Capítulo 6 #2
Así era él, le gustaba alardear de la información que conseguía, Dios sabía de dónde.
Desde que Regina lo conoció siendo una jovencita impresionable, Lawrence había cambiado muchísimo.
Poco quedaba del muchacho que le había dado su primer beso y que la enseñó a besar con pasión.
Se había casado con el padre de su hijo, el pequeño Kyle, después de que él la dejase embarazada y todavía no sabía si había hecho lo mejor.
Solo el Altísimo sabía los secretos que guardaba el conde de Ranfield, porque Regina había conocido unos pocos y no tenía corazón para seguir desentramando más.
―¿Se supone que esto es algún tipo de prueba, Ranfield? ―le preguntó, cansada de sus juegos. Desde que se casó, todo se reducía a un interés permanente de él por probar la lealtad de ella.
Lawrence estaba más roto de lo que Regina previó en un primer momento. Su padre, así se pudriera en el infierno, había mellado el carácter de Ranfield hasta límites insospechados. Ella odiaba al anterior conde por hacerle eso a su hijo.
―¿Debería serlo?
―¿Por qué estás celoso de un hombre que sabes que no me interesa como tal? Solo es el hermano del esposo de Isobel, la mujer que considero mi madre. Él y yo ni tan siquiera éramos amigos. ¿Cuántas veces quieres que te lo diga?
Ranfield había convertido a Banstorn en una discusión permanente desde poco antes de que se casasen.
―Te equivocas, no son celos. Me ha traicionado demasiada gente, Regina, así que si debes hacerlo, te invito a que no esperes más.
―Llegaste a casa después de dos meses sin saber de ti.
Me obligaste a hacer las maletas y visitar a mi hermana sin preguntarme primero.
Hiciste que dejase a mi hijo, un bebé que necesita a su madre, en el campo, apuesto que eso fue como un seguro por si acaso se me ocurría escapar con Banstorn.
¿Por qué te empeñas en pensar mal de mí, cuando no he hecho más que confesar una y otra vez que te amaba?
―Ah, en pasado, querida. Llevamos poco más de un año y tus sentimientos se debilitan cada día.
―Tú, y solo tú, no Banstorn ―precisó―, ni ningún otro, haces que sea difícil amarte.
―Y aun así, te entregas sin reservas cuando hacemos el amor. ¿Qué garantías tengo de que no harás lo mismo si Banstorn decide que quiere probarte en el lecho?
―¡Estás obsesionado con él! Y te atreves a usar lo que compartimos como un arma contra mí.
¿Preferirías que fuese fría y que no disfrutase de tus atenciones?
―En la cama era el único momento en el que la hacía olvidar lo precaria que era su situación, donde se permitía soñar con una vida idílica―.
¿¡Qué quieres de mí, Ranfield!? Porque si sigues forzándome harás que te deteste o algo peor ―estalló.
Ranfield se dio la vuelta y se acercó a ella, la sostuvo por la cintura.
Su mirada se desvió hacia una de las ventanas que había más cerca y entonces vio a Banstorn observándolos.
El conde bajó la cabeza y le dio un beso cargado de posesividad.
Violento. Corto, pero intenso. Era un hombre reclamando a su mujer frente a lo que consideraba la competencia. Luego se separó de ella.
―Ya me detestas, querida. Te avisé una y mil veces de que yo no era bueno para ti.
Viniste a mi cama antes de ser mi mujer por tu propio pie.
Me abrí a ti y me censuraste por ser como soy.
Eres mía, Regina. Si me traicionas me llevaré lejos a nuestro hijo.
Si me abandonas iré a los confines de la Tierra para traerte conmigo.
Ahora me iré a dar una vuelta, y cuando Banstorn venga a buscarte, déjale claro a quién perteneces.
Saldremos hacia casa en una hora como mucho. Estate lista para entonces.
La soltó y la dejó sola. Mientras veía al hombre del que se enamoró tantos años atrás, del que había perdido la esperanza de que se convirtiese en su esposo pero que regresó a su lado, Regina se preguntaba sobre la conveniencia de desear que los sueños se cumpliesen.
Encerrada en Ranfield Manor como una reclusa.
Ella había disfrutado siempre de la tranquilidad del campo.
Odiaba la temporada y lo que suponía sociabilizar con la élite, pero otra cosa era permanecer allí por miedo a que su esposo se celase y cometiese una imprudencia.
No se trataba solo de Banstorn, pero el hermano de York parecía ser al que su esposo más detestaba.
Había entrado a trabajar un joven lacayo que era muy jovial y simpático hacía meses en Ranfield Manor.
Una semana después, el muchacho se marchó de allí después de recibir una paliza en medio de la noche, cuando regresaba de tomarse una pinta en la taberna.
Lo supo entonces. El hecho de tratar bien a ese joven afable hizo que su esposo arremetiese lleno de celos.
Nunca le preguntó si fue él. Era otra cosa más que no quería confirmar.
No se atrevía a mirar más de dos veces a ningún hombre.
Ranfield era un esposo sin confianza en sí mismo, inseguro, amargado y tremendamente celoso.
Su pequeño Kyle la necesitaba a ella mucho más que cualquier otro niño precisase de su madre, porque de lo contrario el conde de Ranfield corrompería a su hijo del mismo modo que había hecho su padre con él.
¿Qué vida le esperaba? Hacía tiempo que se había despertado del sueño que supuso casarse con su amor de juventud. La realidad era mucho más peligrosa de lo que cualquiera supusiera.
¿Por qué tenía esa obsesión su esposo con Banstorn si ella siempre había condenado al hermano de York?
Sospechaba que las actividades de Ranfield eran peligrosas.
Desaparecía durante largas semanas en las que ella encontraba paz, y cuando regresaba siempre traía una herida.
La última fue de bala, y sufrió unas fiebres terribles que hicieron pensar lo peor sobre su supervivencia.
Siempre se recuperaba y cuando estaba en el lecho, mientras Regina lo atendía con diligencia, solía decirle que no la dejaría libre nunca.
Lo peor de todo era que deseaba darle paz, curarlo, aliviarlo…
Ranfield lo ponía todo muy complicado. Era un hombre difícil de entender o complacer.
Lawrence Trent, conde de Ranfield, había resultado ser una penitencia por algo malvado que ella había hecho en una vida anterior, y no sabía cómo cambiar eso. ¿Lo amaba? No estaba segura ya, pero sí se preocupaba por él aunque no se lo mereciera. Temía por su hijo Kyle.
―Ha sido una coincidencia de lo más inesperada verte aquí, Regina. ―Liam había llegado hasta ella, tal y como Ranfield había predicho.
En algunas ocasiones su esposo la usaba como un reclamo para reafirmarse ante otros hombres.
No era la primera vez que la exhibía ante alguien que mostraba cierto interés por ella.
En una ocasión se presentó, en Ranfield Manor, con un amigo que la observaba muchísimo.
Ella había tratado por todos los medios de apartarse de la mirada del desconocido, cuyo nombre no deseaba ni recordar.
Su esposo la besó y la manoseó delante de aquel hombre para que viese que solo le pertenecía a él.
Fue lo más bochornoso que le había obligado a hacer.
La condesa de Ranfield se giró para ver al recién llegado.
―Una feliz coincidencia, espero ―le dijo con una sonrisa afable.
―Por supuesto ―le contestó él con seriedad. Ella supo que mentía―. Estás muy cambiada.
―Soy una mujer casada. Es natural que…
―Sí, lo sé bien ―respondió con convicción, interrumpiéndola―. Estás en los huesos, tu mirada ―acunó su rostro y llevó los pulgares hasta la zona debajo de los ojos― no es la misma que fue.
Las manos de Regina se quedaron sosteniendo las muñecas de Banstorn para tratar que dejase de tocarla. No le sorprendería que Lawrence estuviese observando su intercambio. Temía por la seguridad de Liam. Sin embargo, el hermano del duque de York no dejó que lo apartase.
―Denoto desaprobación con respecto a mi apariencia.
―Preocupación ―la corrigió―. No eres una mujer feliz que ha logrado su meta, Regina.
―No tienes derecho a opinar sobre mi vida, Banstorn.
―Desde luego que sí. Eres parte de mi familia.
―Por favor, deja de tocarme. ―Él le acariciaba la mejilla. Liam bajó las manos de inmediato.
―Hay cosas que no cambian. Siempre te ha repugnado mi contacto y eso parece que seguirá así hasta el fin de nuestros días. ―Le ofreció una sonrisa triste.
―No es eso…
―Nunca nos hemos mentido, Regina. No comencemos ahora. Hablemos de tu esposo.
―No.
―Yo creo que sí vas a hacerlo. ¿Qué te hace para verte tan desdichada?
Ella se dio la vuelta y miró al horizonte.
Nunca había soportado a Banstorn, el modo que tenía de involucrarse con las mujeres, su soberbia, su vanidad, la forma en que siempre solía desairarla y hacerla sentir pequeña y ridícula…
Pero cuando llegó la ocasión él había luchado por ella, dado que fue Banstorn quien le exigió a Ranfield que hiciese lo correcto en cuanto se enteró de que estaba embarazada.
Liam Banstorn, el hombre al que también ella había despreciado cada vez que pudo, sabía que una mujer soltera cargando con un bastardo sería algo peor que la peste y no había titubeado a la hora de erguirse como su paladín.
Regina se sentía miserable por lo que iba a hacer. Era necesario.
Conocía muy bien a Ranfield. Regina siempre tuvo una mente muy lúcida y su inteligencia no era poca. Su esposo la había traído aquí con el fin de que se despidiese de Evangeline e hiriese a Liam de muerte para que jamás pudiese volver a pensar en ella de otra forma que no fuese con ira.
Si no lo apartaba, Ranfield encontraría el momento para hacerle pagar su atrevimiento.
Banstorn ya había demostrado abiertamente, en alguna que otra ocasión, que Regina no le era indiferente.
La condesa de Ranfield quería pensar que solo se trataba de deseo insatisfecho, de su orgullo masculino herido por no haber sido capaz de que su némesis se pusiera de rodillas por él.