Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 7
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Capítulo 7

Una acción precipitada

Desgraciado. Esa era una palabra muy soez que le venía a la mente a Aura Holt para referirse, en privado, al vizconde Portman.

Se había marchado sin avisar después de evitarla con descaro.

El administrador del muy cobarde le dijo que él estaba de visita, cerca de Roseclouds, pero que no sabía cuándo regresaría, en cuanto ella le preguntó sin titubeos sobre su paradero y la duración de su ausencia.

Después de haberle hecho creer que se esforzaría por sus hijos, lord Portman había huido como el roedor temeroso que parecía ser.

Estaba enfurecida como lo había estado el mar de la costa dos días antes.

No solo por cómo había actuado el vizconde, sino también porque cada vez que recordaba el vibrante y escandaloso encuentro que había vivido entre sus brazos, se sentía somnolienta, ansiosa y…

muy perversa. Aunque eso no venía al caso, dado que podría asesinarlo con sus propias manos si se le pusiese delante en esos mismos instantes por fallarle a sus hijos.

―Ma…má. ―Le llegó una voz desde la izquierda.

―¡Robin! ―exclamó emocionada al escuchar por primera vez la voz de su pequeño.

El niño corrió hasta ella, le agarró la mano y la urgió a seguirlo. Sintió que el vello de la nuca se le ponía de punta. La llevó hasta la sala escolar, donde los tres recibían sus clases.

―¡Se lo diré a tu padre como no bajes de inmediato esa vara, muchacho! Y esta vez te mandará bien lejos porque solo le traes problemas. ―Oyó que el grito salía de la puerta que estaba a punto de alcanzar. Era el señor Farmer iracundo.

Aura entró sin ceremonia ninguna. En cuanto estuvo dentro, Robin se agarró a su pierna derecha y por el lado izquierdo sintió otro abrazo.

Flavian la sostenía fuertemente por la cintura.

Ella le acarició el pelo al darse cuenta de que el muchacho estaba llorando.

Frente a sus ojos, Basil, embravecido, sostenía en alto una vara, mientras el profesor, colocado tras un escritorio, trataba de mantener la calma.

―¡Basil! ―lo llamó para que centrase su atención en ella.

El hijo mayor de Portman no dejó de mirar con fijación al señor Farmer, parecía muy dispuesto a atizarle con el objeto que empuñaba.

Caminó, como pudo, con Flavian y Robin sujetos a ella y se colocó frente al tutor, para que el hijo mayor de lord Portman se quedase tras los tres.

Tenía que protegerlo de sí mismo. Aura era muy consciente de su determinación.

Farmer estaba en serios problemas y no hacía bien al subestimar al chico.

Basil podía parecer inofensivo, una amenaza a la que no se le debería dar crédito, pero no era así.

Ese mentor habría pasado muchas horas con los hijos del vizconde y todavía no conocía el carácter de ambos.

―¡Señora Holt, será mejor que se marche! Basil se ha vuelto loco y no es consciente del lío en el que se va a meter, porque pienso presentar cargos como ose agredirme.

―Señor Farmer, sus servicios en esta casa no serán necesarios de ahora en adelante ―dijo ella con serenidad y mucha firmeza―.

Haga el favor de preparar sus baúles a la mayor brevedad posible y márchese de Roseclouds para no regresar jamás.

Por descontado se le pagará su estipendio hasta el día de hoy, no recibirá ni un penique de más por las molestias y tampoco le daremos referencias.

Tiene suerte de que no vaya yo misma a buscar a las autoridades de inmediato.

―¿Disculpe? ―El hombre estaba asombrado por lo que ella le había dicho.

―Me ha oído perfectamente. Váyase antes de que yo tome prestada la vara de Basil y le dé su merecido. No es un farol, señor Farmer.

―¡Esto es un ultraje! ¿Cree que haré caso de lo que me diga una insignificante mujer? ―rebatió el hombre.

―Lo hará. ―Aura se giró hacia el muchacho y extendió la mano. El hijo de Portman todavía no la miraba. No había dejado de observar a su presa. Basil era un cazador en ese momento―. Te estoy pidiendo lo que alzas sobre tu cabeza y vas a dármelo de inmediato.

―No ―dijo el joven.

―Ahora, Basil, por favor. Yo soy la responsable de esta situación, no tú. Dame la vara ―inquirió en tono enérgico.

El heredero del vizconde dejó de mirar al profesor y centró su atención en ella.

Lo observaba con precaución, pero sin temor en su mirada.

Basil no le haría daño. Ella lo sabía… rezaba para no equivocarse sobre ese supuesto.

Bajó la improvisada arma y se la tendió.

Aura levantó la vara una vez más en dirección al señor Farmer.

―Si sigue aquí un minuto más, le juro por lo más sagrado que le cruzaré la cara y le haré una bonita señal para que no se olvide de nosotros jamás. ¿He sido clara, señor Farmer?

―¿Qué desfachatez es esta? Usted no es nadie para darme órdenes. Ser la concubina de Portman no le da ningún derecho sobre mí, sus hijos o cualquier otra cosa.

Lo siguiente que vio la señora Holt, fue a Basil colocándose delante de Robin, de Flavian y de ella misma.

―Si la ofendes iré a buscar la pistola que mi padre guarda en el segundo cajón de su escritorio y te pegaré un tiro ―le dijo el muchacho sin formalidad.

Aura se tragó un jadeo. Basil parecía muy capaz de hacer eso. Tomó aire y le dijo a Farmer:

―Ya ha oído al futuro vizconde Portman. ¿Está dispuesto a arriesgarse, señor Farmer?

―Tonterías. No es más que un niño todavía y no haría semejante atrocidad, ni tan siquiera debería pensar en ello.

―Los dos sabemos que Basil no es un chico común.

¿De verdad quiere probar su determinación?

Porque le prometo que mientras él va a por la pistola, yo me dirigiré a la cocina para coger el cuchillo más grande que pueda encontrar.

Puede dudar de la puntería del hijo mayor de lord Portman, cosa que no le recomiendo, pero no debería subestimarme, soy una novia de Lucifer que ha escapado dos veces del infierno, y no sería la primera vez que alzase un cuchillo contra alguien.

Se lo clavaré donde más le duela. Tiene mi promesa ―le dijo con firmeza.

Dios la perdonaría por estar haciendo ese espectáculo delante de los muchachos. Era consciente de ser totalmente inapropiada. No podía permitirse flaquear. Necesitaba que el señor Farmer se marchase de inmediato de Roseclouds.

―Esto no quedará así, señora Holt ―sentenció, justo antes de salir de la habitación, sin dejar de vigilar su retaguardia. Eran demasiados contra él y decidió optar por un retiro oportuno.

En cuanto el hombre se marchó, Aura dejó sobre la mesa más próxima la vara y respiró con alivio. Su mano le temblaba.

―Ven aquí, Basil ―lo llamó, mientras le daba la vuelta y lo abrazaba con fuerza.

Lo mantuvo en esa posición unos minutos.

Los cuatro juntos, dado que Robin y Flavian no se habían alejado de ella―.

Eres un chico tan especial… Sabía que podría conquistarte.

¡Me has protegido sin dudar, del mismo modo que lo has hecho con tu hermano!

―Las lágrimas se le habían escapado y salían sin contención mojando sus mejillas.

Tenía todavía el miedo metido en el cuerpo.

La emoción de haber escuchado hablar a Robin por primera vez, el orgullo de saber que Basil la consideraba digna de su confianza para desafiar a un villano por ella…

Y mientras la dicha la invadía y la colmaba, solo era capaz de maldecir a Portman por no estar cuando se le necesitaba, por marcharse y dejar a sus hijos a su suerte.

Si él creía que había contratado a una institutriz al uso, se iba a dar cuenta de que no.

Aura Atenea Holt era mucho más de lo que se adivinaba a simple vista.

Si él supiera sobre sus orígenes se echaría a temblar.

Pronto averiguaría lo que había hecho al traerla a su vida.

No solo había despedido a tres personas esa mañana, cuyo estipendio pagaba lord Portman, se había enfrentado al maldito profesor y le hubiese clavado un cuchillo entre las costillas sin remordimiento.

Tras unos breves minutos, que le sirvieron para recomponerse, se separó de Basil y decidió atender a Flavian.

Rezó una pequeña plegaria para estar equivocada sobre su suposición inicial, pese a que sabía que la reacción de Basil resultaba inequívoca.

Colocó al hermano menor frente a ella y le acarició las mejillas para borrarle la humedad que todavía estaba fresca.

―¿Dónde te ha pegado? ―Ya no tenía duda alguna de que el muchacho había sido maltratado por el maldito profesor.

―Lo siento. De verdad que lo siento ―le dijo el joven.

―No es culpa tuya. Dime dónde te duele, Flavian.

―La espalda ―desveló Basil.

―¿Lo has visto hacerlo? ―preguntó Aura. Aunque ya sabía la respuesta.

―Sí ―le contestó.

―¿Te ha pegado a ti?

―Lo ha intentado. ―Basil abrió la mano y le mostró la marca de la vara. Se imaginó que el joven había detenido al vuelo el arma que había usado el profesor. Cada día que se sucedía, Basil Foster la sorprendía todavía más.

―Llévate a Robin a tu habitación a jugar. Yo atenderé a Flavian.

―No. Me quedo con mi hermano ―refutó.

―No quiero que Robin vea esto. Mi hijo también es tu responsabilidad y te pido que hagas lo que te digo, Basil.

Estoy aquí para cuidar a Flavian, deja que me ocupe de él.

No estás solo, ya. Te prometo que no lo volverás a estar nunca, Basil Foster, porque cuidaré de vosotros aunque tenga que desafiar a tu padre.

¿Confías en mí, Basil? ―le preguntó con solemnidad.

―Sí. ―El muchacho cogió la mano de Robin y se dispuso a llevárselo al cuarto de juegos.

Los vio emprender el camino de salida.

―¿Basil? ―lo llamó, antes de que saliese de su campo de visión.

―¿Qué?

―Gracias por enseñar a Robin, me ha llamado mamá cuando ha venido a buscarme. Y también debo agradecerte que nos protegieses a todos.

Él cabeceó afirmativamente. Un gesto de orgullo que le recordó a Portman. Eran sus hijos, un hecho incuestionable.

El otro muchacho y ella se quedaron solos.

―¿Tú también confías en mí, Flavian? ―le preguntó.