Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 3
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Capítulo 3

Unas sugerencias descabelladas

Thomas Foster estaba recordando demasiadas cosas que creyó que no volvería a sentir.

La frustración era una de ellas. No solo la física que su cuerpo dolorido le transmitía, también la que le dictaba su mente.

¡Ella lo había despachado sin compasión!

Le había hablado de sus inquietudes sin ocultarle nada, de sus miedos con respecto a sus hijos, y la señora Holt lo había mandado a paseo.

A salvo, había dicho ella. ¡Como si él fuese a poseerla por la fuerza!

No había tomado jamás a una mujer en contra de su voluntad y no comenzaría a esas alturas de su vida.

¿Sería posible que la hubiese espantado con su comportamiento?

Ella se había reído cuando él tuvo el primer desliz. ¡Mujeres! ¿Quién las entendía?

Thomas refunfuñó en alto sin ser consciente de haberlo hecho.

―Se te ve especialmente tedioso esta mañana, Portman ―observó su amigo Liam Banstorn.

El vizconde había dejado la panadería con resignación para marcharse a White’s, leer un poco el periódico, ver qué se cocía entre sus congéneres con respecto al Parlamento, y olvidar la decepción de no lograr convencer a la señora Holt para que aceptase el puesto de trabajo.

En el club de caballeros se había encontrado con Liam, y su amigo no presentaba mucho mejor aspecto que él mismo.

―Portman… ¿tedioso? Eso sería una novedad. ―Llegó hasta ellos el duque de Phenton, quien acababa de entrar en White’s.

El recién llegado tomó asiento junto a sus dos amigos. Portman dejó a un lado el periódico y Liam hizo lo propio también.

―Nuestro amigo está inusualmente irritable hoy, Phenton. Comienzo a pensar que necesita que lo volvamos a invitar a una orgía ―explicó con diversión Liam.

―Tu hermano tiene razón ―dijo Portman en alusión al duque de York― eres absurdo. La primera vez que estuve en una fiesta de esas a las que aludes…

―Una orgía ―señaló Liam, interrumpiéndolo.

―¡Deja de decir esa palabra! ―Los demás caballeros que estaban en White’s los estaban mirando y, tanto Phenton como Liam y él mismo, ya eran bastante escandalosos como para meter más leña en la hoguera.

Liam asintió―. Lo que trataba de recordar es que me engañasteis la primera vez para que os acompañase y juré no volver a acudir a eso …

―A una orgía. ―Esta vez fue Phenton quien dijo la palabra que Portman detestaba. El vizconde apretó los dientes, pero no reprendió al duque.

―Las otras veces acepté porque tú ―dijo, señalando con un dedo a Liam― estabas tan abatido por perder a la dama con la que deseabas fervientemente casarte, que creí que acabarías llorando por las esquinas ―continuó Portman.

―Eso no es verdad ―ladró Banstorn.

Lord Liam Banstorn no disfrutó de una temporada muy apacible el año pasado en Londres.

Eso era innegable. Dos hermanas llamadas Evangeline y Regina lo habían traído de cabeza.

A ambas las había conocido porque su hermano, el duque de York, se había casado con Isobel, una condesa viuda que era la madrastra de las jóvenes.

La primera de las hermanas había llegado a un acuerdo con Liam para que los dos tuviesen un matrimonio de conveniencia, puesto que Banstorn necesitaba casarse y ella también quería abandonar la soltería.

¿El motivo para que un disoluto que huía del matrimonio aceptase enlazarse con Evangeline?

Pues además de que la dama era una excelente amiga, el duque de York y su esposa tenían problemas para concebir a un heredero, no habían tenido hijos después de varios años de matrimonio, y posiblemente nunca los tuvieran, de modo que York le ordenó a Liam casarse y dar vida al que sería el futuro duque cuando su hermano y él ya no estuviesen en el mundo.

El acuerdo con Evangeline se fue al garete cuando apareció el antiguo amor de esta, Avery Sullivan, el dueño de El placer del infierno, quien finalmente le quitó a la mujer con la que pensaba casarse.

No le sentó nada bien, pero Liam no se había quedado llorando por las esquinas ni mucho menos, al contrario, comenzó a divertirse mucho más que antes.

Portman fue testigo directo de ello, al igual que Phenton. Mujeres y más mujeres desfilaron por su cama en una vorágine de liberación por haberse sacado los grilletes con el compromiso roto por parte de lady Evangeline, quien era en la actualidad la señora Sullivan.

De la segunda hermana, Liam prefería guardar silencio. La cosa con Regina era más complicada.

―York no está de acuerdo con lo que acabas de afirmar ―aportó Phenton―. Tu hermano dice que no te has recompuesto de la boda de Regina.

Liam apretó los dientes ante esa observación.

―York es una vieja chismosa que además miente ―dijo el aludido, ofreciéndole una mirada nada civilizada al duque de Phenton.

En la mente de Liam se colaron retales que no deseaba recordar.

Regina. Regina, la nueva condesa de Ranfield, después de que se casase con el hombre al que ella amaba en una boda conjunta con su hermana el año pasado.

Llegaron hasta su mente esos increíbles ojos color turquesa de gata que ella poseía.

Regina lo había molestado desde que la conoció.

Estúpidamente había pensado que ella estaba enamorada de él y de ahí que usase su lengua como un látigo para azotarlo en cada ocasión que podía.

Eso creyó él. No fue así. Esa muchacha era una arpía formidable que había desarrollado un especial interés solo por fastidiarlo.

Liam estuvo equivocado, la hermana de su estimada amiga Evangeline había bebido los vientos por Ranfield y al fin lo había conseguido.

Liam lamentaba que sus amigos creyesen que él se había enamorado de Regina.

No. No lo había hecho, simplemente se preocupaba por ella porque las dos hermanas se convirtieron en responsabilidad de su hermano, de York, y Banstorn debía protegerlas.

Los celos que sintió cuando se enteró de que Regina estaba embarazada de Ranfield antes de casarse, se produjeron porque él era un hombre que acostumbraba a obtener la atención de las damas que lo rodeaban y había considerado que Regina estaba encaprichada de él.

Sí. Solo fue un baño de realidad que nada tenía que ver con el amor.

Al menos esa era la idea que Liam se repetía cada día cuando alguien hablaba de Regina en su presencia.

Acabaría olvidando a la pelinegra de ojos turquesa y aspecto salvaje en algún momento, especialmente cuando los que lo rodeaban dejasen de hablar de ella a cada rato.

A esas alturas seguramente la condesa de Ranfield ya había dado a luz a un precioso bebé. No lo sabía. Su familia, sospechando su molestia con lady Ranfield, se cuidaba mucho de hablar de Regina en su presencia. Liam, en secreto, lo agradecía.

―Retomemos la conversación sobre Portman ―señaló Phenton, viendo que Liam comenzaba a agitarse con el recuerdo de la mujer de la que todos sabían que se había enamorado, aunque él lo negase―. ¿Ella te ha rechazado? ―le preguntó directamente a Thomas, en clara alusión a la señora Holt.

―¿Hay una mujer implicada con Portman? ―Los ojos de Liam al emitir esa pregunta estaban como platos.

Thomas Foster no había dado indicios de que le interesase una mujer antes. Si tenía alguna amante, era algo que se guardaba para él, porque sus amigos no estaban al corriente.

―No hay nada licencioso, Liam ―respondió el vizconde Portman―. Se trata de una panadera que ha logrado hacer que mis hijos cumpliesen con un castigo impuesto.

―¿Cómo ha conseguido semejante progreso? ―se interesó Liam, francamente impresionado con la hazaña.

―No he logrado averiguarlo ―respondió Portman―. Solo necesitaba que ella accediese a convertirse en la institutriz de los chicos. Si no los enderezo antes de que se vayan a Eton, me temo que los expulsarán el primer día que ingresen en el colegio.

―Supe que te diría que no en cuanto la vi ―señaló Phenton.

―¿Por qué?

―Porque esa mujer esconde algo.

―Eres tan desconfiado que ves conspiraciones en todos lados ―le dijo Portman al duque.

―¿Le ofreciste una buena suma de dinero por las atribuciones que deseas que desempeñe? Deberías pagarle una suma astronómica para que esa mujer acepte encargarse de tus jóvenes diablos, Portman ―comentó Liam. Basil y Flavian tenían una merecida fama sobre sus espaldas.

―Le habría pagado el rescate de un rey, ella lo sabía y pese a ello no ha querido complacerme.

―¡Te gusta la panadera! ―saltó Liam de súbito.

―Por supuesto que me gusta. ¡Ella ha logrado un imposible con los muchachos! ―se defendió Thomas.

―No me refería a eso y lo sabes ―terció el hermano de York―. Tú la deseas.

―Eres absurdo, Liam, de verdad que lo eres.

―No me engañarás tan fácilmente. He escuchado, de igual modo que lo ha hecho Phenton, la manera tan peculiar en la que has usado la palabra: «complacer».

―¿Ahora eres un maldito adivino? ―inquirió con cierta tirantez el vizconde.

―¿Phenton? ―Lord Liam buscó un aliado.

―También supe que te llamaría la atención en cuanto la vieses. La deseas, amigo mío ―señaló el duque con naturalidad.

―¡Sois absurdos los dos! ―se quejó el vizconde―. ¿Y por qué demonios ibas a pensar ―preguntó mirando a Phenton― que me iba a gustar?

―Porque tiene la misma mirada que tú ―apostilló el duque.

―¿Qué significa eso? ―trató de averiguar Portman.

―Melancolía y tristeza. Sedúcela si quieres ganártela y luego cásate con ella. ―El duque de Phenton veía claro el movimiento que debería hacer su amigo Thomas.

―No pienso casarme. ¿Cuántas veces debo repetirlo?

―Cuando oyes a Liam decir que no estuvo, ni está, enamorado de Regina, ¿lo crees? ―rebatió el duque.

―Ni por un segundo ―respondió Thomas―. Pero esto no es lo mismo.

―¡Estoy harto de ese punto que tanto os empeñáis en sacar a colación! ―estalló Liam, quien se levantó y se fue sin mirar atrás, dejando a Phenton y a Portman solos.

―Estará enfadado por lo menos un par de semanas ―observó el duque.

―Como mínimo.

―Tal vez debamos planear otra orgía para que vuelva a hablarnos ―opinó Phenton.