Capítulo 2
Problemas y… más problemas
Una maldita niñera. Esa iba a ser su nueva ocupación, además de la de administrar el club.
Cook se personó de inmediato en la panadería de la señora Garland cuando uno de sus hombres le dijo que la señora Holt había ido a buscarlo mientras él atendía un problema.
Esa mujer no había solicitado su presencia nunca.
Al menos ella había prometido darle suficientes dulces como para tentar a Helen durante el resto de sus vidas, a cambio del favor que le pidió.
La historia era curiosa. Y, de hecho, le causó mucha curiosidad, más al ver a los dos muchachos trabajar con tanta determinación. No los conocía, nunca los había visto con anterioridad en la zona.
Aura y él quedaron, tras explicarle los detalles de lo acontecido, en que regresaría más tarde.
Así que Cook se marchó de regreso al club a la espera de órdenes.
Y cuando la señora Holt dio por concluida la penitencia, envió a Mary a cruzar la calle para avisarlo de que los jóvenes debían ser devueltos a su hogar.
En el momento en el que dieron la dirección de su casa, a regañadientes, y vio que se trataba de un barrio rico como lo era Mayfair, Cook supo que debía acompañarlos él mismo.
Puesto que El placer del infierno se había convertido en un lugar de referencia para muchos aristócratas, no le sorprendería que los chicos fuesen hijos de algún socio.
Él mismo había seguido a su propio padre a la taberna más próxima cuando era un niño de edad similar a ellos, motivado por el afán de saber qué se escondía tras las puertas de lo prohibido.
Cook se personó con los mellizos en el lugar al que ellos le habían dicho que debía acudir. Llamó a la puerta y un hombre, con el pelo alborotado y un gesto de desesperación, abrió de inmediato. A un lado, Cook advirtió la presencia de una joven llorando.
―¿Lord Portman? ―inquirió Cook sin poder evitarlo.
―¿Cook? ―preguntó con la misma sorpresa el hombre que había ejercido de lacayo en su propia casa.
Los ojos de Thomas Foster bajaron en cuanto se dio cuenta de que el recién llegado traía a alguien más con él―. ¿Basil? ¿Flavian? ―La voz de él estaba cargada de esperanza tras reconocer a sus vástagos.
Portman había estado en el club de caballeros White’s con su buen amigo el duque de Phenton, por lo que había regresado tarde, porque cuando salía hacía todo lo posible por retrasar su vuelta a casa.
Sus hijos eran ingobernables. Eso ya lo sabía, pero no estaba al tanto de que los muchachos habían desarrollado un hábito de escapar y regresar a su antojo a su hogar.
La doncella que los vigilaba ―que era nueva en la casa, no conocía el carácter de los mellizos todavía y se había prestado a ejercer de niñera― no le había confesado nada de las ausencias de los chicos por temor a represalias.
Instantes antes, cuando le confesó que no sabía el paradero de sus hijos, él creyó que el mundo se acababa.
La doncella, entre lágrimas y disculpas, le había asegurado que siempre volvían, aunque hasta el momento no se habían retrasado nunca tanto.
Antes de que Basil y Flavian regresasen, Thomas había estado fantaseando sobre multitud de castigos, incluso físicos, para aplicarles. Sin embargo, en cuanto los tuvo ante él, se agachó y los sostuvo entre sus brazos. Al fin pudo respirar con alivio.
En ese momento, un carruaje se detuvo ante el cuarteto. Los dos más mayores se dieron la vuelta, pero los dos pequeños aprovecharon el descuido para entrar en tromba en la casa y correr escaleras arriba hacia sus habitaciones.
―¿Qué ha pasado? ―El duque de Phenton bajó de su medio de transporte a toda prisa al tiempo que emitía la pregunta.
Phenton acababa de recibir, no hacía mucho, una nota en la que su amigo Portman le solicitaba con urgencia su intervención en un asunto de vida o muerte.
―Mis hijos ―señaló como si eso lo explicase todo.
―¡Cómo no! ¿Qué han hecho esta vez? ¿Han vuelto a prender fuego a la cocina? ―inquirió el duque, quien ya había llegado hasta los dos hombres que seguían de pie frente a la entrada principal de la casa―. ¿Señor Cook? ―preguntó, al reconocer al que había sido la mano derecha de Avery Sullivan.
―El mismo ―señaló, tanto para Phenton como para el padre de los dos diablillos.
―¿No me diga que ha pescado a los hijos de Portman en su club? ―El duque de Phenton no se sorprendería lo más mínimo. Esos dos chicos serían más infames que todos los disolutos de Londres si no se les prestaba atención y se procedía a enmendar su comportamiento sin dilación.
―Casi, pero no. En la panadería de enfrente ―explicó el señor Cook.
Portman negó con la cabeza.
―Entremos en casa y tomemos una copa, sospecho que la historia que viene a continuación hará que necesite algo fuerte ―señaló con resignación Thomas.
―Saca el whisky bueno, el que escondes solo para ti ―indicó el duque.
Thomas se alegró de que Phenton hubiera acudido en su busca tan pronto.
El duque había sido espía, o tal vez lo fuese aún, muy pocos conocían esa faceta de su vida, y lord Portman había recurrido a él cuando le advirtieron de la desaparición de Basil y Flavian.
Si alguien era capaz de dar con el paradero de sus vástagos ese era Lucien Maldith, actual duque de Phenton e íntimo y gran amigo suyo.
El trío entró en la casa y se dirigió al despacho del vizconde Portman. Cook y el duque tomaron asiento en dos sofás, mientras él mismo procedía a servir las copas.
―No sé cómo darle las gracias por traer sanos y salvos a mis muchachos, Cook ―le dijo lord Portman, al tiempo que le ofrecía el licor―. A ti también debo agradecerte que vinieras tan rápido, Phenton. ―Le pasó otro vaso.
Por último, se dirigió al decantador y cogió su copa, después se sentó en una silla tapizada que había cerca del resto.
―Solo los traje a casa, milord ―señaló Cook, tras beber un largo trago―. Es un excelente whisky ―observó.
―Vaya si lo es ―habló el duque―. Y no hace falta agradecer nada. ¿Quién me cuenta la historia completa? Tiene pinta de ser una gran hazaña.
―En verdad no lo es tanto ―explicó Cook―. Los chicos se han pasado la tarde limpiando y ordenando la panadería en la que causaron algunos…
―¿Cómo ha dicho? ―preguntó Portman, interrumpiéndolo, con los ojos como platos.
―¿Está seguro de que los dos petimetres hicieron algo como lo que dice? Le creería más si dijese que habían derruido el establecimiento hasta sus cimientos. ―Phenton tampoco daba crédito a lo que acababa de escuchar.
―Según tengo entendido, milord, sus hijos…
―Señor Cook, puede llamarme Portman ―lo interrumpió.
―Entonces simplemente diríjase a mí como Cook. Todos lo hacen.
―Y yo soy Phenton. ¿Hemos acabado ya de hacer las estúpidas presentaciones?
Quiero saber qué maldades hicieron tus vástagos, Portman.
Por favor, Cook, compláceme. ―Phenton se permitió cambiar a la informalidad porque había hecho algunas averiguaciones en compañía de Cook sobre una herida que le causaron hacía dos años en el club que dirigía ese hombre en ausencia del señor Avery Sullivan.
No habían conseguido llegar a nada a ese respecto, pero el duque no descansaría hasta saber quién había atentado contra su vida mientras observaba a un amigo suyo pelear en el ring que El placer del infierno tenía en el sótano.
―Sus hijos, Portman, habían causado días atrás algunos estropicios en la panadería que hay frente al club. Así que esta tarde, se presentaron con… ―él se sacó algo del bolsillo y se lo pasó por los aires a Portman, quien agarró el objeto― esto.
―¿De dónde han sacado tanto dinero? ―se cuestionó el padre.
―¿De dónde crees, amigo mío? ―preguntó retóricamente Phenton―. Yo si fuese tú cambiaría la cerradura de la caja fuerte después de revisar si falta algo de valor allí dentro.
Portman suspiró. Lo haría más tarde.
―¿Por qué tenían que pagar? ¿Qué destrozos hicieron?
―La señora Holt, que es la encargada de la panadería, me ha explicado que los bribones habían robado un día, lo intentaron sin éxito otro, y que cuando regresaron por tercera vez causaron un gran destrozo con una pelota.
―¡Dios mío! Deberé ir a pedirle disculpas ―se lamentó el vizconde.
―¡Un momento! ―intervino el duque―. ¿Esa mujer ha sido la responsable de que Basil y Flavian limpiasen y ordenasen, tal y como recuerdo que dijiste antes, Cook?
―Así es. También logró sonsacarles una disculpa breve, pero elocuente ―relató el interpelado.
―¿Los monstruos se disculparon? ―Phenton no daba crédito. Los conocía bien y se mantenía alejado de ellos como si fuesen mortales venenosos. Esos dos eran problemas y más problemas.
―Así ha sido. Los ha tenido buena parte de la tarde, y hasta bien entrada la noche, trabajando sin descanso.
―Evitó hablar sobre el episodio del cuchillo y demás detalles más censurables.
Conocía bien a la señora Holt y si ella había llegado a esos extremos tenía una buena excusa.
Después de escuchar al duque de Phenton, comprendía que los muchachos incluso hubieran necesitado un par de azotes―.
Los premió con un chocolate caliente, un par de galletas, y luego me pidió que los trajese a casa.
No sabíamos que su residencia estaba en Mayfair, me costó que confesasen dónde vivían.
Mucho menos imaginé que eran sus hijos, Portman.
Llegados a este punto, Phenton se levantó, le palmeó a su amigo la espalda un par de veces mientras se reía y luego procedió a urgirlo:
―Ve, busca a esa mujer que ha obrado un milagro, y no pierdas el tiempo disculpándote, solo hinca una rodilla y declárate enamorado. Haz lo que haga falta, lo que sea, no escatimes en esfuerzos y tráela a tu casa para que se ocupe de los dos desvergonzados que tienes por hijos.