Capítulo 3 #2
―No iré a ninguna otra. York es su hermano, que se ocupe de Liam.
―York está demasiado ocupado amando a su duquesa como para pensar en orgías.
―¡Quieres dejar de decir esa maldita palabra de una vez, Phenton! ―se molestó Portman.
―Está bien. Hablemos mejor del modo en el que vas a seducir a tu panadera.
―No es mi nada.
―No porque no quieras, ¡eh, bribonzuelo! ―bromeó el duque.
Thomas miró con irritación a Lucien Maldith. Phenton podía ser más incómodo que el maldito y vanidoso duque de York.
―Solo necesito una institutriz.
―Necesitas a la señora Holt y no solo durante un breve periodo de tiempo.
Has cumplido con lo que se esperaba que hicieras con el título.
Tienes a un heredero y el repuesto, así que podrías casarte ahora por debajo de tus posibilidades y nadie diría nada.
Venderemos una historia de amor. Deberías hacer como York y huir a Gretna Green para que sea más creíble.
―No pienso casarme. ¿Cómo pretendes que te lo diga, Phenton?
―Quieras o no es irrelevante. Seduce a la panadera, llévala a vivir a tu casa unos meses para verificar que puede doblegar a los niños y luego átala a ti para que no pueda huir.
El matrimonio es tu mejor baza. Además, no trates de engañarme.
Ella te gusta más de lo que estás dispuesto a admitir.
Incluso con el rostro lacerado es bonita. Yo mismo me quedé encantado.
―¿Qué dices sobre su rostro? ―preguntó, obviando el resto de las reflexiones de su amigo.
―Ah, si no viste sus cicatrices es que te impresionó más de lo que imaginaba.
―¿Qué cicatrices? ―No entendía nada.
―En el lateral derecho de su rostro ―le explicó―. Sospecho que no debe de haber más, porque el reguero desaparecía por el cuello.
―¿Un accidente con el horno, en la cocina? ―sopesó. Él no se había dado cuenta de ese detalle.
―Pudiera ser. ¿No te llamó nada la atención?
―Todo de ella me llamó la atención ―confesó.
―¡Sabía que no solo pensabas en un puesto de institutriz para la señora Holt! ―lo acusó sin remordimiento.
―Vamos, Phenton. Podía engañar a Liam, pero no a ti. Tienes demasiada experiencia como espía tratando con mentirosos como para seguir con mi interpretación.
El duque se rio con ligereza.
―Es cierto. No te habría creído ni por un momento. Es bonita ―repitió.
―Deja de pensar en ella en esos términos.
―¿Celoso tan pronto?
―No estoy celoso.
―Ya… Así que si un duque apuesto entrase por la puerta de la panadería y le hiciese una proposición placentera y lucrativa a la señora Holt… tú no te molestarías lo más mínimo, ¿verdad? ―Decidió ponerlo a prueba.
Portman se puso serio. Phenton se dio cuenta.
―Si hicieras eso perderías a un amigo, ya que nos veríamos a veinte pasos en el lugar que tú estipulases, aunque la elección de las armas sería mía. Floretes, porque te he visto disparar ―le dijo con total formalidad.
―Ya… y pese a eso afirmas que no estás celoso.
―Porque no lo estoy. Sigue con lo que fuera que estabas diciendo sobre la señora Holt y abstente de comentar lo bonita que es ―cosa que Portman ya sabía― o de las proposiciones desacertadas que le harías.
―Está bien. La mujer no pertenece a ese ambiente. Es demasiado refinada para ser una hija del East End, o ya puestos para haber nacido en la servidumbre. Y si nació como sirvienta, alguien se ocupó de instruirla. Te apuesto diez libras a que sabe bailar el vals incluso mejor que tú y que yo.
―¿Te lo dice una corazonada de espía?
―No me dirás que no pensaste algo similar cuando hablaste con ella.
―Insinuó que estaba a salvo en la panadería. Creí que hablaba de mí, pero… ―comenzó a cavilar en voz alta.
―¿Qué hiciste para llegar a esa suposición, viejo bribón?
―Quieres la verdad, supongo.
―Por tu tono de voz, sospecho que tu confesión será vergonzosa, y si mientes lo sabré. Tengo un sexto sentido para ese tipo de cosas, por eso fui el mejor en mi trabajo para el Ministerio de Asuntos Exteriores.
―Tuve algunos deslices mientras hablaba con ella ―reconoció de mala gana.
―¿Ella se ofendió?
―Se lo tomó con bastante deportividad.
―Tienes una posibilidad ahí. Deberías aprovecharla.
―El matrimonio está fuera de discusión.
―Bueno, empieza por algo sencillo primero. Convéncela para que trabaje para ti y luego ya ves sobre la marcha.
―¡Claro! ¿Qué hago? ¿La rapto y la encierro en la torre más alta de mi casa?
Phenton se quedó reflexivo. Si fuese así de fácil, él mismo habría solucionado un problema personal que tenía con cierta dama, hermana de un conde que lo detestaba profundamente.
―Es interesante que hables de ella en términos principescos, como si fuera tu princesa.
―Esto es serio ―le recordó.
―Lo sé. ¿Por qué no te retiras a Roseclouds una temporada? Si ella busca seguridad, sentirse a salvo, y tú no eres el problema, tal vez esa opción sería acertada. Nunca te ha gustado mucho la temporada y el campo podría ser una solución.
―No estaría mal intentarlo ―dijo pensativamente, mientras algunas cuestiones asaltaban su mente―. ¿Crees que es peligrosa? ¿Consideras que está huyendo de algo? No quiero poner en peligro a mis chicos.
―No me dio esa impresión. No negaré que hay mujeres que saben esconder su maldad muy bien, pero dudo que este sea el caso. Además, pudiera ocurrir que necesitase protección frente a tus muchachos, porque dudo que fuese a la inversa.
Portman cabeceó ante la suposición del duque. Se fiaba de su opinión. Phenton solía conocer bien a las personas con un simple vistazo.
―¿Y si ni diciéndole que residiremos en el campo quiere?
―Entonces supongo que todo dependerá de lo que la desees. ―Alzó las cejas significativamente para hacerle un gesto de picardía.
―Trabajará para mí, Phenton. No soy tan canalla como para aprovecharme de los que están bajo mi protección.
―Sí, bueno, no serías el primero en traicionarte a ese respecto.
―Sé más concreto y dime qué puedo hacer si ella se niega.
―Lo que haga falta, Portman. Ya te lo he dicho, todo depende de tu… necesidad.
―Será la institutriz de los niños. Nada más ―se reafirmó.
―¿Tratas de convencerme a mí o a ti? Porque suenas igual de falso que Liam cuando alega que Regina, lady Ranfield si debo atender a la etiqueta para referirme a ella, no es más que una muchacha que fue la pupila de York.
―El caso de Liam es diferente. Nada comparable al mío.
―Efectivamente. La señora Holt, al contrario que lady Ranfield, no está casada y por lo tanto tienes una oportunidad más que factible.
―Por cierto, hace semanas que no veo a York. ¿Dónde se ha metido? ―Trató de llevar la conversación hacia otros senderos más cómodos.
―Escuché decir que se marchó de viaje con su esposa. Francia, creo… Y si preguntas por él porque desearías escuchar la opinión de York respecto a la señora Holt, yo mismo te la puedo ofrecer en su nombre, pues sé exactamente lo que el pomposo York te recomendaría.
―¿Qué diría? ―preguntó con humor Portman.
―Oh, ya sabes ―imitó ese tono parsimonioso tan característico que el duque de York solía poner cuando hablaba―, no hay nada a lo que una mujer se negaría después de ofrecerle una cálida noche al candor de la lujuria más exquisita. Más si es con un vizconde apuesto, rico e inteligente.
Portman se rio a carcajadas. Phenton también.
Eso sería justo lo que hubiese dicho el duque de York.
Ambos lo sabían. Por más que estuviese plenamente enamorado de su duquesa, York siempre recomendaba la lujuria como solución a todo…
Bueno, desde que se casó con Isobel, York aconsejaba el amor unido a la lascivia, pero eso era porque había caído en las mieles de un matrimonio feliz.
―¿Crees que York me considera apuesto, rico e inteligente? ―preguntó de pronto.
―¡Qué más da! La que debe caer a tus pies es la señora Holt. Esa es la opinión que debe importarte.
―¡Va a ser la institutriz de mis hijos! ―exclamó ya derrotado.
―Sí. Sí. Y Bonaparte solo era un hombre entusiasmado con unir la faz de la Tierra bajo el amparo del amor, la alegría y la fraternidad de su puño de hierro. Sin guerra alguna para lograrlo.
―No te sienta bien ser sarcástico, Phenton.
―Prepárate para la batalla. Intuyo que la señora Holt no te lo va a poner fácil y deberás estudiar a tu oponente para ganarle.
***
Dos días más tarde, Portman estaba haciendo precisamente lo que le recomendó su buen amigo Phenton.
Si Lucien le había dicho que debía luchar eso haría, y emplearía todas las armas de las que disponía.
Así que se le ocurrió la solución más rápida para obtener lo que deseaba y eso era: una institutriz para sus hijos, no una amante cariñosa.
No iba a ser un movimiento elegante y la señora Holt lo odiaría por llegar a ese extremo, pero estaba dispuesto a salirse con la suya al precio que fuese.
Mientras la señora Garland, quien había dejado sentado sobre una alfombra a un niño muy silencioso frente a un cochecito de madera, le servía un té, él se preparaba para la ofensiva.
Había esperado un par de horas a que la señora Holt saliese de la panadería para verse las caras con la que le habían dicho que era la regente oficial del negocio.
Si su idea fallaba tal vez optase por cargarse al hombro a la señora Holt y marcharse de Londres sin mirar atrás.
Sentado frente a frente con la empleadora de Aura Holt, Portman repasaba en su cabeza el discurso que había preparado. No recordaba ni una palabra, pero sí la idea en general.
Vivían muy cómodamente y le gustaba pensar que la señora Holt estuviese bien atendida. No era una casa lujosa, pero no les faltaba de nada.
La señora le tendió una taza de té, él le dio un sorbo y luego se dispuso a hablar. Era hora de lograr su cometido.
―Señora Garland, yo…
―Es un placer tenerlo en mi humilde casa, milord. ―Los dos habían hablado a la misma vez y Portman decidió callar y dejarla continuar―: No entiendo muy bien su visita, pero Mary, que es mi sobrina, me ha dicho que necesitaba explicarme una cosa de vital importancia.