Capítulo 2 #3
La estaba poniendo nerviosa, pero Aura se negaba a cruzar la calle y decirle a ese caballero que era de muy mal gusto quedarse mirando a una mujer.
¿Quién sería y por qué tenía que examinarla de esa forma tan osada?
Ah, si él pensaba que podría aprovecharse de ella por vivir en el East End, iba a averiguar la verdad sobre ello.
Un hombre que se mostraba tan poco galante no tramaba nada bueno. Estaba segura de sus conjeturas.
Además, si él acababa de salir de un lugar como El placer del infierno, debería estar exhausto.
Sabía bien que los hombres no solo tenían opción a jugar en las mesas, sino que se les ofrecía compañía femenina.
¡Incluso entraban mujeres de alta cuna para yacer con hombres!
Y las personas, sin importar su género, cuanto más refinadas y correctas se comportaban en público, mayores delitos podían ser capaces de cometer en la intimidad. Eso lo había visto con anterioridad.
Desde luego, no le afectaba lo más mínimo que se adivinase desde la lejanía que era un hombre terriblemente apuesto, un poco más bajo que el resto, muy atlético y lo que la tenía fascinada era el hecho de que el desconocido demostraba una seguridad en sí mismo casi comparable a la que ella sentía.
Lo veía con un sombrero puesto, que descansaba sobre un cabello claro, seguramente rubio, sujetando su bastón con ambas manos por delante de sus piernas, y sin quitarle la mirada de encima.
No era que Aura lo hubiese estado observando demasiado, solo que le llamó la atención verlo parado frente a la entrada del club, examinándola de ese modo inapropiado.
Si se acercaba a ella le mostraría las quemaduras del borde de su rostro, eso era un ahuyentador fenomenal para los hombres.
Aura tenía demasiados problemas como para que alguien se fijase en ella, y menos un hombre tan impresionante y que, debido a sus vestimentas, no andaría corto de dinero.
¡Contaba con veintiocho años y ese descarado no tenía derecho a hacerla sentir como una colegiala, aunque fuese por unos breves minutos!
No tuvo tiempo de pensar más en su observador, porque el señor Heewit, quien iba de lado a lado tambaleándose, se colocó en la esquina opuesta en donde ella estaba barriendo. Si Heewit volvía a hacer esa obscenidad, ella le daría en esos momentos un escarmiento que jamás olvidaría.
Vio al hombre comenzar a bajarse los pantalones y ella supo que la escoba que tenía en la mano iba a convertirse en una poderosa arma.
¡No podía orinar en ese lugar solo porque le venía en gana hacerlo!
Dio dos zancadas y se quedó a su espalda, seguramente estaba tan ebrio que ni la escuchó llegar.
Levantó la escoba y comenzó a atizarle en los riñones con toda la fuerza que fue capaz de reunir.
―¡Hombre horrendo y fastidioso! ¡Yo te enseñaré modales! ―le gritó, mientras movía su improvisada herramienta defensiva sobre él con fuerza.
―¡Maldita loca! Estoy en mi derecho de aliviarme donde me dé la gana ―le dijo, al tiempo que trataba de golpearla, aunque sin éxito. El alcohol no le permitía moverse con facilidad.
Al ser consciente de que encima ese repugnante intentaba pegarle, ella estalló llena de indignación y levantó la escoba para atizarle en la cabeza.
―¡Largo de aquí! ―lo increpó con mayor decisión.
El hombre, viendo que no podía sostenerse con habilidad en pie y que ella lo vencería, comenzó a retirarse a toda prisa con los pantalones por las rodillas. No era capaz de defenderse, arreglar su ropa y luchar contra la maldita mujer que lo amonestaba.
―Y la próxima vez que te vea, sacaré uno de mis cuchillos más pequeños para rebanarte la vergüenza que tanto te empeñas en mostrar. ¡Sucio borracho! ―Le dio el último escobazo sobre la cabeza esperando que se despertase horas más tarde con un terrible dolor.
Portman, que había tratado de ir a poner orden en cuanto vio lo que se producía en la acera de enfrente, fue de inmediato retenido por Cook.
El administrador del club le pidió que aguardase y la dejase hacer.
A duras penas Thomas lo hizo y cuando todo acabó, se giró para ver a Cook, quien tenía una sonrisa de lado a lado.
―Las mujeres del East End están llenas de sorpresas, como puedes observar.
―Un poco excesivo. No sabía si ir a socorrer al hombre o a ella. ―Portman tenía sentimientos encontrados con la situación que acababa de presenciar.
―Nada de eso. La señora Holt ha estado muy comedida en su intervención. Yo en su lugar le hubiese pegado un tiro en sus partes privadas.
―Pudiera ser que el hombre sintiese una urgencia desmedida. Por cómo caminaba, creo que ha debido beberse todo el líquido que cayó en sus manos ―sostuvo.
―Heewit, así le llamamos a ese pobre diablo, pudo tener una urgencia, como has dicho, una primera vez, y ella le habló de modo razonable.
Pese a que le tocaría a ella limpiar lo que él había dejado allí, le pidió que se abstuviese de orinar en la pared de la panadería.
Él no le hizo caso y fue a hacer lo mismo una segunda vez.
Ella le prometió que a la siguiente habría consecuencias si no dejaba de hacerlo.
Tampoco le hizo caso, así que le echó un cubo de agua bien fría en cuanto lo vio comenzar a sacar su virilidad de sus pantalones.
Algunos dicen que se le puso tan pequeña que posiblemente no se la llegase a encontrar jamás.
―Se rio―. Esta calculo que ha sido la cuarta vez y la señora Holt al fin le ha dado su merecido.
Ahí donde la ve, ella tiene fuerza y le aseguro que algún chichón le saldrá en la cabeza.
No me sorprendería que si Heewit decide volver a enfrentarla, la panadera cumpla la amenaza que le ha hecho.
Comienzo a estar de acuerdo con la impresión que tuvo el duque de Phenton sobre ella ―dijo pensativamente.
Portman, después de ese relato, podía entender que la extraña había defendido un buen punto a escobazos.
―¿Con qué estás de acuerdo? ―se interesó el vizconde.
―Ella tiene alma de institutriz, o de vengadora, según se mire. Le gusta poner orden y actúa sobre lo que no cree que es justo. La he visto desafiar a hombres que están por encima de ella en posición y fuerza sin pestañear.
―¿Cómo es eso? ¿Y cuándo la ha visto Phenton? ―preguntó, advirtiendo que el duque no se habría podido resistir a examinarla por sí mismo. Portman estuvo ansioso por ponerle rostro a la mujer que logró imponer su voluntad a sus vástagos la noche anterior, pero se contuvo.
―El duque se marchó esta mañana del club y se pasó por la panadería para conocerla.
En cuanto a que es valiente, te digo que una vez la señora Holt vio a dos tipos rodear a una falda ligera que estaba buscando compañía en la calle, y puesto que la muchacha les dijo que no estaba interesada en atenderlos, los dos caballeros se pusieron hechos una furia.
Ella salió con un par de cuchillos, debe de ser su arma intimidatoria preferida, y llamó a los chicos que tengo en la puerta para que le cubriesen las espaldas.
Bert y Harry todavía hablan de aquella intervención, creo que se enamoraron de la señora Holt en ese momento. Tiene muy buenos amigos aquí.
―Habla como si estuviese apegada a esta zona.
―Ella misma dice que está muy contenta con la suerte que ha corrido, que pudo haber terminado mucho peor. Insiste en que en la iglesia da las gracias por la vida que lleva. Así que sí, creo que está asentada y vas a tener difícil hacer que deje este lugar.
―Eso es una estupidez, en el momento en el que le diga la fortuna que le voy a pagar, hará las maletas mientras da saltos y palmadas llena de alegría ―alegó con seguridad.
―Me gustaría que así fuese, dado que estoy convencido de que Aura Holt merece mucho más de lo que tiene, aunque ello suponga dejar de verla.
―¿Te gusta ella? ―Cook había hablado de un modo… extraño.
―A todo el mundo le gusta. ―Le sonrió al vizconde.
―Me refiero a otro aspecto fuera de la amistad.
―Sé a lo que te has referido.
―Creí que estabas encaprichado con tu cantante. ¿Helen se llama? ―preguntó con el ceño fruncido.
―Estoy profundamente enamorado de Helen. Sí, aunque eso no quita que no sepa darle valor a una mujer que lo tiene en gran medida. Ahora vayamos a ver a la señora Holt.
Los dos dejaron de mirarse el uno al otro y observaron a la mujer que seguía barriendo la calle como si nada hubiese ocurrido.
―Confieso que me intimida verla con la escoba en la mano.
Temo decir algo que la inoportune ―confesó.
Se sentía un poco nervioso. Cuando se alteraba a veces no controlaba todo lo que decía en alto.
Sentía que iba a dar un paso fundamental del que dependía su futuro y, más importante, el de sus hijos. No deseaba echarlo a perder.
―No te preocupes demasiado, ya te he dicho que es razonable.
Si algo la ofende te dará un aviso. Échate a temblar si agotas la segunda oportunidad que te ofrecerá.
―Cook se rio al ver tan serio al vizconde.
Si le hubiesen dicho que sería testigo de la incomodidad de un hombre por hablar con una sencilla panadera no lo habría creído.
Los dos llegaron hasta la puerta del establecimiento y ella se giró al percibirlos a su espalda.
Portman observó que lo miró con cautela y que la expresión femenina cambió de pronto en el momento en el que la mujer reconoció a Cook.
Le ofreció a su acompañante una sonrisa sincera y vio en sus ojos un brillo especial de pura simpatía.