Capítulo 2 #5
Demasiado tarde, Aura comenzó a carcajearse.
Era la cosa más torpe, pero tierna y sincera que alguna vez le habían dicho.
¡Pobre hombre! Se veía que estaba viviendo un mal rato.
Su orgullo femenino estaba por las nubes.
Hacía tiempo, mucho, que eso no ocurría.
¿Los hombres la aprobaban y la encontraban digna de ser admirada?
Cierto que hubo uno en el pasado que… pero ese no contaba.
No quería recordar a Jacob en esos precisos instantes. Demasiado doloroso.
Comprendía que en los círculos sociales en los que se desenvolvía el vizconde Portman, ese pequeño desliz que acababa de tener estaría considerado como algo imperdonable.
Para una mujer como ella, que vivía en el East End y había visto bastantes cosas del mundo, algunas muy feas, le pareció un patinazo gracioso.
Ella no era una joven debutante que debiese ruborizarse ante las palabras de un hombre apuesto al que sus impulsos lo habían traicionado.
La había pillado completamente desprevenida y por eso estalló en carcajadas.
No pensó que llegaría el día en el que otro guapo caballero la elogiase de ese modo tan sencillo y espléndido.
―Se está riendo de mí, señora Holt, y no es algo agradable ―la regañó.
―Le prometo por lo más sagrado que me río con usted, no de usted. ―Ella lo miraba con cierta compasión sin poder contener el humor.
―No me estoy riendo. No me atrevo a hacerlo cuando mis palabras me han traicionado con tal ferocidad.
Ella dejó de reír con efusividad solo para quedarse sonriendo ante él. Eso fue peor en opinión de Thomas.
―Casi prefiero que siga mofándose de mí, señora, porque verla con esa sonrisa tan jovial me hace papilla ―confesó.
―No irá a ruborizarse, lord Portman… ¿verdad?
―Desde luego que no. Soy un hombre y usted es una mujer que evidentemente ha captado mi interés, aunque yo no hubiera sido consciente de ello hasta que comencé a hablar y las palabras salieron sin que pudiera detenerlas. Le pido disculpas por…
―No se disculpe ―lo frenó―. A ninguna mujer le gusta que le digan que adularla ha sido un error.
―He sido inapropiado. ―Oh, pero él sí la deseaba. No entendía el motivo, tal vez fuese porque ella era una mujer fuerte y segura de sí misma. Eso y que su cuerpo era… Le gustaba muchísimo. ¡Qué inoportuno que la señora Aura despertase todo eso en él!
―Ha sido gracioso, milord.
―No lo siento como tal. ―Lo percibía enfurruñado, incluso un poco mortificado. Levemente. Eso le hacía a Aura más gracia.
―No soy una de las damas inocentes que transita los salones de baile a los que usted acude, tampoco una fémina mundana como la que puede encontrar en El placer del infierno, pero sigo siendo una mujer, y a todas nos gusta saber que todavía somos capaces de llamar la atención de un hombre apuesto.
―¿Le parece que lo soy? ―coqueteó él, más animado.
Cuando ella vio esos dos pequeños hoyuelos que se le formaron cerca de la comisura de la boca, casi creyó que se caería de espaldas. La señora Holt se recompuso por la impresión de haberlo visto tan jovial y desenfadado.
―Estoy segura de que sabe que lo es ―dijo sin perder la sonrisa―. Su posición, su rostro y su porte, además de la fortuna que supongo que posee, deben hacer que las damas se giren para observarlo. Tal vez incluso algunas se arrojen a sus pies.
―Pero yo no deseo que lo hagan. Ni lo uno, ni lo otro.
―No mentía. Las mujeres estaban en el último escalafón de sus prioridades.
La señora Holt, por algún motivo que posiblemente tenía que ver con la admiración por haber contenido a sus hijos, había captado su interés sin que él diese el visto bueno a esa operación.
―¿De verdad no le apetece que nos sentemos y tomemos un té? ―insistió.
―No. Solo estoy aquí para ofrecerle un trabajo… honrado. ―Carraspeó una vez más. No debió haber añadido la última palabra. Eso delataba el rumbo que tenían sus pensamientos más privados.
Esperaba que ella no tuviese duda de que él no era…
Bueno. Sí estaba considerado como uno de los disolutos sin corazón más famosos de Londres.
Aunque en honor a la verdad eran sus otros amigos, incluido el duque de Phenton, los que cometían el mayor número de infamias.
Aunque Malcom W. Banstorn, el duque de York y quien podría considerarse el fundador del inesperado club, se había reformado cuando se casó hacía un par de años con una condesa viuda que parecía haberlo domesticado.
El hermano del duque de York, Liam, Phenton y él mismo eran los que todavía permanecían solteros y ninguno de los tres estaba predispuesto a dejar este estatus tan maravilloso.
Thomas se consideraba más comedido, más tradicional en sus sanos apetitos, pese a que deseaba comerse a la señora Aura Holt.
Toda ella, de un bocado que paladearía con deleite.
Su virilidad, esa que se había despertado, no tan tímidamente como debería, estaba marcándole un objetivo.
Uno imposible de tener en cuenta. ¿Por qué uno solía querer lo que no podía obtener?
Estaba en ese lugar en busca de una institutriz, no de una amante.
¡Por amor de Dios! Desde que murió Emily él no había estado más que con un puñado de mujeres que podía contar con una sola mano.
Seguramente una por cada año desde que enviudó.
Aventuras esporádicas sin complicaciones.
Sería momento de buscar a alguien que calmase sus necesidades, porque la señora Holt tenía asuntos más importantes que atender bajo sus órdenes y no incluían exigirle que se desnudase para él mientras sus ojos codiciosos la contemplaban y devoraban.
―¿Lord Portman? ¿Me escucha? ―La voz de ella lo devolvió al presente.
―¿A qué hora debo enviar mi carruaje a buscarla? ―preguntó él, al tiempo que trataba de controlar sus pensamientos pecaminosos. Sería su institutriz. ¡La de sus hijos! Nada más que eso.
―Ya veo que no ha escuchado ni una sola palabra de lo que le acabo de explicar.
―Debería irme, señora Holt. Tengo una cita importante en poco más de una hora. Le ruego que me diga cuándo estará preparada para mandar a recogerla a usted y a sus pertenencias, por supuesto.
―Le estaba diciendo que mi vida está aquí, milord. Soy feliz haciendo lo que hago y no deseo otro empleo, por más… tentador ―le sonrió con coquetería. Hacía tanto tiempo que no flirteaba que de pronto sintió la necesidad de arreglarse el pelo y verse en un espejo― que resulte el ofrecimiento.
―No haga eso.
―¿Disculpe? ―Comenzó a sentirse humillada al creer que la estaba censurando por ser un poco audaz. ¡Él había empezado primero!
―No se niegue a mi petición. Va a ser mía… ¡Mi institutriz! ¡La de mis hijos más pronto que tarde! ―Portman estaba mortificado. Imposible meter más la pata.
No era justo que sus necesidades lo traicionasen de ese modo.
Todo era por el celibato que se había impuesto sin darse cuenta de que lo hacía.
No se rebajaría a explicarle a la buena señora Holt que no la molestaría en cuanto encontrase a una dama que le diese la bienvenida entre sus muslos.
Tragó saliva al conjeturar si ella tendría la piel de su feminidad tan rosada como sus labios.
¿Sus pezones serían también de ese tono frambuesa?
¡Cómo le gustaría averiguarlo! El tirón que sentía en sus pantalones le advertía que estaba yendo demasiado lejos.
Llevó distraídamente su sombrero ahí para no dejar más en evidencia su deseo por ella.
―Es usted un adulador de lo más franco, milord. Por favor, regrese a casa y solo escuche a sus hijos. Sé de buena tinta que lo único que necesitan es atención.
―Le hablaré con sinceridad. La necesito, señora Holt.
―Esto se pone incómodo…
Ella cruzó los brazos y levantó una ceja. Él se dio cuenta de lo inapropiada que sonaba esa frase después de… ¡de todo!
―Señora, lo que digo es que ha conocido a mis hijos.
Desde bien pequeños ellos comenzaron a ser una calamidad y Dios sabe que he tratado de razonar, amenazar, premiar…
He hecho todo lo humanamente posible para que se comportasen.
No sé bien cómo lo hizo, pero a usted le permitieron imponerse a su criterio.
No lo había visto todavía. No creí que algo así fuese posible.
Ya no recuerdo ni el número de institutrices o doncellas que les he asignado para vigilarlos.
Todas, una tras otra, han renunciado en pocas semanas.
No es necesario que se preocupe en exceso de su aprendizaje, cuentan con un tutor, usted debe…
educarlos, enseñarles modales… Evitar que se metan en problemas ―razonó.
―Comprendo que tiene una complicación. ―Lo veía angustiado con las revelaciones.
―Estoy desesperado y no me avergüenza admitirlo ―señaló con sinceridad.
―Le daré un par de consejos.
―No. Venga con nosotros, señora Holt.
―Mi vida está aquí.
―Le prometo que lo que ha pasado entre los dos…
―Él tomó aire―. No la incomodaré de ninguna manera.
No tiene de qué preocuparse. No soy un canalla que acecha a sus empleadas.
Le doy mi palabra de caballero. ―Esperaba con sinceridad poder cumplirlo.
Bueno, se la llevaría y luego ya vería cómo lidiar con lo que ella despertaba en su interior.
―No se trata de eso.
―Mis hijos se escapan sin que yo lo sepa. No estaba al corriente ni de que habían llegado por sus propios medios a esta parte de Londres. ¿Qué sucederá cuando no consigan regresar a casa y los pierda?
Ella se tocó la sien pensativa.
―Sus hijos se creen más inteligentes que el resto. También opinan que están por encima. ¿Cuando usted sale de viaje o se ausenta, se lo explica a los chicos?
―Desde luego que sí ―respondió, sin saber bien a dónde se dirigía la conversación.
―Trate de no hacerlo.
―¿Cómo dice?
―Emprenda un viaje de un par de días, no diga a nadie de su casa sus planes, así los chicos no se enterarán, cuando regrese le aseguro que aprenderán una valiosa lección. Deles de su propia medicina. Es lo que yo haría. No se deje doblegar ―recomendó.
―¿Cómo sabe tanto de niños? ―No se le había ocurrido actuar como ellos lo hacían.
Ella le sonrió.
―Porque una vez fui una. Los jóvenes no difieren tanto de nosotros.
Solo son diferentes. Además, mi hermano era un torbellino y pese a ser el más mayor, yo tenía que andar tras sus pasos.
No siempre es cierto que los hermanos que llegan antes al mundo se ocupan de los pequeños.
En mi caso fue al revés y él tuvo que haberme dado las gracias cada día de que así fuese.
Sin embargo, usted debería aprovechar la debilidad que uno de sus hijos siente por el otro.
Creo recordar que era Basil el más testarudo.
Él parece estar enfadado con el mundo, pero daría lo que fuese por proteger a su hermano.
Debería aprovechar ese punto débil. Incluso aunque tenga que ser cruel.
Hablaba por experiencia propia, ella misma había levantado un cuchillo contra uno de los hijos de él.
¿Sabría el vizconde sobre ese hecho? Posiblemente no, dado que en caso contrario la habría reprendido de inmediato.
Podía ver su desmedida preocupación por sus muchachos, pero seguro que no aprobaría el método que Aura había empleado. Fue el único que se le ocurrió.
―Tendrá sirvientes para atenderla, una casa grande y lujosa, su propia habitación. Le permitiré usar mi carruaje y le daré un día de descanso semanal. Su estipendio será más que generoso. ¿Qué la ata a este lugar? ―preguntó con el corazón en la mano.
Ella respiró profundamente. Negó con la cabeza.
―Aquí estoy segura, milord… a salvo ―respondió con sencillez.
Él cabeceó afirmativamente, comprendiendo que no la haría cambiar de idea, y se marchó de la tienda. No la entendía en absoluto.