Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

―Si él no es mudo, haré que hable ―dijo en imprevisto.

―¿Me prometes que lo cuidarás? ―inquirió con tirantez.

Él sonrió de lado.

―¿Le preocupa que haga daño a su hijo? ―Ella se dio cuenta de que él percibió un pequeño estremecimiento en su comportamiento.

Lord Portman no tenía la menor idea de la clase de hijo que era Basil, y sospechaba que Flavian, pese a no ser tan inteligente o fuerte como su hermano mayor, también era muy especial y, sobre todo, era clave para potenciar que el heredero del vizconde no se torciera en el camino que le quedaba por recorrer.

Aunque después de hablar con seriedad con Basil, le pareció que no le había ido tan mal por su cuenta. Solo.

―Temo que no le ofrezcas tu protección como haces con Flavian.

―Me gusta su hijo, señora Holt. Puede estar tranquila a ese respecto.

Ella sabía que eso era un gran elogio. Un modo de tranquilizarla sobre cualquier pensamiento inapropiado que hubiera podido tener.

¿Qué muchacho se paseaba por el East End con su hermano con una pistola?

Oh, sí, Aura entendió perfectamente que los mellizos habían estado bien protegidos.

Una idea pasó por su mente, justo en el momento en el que el carruaje se detuvo en la puerta principal de la casa de campo de lord Portman.

Un lacayo estaba empezando a abrir la puerta, por lo que el hermano mayor procedió a despertar a Flavian.

―Dime una cosa, Basil. ―Ella se acercó hasta él y le cogió la mano―. ¿Me habrías disparado?

―Hoy no ―dijo él enigmático.

―¿Y cuando levanté el cuchillo sobre tu hermano?

―Digamos que los dos tuvimos suerte, señora Holt, y que claudicamos a tiempo.

Aura supo en ese mismo instante que lo más apremiante que debía hacer era asegurarse de que Basil comprendía la diferencia entre el bien y el mal, y enseñarle a determinar cómo actuar cuando la línea entre uno y otro se difuminaba.

―No te tengo miedo. ―Por algún extraño motivo, se vio en la necesidad de hacerle esa advertencia al niño.

―Lo sé. ―Hubo un toque de… ¿reconocimiento tal vez hacia ella? No lo sabía.

―Pienso hacer todo lo posible para que confíes en mí y ardas en deseos de protegerme. ―Sonó a promesa.

―Puede intentarlo ―dijo Basil, sin demasiadas expectativas, antes de hacer que Flavian abriese los ojos.

Aura le sonrió.

―Me gustan los retos.

El joven no le contestó, pero le pareció ver un atisbo de sonrisa en su preciosa y perfecta boquita de querubín. Parecía un muchacho, pero no lo era en absoluto. Haría bien en no olvidarlo.

Para un primer acercamiento, había ido bien.

Basil sería un hueso duro de roer, y dado que ella no desistía jamás en su empeño, lograría llegar a ellos porque los cuatro, tal vez incluso el vizconde, necesitaban comprensión y compañía.

Basil y Flavian sentían una soledad demoledora.

Ella misma no había sido consciente, hasta que habló con el muchacho, sobre que también tenía su propia cuota de soledad.

Se levantó con Robin todavía en su regazo y se dispuso a salir del carruaje, tras los pasos de los hijos de lord Portman.

La luz casi se había extinguido y ya no llovía.

El vizconde estaba fuera aguardándola. Un mozo de cuadras se había hecho cargo de su montura.

Sin que pudiera negarse o aprobar la acción, el vizconde cogió en brazos a Robin mientras ella comenzaba a bajar con la ayuda de un lacayo.

Levantó la mirada y vio a Basil observarla con atención.

―Me alegra que siga entera y que no haya gritado que dimitía nada más salir del vehículo. ―No mentía. Un viaje de unos pocos minutos con sus hijos podía ser considerado de alto riesgo para una mujer frágil. Ese recorrido había sido considerablemente más largo.

―Creo que me gustará vivir aquí, lord Portman. Especialmente porque me sentiré muy protegida ―señaló, sin apartar la mirada de Basil.

El vizconde frunció el ceño y buscó los ojos de Aura. La observó mirando fijamente a su heredero con una brillante sonrisa. Basil no dejaba de corresponder a su mirada, pero su hijo permanecía serio.

No sabía si estaba ante algo bueno, malo o intrascendente.

***

Roseclouds no era en absoluto como ella había pensado que sería. Aura estaba a punto de gritar de pura frustración. Llevaba una semana residiendo en la finca campestre y aquello parecía un laberinto en un jardín. Y ella entendía mucho de laberintos porque… No importaba. ¡No encontraba nada!

También era cierto que su sentido de la orientación era nefasto. ¿Dónde diantres estaban los muchachos recibiendo sus clases? Si el día anterior había transitado por ese mismo pasillo y los encontró en la tercera puerta…

Anduvo unos pasos más y abrió otra puerta. Nada, ahí no estaban tampoco. Revisaría la última que le quedaba y, si no, pediría ayuda a alguien.

―Aquí tampoco es ―se quejó, en cuanto divisó una habitación muy grande con una cama con dosel al lado derecho.

―¡Venga aquí! Estoy en el vestidor. ―Escuchó al vizconde exigir. Aura rodó los ojos, ¿acaso él no sabía hablar con normalidad?

Se mordió el labio. Si estaba en su guarida, y todo indicaba que así era, no debería hacer otra cosa más que darse la vuelta y huir.

―¿Lord Portman?

―¡Venga de una vez! ―Un nuevo grito.

La señora Holt se aventuró a ir hacia el lugar desde donde él estaba ladrándole. ¡Qué hombre más inconveniente!

Se lo encontró sentado en una silla con unos finos pantalones. Sin nada más que lo cubriese. Lo observó unos pocos segundos antes de darse la vuelta mortificada.

―¡Lo siento! ―le pidió disculpas de inmediato.

―¿Se puede saber qué haces aquí, Aura? ―Sí.

El vizconde no solo se había acostumbrado a usar su nombre de pila, sin su consentimiento, sino que además, ya no la trataba con ninguna formalidad.

Ella se había resignado sin más. Poco pudo hacer para llamarlo al orden, dado que su patrón no atendía a razones.

―Me ha ordenado que viniese, milord. ―Ella no podía dirigirse a él sin la debida etiqueta. No debía acortar distancias. Demasiado peligroso.

―Creí que era mi valet . No sé dónde está ese maldito hombre.

―Sí, todavía me queda mucho trabajo por hacer. ―El servicio de Roseclouds era infernal. No había disciplina ninguna.

La señora Holt estaba convencida de que el personal que trabajaba para el vizconde se había acomodado, y no se esforzaba ni lo más mínimo por atender la casa.

Esa primera semana había servido para aclimatarse a los chicos.

Aunque Basil la miraba con recelo, Flavian sí había conseguido darle una bienvenida más cálida.

Robin parecía contento y no era para menos, dado que los muchachos tenían que estar con los de su misma especie.

El pequeño se veía tremendamente feliz en compañía de los mellizos.

Lo próximo que haría sería poner orden entre el mayordomo, el ama de llaves, los lacayos y las doncellas. Incluiría al ayuda de cámara de lord Portman.

―Estoy varado con las botas.

―Haré venir a alguien ―dijo, todavía de espaldas para preservar la intimidad de su patrón.

La imagen de su duro y firme torso, salpicado de un vello dorado, tardaría en borrarse de su mente pese a que solo lo observó unos pocos segundos. ¿Qué pasaría si le echase una ojeada antes de marcharse? ¡No debía hacer eso! Dio un paso dispuesta a ir a buscar ayuda.

―¡Alto ahí, Aura! ―la frenó.

―¿Qué?

―Llevo un buen rato esperando a que alguien se dignase a venir en mi ayuda. No vas a marcharte.

―¡Está desnudo!

―Nada como eso. La parte de mí que tanto te gustaría ver sigue tapada.

―¿No va a cambiar nunca, milord? ―El muy desgraciado no paraba de tentarla a cada ocasión.

Había sido una semana muy larga en la que la señora Holt había estado evitándolo con ahínco.

Se veían a la hora de la cena, cuando él regresaba a casa y exigía ―porque él era un verdadero autócrata― que los tres chicos y ella se sentasen con él en la mesa.

Lo mismo ocurría a la hora del desayuno.

Cuando ella le hizo la observación de que no era correcto que la institutriz y su hijo compartieran la mesa con la familia, él le recordó que fue ella quien pidió que Robin tuviese exactamente el mismo trato que Basil y Flavian, así que la invitó a declinar el ofrecimiento y a tomar sus alimentos del desayuno y la cena en soledad, dado que su hijo iba a hacerlo con ellos.

Supuso que Aura no quiso enfadarlo y no discutió el asunto.

―No seas remilgada y ven a ayudarme, te prometo que no me aprovecharé de esta intimidad.

―¿Qué se supone que tengo que hacer? ―Se apiadó de él.

―En primer lugar, prometerme que no saltarás sobre mí y violentarás mi persona.

―¡Milord! ―lo regañó.

―Lo segundo debería ser darte la vuelta y ayudarme a tirar de la bota. Tengo el pie a mitad de camino y no consigo ni meterlo ni sacarlo del interior.

―Está bien.

Se dio la vuelta y se convenció de que debía ser correcta en la prestación de su servicio de ayuda.

Se controló con mucha fuerza de voluntad.

¡Madre del Altísimo! Lord Portman era apuesto vestido, pero desnudo era como El David de Michelangelo en cuanto a su torso, porque en lo otro no iba a fijarse y eso que sus pantalones eran finísimos…

Se colocó de frente y agarró la bota derecha con fuerza.

―¡No! Así no es. Tienes que darte la vuelta y tirar. Ven aquí, yo te enseñaré. ―La agarró por la cintura, la giró sobre sí misma y la obligó a colocarse sobre su pierna, de tal modo que el trasero femenino estuvo muy pegado al vizconde.

Uhm, una hermosa vista, se dijo el noble, tratando de contenerse para no subirle la falda y…

¿Era necesario que llevase esos vestidos tan poco favorecedores?

Sí. En verdad era lo mejor para ambos, puesto que si vestida en prácticamente todos los tonos de gris que componían su sencillo guardarropa, Aura Holt ya era una tentación, verla en un sugerente vestido de fiesta sería su muerte.

¡Ay, pero cómo le gustaría verla en un vaporoso e indecente vestido!