Capítulo 6 #3
En cuanto a Evangeline, la situación era más complicada porque el conde de Ranfield odiaba con todo su ser al esposo de su adorada hermana.
Antes de casarse con él, Ranfield mismo le confesó que Avery Sullivan era hijo bastardo del anterior conde, aunque Sullivan no lo sabía.
El padre de Lawrence había hecho crecer un odio visceral por Avery en su heredero.
Desde que habían llegado a casa de Evangeline ella había estado muy preocupada por Sullivan.
Su hermana amaba profundamente a su esposo y si algo le ocurriese a manos de Ranfield, Regina nunca se lo perdonaría.
El conde de Ranfield había convertido en su arma a todos los que Regina amaba o por quienes sentía cariño. Empezando por su hijo Kyle, pasando por Avery Sullivan y llegando a Liam Banstorn.
―Te equivocas. Tengo todo cuanto deseé.
―Siempre has sido una mentirosa excelente, Regina, pero a lo que acabas de decir estoy seguro de que ni tú misma le das crédito.
―Banstorn, es momento de que pongamos fin a…
―¿A qué Regina? ―la urgió al ver que se callaba―. ¿Te incomoda tener una conversación sincera con un amigo que se preocupa por ti?
―Nunca hemos sido amigos, debo recordártelo, nos llevábamos como el perro y el gato. No finjas que somos algo que no es. Y llegados a este punto te agradecería que no volvieses a hablarme, mirarme o tocarme. ―Se obligó a mostrarse fría, altiva, indiferente.
―¿Perdona? ―Eso sí que no se lo había esperado.
―Nunca nos hemos llevado bien. ¿Lo niegas? Tú me detestabas, yo te detestaba.
―Eso sí es verdad, te lo reconozco, pero las cosas son más complicadas de lo que parecen. No puedes reducir nuestra relación a una frase.
―Sabías bien que no te soportaba y confundiste mi actitud con algún deseo frustrado por ti ―siguió atacándolo.
―Admitiré que siempre sospeché que estabas enamorada de mí, y que como no te hacía caso, buscabas llamar mi atención con tus salidas de tono y tu indiferencia ―reconoció con seriedad.
―¿Te estás escuchando a ti mismo? Sabes que eso no era así y te empeñas en seguir acorralándome ―añadió con desespero.
―No soy como tú, Regina. Yo no soy tan bueno como tú mintiendo ―le reprochó―.
¿Qué esperas que haga cuando te tengo cerca y sé que no eres feliz?
Y ya puestos a hablar sin tapujos, también admitiré que te deseo.
―En presente. A ella no le había pasado inadvertido que no había afirmado la frase en tiempo pasado.
Ella suspiró. Su confesión no era algo nuevo, aunque sospecharlo y que él se lo dijese de viva voz eran dos cosas muy diferentes.
―Lo que debes hacer es casarte lo más pronto posible. Es tu obligación. Trata de ser feliz.
―Le dije a York en su momento que traerías al mundo a un niño solo para molestarme ―le confesó, al recordar una conversación bastante trascendental que tuvo con su hermano sobre Regina antes de que ella se casase.
York sabía que el interés de su hermano estaba puesto en la mujer que tenía delante mucho antes de que él mismo se diese cuenta.
Cosa que por otro lado negaría frente al resto de los mortales.
Así que cuando su hermano le recomendó que luchase por Regina, Liam no se atrevió, puesto que ella estaba embarazada y sobre Banstorn recaía el deber de engendrar al que se convertiría en el próximo duque de York.
Su hermano y su esposa llevaban un par de años casados y seguían sin descendencia.
En aquel momento, York le dijo que Regina podría parir una hija y por consiguiente todavía existiría la esperanza de tener un heredero de su misma sangre.
Liam sabía que ella sería madre de un varón solo para fastidiarlo.
―¿Qué se supone que quiere decir eso? ―No lo entendía.
Lo vio sonreírle.
―Nada.
―¿Vas a dejarme tranquila, Banstorn?
―¿Te he molestado mucho últimamente, Regina? ―Se irguió con suavidad―. Porque desde que te casaste esta es la primera vez que nos encontramos.
La condesa tomó aire y se preparó para darle la estocada final. Esto estaba durando demasiado y sospechaba que habría consecuencias por parte de Ranfield.
―Se trata de que nunca me has gustado y jamás lo harás. Esto va sobre que me incomoda tu sola presencia y me gustaría que nos negásemos el uno al otro.
Él se rio sin ganas ante el discurso de ella.
―¿Tan amenazado se siente tu esposo que te manda a ti a hacer el trabajo sucio, Regina? No sé si sentirme halagado o incrédulo porque tú te hayas prestado a ser su marioneta.
Regina se negó a sentirse como una niña a la que habían pillado infraganti.
―Te equivocas de nuevo. Esto no tiene que ver con Ranfield.
Son mis deseos. No me gustas, nunca me has gustado y es momento de que pongamos un punto y aparte en esto que compartimos y que me hace sentir incómoda.
¿Tan increíble te parece que quiera hacerte desaparecer de mi vida?
¿Debería recordarte todas las veces que traté de ignorarte o pisotearte para que te olvidases de mí, Banstorn?
―No hace falta que me recuerdes nada, porque tengo en mi memoria, muy nítidamente, además, cada conversación que hemos compartido.
Te aseguro que esta tampoco se me olvidará mientras viva.
―Había mucho más que eso, pero no era momento de confesarlo.
Nada podía hacer para reescribir el pasado.
Era una esposa. Prohibida para él. No porque Regina fuese propiedad de otro hombre.
Liam se había acostado con muchas más mujeres casadas que solteras descarriadas, el problema residía en que Regina nunca traicionaría sus votos, aunque estuviese a disgusto con el maldito dandi que la conquistó.
Ese rasgo, su lealtad, la que estaba demostrando por un marido que no la merecía, junto con su lengua afilada, su mente privilegiada y su frescura, eran posiblemente lo que habían hecho que él la desease con fuerza y se enamorase, sin darse cuenta y sin poder evitarlo de ella.
La amaba. No podía seguir negándolo durante más tiempo.
La tenía frente a él y solo deseaba abrazarla, prometerle que todo saldría bien, besarla…
Él no besaba a sus amantes, menos las abrazaba.
La veía ante él. Erguida como una gran reina.
La misma Cleopatra palidecería a su lado.
Y al fin era capaz de confesar en su fuero interno que amaba a Regina con todas sus fuerzas.
Y mientras ella trataba de poner fin a lo que fuese que hubieran compartido en el pasado, Liam sentía romperse en mil pedazos un corazón que, hasta la fecha, no había sabido que poseía.
―¿Te replegarás a mis deseos y me olvidarás? ―le pidió con altivez.
―Sí, Regina. Lo haré porque en lo que a ti se refiere soy incapaz de negarte nada.
Así que te desearé lo mejor y te ofreceré una promesa solemne.
―Levantó la nariz del mismo modo que ella la tenía alzada, en una actitud superior y procedió a recitar las palabras―: Mientras me quede un resquicio de vida, me comportaré contigo como si fueses una completa extraña a la que nunca he conocido.
No hablaremos, no te miraré, no te tocaré y, si Dios me ayuda, te eliminaré de mis sueños.
El hermano del duque de York se dio media vuelta después de ese pequeño juramento y se encaminó hacia la casa, donde vio a tres personas en la entrada. Posiblemente Evangeline, Sullivan y Portman habían estado haciendo guardia por si el conde de Ranfield salía de un rincón para pelearse con él.
Regina se contuvo de salir corriendo tras él y abrazarlo.
Por primera vez desde que se casó, se preguntó cómo sería estar rodeada por los fuertes brazos de un hombre que verdaderamente se preocupase por ella.
Liam Banstorn, a quien ella había tratado de una forma abominable, no solo en esa ocasión sino también en el pasado, era un hombre mucho mejor de lo que previó.
Tal vez uno de los mejores que conocería a lo largo de su vida.
Aunque Banstorn no lo supiera lo estaba salvando de la ira de su esposo.
Solo Dios sabía de lo que era capaz Ranfield.
Ella prefería no averiguar más cosas de su esposo.
Permanecer en el desconocimiento le hacía un poco más fácil estar a su lado, porque que Dios la perdonase, no perdería la esperanza de salvar a Ranfield mientras viese una pequeña posibilidad para hacerlo.
La mirada triste de Banstorn la acompañaría durante el resto de su vida.
Regina sospechaba que nunca olvidaría el momento exacto en el que le rompió el corazón a uno de los famosos disolutos de Londres.
Lo más inquietante de toda la situación fue haber sentido que una grieta, no pequeña, se abría en su interior para causarle un gran dolor.
¿Y si Ranfield conocía mejor sus anhelos que ella misma en lo referente al hermano de York?
Desechó la pregunta porque era demasiado perturbadora como para comprenderla.
Una mujer no podía estar interesada en dos hombres.
No. Regina estaba casada con el hombre que había elegido.
Banstorn seguramente la hubiese hecho tanto o más miserable que Lawrence…
Se aferraría a esa idea como a un clavo ardiendo.