Capítulo 3 #3
Él le había dado cinco peniques a su sobrina para que le permitiese la entrevista. Muy bien empleados estuvieron.
―Le estoy del todo agradecido por concederme unos minutos de su tiempo, señora. Comprendo que tendrá muchas cosas que atender y ha sido muy cortés tenerme en cuenta. ―Le sonrió. Le soltaría todas las lisonjas que tuviera a su disposición con tal de lograr su cometido.
No estaba jugando limpio. Lo sabía muy bien. Cuando le preguntó a Cook sobre la relación de Aura Holt con su empleadora y este le dijo que se comportaban como madre e hija… ¿Qué madre no desearía un mejor futuro para su hija? Ahí vio el filón. Verlo y llevarlo a cabo eran dos cosas muy diferentes.
―¡Nada como eso, lord Portman! Hacerle un té a una visita es un privilegio. ¡Un vizconde en mi casa! No pensé que llegaría a conocer personalmente a un hombre con título. Es una grata sorpresa más que bienvenida. ¿Qué necesita de la vieja señora Garland?
Él le sonrió más ampliamente.
―Le aseguro que el honor es del todo mío. Soy un buen amigo del señor Cook y él siempre se deshace en halagos sobre su panadería.
―Ah, Cook, un gran hombre. No apruebo lo que en ese club se lleva a cabo, pero todos tenemos que poner un plato de comida sobre la mesa y cada cual se busca la vida como puede.
No me quejaré de mis vecinos, porque nuestro Cook y sus chicos han intercedido en más de una ocasión por mí y por mis empleadas.
―Yo mismo me he hecho asiduo de sus pasteles de limón, señora Garland. Cook ha logrado conquistar a su dama con ese dulce tan especial.
―Sí. Sí. Estoy al corriente de que al fin ese muchacho ha conseguido que la señorita Mirrell se fije en él.
Lástima que la receta no sea mía y no me pueda atribuir el mérito.
Mi sobrina Mary y la señora Holt son las que llevan la batuta del negocio.
Les di un poco de manga ancha para que probasen recetas nuevas.
No sé de dónde sacó tantas ideas la señora Holt, pero a Dios doy gracias de que la trajese a mi puerta y no en la de otro lugar de pecado.
Portman entendió que su anfitriona hablaba de El placer del infierno. Se estremeció al pensar que ella hubiese podido tener que poner en venta su cuerpo para salir adelante. Hubiera matado a cada hombre que la hubiese tocado íntimamente. Sacudió esa idea tan posesiva de su mente.
―Percibo mucha calidez en sus palabras cuando se refiere a la señora Holt.
―Lo hago. ¿La ha conocido usted? Ella es magnífica, todo un corazón amoroso con una mano firme cuando las circunstancias lo exigen.
Oh, sí. Portman sabía bien que eso y mucho más era Aura Holt. Precisamente la necesitaba por esos dos motivos y, costase lo que costase, acabaría superando la atracción primitiva que había sentido al verla por primera vez. Solo necesitaba averiguar cómo hacerlo.
―Debo confesarle, señora Garland, que mi visita tiene que ver con Aura Holt. ―Le encantaba cómo sonaba ese breve nombre en sus labios. No pudo resistirse a referirse a la que esperaba que fuese su institutriz… ¡la de sus hijos!, por su nombre de pila.
La mujer lo miró con atención en ese momento. Dejó la taza que había estado sosteniendo entre sus manos sobre el platillo.
―Oh. Ya veo… ―dijo con recelo.
―¿Me entiende? ―preguntó con suavidad. No tenía la menor idea de la conjetura que estaba sacando la señora.
―Creo que sí.
―Entonces no se sorprendería si le pidiese que la despidiese.
―¡Despedirla! ¿Por qué habría que darle ese trato infame? ―Se escandalizó su anfitriona.
―Verá. Sé que estoy siendo muy egoísta, señora Garland, al pedirle que prescinda de su empleada. Percibo que usted la quiere como a una hija.
―¡Más que eso! Deseo legarles la panadería a Mary y a ella cuando Dios me llame a su lado ―le informó.
―Y eso la convierte a usted en un ángel, sin embargo, yo puedo darle una vida más confortable de la que tendrá aquí.
La mujer abrió mucho los ojos. Se recuperó de inmediato de su asombro y le sonrió con afabilidad.
―Comprendo. Sí… sabía que este día llegaría. Ella también es un ángel. Dios sabe por lo que habrá pasado. Merece un poco de paz.
―¿Se refiere a sus… quemaduras? ―interrogó Portman muerto de curiosidad.
Hasta que el duque de Phenton no habló de ese rasgo, él no se había percatado. Incluso no se hacía una idea de lo que en verdad eran, pues no lo consideraba importante para él.
―Un incendio. Ella no habla de su pasado y la entiendo. Hay cosas que es mejor olvidar. ―La vio ponerse triste.
―Verá, no creo que la señora Holt desee dejarla o contrariarla porque me consta que la considera una madre. ―Eso le había dicho Cook. Esperaba que fuese verdad―. Así que me temo que no vendrá conmigo si no la forzamos a hacerlo. ¿Me entiende?
El vizconde iría al infierno por la jugada que le estaba haciendo a Aura Holt. No importaba, sacaría cuentas con El Maligno cuando llegase el momento.
―Es muy leal. Siempre lo ha sido. Entiendo su padecer, milord, aunque no apruebo su petición. Yo sería incapaz de hacerle daño de esa manera. ¿No lo ha intentado de otro modo? ―se interesó la anciana.
―Le prometo que he hecho todo lo posible para convencer a la señora Holt por las buenas. ―No mentía.
―Sí. Muy honesta, razonable de hecho, pero más obstinada que una mula terca. No sé si podré prescindir de ella. Me costará muchísimo.
―Lo entiendo perfectamente, señora Garland, y por eso le pagaré por las molestias que mi decisión le haya ocasionado.
Tomó la taza de té y dio otro sorbo. Rico, sabía a anís y menta, aunque… ojalá estuviese tomando un whisky porque sentía los nervios azuzarlo.
―No es por el dinero, milord ―dijo de inmediato―.
Llevo con ella tres años, sé que no son muchos, pero como habrá podido averiguar, la señora Holt es una mujer brillante a la que se le coge cariño en cuanto una la ve.
―La anciana suspiró con resignación―. Supongo que deberé ceder en su petición.
La conozco bien y no se marchará si no le doy un empujón.
¿Quién soy yo para poner trampas al amor de dos personas tan buenas como usted y la señora Holt?
Un amor que nace en mi panadería… Confío en que no se acerque más al negocio del señor Cook.
Una mujer puede perdonar unos pecadillos a su esposo, pero debe prometer que la hará feliz. Solo con esa promesa la dejaré ir.
Portman, quien había estado atendiendo la suposición de la señora Garland con mucha atención, se obligó a tranquilizarse.
Poco le faltó para comenzar a toser y escupir el té.
¡Matrimonio! La anciana creía que él se había enamorado de Aura Holt mientras salía del club por las mañanas y se detenía a comprar algunos pastelillos.
¡Santo Dios! ¿Cómo se había metido en semejante lío? ¿Qué hacer?
Cuando logró que el líquido caliente de su boca finalmente descendiese por su garganta, se observó con discreción el hombro.
Vio ahí a una miniatura de Phenton susurrándole que diese el paso sin dudar.
Ladeó la cabeza hacia el otro lado, a su izquierda, y divisó la misma proporción de su amigo Liam, salvo que le decía que cerrase el acuerdo y se marchase a una orgía.
Se imaginó lo que le diría el duque de York.
Este le sugeriría que mintiese, la sedujese y se casase con ella, porque el duque solo veía amor y lujuria por todas partes.
Sacudió levemente la cabeza para olvidarse de sus amigos.
Entonces, el vizconde miró a la mujer que tenía la clave de su éxito con respecto a Aura Holt, asintió, le sonrió y procedió a hacer exactamente lo que le había pedido:
―Tiene mi palabra de caballero de que me ocuparé del bienestar de la señora Holt, mientras Dios me permita seguir en este mundo. ―Portman no era un necio. No dejaría pasar esa oportunidad servida en bandeja.
―¡Lo sabía! Harán una pareja preciosa. Ella está más que capacitada para ser su esposa.
¡Se lo digo yo! Aura Holt recibió una educación exquisita.
¡Pero si sabe latín! ¿Se lo puede creer?
La encontré un día ojeando un libro clásico que alguien había dejado en una esquina.
Una mujer muy especial. Del todo. Así que nadie recordará haberla visto en el East End, despachando en una panadería, en cuanto le ponga sedas, encajes y joyas…
Y para eso debemos actuar con celeridad.
Sí. Es necesario que deje de estar cara al público.
¿Cuándo ha pensado llevarse a mi estimada señora Holt, milord?
―Al hacer esa pregunta, el vizconde vio que a la mujer se le derramaba una lágrima.
Con la misma sonrisa que había mantenido hasta el momento le señaló:
―Cuanto antes, señora Garland. Cuanto antes…
―¡Ay, el amor!
La anciana comenzó a dar palmas llena de felicidad.
Él se atragantó con sus propias mentiras y comenzó a toser con suavidad. La saliva se le había ido por otro lado, pero Portman era consciente de que en verdad lo que había sucedido era que sus falsedades le estaban pasando factura.
Se estremeció al pensar en qué más le depararía esta situación tan dantesca, y rezaba para poder controlar los riesgos de lo que pudiese salir mal aflojando el bolsillo, porque de otro modo…
―¿Puedo confiar en su discreción con respecto a este asunto, querida señora Garland?
―No diré una palabra, milord ―le dijo con complicidad.
No estaba muy seguro de su promesa, porque la anciana se había puesto de pie y parecía dispuesta a salir disparada para contarle a alguien lo que acababa de suceder.
Suspiró resignado, se levantó, recogió su sombrero, los guantes y el bastón que la afable anciana le acababa de ofrecer, y se fue de allí.
No había marcha atrás. El paso había sido dado y tendría que confiar en que Aura Holt acabase aceptando su ofrecimiento. Sí. Definitivamente, el día que falleciese iba a tener que pagar por una gran lista de pecados y esa mentira sería, a buen seguro, una de las cosas que más le dolería.
Aura Holt no merecía lo que le había hecho. No sabía cómo, ni cuándo, pero le compensaría las molestias del modo que fuese. Basil y Flavian eran lo más importante para él. Había fracasado como padre y necesitaba ayuda para enmendar su vergüenza.
Un recuerdo del pasado se cruzó en su mente. Lo apartó tan rápido como había venido. No pensaría en los días sombríos en los que se culpó por la muerte de Emily y no fue capaz de atender a sus hijos.