Capítulo 5 #5
La sensual danza comenzó. Portman dirigió bien el cuerpo de ella, para que los dedos que acariciaban con un ritmo perfecto su brote íntimo se acompasasen con el roce de su virilidad.
Estaba enterrado en el hueco de sus medias lunas.
Un trasero espléndido que lo hacía jadear cada vez más alto cuando su virilidad se apretaba ahí.
Impresionante. La estampa era tan idílica que Thomas decidió que tomaría lo que ella le estaba ofreciendo sin rechistar, y la premiaría por ello con la liberación.
―Di…os mío… No pue…do detener…lo ―razonó ella, sintiendo que algo estaba creciendo en su bajo vientre con intensidad.
―Déjalo ir, Aura. Deja que llegue y pase. Te prometo que los dos estaremos mejor cuando… ¡Aaaaaaah! ―No pudo detener el estallido. Sintió la gran descarga salir de su interior para acabar volcada en sus pantalones.
―Thomaaaaaas ―gritó ella, prácticamente a la vez, su propia liberación.
El cuerpo de Aura se tensó y tuvo que apoyar los pies en el suelo mientras la cabeza hacía fuerza sobre el hombro masculino, de tal modo que su espalda se arqueó, por lo que su amante tuvo que mantenerla en su lugar para que no escapase todavía.
Dos personas. Un hombre. Una mujer. Una necesidad saciada. Un objetivo alcanzado con grandiosidad. Anhelado. Esperado. Disfrutado. Thomas y Aura, una pareja alineada para disfrutar al mismo tiempo, para dejarse ir y lograr satisfacer la pasión que sentían el uno por el otro.
Cuando el torrente del deseo redujo su cauce, Aura volvió a apoyar toda la espalda sobre el duro torso de Thomas.
Los dos tenían sus corazones latiendo desbocados y la respiración de ambos era entrecortada.
Abrió los ojos y miró al techo. Sentía sus tiernos besos sobre su cuello.
La mano de él seguía acariciando su intimidad con el flujo que había fabricado durante el placentero viaje al que Thomas Foster la había llevado.
Su pecho seguía custodiado por otra mano y su oscuro pezón permanecía prieto.
―No me regañes, ni hables de lamentaciones, porque esto se ha sentido como el cielo mismo ―le susurró con sinceridad en la oreja―. No me prives de un poco de paz, porque Dios sabe que la merezco.
―Está bien. No nos regañaré a ambos ―dijo, sin saber qué más añadir ante su petición.
―Necesito tenerte desnuda, Aura.
―No creo que sea prudente. ―No se atrevía a moverse y mucho menos a mirarlo. Cerró ligeramente las piernas para ver si él entendía que necesitaba que parase de tocarla ahí.
―¿Ya me privas de la paz, corazón mío? ―preguntó, usando la misma fórmula, en cuanto fue consciente del movimiento de ella.
―Si sigues tocándome así, intuyo que volverás a despertarme. No lo hagas, por favor ―solicitó, sintiéndose del todo vulnerable, e incapaz de poder resistirse o negarse a un nuevo asalto.
―¿Sería eso tan malo?
―No lo averigüemos, por favor ―le rogó.
―Entonces solo déjame disfrutar de tu cercanía un poco más, Aura, permíteme sentirte cercana un poco más.
Hasta que nos cansemos de sostenernos el uno al otro y recordemos que no debemos continuar así.
―Él sacó la mano que tenía bajo la falda de ella y también dejó libre el seno.
La manipuló para dejarla cobijada en un abrazo que llevó su mejilla a descansar sobre el pecho masculino, mientras que sus piernas sobresalían por el lado izquierdo de la silla donde él estaba sentado.
Se acomodó mejor sobre él. Era como cuando había sostenido en el carruaje a Robin mientras dormía en el camino hacia Roseclouds. Solo que era a ella a la que él cobijaba.
―Esto complica mucho las cosas ―habló ella.
―Lo sé.
―No podemos volver a dejarnos llevar. Una relación entre nosotros es imposible.
―¿Por qué lo sería, corazón mío? ―le preguntó, mientras depositaba un beso tierno sobre su pelo.
―Tenemos a tres chicos que dependen de ambos y ellos deben ser la prioridad, no nuestro deseo.
―No son cosas excluyentes, Aura. Yo te necesito tanto como tú a mí.
La mujer se separó de él para mirarlo a los ojos. Le acarició la mejilla y lo miró con una sonrisa radiante.
―Basil y Flavian te necesitan mucho más y debes estar ahí para ellos. Robin me necesita y no lo relegaré por un capricho carnal, del mismo modo que no lo harás tú con tus hijos.
Él suspiró.
―¿Qué haría falta para que te rindieras a lo que sentimos, Aura? ―preguntó, con una chispa de desesperación al darse cuenta de que no había conseguido cambiar nada entre ellos.
―Lo acabo de hacer. Así que tomaremos en consideración tu primera observación. No habrá lamentaciones, ni disculpas, pero en cuanto nos separemos, esto quedará en el olvido porque no habrá sucedido.
―No he tenido bastante de ti, Aura. No creo que pueda soportar verte y hacer como que no te he sostenido entre mis brazos, mientras mis dedos desentrañaban tus secretos femeninos y lograban saciarte.
Tengo tu néctar en mi mano todavía y mis pantalones están completamente arruinados porque no he sido capaz de controlarme.
Creo que en toda mi vida he liberado mi simiente en un lugar tan humillante ―le confesó―.
Así es la fortaleza con la que te deseo.
Ella tuvo la intención de salir de su abrazo. Él no se lo permitió. Se quedó una vez más pegada a su torso. Aura escuchaba el latir de su corazón, y era un pulso tan tranquilo que podría cerrar los ojos y dormirse mientras se sentía tan resguardada y apacible.
―Alguien podría venir.
―No me importa.
―A mí sí, por favor, debes dejarme ir ―le pidió ella con suavidad.
―No quiero hacerlo. Sé que si te libero, no dejarás que te vuelva a tener así. Llevas una semana siendo prudente, cautelosa, casi hasta fría como el hielo del norte conmigo. Me evitas y no quiero que lo hagas.
―¿Qué pretendes de mí, Thomas?
―Te necesito así. Complaciente, amigable, seductora, abrazada a mí. Necesito que calmes mi dolor, Aura.
Se separó para volver a mirarlo a los ojos.
―Es difícil hacer algo como lo que me pides, si yo misma vivo en un infierno, Thomas.
―Cuéntame tu historia y yo te contaré la mía. Sanémonos, corazón mío.
―El pasado es mejor dejarlo atrás.
―Convierte mi prisión en un lugar hermoso. Ayúdame a superar el pasado para que el futuro sea encantador. ¿Qué hay de malo en disfrutar de la persona que nos trae paz?
―No me pidas más de lo que puedo dar, Thomas.
―¿Tan enamorada estuviste de tu esposo, que no hay espacio para más?
―No se trata de eso.
―¿Tan repugnante me encuentras que no lograrías dejarme compartir tu cama? ―se atrevió a conjeturar con cierto dolor.
―No ―negó con sinceridad. Si él le gustase un poco más, podría terminar engulléndolo con glotonería como si fuese uno de los deliciosos bombones que preparaba en la panadería.
―Entonces deja las cosas así. No me prives de la esperanza, Aura.
―Debo irme. Permite que me vaya. ―Thomas Foster no la había soltado todavía.
Lo escuchó suspirar con fuerza y aflojó su agarre.
Ella se incorporó sin prisa. Se puso en pie y lo miró con ilusión.
No debería estar sintiendo lo que él le inspiraba.
Sería un error dejarse arrastrar por la pasión, por las ganas de estar acompañada.
Thomas Foster había conseguido que se sintiese mujer, seductora, viva.
Hacía mucho tiempo que algo así no ocurría.
―Siento celos de nuestros hijos, Aura ―dijo sin darse cuenta de que lo había dicho en alto. No se arrepintió de haberlo admitido.
―No deberías. Me trajiste aquí por Basil y Flavian. Es algo bueno para Robin también.
―Por eso estoy tremendamente celoso. Me gustaría que me dedicases tanta atención como a ellos. ¿Entiendes lo lamentable que eso suena para un hombre de treinta años? ―preguntó con humildad y una tremenda vulnerabilidad.
―Te sientes solo, Thomas. Apóyate en tus hijos. Basil te necesita tanto…
―¿Flavian no? ―la interrumpió.
―También, sí, pero Flavian depende de su hermano mayor, y Basil está tan solo como tú.
―Sé lo que tratas de decirme. Supongo que es hora de que volvamos a ser una familia. Lo intentaré.
Ella cabeceó para mostrar su aprobación.
―Sabias palabras. Ahora, con su permiso me retiraré, milord.
―Ah, el título. No solo me abandonas sin sentir un mínimo de lástima por mí, sino que además regresas a la formalidad. No pinta bien porque mi vaticinio va a cumplirse. Me dejarás apartado como a un mueble usado que no necesita mayor atención.
―No estás siendo razonable.
―Puede ser.
La señora Holt le ofreció una sonrisa afable, le hizo una reverencia y comenzó a marcharse de allí. Necesitaba alejarse de él o…
―¿Aura? ―la llamó, antes de que ella hubiese dado dos pasos.
―¿Sí? ―preguntó sin atreverse a darse la vuelta por miedo a ver esos ojos azules suplicantes. Si le pedía que se quedase no podría resistirse. Oró, no sabiendo si rezaba porque él la llamase a su lado o todo lo contrario.
―Busca a Simons ―así se llamaba el valet ―, dile que si no quiere perder su empleo hoy, que venga de inmediato a ayudarme a quitarme la otra bota.
―De inmediato, milord.
Salió de allí a paso ligero dispuesta a cumplir lo que le había dicho.
En cuanto estuvo fuera de la habitación de él, se giró para ver si conseguía examinarse la falda por la parte de atrás.
Agarró la tela y se dio cuenta de que había una pequeña mancha de humedad.
Un ligero rastro de la semilla del hombre que la había hecho olvidarse del mundo.
Daría orden al primer sirviente con el que se cruzase para que localizasen a Simons y luego convocaría a todo el servicio en la entrada principal para explicarles las normas.
No importaba si el ama de llaves o cualquier otro se revelaba.
Despediría a quien no estuviese de acuerdo con su nuevo método de trabajo.
Sospechaba que lord Portman la había traído a su vida para poner más de un asunto en orden.
Había empezado con los chicos y seguiría con el servicio.
Esperaba no perder su propio corazón mientras auxiliaba a un hombre atormentado. Él la afectaba más de lo que estaba dispuesta a reconocer. ¿Qué diantres le había pasado a un buen hombre para dejar de lado a sus propios hijos y sentirse tan falto de atención y cariño?
Por su parte, Thomas Foster no bajó al comedor aquella noche ni la siguiente a cenar con los muchachos y con ella.
Ofreció una disculpa y se quedó recluido en su habitación.
Poco después, una mañana salió a caballo con la excusa de visitar a unos viejos amigos que residían cerca de su finca.
No tenía pensamiento de regresar pronto a Roseclouds.
El rechazo de Aura Holt dolía demasiado como para tolerar su presencia sin haberse apartado un tiempo.
Estaba seguro de que el recuerdo de ese breve instante que compartieron lo atormentaría durante el resto de sus días.
No había nada más poderoso, que encendiese el deseo más rebelde, como negarle a un hombre lo que más anhelaba.
Thomas Scott Foster, octavo vizconde Portman, estaba a un paso de enamorarse de la misteriosa Aura Holt. Lo mejor que podía hacer sería huir para no seguir poniéndose en ridículo y suplicar por sus abrazos, sus besos, sus caricias y atenciones.
De nuevo, el instinto de supervivencia de lord Portman fue más fuerte que cualquier otro ligado al deber y devoción que debía mostrar por sus hijos. Y lo peor de todo era que, posiblemente, pasaría a la historia como el padre más nefasto del mundo y como el hombre más ridículo de su especie.
¿Desde cuándo un disoluto le suplicaba a una mujer?