Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

―Yo soy Basil y este ―añadió, señalando a su compañero― es Flavian. Prometemos que no hemos venido a causar destrozos ni… hurtos. Será mejor que todos nos comportemos para que no haya lamentaciones.

Eran mellizos, las dos mujeres que gestionaban la panadería lo habían deducido cuando los vieron por primera vez.

Los dos aprendices de delincuentes ―que se veían jóvenes, pero no eran niños tampoco― les habían robado varios bollos de forma magistral, pues mientras uno entretuvo a Aura, el otro se llevó varios dulces.

La segunda vez que los vieron, se hicieron pasar por mozos y los pescaron antes de que se hicieran con el cargamento de galletas de canela y limón que habían preparado para una fiesta.

Y en la tercera ocasión, en la que ellos entraron en la tienda portando un balón, algo sucedió ―aunque Aura y Mary todavía no habían logrado saberlo con certeza― que hizo que la vitrina de uno de los mostradores acabase destruida y el género que cobijaba, arruinado.

En aquel momento los dos vándalos salieron corriendo y creyeron que no los volverían a ver jamás. Era común que los muchachos de la zona campasen a sus anchas, pero había en estos dos algo desconcertante.

―Decidme ahora mismo quién es vuestra madre y dónde vive.

―No tenemos madre ―dijo Flavian.

El corazón de Aura se partió en dos. El de Mary también se estremeció lleno de tristeza. La señora Holt se recompuso de inmediato, ser huérfano no era una excusa para que un par de jovencitos hiciesen su voluntad a capricho.

Ella les soltó la oreja y los obligó a tomar asiento en dos sillas de dentro de la cocina. Se movió de un modo muy concreto para que las quemaduras de su rostro fuesen muy visibles ante ellos.

―Habéis probado lo que vendemos aquí, ¿verdad? ―les preguntó la señora Holt. Tenía un plan que iba a poner en marcha.

―Sí, los pasteles de fresas confitadas son sublimes. Es una de las razones por las que hemos vuelto, aunque no la principal ―confesó Basil, quien miraba a Flavian con atención.

―Lo son porque no pertenecen a este mundo ―sentenció Aura, frente a una Mary que se convirtió en espectadora.

La joven decidió dejar actuar a su compañera porque ella tenía más experiencia con los niños.

Robin podía ser un pequeño monstruo formidable si no cortaba sus alas. Mary la había visto en acción.

―¿Qué quiere decir? ―se interesó Flavian al verla tan seria, sin poder dejar de observar su carne quemada. Era algo tan novedoso, tan impactante para un muchacho que jamás había contemplado una imperfección semejante, que se sentía hipnotizado.

No Lo mismo ocurría con Basil, porque ese hermano era bastante peculiar.

―Mary es la única que conoce mi secreto. ¿Habéis leído o escuchado la historia de los hermanos Hansel y Gretel?

―¿Es sobre un león que se come a un amigo en quien no debió confiar? ―preguntó Flavian. Estaban habituados a que les hicieran leer ciertos textos con mensajes ocultos a los que no les solían hacer caso.

―No. Se trata de una bruja, salida del mismísimo infierno, que se quemó parte del rostro al escapar de las garras de Lucifer ―se tocó discretamente la piel lacerada mientras decía esto―, a la que le gusta cocinar dulces.

Y lo que más le apasiona en el mundo es la carne deliciosa y tierna de los jóvenes a los que mete en la olla para condimentarlos y luego comérselos.

―Oiga, señora, que tenemos once años ―la llamó al orden Flavian algo ofendido.

―Casi doce, y le aseguro que en muchos aspectos somos mayores que eso. Personalmente me apasiona más leer obras sobre Julio César ―puntualizó su hermano mellizo.

Aura frunció el ceño ante esa observación.

―Hace tiempo que dejamos de creer en tonterías. Las brujas no existen. Son solo historias ―volvió a tomar la palabra Flavian.

Aura se recompuso y resopló. A grandes males, grandes remedios.

―¿De dónde crees que salen esas historias malvadas? ―le preguntó Mary al hermano menor, con ánimo de echarle una mano a su compañera.

―De los libros ―respondió Basil―. Alguien las imagina y las plasma allí ―explicó con condescendencia―. Aunque debería tener cuidado, porque lo que sí sabemos identificar es una mentira a simple vista.

Ese muchacho ponía nerviosa a la señora Holt. No solo por su aplomo o por sus respuestas, sino porque parecía estar examinándola con suma atención y daba la impresión de que saltaría sobre ella si daba un mal paso. En verdad no parecía un simple joven.

―Estoy segura de que así es, porque vosotros habréis contado infinidad de mentiras a lo largo de vuestras vidas ―sentenció con severidad Aura.

―No lo hacemos siempre ―objetó Flavian―. Solo cuando es necesario escapar indemnes de la situación.

―¡Será posible! ―Aura lanzó los brazos al cielo al ver la tranquilidad con la que uno de los hermanos reconocía sus malos hábitos.

―¿Podemos irnos ya, Flavian? ―se aventuró a preguntar Basil―. Esto está durando demasiado.

―No lo suficiente ―dijo enigmático su hermano menor.

Aura y Mary intercambiaron una mirada de desconcierto. No entendían el juego que se traían los dos.

―Nos vamos ahora. Has logrado lo que querías, no veo nada de especial aquí. Además, hemos traído el dinero que sufragará la rotura del cristal y también pagará los dulces que nos llevamos. Por lo que a mí respecta, hemos terminado, hermano.

―¿Y qué hay de nuestro trabajo de más? ¿De las horas que tuvimos que pasar limpiando? ―intervino Mary, interrumpiendo la conversación de los chicos.

―Hay una suma más que generosa. Servirá para cubrir los inconvenientes que hayan tenido dos empleadas de una panadería, que por otro lado deben hacer su trabajo, sea cual sea, incluso arreglar estropicios.

―Aura se quedó con la boca abierta ante la reflexión tan atrevida, casi insultante, que había hecho el que parecía ser el cabecilla de ambos.

―¡Hasta aquí hemos llegado! ―gritó la señora Holt. Los hermanos habían colmado su paciencia. Dios sabía que tenía mucha.

―Señora, es de muy mal gusto levantar la voz cuando nadie lo ha hecho ―la amonestó con descaro Basil―. Hemos venido cuando no teníamos por qué regresar. Trajimos con nosotros un buen dinero, así que no hay motivo para enfadarse.

Aura los volvió a coger de las orejas. Sintió que el hermano mayor se tensaba, pero no le dio mayores problemas.

―Soy una bruja, lo creáis o no. Tengo piel quemada que demuestra que escapé del infierno y me consta que la habéis visto con especial atención.

―Ella los había pescado ojeando esa zona de ella con descaro―.

No voy a comeros porque me atragantaría con vuestros restos agrios.

Lo que sí que me propongo es poneros a trabajar hasta que esté toda la tienda en orden, y eso lo vais a hacer después de emitir una sincera disculpa, que si no me satisface hará que busque al guardia para acusaros formalmente de ser un par de delincuentes.

No se tolera el robo bajo ninguna circunstancia.

―¡Hemos traído dinero para pagarlo todo! Yo si fuese usted, tendría mucho cuidado con lo que se proponga. Haría bien en no subestimarnos ―recordó una vez más Basil.

Se dio por satisfecha al ver que al menos el otro hermano se había echado a temblar, porque el mayor era arrogante y… había algo en él que… No sabía cómo sentirse respecto al que llevaba la voz cantante, pero la ponía muy nerviosa.

―Haréis lo que os he dicho sin rechistar, porque de lo contrario soy capaz de meteros en el horno o cortaros a tiras ―dijo, con la mirada llena de astucia. Ellos necesitaban un escarmiento ejemplar y ella era una actriz magnífica cuando se lo proponía.

―¡Otra vez no, señora Holt! ―exclamó con pánico Mary para seguirle el juego―. La última vez que el magistrado se presentó en la tienda para preguntar por John Atkins, mentí y no volveré a hacerlo. Dios sabe que el muchacho no merecía lo que le hizo.

Aura se dirigió hacia un cajón de debajo de la encimera de madera maciza, después de soltarles las orejas ―que estaban de un color rojo muy subido― y sacó un cuchillo enorme con sierra. Lo paseó por delante de los ojos de los chicos, quienes lo miraban eclipsados.

―No estamos en New Gate ―era la prisión más famosa de Londres―, ¿verdad, Mary? Así que no hay que preocuparse.

―Solo porque aquello salió bien. No volveré a jugármela. ―Mary seguía interpretando a la perfección su papel de mujer ansiosa y apenada ante la perspectiva de los acontecimientos. Unos actos que presentaban a Basil y a Flavian mutilados o algo peor.

―Las dos están siendo ridículas y no se imaginan cuánto ―señaló perezosamente―. Solo porque seamos jóvenes no implica que estemos llenos de estupidez. No nos creemos ni una sola palabra ―dijo con enfado Basil.

Aura se quedó un poco perpleja por la respuesta, pero se obligó a seguir interpretando su papel.

―Haces bien, así que te daré una prueba de que soy una novia de Satán a la que han tratado de quemar en la hoguera varias veces.

―No era mentira del todo, dado que sobrevivió a dos incendios―.

Empezaremos por tu hermano. ¿Qué se les hacía en la antigüedad a los ladrones, Mary? ―Su compañera la entendió.

―Se les cortaba la mano ―aseguró con el semblante imperturbable.

―Así será ―sentenció la señora Holt.

Aura levantó al muchacho, agarrándolo de la mano y arrastrándolo mientras él trataba de huir.

Era un chico grande, ella hubiese jurado que tenía por lo menos un par de años más de los que había dicho.

Sujetó el brazo, a duras penas, sobre la encimera, levantó el cuchillo, mientras observaba por el rabillo del ojo al otro joven, y se dispuso a mostrarse fiera.

―Por favor, por favor, no lo haga ―suplicaba el hermano que tenía la mano bajo la sombra del afilado cuchillo.

―Ella está mintiendo, no va a hacerte nada ―trató de tranquilizarlo Basil.