Capítulo 2 #2
―No digas tonterías, Phenton ―comentó Portman.
Él no se casaría jamás. Aunque la mujer hubiese obrado un milagro, tal y como se había referido el duque a los logros conseguidos con Basil y Flavian, Thomas no pasaría una segunda vez por algo así.
Fue feliz mientras duró su vida en común con Emily y eso había sido todo. El recuerdo aún pesaba.
―¿Tonterías? No eres consciente de lo que ha logrado esa mujer… ¿Cómo has dicho que se llama ella, Cook?
―Aura Holt. Es viuda. Una mujer muy razonable… admirable. ―Él solo tenía palabras de elogio hacia su vecina de la calle de enfrente.
―Bien. Un nombre precioso, griego, como el de tus hijos, eso debe ser una señal, amigo mío.
Así que haz el favor de salir corriendo ahora mismo y busca a ese dechado de virtudes para traerla a tu casa.
No importa su aspecto. Da lo mismo que sea gruesa y con un par de feas verrugas en su rostro. La necesitas.
―¿¡Quieres parar de una vez, Phenton!? ―le preguntó con exasperación.
―¿No te das cuenta de lo que Cook acaba de contar?
―Lo hago perfectamente.
―¿Y qué haces todavía ahí sentado, Portman?
―Sigo en mi casa, porque además de ser una hora intempestiva, inapropiada para hacer visitas, tengo tiempo de sobra para hacer las cosas como deben hacerse ―desveló el vizconde con tranquilidad.
―¿Irás mañana, pues? ―trató de averiguar el duque.
―Lo más pronto que pueda.
―Lleva un ostentoso anillo contigo, Portman ―le recomendó el duque―, mejor llévate un juego completo, ya sabes: pendientes, pulsera, gargantilla y por supuesto el anillo. Tiéntala con lo que haga falta ―le recomendó Lucien Maldith, duque de Phenton.
―¿Entiendes que eso son regalos para darle a una amante? ―interpeló Thomas.
―Tres juegos de las joyas más lujosas que encontrases, serían poca recompensa para la mujer que se tenga que ocupar de tus hijos.
Empieza con diamantes y luego sigue por otras piedras preciosas.
No seas tacaño, querido amigo. El trabajo que ella desempeñará será más costoso que el de darte placer en el lecho.
―No mentía y Thomas lo sabía, pero eso no le impidió refunfuñar.
―He oído decir ―intervino alegremente Cook― que es recomendable hacer una declaración de amor que incluya algo así como… ¿Cómo era? ―se preguntó a sí mismo―. Sí, debe decirle que si es necesario le bajará la luna si ella se la pide.
―Buena idea, Cook. Portman, dile que harás cualquier cosa que te pida, incluido bajarle la luna.
―¿Habéis acabado ya de decir estupideces? ―preguntó irritado el vizconde.
―¡Te estamos asesorando para que la mujer no se te escape! ¡Eres un desagradecido, Portman! ―se quejó con molestia el duque.
―No voy a pedirle matrimonio, tampoco le haré regalos que puedan insinuar que la convertiría en mi amante.
―¿Y qué harás, amigo? ―se interesó Phenton.
―Ofrecerle un puesto de institutriz.
―¿Te has vuelto loco? ―exclamó con indignación el duque―. La señora Holt ya ha conocido a tus hijos, si es lista se mantendrá alejada de ellos como si fuesen leprosos.
―Phenton, siguen siendo mis hijos ―lo amonestó Portman.
―Y por eso no he dicho algo todavía peor. Tienes que atarla a ti con un grillete, para que no te deje cuando tus vástagos muestren lo más terrorífico que pueden hacer. ¡Cásate con ella o te abandonará a la primera ocasión! ―insistió.
Entendía perfectamente el razonamiento del duque, él mismo había visto como, una tras otra, las mujeres encargadas de Basil y Flavian lo abandonaban sin mirar atrás. Y pese a todo, las palabras de Phenton eran descabelladas.
―Le pagaré el rescate de un rey si accede a ser la institutriz de los muchachos. Con eso bastará ―sentenció con convencimiento el vizconde.
―¿Qué opinas, Cook?
―La señora Holt está muy apegada a su trabajo y a los amigos que allí ha hecho.
―Dinero es lo que hace falta para tentar a cualquiera. ―Rezó una plegaria para que así fuese. El vizconde necesitaba que por una vez algo le saliese bien.
―Cook te ha devuelto el presente que tus hijos le llevaron a la mujer.
Sospecho que hay mucho dinero. Creo que harías bien en explorar otras alternativas por si tu plan fracasa porque ha quedado demostrado que no le interesan tanto como crees las monedas que puedan caer en su mano.
¿Es abominable esa señora Holt, Cook? ―le preguntó al director de El placer del infierno.
―Es muy agradable.
―No, hombre. Me refiero a si es horrenda para la vista ―precisó el duque.
―A mí no me lo parece. Creo que es muy adecuada. ―No era una preciosidad, pero sí era bonita y sobre todo muy inteligente.
―Portman, es viuda y sabe llevar a tus hijos. ¿Qué más necesitas?
―Es tarde, ¿por qué no nos vamos a la cama y ya veré yo lo que decido con respecto a la mujer en cuestión?
Fue una forma elegante que el vizconde Portman tuvo para deshacerse de las improvisadas visitas.
Tanto Cook como el duque se fueron minutos después de aquella charla. Y los dos terminaron en el interior de El placer del infierno, uno por trabajo y el otro por diversión. Phenton durmió en la habitación que tenía reservada allí y no lo hizo solo. Estuvo en grata compañía femenina.
Como era de esperar, a la mañana siguiente el duque se pasó por la panadería de enfrente, en compañía de Cook, para ver al ángel misericordioso que Dios le había enviado a Portman sin que él lo supiera. Necesitaba verla por sí mismo.
Una mujer de lo más interesante, decidió el duque, quien al fin puso rumbo a su casa.
***
Portman se había levantado con aires renovados y muchas expectativas.
Hacía tiempo que no soñaba con una mujer y esa noche lo había hecho.
La señora Aura Holt, a quien no conocía de nada, se había colado en sus sueños para hacerlo tremendamente feliz.
No hubo nada inapropiado en las escenas que su mente somnolienta inventó, aunque sí mucho placer.
En su sueño, una mujer bajita y regordeta había conseguido hacer que Basil y Flavian se comportasen como muchachos normales.
Sin travesuras, sin incendios, sin escapadas, sin lamentaciones a causa de sus malas acciones.
Su propio servicio era propenso a alejarse en cuanto sus hijos estaban cerca.
En verdad fue una delicia de sueño. Nunca antes una mujer le había producido tanto goce sin tan siquiera conocerla o tocarlo.
Tenía que poner su mejor empeño para que la señora Holt aceptase ser su institutriz. ¡Oh, cielos! La institutriz de sus hijos.
Sacudió la cabeza mientras el carruaje tomaba la última curva en dirección a El placer del infierno, estaba dispuesto a ofrecer todo lo que estuviera en su mano para convencer a la que debía convertirse en la salvadora de Basil y Flavian.
Antes de salir de casa, Portman había hablado con su secretario personal para interesarse sobre los estipendios que ganaban las institutrices mejor cualificadas, aquellas que atendían a los hijos de un duque, por ejemplo, y le había dicho que el salario podía rondar las ciento veinticinco libras anuales.
Él le ofrecería más del doble y si eso fallaba, triplicaría la cantidad.
Así de desesperado se encontraba. Así de convencido estaba de la valía de Aura Holt.
¡Esa mujer había conseguido que sus hijos se replegasen a su voluntad e hicieran algo tan impensable como limpiar aquella panadería!
Basil y Flavian no habrían aceptado algo como eso por las buenas y él estaba intrigado por conocer el truco que la señora Holt había utilizado.
No le pasó desapercibido que Cook, la noche anterior, había sido más bien escueto en sus explicaciones… ¿por qué? Ya lo averiguaría.
Cuando el carruaje lo dejó frente a la puerta del club del que se ocupa Cook, mandó llamar a ese hombre. Se quedó observando la panadería de enfrente mientras esperaba a su acompañante.
Había una mujer de una altura más alta que baja.
Posiblemente él mismo solo le sacase algunos centímetros.
Estaba ataviada con una prenda de lana gris y el delantal blanco que le protegía esa prenda, se veía impecable.
Llevaba una cofia que seguramente escondía una larga melena que se veía recogida en un severo moño.
La empleada barría la calle con una escoba con mucha gracia.
Tenía pinta de institutriz, había algo en su forma de moverse que la hacía diferente al resto, pero no estaba seguro de si sería la señora Holt o no.
Desde luego los movimientos de la cadera de la mujer se veían… interesantes.
En pocos minutos Thomas se encontró frente a Cook en la puerta que daba a la calle.
―Ah, justo ahí la tiene ―le dijo el recién llegado, al ver lo que estaba observando el vizconde.
―¿Qué hace una mujer así en el East End? ―se preguntó sin darse cuenta de hacerlo en alto.
Era evidente que su postura, incluso la rigidez de su espalda o el modo en el que manejaba la escoba, indicaba que se trataba de alguien con una elegancia natural.
―A veces hay rosas en los lugares más inesperados, Portman. ¿Quiere que le presente a la señora Holt? ―se ofreció Cook, quien sabía qué estaba viendo el vizconde.
Aura Holt era más de lo que hacía ver al resto. Cook era el menos indicado para buscar o revelar secretos de nadie. No perturbaría la paz de la ayudante de la señora Garland.
―Sin formalidad, Cook ―ofreció que lo tratase de modo cercano. Era el hombre que trajo a su casa a sus díscolos hijos y alivió su corazón paternal.
―Perfecto. ¿Vamos o quieres examinarla un poco más desde la lejanía? ―preguntó con humor.
Thomas Scott Foster cabeceó afirmativamente y dio un paso al frente para dirigirse a la mujer sin la que no estaba dispuesto a marcharse a casa. Una escena de lo más curiosa detuvo los andares de Cook y Portman en el acto y volvieron a convertirse en un par de observadores pasivos.
***