Capítulo 4 #3
―¿Quiere que haga que le traigan un abanico, señora Holt? ¿O tal vez prefiera refrescarse junto a la ventana? ―ofreció, con condescendencia y lleno de orgullo por saber que la afectaba.
―No hará falta. Me quedaré con la condición de que Robin reciba la misma educación que sus hijos…
Bueno, por supuesto en lo que a estudios se refiere, porque en cuanto al comportamiento mejor ya me ocuparé yo de las lecciones sobre modales que han recibido…
―Aura se calló en el momento en el que lo vio fruncir los labios, y trató de esconder la pequeña sonrisa que asomaba en su rostro.
―Está censurándome y no me agrada, señora Holt. Le he dado manga ancha para ciertos temas, pero no consentiré que esté por encima de mí ―dijo con voz gruesa― salvo alguna excepción.
El tono que él le dio a la última parte de la frase le confirmó que se refería a algo ilícito.
―¿Va a jugar la carta de la seducción, milord? Porque es inaceptable, en todas las esferas sociales, que un empleador seduzca al servicio. ―Él no la amedrentaría.
―Solo si el servicio no desea ser seducido, señora Holt. ¿Es ese su caso?
Ella alzó una ceja y cruzó los brazos sobre su pecho. Al ver que él dirigía de pronto la mirada hacia ese lugar los descruzó. ¡Si ni siquiera llevaba un escote favorecedor, sino que el cuello era muy alto! ¡Pícaro desvergonzado!
―¿Le han narrado sus hijos la aventura que tuvieron en la panadería, milord?
―Conozco algunos detalles.
―¿Incluido el del cuchillo? ―preguntó sin titubear.
―Habrá algunos métodos que no podrá emplear, señora Holt.
―Tal vez con los muchachos no, pero no dudaré en usar un metal afilado si osa llevar a cabo conmigo alguna travesura. Por lo que a mí respecta soy su empleada y me tratará con respeto.
―Su actitud no es la de una empleada.
―Si buscaba sumisión, no debería haberme traído aquí, lord Portman. Esos son mis términos.
―¿Va a negar que usted no sintió lo mismo que yo? Si la hubiese besado en la panadería me hubiera devuelto el gesto. Estoy seguro.
―Creo que tenemos un malentendido que debe ser corregido de inmediato ―explicó ella, tratando de mantenerse serena.
―Permítame ofrecerle la misma franqueza que usted dispensa, señora Holt. Yo la deseo y usted a mí. Malentendido a ese respecto no hay ninguno.
―Lo hay porque estoy aquí en calidad de niñera, institutriz, carcelera, guardiana, o como quiera llamarlo. No seré su amante, milord. Si tiene otros planes en mente, creo que será mejor dar por finalizada la entrevista.
―Le recuerdo que se ha quedado usted en la calle y que no tiene otro lugar al que ir, señora Holt.
Le aconsejo que muestre un poco de humildad, porque no está ante un viejo lleno de lascivia que pueda repugnarle.
Soy un hombre de honor, apuesto, creo recordar que dijo, frente al que reconoció el otro día que no le escandalizaban mis deslices.
―¿De verdad cree que si yo regresase a casa de la señora Garland ella no me acogería? ―Sobre las otras cuestiones que él emitió no diría nada. No le convenía.
―Interesante, señora Holt, que solo rebata ese asunto.
―Esto está siendo intolerable. ¿Qué espera ganar con este enfrentamiento que estamos entablando, milord?
―Reconocimiento.
―¿Disculpe? ―Estaba impactada. No daba crédito a lo que él decía.
―Reconozca que me desea ―le ordenó. La mujer era una viuda y ellas gozaban de otro trato en el juego entre hombres y mujeres.
―¿Su orgullo va a estar por encima de las necesidades de sus hijos? ¿Acaso no le rodean ya las suficientes bellas mujeres de su misma posición, para que le rieguen los oídos con todo tipo de sugerencias?
―¿Quiere que la bese y así salga de dudas, señora Holt? Porque usted es dura, pero yo puedo serlo más cuando pretendo salirme con la mía.
―¿Y puede culpar a sus hijos por caer cerca del árbol, milord?
―No los meta en esto. El asunto va de usted y de mí.
―¿Para qué? ¿Qué necesidad hay en reconocer que lo deseo, si entre nosotros no va a ocurrir absolutamente nada?
Thomas se sonrió de oreja a oreja. Ella no entendió ese cambio.
―Doy por bueno su reconocimiento. Ahora sigamos con otros asuntos importantes. Su hijo… ¿Robin?
Ella suspiró. Mejor callar y seguir adelante, los hombres podían ser a veces más difíciles que los propios niños.
―Así se llama.
―Mis hijos tienen a un tutor que no renuncia a su cargo debido al gran estipendio que le ofrezco. Los está preparando para cuando accedan a Eton en materias como lenguas, cuentas e historia, entre otras cosas.
―Mi hijo también acompañará a los suyos a la escuela cuando sea la hora.
―¿Disculpe?
―Ya me ha escuchado.
―¿Se da cuenta de que a Eton solo acude la élite de la sociedad?
―Sí. Robin irá allí llegado el momento. ―No hacía falta decir que esperaba que el vizconde corriese con los gastos y promoviese el ingreso, porque estaba implícito.
Los dos se midieron en un duelo de voluntades.
―¿Dónde está su esposo, señora Holt?
―En la tumba, milord.
―¿Cómo se llamaba?
―Señor Holt, por supuesto.
―¿A qué se dedicaba?
―A estar vivo antes de morirse.
―No juegue conmigo, señora.
―No es mi intención. Hace años que dejé de jugar, lord Portman.
―Sabe bien lo que le estoy preguntando.
―Y usted está escuchando lo que yo le estoy respondiendo.
―Se cree muy lista, ¿no es cierto?
―Lo suficiente como para lograr que mi hijo entre en Eton, milord.
Él decidió tomarse un descanso. Aura Holt lo agotaba y le gustaría estar consumido, pero por otra causa que no fuese la de mantener una lucha dialéctica, y que la implicase a ella desnuda en su cama.
―¿Por qué debería entrar Robin en esa escuela?
―Porque lo merece, al igual que sus chicos.
―Estoy perdiendo la paciencia y no le gustará ver lo que ocurre cuando se me agote.
―Usted acabó con la mía cuando le insinuó a la señora Garland que iba a casarse conmigo. Mentir no está bien.
―¿Desilusionada? No me parecería justo que lo estuviera, puesto que se niega en redondo a que la seduzca.
―Temo darle una respuesta que no le satisfaga, porque puedo enfrentarme a un muchacho que se ponga a llorar y a patalear cuando se le niega algo, pero no estoy preparada para ver un espectáculo así producido por un hombre de su posición… y edad.
Él entendió su insinuación. No le agradó.
―Es usted insolente, tremendamente, señora Holt. ¿Se lo han dicho alguna vez?
―Usted es el primero. ―No era cierto del todo. Su padre y su hermano se lo decían con frecuencia, pero ellos lo hacían con ternura.
―Tiene alma de institutriz.
―Me considero panadera.
La seriedad con la que ella le respondía lo hacía irritarse más. Trataba de seguirle el ritmo, y le fastidiaba mucho ver que ella parecía ser superior en cuanto a ingenio. ¿Cómo podría ganarla en su propio juego?
―Esto no nos llevará a nada. Sigamos hablando de nuestro acuerdo.
―Me parece lo más acertado, milord.
―Su condescendencia está a punto de que yo cometa una temeridad ―la avisó.
―No sé qué decirle al respecto, lord Portman. No es mi intención que se sienta de ese modo. ―Trató de sonar sincera.
―Oh, sí, lo es, señora Holt, y lo que me inspira a hacer es levantarme, agarrarla por debajo de los brazos, ponerla a mi altura y besarla para borrarle toda esa arrogancia que tiene y de la que está tan orgullosa.
―Debería pensárselo mejor, milord. Un beso no es el mejor método para acallar a una mujer. Si se usa con ese pretexto, puede que algunas partes… blandas de su cuerpo se resientan. Tengo una rodilla muy dura. ―Ella le sonrió llegados a ese punto.
―Si la besase, no haría más que suspirar, señora Holt. Se lo garantizo.
―Si está esperando a que lo rete, me temo que eso no va a ocurrir. ¿Podríamos seguir hablando sobre lo que haré como la institutriz de sus hijos?
―Entre sus funciones bien podría incluir la de no contrariarme, señora Holt.
―Lo haré, contrariarle, digo. Solo cuando sea necesario.
―Intuyo que eso será más a menudo de lo que debería ser.
―Solo pido que confíe en mi criterio y que cuando tenga deseos de gritarme…
―Estoy seguro de que algo así se producirá también con bastante frecuencia ―la interrumpió.
―No le mentiré. Posiblemente así sea. De modo que cuando esa circunstancia se dé, deberá recordar que usted me forzó para estar aquí, porque me eligió, y debe cederme el mando. No abusaré de la situación, tenga paciencia.
―Creo que me gustaría mucho verla abusar… de mí, señora Holt.
Ella chasqueó la lengua con enfado.
―¿Va a ser serio de una vez, milord?
―Puedo intentarlo y lo haré con fervor, pero cuando alguna circunstancia como esta misma de ahora se dé entre nosotros, usted deberá recordar que la deseo y tendrá que ser comprensiva y paciente también.
―No hay mucha lógica en lo que dice. Debe de tener a su alcance a un montón de mujeres que pueden… ya sabe a lo que me refiero. ―Movió la mano para dar a entender que se refería a cuestiones de fornicación.
―Lo sé perfectamente, pero usted olvida que ha insinuado que soy como un niño pequeño, de modo que cuando se me niega algo, al igual que sucede con ellos, lo deseo con mayor desesperación.
Ella chasqueó la lengua una vez más. Suspiró con fuerza.
―Está bien. Como veo que no sacaré nada en claro de esta situación que se empeña en sacar a colación a cada minuto, será mejor seguir adelante. Lo malo es que no consigo recordar por dónde iba…
―No se preocupe, entiendo que haya perdido el hilo de nuestra conversación. Pensar en mis besos y caricias suele tener ese efecto en las mujeres. Estaba usted hablando de sus demandas.
―¿Le han dicho que es usted excesivamente vanidoso?
―Créame, los hay mucho más que yo. Conozco a uno que la dejaría con la boca abierta. ―York le vino a la cabeza de pronto.
―No me interesa que me presente a sus amigos, milord.
―No osaría hacerlo, señora Holt, son hombres apuestos y ricos, pero al contrario que yo, ellos no serán sus empleadores, y por tanto podría verse más dispuesta a aceptar su seducción.
―No soy una falda ligera, lord Portman ―lo llamó al orden con severidad.