Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 5 #4
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Capítulo 5 #4

―Esto no es decoroso, milord ―se quejó al darse cuenta de la posición en la que se encontraba.

―Lo sé. Tira cuando yo te diga. ¿Lista?

―¿Sus manos tienen que estar ahí? ―La había agarrado por la cintura con excesiva firmeza.

―¿Quieres caerte de narices cuando salga la bota?

―¿También agarra así a su ayuda de cámara, lord Portman?

―En estos momentos, yo mismo le daría una patada en sus posaderas para que aterrizase sobre el suelo, Aura. Venga, prepárate y tira.

―¿Ya?

―Espera un poco, tengo que poner el pie en la posición más cómoda posible. ―Era un canalla de la peor clase. Estaba tan a gusto con su cercanía, sosteniéndola por la cintura, que no deseaba librarse de su contacto tan pronto.

―¿Vamos a tardar mucho?

―Ya casi estoy. ―Seguía haciendo como que movía el pie. Todo una patraña. Tenía un hermoso trasero que deseaba ver sin esas capas de ropa, lamer y morder a placer.

Aura ladeó la cabeza y lo observó por el rabillo del ojo mirándola… ¡El muy desgraciado! ¡Qué descaro!

―¿Ha terminado ya de examinarme, milord? Le recuerdo que no soy una falda ligera. Solo Dios sabe por qué sigo tolerando sus salidas de tono, pero…

―Porque te divierto, Aura.

―No creo que sea por eso.

―Yo creo que sí.

―O comienzo a tirar o me voy a seguir con mis quehaceres.

―¿Qué tienes pendiente que te ha traído precisamente a mi habitación?

―Debo buscar a un valet y explicarle bien sus atribuciones si no desea perder su empleo.

―Me gusta que te muestres tiránica.

―Soy demasiado blanda ―lo contradijo.

―En absoluto.

―Lo soy, porque únicamente hay que echarme un vistazo y ver en la posición en la que he aceptado estar, milord.

Era del todo inapropiado. Una empleada en la habitación de su fornido y sublime empleador… ¡Qué descarada era!, se regañó a sí misma.

―Opino que al ayuda de cámara habría que subirle el sueldo.

―¿Disculpe? ―No podía ser verdad. ¿El vizconde iba a premiar su incompetencia?

―Si no fuese por él, tú no estarías aquí… así. ―Él presionó las manos sobre su cintura.

―Listo o no, allá voy. Si se rompe el pie llamaremos al médico.

La mujer comenzó a tirar con fuerza.

―¡Me estás asesinando el pie!

―Esto es más complicado de lo que imaginaba. ―Se tomó en serio el problema que tenía el vizconde con la bota.

―¿Creías que te había mentido? ―Thomas notó el tono incrédulo de ella en su aseveración.

―Era una posibilidad que tuve en cuenta ―reconoció.

―Si te quisiera para mí solo, para que me admirases, habría encontrado otra encerrona menos molesta para mí, Aura.

―Es bueno saberlo.

―¿Qué insinúas?

―Nada. Voy a volver a tirar. ¿Listo?

Aura Holt se empleó a fondo en la labor.

No hizo falta más que imaginar que tenía delante a su primo Jacob para sacar toda la rabia que tenía acumulada.

Dio un largo alarido, como si fuese una amazona a punto de entrar en la batalla, y la bota se deslizó finalmente.

La violencia de su acción la empujó hacia delante y creyó que acabaría cayendo de bruces, pero las fuertes manos de su improvisado captor frenaron la acción.

En vez de acabar en el suelo, terminó sentada sobre el regazo de lord Portman.

Su corazón latía con fuerza, y su pecho se movía arriba y abajo sin descanso. Lo sabía porque veía la mano masculina que tenía sobre el seno derecho subir y bajar acompañando su respiración. Ladeó la cabeza y tuvo a escasos milímetros el rostro del vizconde.

―¿A que ahora te alegras de que te haya sujetado con firmeza? ―Su aliento le hacía cosquillas en los labios.

―Ya puede soltarme, milord, no voy a caerme ―le pidió, pese a no hacer el mínimo gesto que anunciase que tenía intención de salir de su regazo y de sus brazos.

―Podría hacerlo, pero te sientes muy bien… sobre mí.

Se fijó en ese momento en que los ojos de él estaban centrados en sus labios. Por inercia se los relamió.

―Esto no está bien ―musitó. La mano de él no estaba quieta sobre su pecho. Se movía de tal forma que era algo parecido a una dulce tortura.

No lo había planeado así. Se había prohibido seducirla. Solo pretendía molestarla con palabras, pero a Thomas, literalmente, Aura Holt le había caído encima y no podía dejar pasar la ocasión.

Él sentía la respiración de ella tan pesada y somnolienta como la suya.

Era evidente, incluso para un ciego, que los dos se habían sentido atraídos el uno por el otro desde que se conocieron.

¿Cuánto había pasado desde que la vio por primera vez?

No lo sabía. El tiempo parecía ralentizarse cuando ella estaba cerca y corría más rápido cuando no la tenía a su alcance.

Y sucedió lo peor que le podía ocurrir a un hombre que surcaba los mares en medio de una tormenta.

La calma llegó en cuanto la observó mojarse los labios con la lengua.

El vizconde gimió en alto, mitad expectación, mitad agonía.

Se acercó hasta rozar sus labios con los de ella y sobre su boca le dijo:

―Tengo que besarte, Aura. Es imperativo que lo haga. Cuando terminemos podemos fingir que no ha ocurrido, y te aconsejo que no esperes tampoco una disculpa, pues no voy a lamentarlo.

Ella cerró los ojos. Lo deseaba. Su abrazo se sentía protector, su necesidad se palpaba en el ambiente tanto como la suya propia.

Habían estado luchando contra sus impulsos más primarios, los más crudos, desde que tuvieron aquel primer encuentro en la panadería de la señora Garland. ¿Qué mal podría haber en un beso?

Se pegó por completo a él sin pensar en lo que hacía, para demandar la caricia que prometía. Un ligero toque, como el aleteo de una mariposa.

Thomas no necesitó más para profundizar el beso.

Lamió los labios de ella como si fuesen de miel.

Tan dulces y llenos que le supieron a gloria.

A cielo. ¡A chocolate! Detectó una nota ahí de ese dulce, así que para ver si sus sentidos no le estaban engañando, sacó su lengua para pedirle acceso mientras la seguía besando.

¿Por qué tenía que mover así la lengua contra sus dientes?

, se preguntó Aura contrariada. Intuía que la estaba instando a algo que no deseaba hacer.

Un beso como el que él le demandaba, en el que sus lenguas se acariciasen, era demasiado íntimo.

Entonces, cuando la mano desnuda de él logró encontrar el camino hacia su pezón derecho y estuvieron piel con piel, ella tuvo el impulso de gemir, poseída por el delirio carnal.

Ese fue el momento que él aprovechó para conocer el verdadero sabor de ella.

Chocolate. Sí. Aura Holt había estado en la cocina y sabía más dulce de lo que había imaginado.

Deliciosa. Sin ayuda del chocolate ella habría sido sublime, pero con el regusto todavía en su cavidad…

Él podría acabar devorándola sin remordimiento alguno.

A Dios le daba gracias por haber salido a montar bien temprano, que su valet se perdiera por la casa y su bota se atascase.

―Portman…

―Thomas… Soy Thomas ahora ―susurró entre besos.

―Thomas… ―repitió ella, abandonándose a la exigencia de su lengua diabólica y su mano pecadora.

En algún momento sus senos se habían salido de la tela, dado que el echarpe blanco desapareció de su escote. Aura no se arrepentía de no llevar un vestido de cuello alto.

Estaba recostada sobre él. La cabeza de Aura permanecía echada hacia atrás sobre el hombro izquierdo del vizconde. Las manos de él acariciaban, pellizcaban y frotaban a placer la carne de sus senos. No tenía un pecho pequeño. Los senos eran más grandes de lo que él había pensado que serían.

―Me vuelves loco, Aura ―le susurró en la oreja, antes de comenzar a darle besos húmedos en esa zona y seguir bajando por su cuello.

Thomas estaba pletórico. Ella se estaba deshaciendo entre sus brazos, con sus besos, con su toque, con sus palabras… La escuchaba gemir, jadear, susurrar…

Era importante que descubriese si estaba tan mojada como la imaginaba. Su orgullo masculino le gritaba en su cabeza que lo averiguase.

Sin dejar de lamer y besar su delicado cuello, que olía a canela, y por supuesto sin que la mano izquierda dejase en libertad ese pecho sublime del que tanto le gustaría amamantarse, el vizconde logró levantar parte de la falda de ella.

Hizo malabares para conseguir abrirse paso por sus enaguas y encontrar la abertura de su feminidad.

Apoyó los dedos índice y corazón entre sus pliegues y la descubrió húmeda.

―Thomas… Thomas… Thomas… ―repetía su nombre, una y otra vez, entre susurros sensuales, presa de algo que la tenía cautiva y de lo que solo él sería capaz de saciarla.

Aura no estaba en esa habitación con él.

Bueno sí era él quien la tocaba y la hacía sentirse extrañamente poseída por la lujuria más dulce.

Era muy consciente de Thomas Foster atendiendo su necesidad, sin embargo, se había desplazado a otro lugar donde estaba sola.

No había culpa. No había consecuencias. Su acción era lógica y necesaria para liberarla. No existía el mañana, solo el presente.

―Lo sé, corazón mío. Deja que te acaricie.

Permite que te calme. Siente lo que me haces.

―Aupó las caderas para que su falo se pegase a su trasero.

Le molestaba tener tanta ropa encima, pero temía que si frenaba en el juego peligroso que había provocado para desnudarla, ella saliese huyendo de su regazo.

Mentiría si no confesase que estaba disfrutando con su institutriz retorciéndose sin contención sobre sus finos pantalones.

Tanto, que si lograba encontrar el punto de fricción exacto, dejaría ir su semilla sobre los estúpidos pantalones que las botas no le habían permitido sacarse.

¡Ay, benditas botas que lo habían traído a este mismo instante!

Se merecían un cuidado especial por propiciarle el paraíso con Aura Holt.