Capítulo 5
Rosas en las nubes
Aura miraba por la ventana mientras el carruaje los llevaba a su destino, y pensaba en ese hombre que iba a caballo junto al vehículo.
Debería estar prohibido ser tan apuesto.
Parecía un guerrero sofisticado. La fina lluvia que caía sobre lord Portman lo convertía en eso, un fiero luchador que dejaba muy claro que estaba en plena forma, con sus fuertes muslos, su amplia espalda…
Y qué decir de esas manos grandes que sostenían las riendas… Tan elegantemente vestido…
No sabía cómo lograría soportar la atracción que había entre ellos.
Hacía años que un ejemplar del sexo opuesto no le llamaba tan poderosamente la atención.
Desde que se concertó su matrimonio con un primo lejano de su padre, no había pensado en hombres.
Jacob. Cuando vio a Jacob se quedó pasmada.
Era muy diferente a Portman. Su primo tenía el pelo negro, los ojos castaños y la piel también más oscura.
Era fiero, pero cálido con ella pese a su apariencia y mirada tenebrosa.
Así lo consideró Aura hasta que Jacob demostró su verdadero ser y tuvo que huir de él sin mirar atrás. Retrasó el matrimonio todo cuanto pudo…
Con su hermano Aquiles, desaparecido y dado por muerto, Aura no tuvo más opción que escapar para salvar la vida de Robin y la suya propia.
No perdería la esperanza de que Aquiles alguna vez la encontrase.
Si él apareciera le sería más sencillo luchar contra quienes querían verlos muertos a ella y a Robin.
Su padre la animó a huir después del segundo incendio.
No existían las casualidades. Acató la última orden de su bendito padre con todo el dolor de su corazón por tener que marcharse lejos de su casa.
Se juró que regresaría algún día cuando tuviese las armas necesarias para luchar y no olvidaría esa promesa, en especial por Robin.
No había ni una sola noche en la que ella no conjeturase sobre las causas malditas que pesaban sobre su familia. No podía ser la mala suerte solo, tenía que haber alguien detrás de los sucesos. No sabía cómo o cuándo, pero llegaría el día en el que lo averiguase todo.
Cuando los dos llegaron a Londres con unas pocas monedas en los bolsillos que consiguieron al empeñar el reloj de oro que su padre le dio, no imaginaba que la zona más dura de la ciudad la trataría tan bien.
El East End se convirtió en un refugio donde ella y el pequeño Robin desaparecieron de la faz de la Tierra.
Regresar a una esfera social superior suponía un riesgo que Aura no sabía si sería seguro. En la panadería pasaba desapercibida, nadie se fijaba en una trabajadora común sin demasiado atractivo y con la cara marcada por la vida, por la traición.
Un vizconde, al que deseaba besar y abofetear a partes iguales, la había hecho salir de un lugar seguro.
Dios debía tener un plan para todos, y que precisamente un hombre con recursos se presentase ante ella la hizo reflexionar sobre la situación.
Robin iba a necesitar todo lo que lord Portman pudiese proveerle.
El niño debía ser competente, hablase o no, para cuando llegase el momento.
Estaba convencida de que no hablaba por algún motivo que era pasajero, porque a veces en sueños lo oía pronunciar palabras muy claras.
Si tan buena era, si como sostenía Portman tuviese alma de institutriz, ¿por qué no había logrado hacer que hablase como un niño normal de su edad?
Basil y Flavian tenían casi doce años y habían dejado patente que su inteligencia era excepcional, en especial la del hijo mayor del vizconde. Lo veía en su asiento de enfrente mirarla sin descanso. Su hermano seguía durmiendo, mientras que Robin estaba en el regazo femenino también adormilado.
―¿Te gusta pasear? ―Ella decidió entablar una conversación.
―Prefiero leer.
―¡Ah! ¿Te gustan los cuentos? Pinocho es el preferido de Robin.
― Pinocho está bien cuando se tiene la edad de su hijo.
―¡Oh! Comprendo. ¿Qué has leído últimamente?
― El moderno Prometeo.
―No lo conozco. ¿Es de aventuras?
―Tal vez lo conozca como Frankenstein .
Abrió los ojos como platos.
―¿Cómo puedes haber leído una novela de Mary Shelley?
―Sujetando el libro y enfocando mis ojos en las páginas. Es fácil hacerlo, señora Holt.
Ya sabía de quién le venía la condescendencia. Su padre era muy parecido a él.
―Me refiero a que es un libro gótico.
―¿Lo ha leído?
―No, pero la gente hablaba mucho de él. ¿Me lo recomendarías?
―Encarecidamente. Las ideas de Mary Shelley son innovadoras y sus historias muy instructivas.
Mi tutor prefiere que lea a William Blake, pero me parece demasiado espiritual, muy religioso.
Su mundo a través de las emociones no me seduce.
Prefiero la visión de Platón sobre la existencia de un Dios concedido como un motor del mundo.
Bueno. Un hombre atrapado en el cuerpo de un niño a punto de cumplir doce años la acababa de dejar boquiabierta. No debería sorprenderse. Basil Foster era una caja de sorpresas que la acababa de hacer sentir de lo menos instruida en cuestiones más actuales.
―Interesante… ―musitó.
Ella afirmó con la cabeza y decidió que le iría mejor permanecer callada.
Su vista regresó hacia el paisaje de fuera.
Lord Portman de nuevo. El progenitor de los muchachos, a quien miraba con fijación mientras lo observaba montar a caballo, era tan varonil, tan angelical en su apariencia…
¡Tan perfecto! Sacudió esos pensamientos que no le traerían nada bueno a su cabeza.
―A usted le gusta mi padre.
La voz de Basil la hizo dejar de contemplar a lord Portman por la ventana. Aura desvió la mirada y vio al heredero del noble examinarla con mucha más atención en esos momentos.
―Considero que es un gran hombre que se preocupa muchísimo por vosotros ―señaló con sinceridad.
―¿Por qué su hijo no habla? ―preguntó el muchacho.
―No lo sé, pero estoy convencida de que puede hacerlo, solo sucede que no he conseguido descifrar cómo ayudarlo.
―Mi padre dice que la necesitamos. ―Cambió drásticamente el rumbo de la conversación.
―¿Tú qué crees, Basil?
―Mi hermano y yo no necesitamos a nadie.
―¿Tampoco a tu padre? Creo que él sí os necesita. ―Esa aseveración del muchacho no la había esperado.
―Él nunca está. Somos Flavian y yo. Nadie más importa.
―Creo que el vizconde pretende remediar su falta de atención hacia vosotros ―se aventuró a suponer.
―No es la primera vez que lo intenta y se rinde.
Ella le sonrió.
―Esta vez estoy yo aquí. Te hablaré como si fueses un igual, Basil, puesto que soy consciente de que tienes capacidad para comprender cualquier situación. He percibido que tu mente es diferente, ¿entiendes lo que te digo?
―Sí. No soy un niño. Soy capaz de recordar todo lo que leo o veo. Algunas conversaciones tampoco logro olvidarlas.
Ella comprendió lo que el muchacho le decía.
No se había cruzado nunca con alguien tan inteligente como Basil.
A su corta edad y pese a haber tratado poco con él, se había dado cuenta de que su mente debía de ser algo descomunal, sin embargo, no dejaba de ser un muchacho que anhelaba el amor de su padre.
―¿Qué desearías olvidar si puedes conseguirlo, Basil?
―Me gustaría no recordar a mi madre diciendo que mi padre la iba a matar.
¡Ah! Aura había jugado con fuego y se había quemado por tercera vez. Tragó saliva ligeramente, esperando no perder la compostura, sin embargo, se dio cuenta de que el mellizo había captado el cambio en su actitud.
―¿Qué más recuerdas de tu madre? ―Trató de aparentar normalidad.
―Otras cosas que desearía olvidar.
Tenía la pregunta en la punta de la lengua. Quería saber cómo murió la vizcondesa, pero no se lo preguntaría a él, y mucho menos después de escuchar lo que acababa de decir de su padre. Si pretendía asustarla… Un poco sí lo había logrado.
―¿Podría pedirte un favor, Basil?
―Puede pedirlo, otra cosa es que yo decida hacerlo.
Ella se rio con ligereza, para ver si lograba serenarse. Ese joven la ponía muuuuy nerviosa.
―Eso es cierto. Verás, mi hermano Aquiles…
Cuando era pequeña, incluso siendo más mayor, él cuidaba de mí de la misma manera que tú lo haces con Flavian.
El amor y la protección entre dos hermanos, más cuando se trata de vosotros que sois mellizos, es algo intenso, fuerte, un vínculo inquebrantable.
Tu mejor cualidad, Basil, es la fuerza que posees para proteger a los demás, a los que quieres.
Me di cuenta de eso cuando amenacé a Flavian. Me recordaste muchísimo a Aquiles.
―Lo que hizo fue arriesgado, señora Holt, y tuvo suerte de que yo dudase de su acto, porque la hubiese matado si le hubiera hecho daño a mi hermano.
―La vehemencia con la que Basil dijo las palabras, más que asustarla, en esa ocasión le hizo sentir orgullo.
La actitud seria y comedida de él hubiera dejado a cualquiera helado.
Un muchacho tan joven, pero con un razonamiento tan maduro…
Era como un adulto atrapado en un cuerpo que no era el suyo. Curioso. Basil era alguien muy curioso.
―No me dejaste otra opción más que la de echarme un farol. Si sabías que mentía, ¿por qué claudicaste?
―Porque no quería que mi hermano sufriese. Le prometí que me contendría con usted.
Ella frunció el ceño. No entendía muy bien la segunda parte de su explicación.
―Tuve una institutriz a la que le gustaba usar la vara cuando yo me equivocaba en mis lecciones. Mi hermano la enfrentó. Así que puedo entenderte hasta cierto punto ―razonó.
―Nosotros hemos tenido muchas así. Ellas le prometían a mi padre que no nos harían daño, pero lo hacían y no siempre usaban un objeto, aunque sí era habitual que nos castigasen sosteniendo un par de libros con los brazos en cruz o alguna cosa similar.
No se preocupaban por nosotros y decían que llevábamos el mal en la sangre.
Flavian y yo nos libramos de todas y cada una de ellas ―señaló con orgullo.
―¿Me estás diciendo que ninguna os trató bien?