Capítulo 4 #2
―¿Por qué la necesitamos a ella? Nosotros solos podemos… ―Tan inteligente y audaz como era y Basil no supo cómo continuar esa frase. El heredero de Portman no se quedaba nunca sin palabras.
―Solos no podemos. Necesitamos ayuda y ella es lo único que habéis encontrado.
―¿Nosotros? ―inquirió Flavian, contento de que su padre les atribuyese ese mérito.
―La encontrasteis por mí. Cuando decidisteis hacerle caso y cumplisteis el castigo que ella os impuso, me gritasteis alto y claro lo que debía hacer, a quién debía recurrir. Ella es vuestra elección y debéis aceptarla.
Los dos hermanos se miraron con complicidad.
―Amenazó con cortarle la mano a Flavian. Poco pude decidir.
Portman se tragó un aullido ante la revelación de Basil.
―De acuerdo, hijos míos. Seguiremos como hasta el momento. Haced lo que deseéis cuando os plazca, yo también me dedicaré a cosas que supongan menos esfuerzo…
―Pero eso no es lo que queremos. Basil no la quiere. Nos portaremos bien, lo prometemos ―señaló Flavian.
―No es verdad, pues sin alguien que tenga la fuerza de frenaros, volveréis a las andadas en poco más de dos días y yo me desentenderé, porque es lo más fácil. Los tres no nos esforzaremos lo suficiente sin alguien ―repitió― que nos anime u obligue a ello.
―¿Vas a intentarlo? ¿Con ella aquí lo harás? ―inquirió Basil.
―Los tres lo haremos ―prometió el padre.
Los dos hermanos asintieron al unísono, aunque percibió que su hijo mayor no estaba convencido del todo.
―Muy bien. Id a buscarla y decidle que, por favor, se quede.
―¿Debemos hacerlo? Eres tú quien insiste en que la necesitamos. ―A Basil eso no le apasionaba demasiado. Desafió a su padre sin remordimiento.
―Le habéis dicho que se fuera y deberéis convencerla para que regrese.
Flavian salió a la carrera. Su hermano lo siguió con precaución.
Y mientras esa conversación entre un padre y sus hijos sucedía, Aura Holt había estado haciendo tiempo en la calle, confiando en que el padre demostrase su implicación, dado que cuando salió por la puerta fue incapaz de huir.
Diez minutos. Tal vez un poco más, pero eso fue lo que tardaron los muchachos en interponerse entre Robin, ella y el carruaje.
―Estará a prueba, señora Holt ―le dijo Basil, de tal modo que ella creyó estar ante todo un hombre. Pareció incluso dominante y perturbador.
Bueno. No podía haber esperado que el joven se bajase de su trono de poder a la menor ocasión, pero era un gran paso que aprovecharía.
―Lo mismo os digo a ambos ―señaló ella, con una tímida sonrisa.
―¿Nuestro padre también estará a prueba? ―preguntó Flavian.
Basil le dio un codazo.
―Él más que vosotros, chicos, porque sospecho que carga con la mayor parte de la culpa por vuestro comportamiento.
Los tres se dispusieron a entrar en la casa y cuando Flavian se adelantó y Basil supo que no lo escuchaba, le dijo a Aura:
―No hubiese ganado la guerra, señora Holt. Espero que esté a la altura de las circunstancias o todos lo lamentaremos.
Ella se quedó con la boca abierta. Basil sí parecía más mayor de lo que era. No le dio opción a réplica, así que cuando llegó al interior de la casa el vizconde los estaba esperando en el recibidor.
―¿Todo bien? ―trató de averiguar Thomas.
Aura iba a responderle cuando sintió que Robin se soltaba de su mano.
Miró a ver a dónde iba el pequeño y justo lo vio siendo llevado de la mano por Basil, quien iba a quitarle la chaqueta.
Quizás los tres estuviesen bien juntos, porque Robin también necesitaba una ayuda que ella no había sabido prestarle.
Dios sabía que su pequeño había pasado por mucho y que precisaba abrirse a los demás.
No era mudo, puesto que de bebé había gritado y balbuceado, así que solo le quedaba tener paciencia y en su interior la luz de la esperanza se prendió.
Tal vez Robin y ella misma necesitaban a esos dos muchachos también.
Ese pensamiento la animó al momento… aunque Basil le daba…
La hacía sentir incómoda y no sabía si sería peligroso.
Había algo en ese joven que la alteraba.
El modo de examinarla, cómo le hablaba… No era ningún niño afable.
―Yo… ―empezó a decir sin saber a qué estaba contestando.
―Estará bien con ellos. No son tan malvados ―le dijo, al verla observar con muchísima atención al trío―. Hablemos en mi despacho, señora Holt.
Ella cabeceó y luego lo siguió hasta el lugar indicado. Se metieron en el interior y se dio cuenta de que no se había quitado el abrigo. Comenzó a desabotonárselo con enfado. Ese lacayo que la había mirado más de una vez por encima del hombro…
―Si su propio personal desdeña a los que son de su misma clase, ¿qué no harán sus hijos si ese es el ejemplo que se les otorga, milord?
La señora Holt dejó la prenda sobre un sofá cercano y se sentó en la silla colocada frente al escritorio. Entonces Portman tomó también asiento. Se quedaron uno frente al otro, separados por el escritorio de madera de nogal.
―Estoy seguro de que ha sido un error sin importancia. Sinclair ―así se llamaba el lacayo― es muy competente en sus atribuciones.
―Lo dudo mucho, aunque no se preocupe por eso. Yo me ocuparé de todo, es lo que se espera que haga como la nueva vizcondesa de la casa.
No pudo resistirse a hacer esa afirmación. Y sonrió con satisfacción al verlo removerse en su silla.
―Yo… creo que… ―Entró en pánico al saberse descubierto en su mentira.
―¿Qué, milord? ―preguntó ella sin sentirse culpable por hacerle pasar un mal trago.
―¿Quiere un poco de té? Sí, haré que…
Si no llevaba anís y menta, le disgustaba tomarlo, aunque podía prescindir de la gota de miel, y sabía que él no dispondría de sus exigencias a la hora de hacer el té.
―No hace falta ―lo interrumpió―. Creo que lo mejor sería que establezcamos las bases de nuestro… acuerdo. Como bien sabe soy viuda y la dote, en mi caso, es inexistente, pero supongo que eso ya lo sabía, ¿verdad, lord Portman?
El vizconde sentía un fuerte calor de pronto.
Se levantó de la silla y se fue hacia la ventana más próxima para abrirla.
¡Estaba sudando! No debió confiar en la señora Garland.
Sabía que el niño no había podido chivarse, porque había escuchado decir a su madre que él no hablaba. ¿Qué problema tendría?, se preguntó.
Estaba disfrutando. Aura estaba muy divertida viendo la incomodidad manifiesta de lord Portman. Lo vio regresar a su asiento, colocar una de las plumas rectas sobre la mesa, ordenar unos papeles que tenía a la derecha, para al fin, levantar la mirada y enfrentarse a ella.
―Usted sabe que no vamos a casarnos, señora Holt.
―¿Lo sé? ¿Cómo podría ser eso cuando la señora Garland me ha despedido por mi bien, porque una mujer en su sano juicio no despreciaría la proposición de un vizconde? ―Ella alzó una ceja acusadora.
―Usted no me dejó otra opción. Lo lamento.
―La única que lamenta su atrevimiento soy yo, milord.
No entraré a valorar lo mezquino de su comportamiento porque estoy segura de que es consciente de ello.
Estoy aquí por sus hijos y por el mío. Después de recuperarme de la impresión que me produjo su encerrona, decidí no delatarle y acepté irme.
Me ocuparé de que Basil y Flavian entiendan que el mundo no fue creado para que ellos anduviesen jugando a sus anchas, sin importar las consecuencias, por él.
Una labor difícil, cuando su propio progenitor hace justamente lo que no desea que hagan sus propios hijos.
Portman regresó a su infancia. Él tenía unos doce años y le acababan de dar un fuerte tirón de orejas. Sus mejillas se sentían un poco sonrojadas ante la regañina. Se negó a dejarse intimidar.
―Dejemos un par de cosas claras, señora Holt.
―Por favor, hagámoslo, milord.
―Si no le importa, empezaré yo. Sospecho que seré mucho más breve que usted.
―Intuye bien.
―Así que le agradeceré que no me interrumpa.
―No lo haré, si no es necesario.
Él suspiró. Ella era más autoritaria que un duque tirano y Thomas conocía a un par de esos.
―Me gustaría saber quién es y por qué se esconde antes de que nos retiremos al campo, señora Holt.
―Su entrevista no empieza bien, milord. Uno hace ese tipo de preguntas o averiguaciones antes de forzar a la persona a aceptar el empleo que se le brinda.
―Así que no niega que oculta algo.
―Verá, milord, soy Aura Holt, una viuda sencilla que era feliz en una pequeña panadería del East End con su hijo.
―Es evidente para quienes la conocen que recibió una excelente educación. Su dicción, sus formas, el modo de expresarse, incluso el que tiene para regañar o mirar con desdén, indican que no es de clase baja. Una mujer como usted no pertenece al lugar en el que eligió vivir.
―Ah, así que cree que soy una damisela en apuros que necesita la ayuda de un caballero de brillante armadura…
Si eso le permite adormecer su conciencia, piénselo si lo desea.
No hay más de mí de lo que ve. Soy una mujer que tomó el destino en sus manos y emprende el camino lo mejor que puede y sabe.
―¿Nadie llamará a mi puerta exigiendo que la entregue para ser juzgada por un crimen, señora Holt?
―De los dos, milord, ahora mismo es usted quien debería ser juzgado por mentir. Así que le recomiendo, con humildad, que retire la pregunta.
―Está siendo una mujer difícil.
―¿En nuestra única entrevista anterior le di la impresión de que yo era de otra forma? ―rebatió con presteza.
―Me gustó verla tímidamente sonrojada y plenamente complacida cuando dejé claro que me sentía atraído por usted.
Al fin Portman tuvo un pequeño triunfo en su haber. Ella se removió incómoda en su asiento ante su aseveración.
Hacía calor. Sí. Muchísimo. Ese demonio de vizconde había sabido ponerla nerviosa. Una cosa muy complicada, pero acababa de hacerlo.
―Hablemos de cosas importantes, milord. ―Tuvo que llevarse una mano para tocarse la frente, puesto que la sentía húmeda. Lo observó sonreírle.