Capítulo 1 #2
―Le contaré cómo me imagino yo una pedida de mano inolvidable.
―Por favor, soy todo oídos ―le dijo, todavía en las puertas de la panadería.
Aura sintió un golpe de viento frío.
―Entremos y le daré un consejo que es libre de seguir si lo considera oportuno. Prepararé un té.
El té que hacía Aura era delicioso, le añadía un toque de anís, menta y si podía ser una gota de miel, tal y como le había enseñado una tía lejana a preparar. Era el sabor de su niñez, cuando su madre compartía las tazas con ella, siendo todavía una niña pequeña.
―No se moleste con el té. Se lo agradezco con el alma, pero tengo poco tiempo antes de volver al trabajo. Desde que el señor Sullivan se casó, y me dejó al mando, soy un hombre ocupado en exceso.
Avery Sullivan, el propietario de El placer del infierno, se había casado con una joven dama hija de un conde fallecido, pupila de un duque, y se había convertido en la comidilla del East End, puesto que esa unión había convertido al club en el epicentro de la aristocracia que se acercaba a disfrutar con el vicio.
―Entremos de todos modos y le daré la clave del éxito. Se trata de una tentación, señor Cook, que deberá ir acompañada de una declaración sublime en la que prometa bajarle la luna a su dama.
Comenzaron a entrar en la panadería y lo vio rascándose la cabeza con el semblante muy pensativo.
―No soy un buen orador.
―No hace falta serlo, más para un hombre que solo tiene que echar mano del amor que siente por su dama y declararse.
―Complicado. Soy un humilde… No sé ni cómo definirme.
―Nunca creí que fuese usted un hombre poco cultivado, señor Cook, no trate de aparentarlo.
―¿A qué se refiere? ―preguntó con interés.
―Su dicción es perfecta. Usted no se crio aquí. Usted es más de lo que aparenta.
―Podría decir lo mismo de usted, señora Holt. ―El hombre le sonrió.
―Pero es que yo no nací en esta zona de Londres.
―Ambos sabemos que la dicción, los modales y la elegancia natural de una persona, pese a que trate de ocultarlos, suele ser reconocida por los que conocen todo eso.
Ella le sonrió esta vez. No necesitaba nada más para comprender lo que él acababa de aludir.
― Touché , señor Cook.
―¿Cree que debo bajarle la luna a Helen Mirrell? ―Él desvió el tema hacia otras cuestiones y ella se lo agradeció en silencio.
―Indiscutiblemente. Hágalo y también acompañe el ritual con algo igual de espléndido que su declaración de amor.
―¿Rosas rojas? ―se aventuró a preguntar.
―Hagámoslo un poco más original. Ese bonito anillo del que hablaba antes… sáquelo mientras recita sus palabras.
―Supongo que estaré de rodillas.
―Su pregunta me ofende, señor Cook ―lo regañó con diversión.
―Está bien. Mi rodilla sobre el suelo, en una mano un anillo… ¿qué portaré en la otra?
―Chocolate.
―¿Chocolate? ―preguntó con asombro―. Había esperado algo más… menos… ―Se le veía defraudado con la sugerencia.
―No me ofenda de nuevo, señor Cook ―le recomendó, con el humor bailando en sus ojos.
―Imagino que no estamos hablando de un chocolate común ―supuso.
―No, porque su petición de mano no lo merecería.
―¿Bombones?
―Más que eso. Se trata de lo que dice, aunque no del todo, porque el relleno es de dulce de leche, con virutas de avellana y caramelo. Le aseguro que cuando le dé uno a la señorita Mirrell creerá que es usted el Creador y que la ha transportado al mismísimo paraíso de los sentidos.
Él soltó una gran carcajada. El gesto llamó la atención de Mary, quien salió a la entrada de la tienda.
―¿Qué es tan gracioso? ―se interesó la joven.
―Los bombones Garland ―señaló Aura. Ese era el nombre que ambas habían pensado para la nueva receta.
―Debe de ser una ocasión especial si la señora Holt le ha ofrecido de buenas a primeras nuestro descubrimiento ―sopesó Mary, con una sonrisa.
―Voy a declararme ―señaló con orgullo el hombre enamorado.
―Entonces sí debe llevárselos ―opinó Mary―.
Prepararé unos cuantos de aquellos que no devoramos la señora Holt y yo ayer cuando por fin logramos poner las medidas exactas.
Ese nuevo dulce obrará una maravilla, señor Cook, pero no olvide decir unas palabras que dejen a su futura prometida sin respiración.
Él se sorprendió porque la joven le hiciese la misma recomendación que la señora Holt. Las mujeres no eran tan complicadas como creían los hombres. No cuando de amor se trataba.
―Tengo entendido que debo bajarle la luna a Helen ―dijo él, en clara alusión a la recomendación de Aura.
―Excelente consejo ―estuvo de acuerdo Mary―. Sin ánimo de ser indiscreta, señor Cook, confío en que su posición en su club le permita comprar un anillo decente.
―También me han aconsejado que una mano muestre un anillo, que ya he comprado, y que en la otra tenga los bombones.
―Entonces pronto acontecerá una boda ―aseveró Mary con satisfacción.
El señor Cook, al que la mayoría de las personas solían referirse solo como «Cook», de quien nadie sabía su nombre y muy pocos sus orígenes, era un hombre grande y tosco a veces, de ojos castaños, pelo excesivamente corto, de un porte muy elegante, pero sencillo.
Sus pobladas cejas le daban un aspecto maléfico, pero solo con entablar una simple conversación, se percibía que tenía un gran corazón.
La mujer que fuese su esposa, en este caso la cantante del club, Hellen Mirrell, sería muy dichosa.
―Si los hombres nos diésemos cuenta de que las mujeres son tan inteligentes, o más, que nosotros, el mundo iría mucho mejor, dado que las damas nos llevarían con mano firme, pero con ternura.
―Amén a eso, señor Cook. ―Aura se rio con ligereza.
Pocos minutos más tarde, Mary estaba saliendo de la cocina con el paquetito bellamente envuelto y el señor Cook se marchó de allí con suma satisfacción. Tenía grandes y buenas perspectivas para esperar lo mejor.
―¿Cree que lo logrará? ―le preguntó Mary, mientras entraban en la cocina.
Las otras dos muchachas que las ayudaban no tardarían en llegar y debían ponerlo todo en orden.
Los mozos también estarían a las ocho de la mañana esperando para poder llevarse sus pedidos, sobre todo pan recién hecho para sus patrones.
No había lores residiendo en esa parte de la ciudad, pero sí algunos hombres importantes que comenzaban a zambullirse en las bondades de la influencia de sus superiores.
―Si el señor Cook te pidiese que te casases con él… ¿lo rechazarías?
―No. ―Mary no se paró a pensar su respuesta―. Es un buen partido y apuesto como el mismísimo Lucifer.
―¡Mary! ―la sermoneó entre risas.
―Es verdad. Lucifer debe de ser excepcional si logra todo lo que dicen que consigue, aunque sea malvado.
―Estamos hablando del señor Cook, no del Maligno que tú estás idealizando.
―Entonces solo diré que Cook es un hombre muy apuesto, y que la señorita Mirrell sería una tonta si lo desechase.
―Opino lo mismo. Confiemos en que el caballero de brillante armadura sea además elocuente y la dama se derrita.
Esperemos también que haya comprado un anillo a la altura de una mujer como ella.
―La que esperaban que se convirtiese en prometida de su estimado amigo Cook era una mujer sofisticada, elegante, que no se conformaba con la mediocridad.
Tanto Mary como Aura admiraban a Hellen Mirrell por ser una fémina independiente, segura de sí misma, y por marcar sus propias normas en un mundo de hombres.
Aunque bien podría ser un poco más amable de vez en cuando.
Seguro que lo sería con su amado. Aura no tenía duda sobre esa cuestión, dado que Cook se merecía una buena compañera a su lado y era un hombre inteligente.
―Sí. Y lo mejor es que si él hace un desastre con su declaración al hablar en alto, nuestros bombones Garland harán que ella se case con él. ―Así de segura estaba la joven sobre el producto que habían ideado ella y la señora Holt.
―¡Cuánta vanidad! ―exclamó Aura, todavía entre risas.
―Por supuesto que sí. Esas delicias lograrían un imposible ―señaló con determinación Mary―, aunque Cook en verdad no las necesite. Los he visto salir de paseo y doy fe de que la cantante está embelesada.
―Te daré la razón. Sería una absoluta tonta si no aceptase ser su esposa.
Las dos se echaron a reír una vez más.
La mañana continuó con su habitual cotidianidad. En un ir y venir de mujeres y hombres dejando su dinero en la tienda y llevándose los deliciosos productos.
Horas más tarde, cuando el ajetreo se hizo menos evidente, Aura y Mary intercambiaron una mirada cómplice.
Esos dos bandidos que tenían frente a ellas no iban a salirse con la suya esta vez.
Su aspecto angelical no las engañaría. Por más que tuviesen el pelo dorado y unos ojos azules muy bonitos, no bajarían la guardia.
Con disimulo, Mary se dispuso a ir hacia la puerta que daba acceso a la calle y pasó el cerrojo. Mientras Aura les preguntaba a los dos pillos sobre lo que deseaban comprar.
Aura no esperó la respuesta de los muchachos y salió de detrás del mostrador para enfrentarlos.
Los cogió por la oreja, a cada uno de ellos, con firmeza.
Se veían mayores para que ella los reprendiese con esa acción, pero no le importó hacerlo.
Estaba enfadadísima y eso era lo menos violento que se le ocurrió llevar a cabo.
―¡Duele! ―se quejó uno.
―Más dolió el estropicio que hicisteis la última vez, pequeños tahúres ―le dijo con severidad Aura.
―¡Hemos venido a pagar lo que rompimos!
Uno de ellos, el que no se había quejado por el fuerte tirón de orejas, sacó una pequeña bolsa, que hizo el sonido característico de las libras chocando entre sí cuando la sacudió.
―¡Ah! Así que todo se arregla pagando… ¿A quién le habéis robado esa pequeña fortuna que se adivina en la bolsa? ―cuestionó Mary.
―¡No hemos robado nada! ―dijo el que parecía más alto. Aunque los dos lo eran bastante. Solo por la mirada de ellos, Aura supuso que eran más jóvenes de lo que parecían.
―¿Cómo os llamáis? ―preguntó Aura.