Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 6
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Capítulo 6

Una distancia prudencial

A pocas horas de su finca campestre, también en la costa de Dover, residían los señores Sullivan, Avery y Evangeline.

Una pareja que Portman conocía bien y con la que había trabado una sana amistad desde que conoció a la señora Sullivan antes de casarse con el que fuese el dueño del club El placer del infierno.

Consideró que el nacimiento del pequeño Niall, hacía unos meses, merecía una visita de cortesía.

Había estado escuchando a sus arrendatarios decir que se avecinaba tormenta.

La excusa perfecta para que el mal tiempo lo retuviese fuera de Roseclouds hasta que decidiese qué hacer o hacia dónde dirigirse.

Cuando fue recibido en casa de Avery y Evangeline se quedó atónito con lo que allí había y trató de mantener el temple.

Al parecer todos habían tenido la misma idea de ir de visita.

Primero vio a su amigo Liam Banstorn, quien todos sabían que le tenía un profundo y fraternal cariño a la señora Sullivan.

Además estaban allí la hermana de Evangeline, de nombre Regina y actual condesa de Ranfield, y el esposo de esta última, llamado Lawrence.

Portman, que se encontraba en la salita de recibir visitas de los Sullivan, veía el lienzo que tenía delante y estaba seguro de que la guerra podría estallar en cualquier momento.

El año anterior, el vizconde fue testigo de las historias de Evangeline y Regina con sus respectivos esposos. Liam había sido un actor con un papel destacado en las dos ocasiones.

Recordó que el hermano del duque de York pretendió unirse en un matrimonio de conveniencia con Evangeline, mientras todos sabían que la hermana que lo traía loco de deseo, y tal vez algo más, había sido Regina.

Este hecho era motivo de ciertas mofas cuando los amigos se reunían en White’s para hablar de cuestiones de índole femenina.

Cosa que ocurría con mucha frecuencia desde que el duque de York se casó y comenzó a recomendarles a todos que buscasen el amor.

Que York, el impenitente más disoluto de Londres, expulsase corazones rojos por su boca y rayos de arcoíris por los ojos, mientras hablaba de la conveniencia de casarse con la mujer adecuada…

¡Nadie se lo hubiese creído ni en un millón de años!

Thomas se dio cuenta de que había salido de un hoyo para meterse en otro mucho peor cuando dejó su finca campestre.

La estancia de la que deseaba marcharse en el acto estaba relativamente silenciosa, tan solo hablaba la señora Sullivan, quien tenía en brazos a su pequeño bebé y contaba batallitas acerca de su reciente maternidad.

Mientras eso ocurría, los ojos de Portman iban de Banstorn a lord Ranfield, es decir, al esposo de Regina, pues era evidente que los dos hombres estaban haciendo todo lo posible por evitarse, pero le daba en la nariz que la batalla podría estallar en cualquier momento.

Thomas sospechaba que el esposo de Regina también estaba al corriente de lo que Liam sentía por su mujer y que, muy posiblemente, no confesaría a nadie jamás.

Por su parte, la condesa de Ranfield, Regina, que también había dado a luz a su primer hijo hacía unos largos meses, se observaba calmada, atendiendo, con sonrisas, las explicaciones de su hermana.

Regina no le quitaba el ojo a Sullivan. Y su mirada iba del esposo de su hermana hasta su propio marido.

Ahí se estaba cociendo algo y él no quería estar en medio cuando estallase el polvorín.

Mejor le habría ido yendo a la posada que estaba a pocos minutos del hogar de los Sullivan para ahogar sus penas en alcohol. Tal vez lo hiciese de inmediato.

¿Qué diantres pasaba con todos los que figuraban en esa habitación y sonreían con tirantez? Entendía algunas situaciones, pero otras se le escapaban.

Thomas se temió lo peor cuando observó levantarse de su silla al conde de Ranfield, puesto que Banstorn se irguió y la postura que adoptó fue de ataque.

Sin embargo, no se encaminó hacia Liam, sino que llegó hasta su esposa, le susurró algo al oído y a continuación, salió de la habitación sin excusarse.

Dos segundos después, con más educación que Ranfield, Regina se disculpó y se marchó tras los pasos de su marido.

En la estancia se quedaron, además del propio Thomas, Liam, Evangeline y Avery.

En el momento en el que lord Liam Banstorn se levantó y comenzó a dar unos pasos hacia la puerta por la que habían desaparecido lord y lady Ranfield, tanto Thomas como Avery se alzaron de sus sillas dispuestos a frenarle el paso.

―No es buena idea ―le dijo el vizconde, intuyendo lo que él pretendía hacer.

―Definitivamente no lo es ―coincidió Avery Sullivan con Portman.

―¿Qué no lo es? ¿La habéis visto bien? ¡Regina es miserable en su matrimonio! ―gritó Liam sin contención. No le importaba quién lo escuchase o quién opinase que ese no era su problema.

Evangeline se levantó para darle el bebé a la niñera, que estaba discretamente sentada en una de las sillas más apartadas, y la nana se lo llevó de allí al momento.

―Se trata del hombre que ha amado siempre. En todos los matrimonios hay ligeros roces. Estoy segura de que es algo puntual. Además, ser madre es bastante intenso, podría ser que esté sobrepasada con su nueva condición ―explicó Evangeline, negándose a sentir pánico.

Eve, como la solían llamar sus allegados de modo cariñoso, se había preocupado al ver el estado en el que se encontraba su hermana.

Desde que se casaron, las dos habían compartido correspondencia, no tanta como deberían, y no se habían visto hasta esa mañana que Regina y su esposo se presentaron en su casa sin aviso previo.

De hecho, el único que le mandó una nota al matrimonio Sullivan avisando sobre su llegada había sido su gran amigo Liam Banstorn. Eve estaba preocupada por Regina. Se veía muy delgada, con la luz de sus ojos apagada.

Banstorn giró sobre sus talones y se colocó delante de Evangeline.

―Conoces poco a tu hermana si te atreves a decir una mentira semejante. ¿Cuándo has visto que Regina sea mansa, dócil y que se limite a asentir y a sonreír cuando se le habla? La mujer que se acaba de marchar está lejos de parecerse a Regina.

Se pasó una mano por el cabello con desespero.

Todo lo que sentía en su interior lo impulsaba a salir en busca de esa endemoniada arpía que le había plantado cara en cada ocasión, cargársela al hombro y desaparecer con ella.

Liam ya había sospechado cuando el conde de Ranfield se casó con Regina, que no la merecía y que jamás la merecería.

Ver lo que le estaba haciendo era mucho peor que haberlo imaginado.

¡Regina no era feliz! Pese a que la joven se había casado con el hombre que aseguraba haber amado durante toda su vida, se veía como un preso que cumplía una condena.

¿Qué le estaba haciendo Ranfield para que una mujer fresca, brillante, audaz y llena de vida y coraje, se estuviese consumiendo a una velocidad alarmante?

―Hablaré con ella. ―Fue lo único que se le ocurrió decir a Eve.

―¿Y qué harás? ¡No va a confesar que cometió el peor error de su vida! ―exclamó Liam más alto de lo que pretendió. Regina era más tozuda que una mula vieja. Se creía capaz de arreglar sus propios problemas sin necesidad de involucrar a nadie.

Avery se interpuso entre Banstorn y su esposa, con el fin de aplacar el malhumor que sabía que estaba creciendo en el interior del hermano del duque de York.

―Mi mujer no tiene la culpa de los males de su hermana, Banstorn. Así que será mejor que te controles o vas a tener un problema conmigo ―lo avisó, en tono cortante, el señor Sullivan.

Thomas colocó su mano sobre el hombro de su amigo y le dio un apretón, en un claro gesto para apelar a su control.

―Regina tomó su decisión, Banstorn. No hay nada que debamos hacer mientras no exista la evidencia de que la maltrata.

Y sinceramente no me parece la clase de mujer que se quedaría de brazos cruzados mientras alguien, no importa que sea su esposo, la agrede.

No saques conclusiones precipitadas sin conocer su situación exacta ―le aconsejó el vizconde a su amigo.

―Creéis que estoy celoso ―comentó Liam.

―No, amigo mío ―tomó la palabra Evangeline―. Te conozco bien y te mueve la protección hacia ella, estoy segura. Regina no es débil. Sea lo que sea que le ocurre estoy convencida de que puede solventarlo. Mi hermana es más fuerte de lo que parece.

―Si la daña de alguna manera, juro por Dios que lo mataré. ―La amenaza era una promesa. Todos los que escucharon las palabras de Liam lo supieron.

El hermano del duque de York retrocedió y se encaminó hacia la ventana más próxima. Desde su posición tuvo la visión de Regina conversando con su esposo. ¿De qué estarían hablando?

***

―Sabías que él estaría aquí. ―No era una pregunta. Regina lo expuso con convicción.

El conde de Ranfield le había dicho que iba al jardín. Ella sabía que no le estaba pidiendo permiso para salir, sino ordenándole que se reuniese con él fuera de la casa. Cuando llegó hasta su posición lo vio de espaldas, mirando el vasto terreno que conformaba la finca de Avery y Evangeline.

Ranfield no se dio la vuelta para mirar a su esposa.

―¿Y qué si lo sabía?

―¿Cómo lo averiguaste y por qué? ―Regina era consciente de que su esposo había tramado con exactitud ese encuentro producido con Liam Banstorn.

―Tu esposo es una persona de recursos, querida lady Ranfield ―le dijo Lawrence en tono formal―.

Deberías darme las gracias por propiciar una reunión familiar.

Sé que faltan York y su duquesa, pero parecen no querer abandonar su lecho.

Deben de estar intentando procrear… sin éxito me temo.

¿Cuánto crees que tardará Banstorn en tomar esposa, Regina?