Capítulo 2 #4
El vizconde sintió entonces un pequeño tirón en el interior de su pecho.
Hacía tanto tiempo que nadie lo miraba de esa forma con la que la desconocida observaba a su acompañante…
En especial una mujer. No era algo indecente lo que apreciaba en esos bonitos ojos que se veían más verdosos que azules.
Se percibía confianza, amistad, reconocimiento.
Se sintió deseoso de que ella le mostrase algo así a él.
Se obligó a enderezarse y a parecer neutro.
Llevaba demasiado tiempo sin disfrutar de una mujer.
Pese a que había participado en alguna fiesta privada del todo perversa, a fin de tratar de apaciguar los ánimos de un buen amigo llamado Liam Banstorn, Thomas no disfrutaba cometiendo infamias de ese tipo.
La pasión era algo que debían compartir dos personas en la intimidad de cuatro paredes, y en especial sobre una confortable cama, o en su deficiencia haciendo uso de un sofá o una silla cómoda.
¿Por qué demonios se encontraba ante la señora Holt, la mujer que deseaba contratar como institutriz, mientras ideaba formas de poseerla sobre diferentes superficies acolchadas?
¡No, a ella no! Precisaba de una mujer… Cualquiera que no fuese la que lo estaba examinando de pronto con recelo.
Le dio rabia que ella cambiase su mirada cuando se encontró con sus ojos.
Era cierto que no se conocían y no debería mostrarse amistosa, pero ¿debía observarlo como si fuese un cocodrilo en un lago?
―Señora Holt, tengo el placer de presentarle al vizconde Portman ―comenzó Cook con las formalidades de la conversación.
―Es un placer, milord. ―Le hizo una breve reverencia.
―El placer es mío, señora Holt. ―Le ofreció una sonrisa, que esperaba que ella encontrase cautivadora, al tiempo que se retiraba el sombrero.
Puesto que no parecía estar demasiado impresionada por su título, al menos trataría de encandilarla del modo que fuese.
Thomas era un hombre muy apuesto y se sacaría partido ante la mujer.
No por él, desde luego. Nada tenía que ver con que al examinarla de cerca se diera cuenta de que era más hermosa de lo que previó.
Su aspecto austero le hacía hervir la sangre, y cada vez que recordaba el modo con el que había defendido su territorio ante ese diablo que orinó en la pared… ¡Basta! Se obligó a refrenarse.
¡Maldita fuese su mente traicionera! ¿Por qué le tenía que estar pasando eso con la fémina a la que no debería ni mirar dos veces de modo inapropiado, puesto que iba a convertirse en su empleador?
―¿En qué puedo ayudarles, caballeros?
Aura se exigía a permanecer en alerta. Aunque Cook estaba considerado como un gran amigo, no le gustaba que hubiese traído hasta su puerta a un hombre que derretiría el hielo con esa sonrisa tan perfecta.
¡Malditos fuesen sus dientes por ser tan blancos y estar tan bellamente alineados!
Y de paso maldeciría sus preciosos ojos azules, profundos como una charca de agua que reflejaba el cielo, y ese pelo de color miel.
¿Por qué se había tenido que retirar el sombrero para mostrarle sus respetos?
¡No deseaba ver esa cantidad de cabellos dorados que parecían haber sido tejidos por una rueca maldita para embrujarla!
Había algo en él que la atraía profundamente.
No se trataba solo de que fuese un hombre espectacular, que le había llamado poderosamente la atención.
Era por su mirada… Como si estuviese perdido de algún modo.
Había visto algo parecido en los ojos de su hermano mayor años atrás.
Sacudió ligeramente la cabeza para sacar esos pensamientos que no podía permitirse, tanto los del hombre que la miraba con afabilidad, como los que hacían referencia a su hermano.
―Lord Portman es el padre de los muchachos que ayer… ―comenzó Cook a relatar.
―¡Oh! ―Thomas percibió el momento exacto en el que su actitud hacia él se endureció todavía más―. No debería dejar solos a sus hijos, todavía son muy jóvenes ―lo regañó, sin poder evitarlo.
Él le sonrió una vez más.
―Son impredecibles, mis mellizos tienen sus propios pensamientos sobre ello, señora Holt. He venido a ofrecer mis disculpas por su comportamiento. Aunque como ya habrá advertido, por los sucesos que han ocurrido con Basil y Flavian y que el señor Cook me ha explicado, mis hijos no son fáciles.
―Disciplina, milord ―rebatió con cierta tirantez―. Los límites se deben establecer desde pequeños, la libertad para los niños debe ser un sinónimo de recompensa. Confianza lo llamo yo.
―No he venido a ser sermoneado, señora Holt.
En ese momento, al ver que la conversación se adentraba en arenas movedizas, el señor Cook decidió carraspear.
―El vizconde tiene un trato que ofrecerle, señora Holt.
¿Qué le parecería si entran en la panadería y hablan frente a una taza de su maravilloso té de menta y anís con una gota de miel?
Podría darle a probar algunas de sus exquisiteces para acompañar la bebida.
¿Tal vez sus nuevos bombones? ―Ella le ofreció una sonrisa.
Cook, bendito fuera, la había cortado en el momento preciso o ella hubiera seguido reprendiéndolo con fuerza.
Entre los aristócratas era común dejar en manos ajenas la crianza de sus descendientes.
Eso no era tan adecuado como parecía. Ella había disfrutado del amor de su padre, y también había recibido una educación exigente, pero su progenitor jamás dejó de preocuparse por ella y por su hermano Aquiles.
Se tragó el nudo que sintió al recordar una vez más a su padre y a su hermano.
―Por favor, milord ―le dijo, al tiempo que se apartaba de la puerta para brindarle el paso al interior del establecimiento.
Portman entró sin mayor dilación.
Cook aprovechó el momento, cuando la puerta se cerró tras el vizconde, para hablar un segundo con privacidad.
―Es un buen hombre, señora Holt, y creo que la necesita con desesperación.
―¿Perdón? ―preguntó con el ceño fruncido.
―Sus hijos, parece ser que usted ha sido la única que ha conseguido imponerse a los muchachos.
Ella cabeceó tras comprender a lo que se refería.
―¿Dice que es un buen hombre?
―Sí.
―¿Puedo preguntar de qué lo conoce? ―inquirió, con una ceja alzada que la hizo parecer una reina que juzgaba a sus súbditos. Tenía que admitir que hasta que el duque de Phenton no lo dijo, él no había considerado que en verdad la señora Holt poseía alma de institutriz.
Cook gimió ante la pregunta. Precisamente conocía al vizconde por haberlo visto en más de una ocasión en El placer del infierno, y ella estaba aprovechando esa suposición para dejar claro que no se fiaría de un hombre que entrase allí a disfrutar de lo que se ofrecía: juego, mujeres y diversión.
―Yo dirijo ese antro que usted censura y en el que podría haber acabado trabajando si no le hubiese presentado a la señora Garland ―tuvo que recordarle.
― Touché , señor Cook. Le daré una oportunidad a su amigo.
―Gracias, señora Holt. Le deseo un buen día.
―Igualmente, señor Cook.
Ella se dio la vuelta dispuesta a entrar en la panadería, pero recordó una cosa.
―¡Cook! ―lo llamó Aura.
―¿Sí, señora? ―preguntó desde una distancia todavía cercana.
―¿Ha obtenido ya su respuesta? ―Él la entendió.
―Estoy esperando el momento indicado para proceder.
―Aguardaré impaciente sus explicaciones ―le dijo.
―En cuanto Helen me acepte, usted será la primera a quien se lo contaré ―añadió con satisfacción y orgullo.
―¡Esa es la actitud, señor Cook! ―lo animó.
Portman la vio acceder al interior de la panadería ―no había nadie más dentro― con una sonrisa radiante, y los ojos llenos de vitalidad y alegría. En cuanto sus miradas se cruzaron, la mujer se colocó una máscara de indiferencia. Lo censuraba por completo y eso no suponía nada halagüeño.
―No me andaré por las ramas, señora Holt. Quiero contratarla.
Ella se quedó con cara de asombro. Había esperado que le pidiese algunos consejos sobre cómo actuar con los muchachos, no el ofrecimiento de un trabajo.
―Me temo, milord, que no puedo dejar de servir a mi empleadora ―le explicó con suavidad.
―Creo que no lo entiende. Estoy dispuesto a hacer lo que haga falta para que se convierta en la institutriz de mis hijos.
Ella abrió los ojos como platos. Eso acababa de sonar como una amenaza. Carraspeó brevemente para recuperar la compostura y luego le dijo:
―Soy consciente de la gran oportunidad que me otorga, sin embargo…
―El dinero no es un problema ―la cortó para evitar escuchar la nueva negativa que sabía que se avecinaba―. Estoy dispuesto a pagarle la indecente cifra de trescientas libras anuales.
Ella tragó saliva. Era una oferta de lo más generosa y tentadora.
―Lord Portman, lamento mucho…
―Trescientas cincuenta ―regateó.
―No es una cuestión monetaria…
―Cuatrocientas y le aseguro que será mi última oferta.
Ella le sonrió por primera vez desde que se habían encontrado. Una expresión franca que le llegó a los ojos.
―¿Por qué no nos sentamos en la salita contigua y tomamos una taza de té? ―propuso ella.
―No. Solo debe decir sí y haremos todos los arreglos para estar juntos.
Quiero decir… ―carraspeó― para que trabaje conmigo.
¡Con mis hijos! Yo pagaré su sueldo y atenderá a mis hijos, no a mí…
―Tragó saliva. Todo estaba saliendo de pena.
Seguiría con la explicación. Total, no podía estropearlo más.
Tomó una bocanada de aire y prosiguió―: Esta misma tarde estará instalada en mi habitación.
En su propia habitación. ¡En mi casa! ―se rectificó con un grito.
Eso sí fue del todo lamentable. Él cerró los ojos un momento, los abrió y levantó la barbilla con una dignidad que sentía que no estaba de su lado.
Se obligó a mirarla y la vio apretando mucho los labios―. No se atreva a reírse ―la avisó.