchó decir al señor Greasom cuando se lo contaba a su mujer el día en el que sucedió. El jefe de cuadras le dijo que jamás debían hablar de ello, aunque no sabía cómo superaría lo vivido.
Cerró los ojos ante la angustia en la voz de Flavian.
Lo puso de pie y lo abrazó. Basil y Flavian eran dos grandes muchachos que habían crecido sin cariño.
Solo necesitaban a alguien con quien hablar, que los escuchase, que se preocupase por sus problemas, que les enseñase a buscar ayuda cuando la precisasen.
Estaban acostumbrados a valerse por sí mismos. Las cosas debían cambiar de inmediato.
―Cuéntame la historia de la panadería. La que has empezado antes de venir aquí. ―Necesitaba enfocarse en otra cosa.
Se separó del joven, lo llevó hasta la silla más próxima y se sentó frente a él. Era preciso escuchar algo un poco alegre.
―Fuimos al East End porque queríamos ver ese club al que tanto iba nuestro padre. Te vimos con tu hijo una tarde. Robin se había caído y tú lo cogiste en brazos, le hablabas, le acariciabas la cabeza. Te preocupabas por él como…
―Como debía hacer una madre ―terminó por Flavian.
―Yo… quería conocerte. Necesitaba saber la clase de mujer que eras. Fue el tono de tu voz, tu mirada, la preocupación sincera por el niño…
Ella le sonrió.
―Así que nunca tuve opción a escapar de vosotros ni de vuestro padre… ―señaló pensativamente.
―Basil no te quería aquí.
―Lo recuerdo muy bien. Me dijo que me fuera la tarde que me presenté en vuestra casa de Londres.
―No lo admitirá, pero tiene miedo de que nos abandones o de que mi padre te haga daño. Pero creo que eres tú la que le ha herido a mi padre.
―¿Por qué dices lo último, Flavian? ―La primera parte no le había sorprendido mucho, porque en la conversación que tuvo con Basil, ya le advirtió de algo semejante con respecto a lord Portman. Lo otro… era curioso.