Capítulo 4
Un cara a cara esperado
Afirmar que Aura Holt estaba disgustada, equivaldría a comparar el firmamento con unos puntitos brillantes lejanos.
No había pensado que algo así llegase a ocurrirle.
Había sido cauta, había lidiado con algunos hombres de dudosa reputación a lo largo de su vida y había salido bien, en especial cuando mostraba sin vacilación su rostro imperfecto.
Nunca imaginó que una fea quemadura la mantendría tan bien protegida y a Dios daba gracias por ello.
Solo importaba Robin. Solo el niño era lo que la motivaba a seguir adelante, a luchar, a sobrevivir.
Cambiarlo de ambiente después de tres años no sabía si sería buena idea. El vizconde Portman no le había dado otra salida más que la de claudicar.
Aunque siguió enfadada buena parte de la mañana, cuando consiguió tranquilizarse, se dijo a sí misma que aprovecharía la nueva ventaja que lord Portman le había dado sin ser consciente de hacerlo. Robin, y únicamente Robin, motivaba cada uno de sus pasos. Usaría la ventaja en su favor.
Decidió entrar por la puerta principal y no por la de servicio, en un gesto de desafío que posiblemente pasase desapercibido. Cuando el lacayo le abrió y le dio una mirada desairada, ella rodó los ojos. En el East End estas cosas eran menos habituales.
Llevaba un sencillo vestido gris perla, con puntillas blancas en las mangas, muy austero, y su abrigo verde oliva había visto tiempos mejores, pero ese sirviente no tenía derecho a juzgarla por su aspecto porque Portman era el responsable de que ella estuviese llamando a su puerta.
―¿En qué puedo ayudarla? ―preguntó con pereza el hombre del servicio.
―Haga el favor de anunciarle al vizconde que la señora Holt está aquí ―le dijo con firmeza.
―¿La esperan? ―Era reacio a permitirle la entrada.
―¿A usted qué le parece? ―rebatió, con una ceja alzada.
Pasaron unos quince segundos hasta que el lacayo le concedió el acceso.
Cuando estuvo en el interior de la casa, ella se quitó el abrigo, hizo lo mismo con el del niño y al girarse para dárselo al sirviente, observó que este ya no estaba.
Aguardó con las dos piezas en la mano unos pocos minutos, entonces lord Portman salió de una de las puertas de su derecha.
La observó con… ¿esperanza? No sabía lo que veía en sus ojos, pero no era la mirada de un hombre que se consideraba vencedor de un combate.
Su actitud era humilde, supuso eso mismo porque los hombros los tenía relajados.
Y cuando Robin tosió, el vizconde se dio cuenta de que ella no estaba sola.
―Señora Holt, por favor, pase y sea bienvenida. Confío en que el viaje haya sido de su agrado. Ordené al cochero esperarla en la puerta de la panadería hasta que…
―Lo sé, milord ―lo cortó―. Le agradezco el gesto.
―Veo que viene acompañada. ―Le sonrió al niño, al tiempo que se acercaba a él. Cuando estuvo a la altura de Robin, el vizconde se acuclilló―. Hola, jovencito, ¿cómo te llamas?
―Mi hijo se llama Robin, milord.
Él tragó saliva en el momento exacto en el que se dio cuenta de que era el muchacho que había estado en la sala de la señora Garland. Se levantó y le hizo una seña al lacayo para que tomase los abrigos de ambos.
―No lo sabía ―dijo.
―¿Por qué habría de saberlo, lord Portman? ―rebatió sin abandonar su actitud defensiva.
Él cabeceó afirmativamente.
―¿Le parecería bien que charlásemos en mi despacho, señora Holt? ―se ofreció.
―Por supuesto.
El vizconde se encaminó hacia el lugar para guiarla. Aura, que había estado atenta a su entorno, tal y como solía hacer siempre, se había dado cuenta de que dos espectadores figuraban en las escaleras del primer piso.
―¡Chicos! ―los llamó con voz firme―. ¿Por qué no bajáis y os quedáis con Robin mientras hablo con vuestro padre?
Como Aura ya había previsto que Basil y Flavian no le harían el menor caso, se agarró la falda con una mano, mientras que en la otra llevaba sujeto a Robin, y se encaminó hacia las escaleras para llegar hasta ellos. Portman pasó a ser el espectador y no el protagonista de la acción.
Los dos muchachos la miraban con precaución. Ella les sonrió. Ya sabía bien cuál era cuál por el modo en el que se comportaban. Aunque eran bastante parecidos, Basil siempre estaba por encima de su hermano, en una actitud de protección. Le agradó eso.
―Basil ―miró al primero―, Flavian ―sus ojos se deslizaron hasta el otro muchacho―, no sé si me recordaréis, soy la señora Holt, de la pana…
―No la olvidaremos nunca, señora ―dijo el heredero del vizconde con seriedad.
―Ah, yo tampoco creo que pueda olvidaros a vosotros.
Veréis, aunque en esta casa puedo lograr tener acceso a los cuchillos, no me gustaría comenzar una guerra que trataré de ganar a cualquier precio.
Porque de verdad que no pierdo una batalla, muchachos.
Vuestro padre cree que puedo ser de ayuda para vosotros y me ha ofrecido ser vuestra…
―Carcelera ―señaló Flavian.
―Me gustaría pensar que no sois presos y que solo os guiaré en lo que pueda.
No lo sé todo, por supuesto, pero creo que si nos esforzamos, los cuatro ―acercó a su hijo a modo de presentación― podríamos llevarnos bien.
Vuestro padre no me ha dejado mucha opción para negarme, así que si vamos a estallar en un gran conflicto, preferiría saberlo ahora.
―No podemos cambiar lo que somos ―dijo Basil.
―Y no deberías hacerlo, eres el mayor en esta casa y tienes responsabilidades.
De hecho, he pensado que mientras establezco algunas cuestiones con tu padre, podrías ocuparte de Robin, mi hijo.
Él todavía no habla, supongo que no tiene nada importante que decir y lo hará cuando sea el momento.
¿Podrías hacerlo o prefieres que le diga a tu padre que Robin y yo no somos bienvenidos y que sería mejor que nos marchásemos? En tu mano dejo la decisión, Basil.
―Señora Holt, creo que… ―La voz del vizconde llegó hasta ella.
Aura ladeó la cabeza y le sonrió.
―Excúseme un segundo más, milord. Estoy teniendo una conversación importante con su hijo, por favor.
Portman asintió brevemente y no se pronunció más. Deseaba ver a dónde conducía todo aquello.
―¿La decisión será mía? ¿O solo se trata de una estrategia para darme un falso poder que no ostento? ―se interesó el joven.
Ella se quedó sorprendida ante las preguntas. Esos muchachos no eran como el resto.
―Tuya y de tu hermano, por supuesto ―añadió para hacer partícipe a Flavian.
―Si digo que no la quiero aquí, se marchará. ¿Los dos se irán? ―Cabeceó hasta Robin al hacer la pregunta.
Aura Holt valoró la implicación de darle la total concesión de la decisión.
Era ofrecerle todo el poder en esos momentos de la conversación o tener que apelar a amenazas, seguramente con cuchillos, el resto de su estancia en casa de lord Portman.
Se conocía muy bien a sí misma y no le había mentido cuando dijo que no daría su brazo a torcer.
Robin podría ser usado como un arma arrojadiza y eso era intolerable para Aura. Suspiró con fuerza y resignación.
―Estás al mando, sin falsedades. Mi hijo es lo principal y no deseo enfrascarlo en una guerra que no debería ni haber comenzado. Una palabra y nos iremos de inmediato.
―Basil… ―le susurró Flavian a su hermano mayor. Ella no supo lo que le dijo su hermano menor en la oreja. Portman tampoco.
―Muchachos, solo hay una forma de averiguar si hablo en serio… Decididlo.
Basil la examinaba lleno de suspicacia. Flavian también. Los dos hermanos se miraron y asintieron al unísono.
―Queremos que se vaya ―señaló el heredero del vizconde.
Ella le ofreció una sonrisa triste.
―Sabía que dirías eso. Espero que no hayan bajado nuestro baúl del carruaje.
Se dio la vuelta, con Robin de la mano todavía, y se vio frente al vizconde.
―No va a marcharse, señora Holt ―le señaló con autoridad.
―No depende de usted esa decisión.
―Yo creo que sí.
―No lo entiende, milord. Usted seguirá con su vida, con sus negocios, y seremos sus hijos y yo quienes tratemos de doblegarnos los unos a los otros. Si estuviese yo sola, me quedaría, pero no he llegado hasta aquí para que a Robin le suceda algo malo.
―No le ocurrirá nada como lo que dice. ―No le gustaba que la empleada que deseaba contratar hablase como si su hijo fuese a perecer a manos de los mellizos.
Ella le sonrió.
―Sus chicos han tomado la decisión. Debe aceptarla del mismo modo que yo lo hago, milord.
Llegados a ese punto ella se hizo a un lado para poder descender por las escaleras. Escuchó al vizconde hablar bajo, pero no le interesaba saber lo que decía. No se quedaría.
Llegó abajo y observó al lacayo quieto. Por lo visto no iba a entregarles los gabanes. Ella misma buscó en los alrededores y descubrió la percha, le colocó la prenda al niño y luego hizo lo mismo con la suya.
―Chicos ―dijo su padre, mientras la señora Holt se encaminaba hacia la puerta de salida―, yo no sé cómo hacerlo.
De verdad que no lo sé ―reconoció con angustia―.
No hemos sido una familia hasta el momento.
Vosotros me lo habéis puesto difícil, yo me rendí a la primera ocasión.
Si hay alguna posibilidad de que vivamos en paz y tratemos de encontrar un poco de felicidad, es con ella.
No me preguntéis cómo, pero sé que la señora Holt es lo que hemos estado esperando.
¡Intentémoslo, por favor! Volveremos al campo, allí prometo prestar más atención a mis obligaciones con vosotros.
Será vuestra institutriz, me comprometo a escucharla y a considerar y aceptar sus decisiones sobre cómo debo ayudaros, siempre que sean razonables, y me consta que es más que razonable. También las vuestras.
―¿Quieres decir que será una institutriz para ti? ―indagó Flavian.
―Los tres la tendremos.
―¿Estarás con nosotros? ¿No te marcharás en cuanto puedas? ―Fue Basil el que se interesó por esas cuestiones.
―No lo haré. Es hora de que arreglemos una situación que yo estropeé y que vosotros tampoco habéis intentado solucionar.