Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 1
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Capítulo 1

Una vida común

Londres, Inglaterra, cinco años más tarde.

Aura Holt se despertó esa mañana empapada en sudor.

Las sábanas de algodón estaban revueltas a sus pies y la colcha también.

Se incorporó en la cama, con el corazón bombeando con fuerza, mientras sus ojos se acostumbraron a la luz.

Se dio cuenta del lugar que la rodeaba y se tranquilizó.

No fue fácil dejar de sentir pánico, pero el pequeño que dormía plácidamente a su lado fue de gran ayuda.

Se levantó del humilde lecho sin hacer demasiado ruido, buscó un paño de lino y se dirigió hacia la jofaina de porcelana blanca para echarse un poco de agua en la cara.

Había vuelto a aquella casa una vez más.

Las llamas habían lamido su piel y el escozor fue tan real que por un momento, solo por un instante, creyó estar en la habitación que fue pasto del fuego más furioso.

El pasado jamás se esfumaría y debía aprender a vivir con los recuerdos más oscuros de su vida. También con el dolor de la traición.

Después de refrescarse se observó a sí misma en el pequeño espejo de latón que tenía colgado arriba de la jofaina.

Se tiró la trenza hacia atrás y luego ladeó la cabeza.

La quemadura seguía en su lugar. La piel estaba roída desde la sien derecha, bajando cerca de la oreja hasta el cuello.

Era visible, pero no en exceso. Tampoco era una carga, la mayor parte de la piel lacerada del resto de su cuerpo estaba escondida bajo sus austeros vestidos grises.

Desde la axila hasta la cintura, con un grosor de unos diez centímetros, su piel era algo grotesco de ver o acariciar.

Su padre, bendito fuera, le había inculcado sensatez antes de dejar este mundo.

«¿Qué persona sobrevive a dos incendios, hija mía?

», había preguntado su progenitor con los ojos llenos de satisfacción.

Nadie. Ya era bastante complicado salir con vida de las llamaradas de un incendio como para lograrlo en otra ocasión más.

Su madre murió en aquel primer fuego y su padre se quemó todavía mucho más que ella para lograr salvarla.

«Las marcas de tu rostro son heridas de guerra, pequeño terrón de azúcar.

Somos supervivientes y las quemaduras nos unirán de por vida».

Atesoraría las magníficas palabras de su amoroso padre hasta que exhalara el último suspiro.

Tenía poco más de diez años cuando su padre la salvó.

Pero no pudo repetir la hazaña, porque cuando ella cumplió los veinticinco, la casa, que todavía no había sido restaurada por completo, volvió a arder y su padre se quedó atrás.

Tres años habían pasado del último incendio y no conseguía olvidar la pesadilla.

Su costado derecho suponía la prueba de que era una mujer que no estaba destinada a perecer todavía.

Logró salvar al pequeño Robin. Eso fue lo importante.

El niño no sufrió daño alguno porque ella lo había protegido con su propia carne.

Veintiocho años a sus espaldas. No había pensado que su vida transcurriese entre fogones y un horno, y menos en convertirse en una repostera excepcional, aunque fuese en una panadería del East End.

Era una zona cuestionable de Londres, pero Robin y ella habían hecho tantos amigos que se sentían protegidos.

Su empleadora, la señora Garland, era maravillosa.

Tenía una edad avanzada y había delegado las responsabilidades del establecimiento en su compañera Mary y en ella misma.

Era más que su patrona, era una bendición que se ocupaba de Robin mientras ella trabajaba.

La señora Garland le había dado un techo.

La habitación en la que dormían ella y Robin era más de lo que podía haber esperado.

El destino la había premiado con fortuna. No del tipo que se conseguía en los garitos infernales de juego y que proliferaban en esa calle, sino con verdadera riqueza: amigos leales y fieles.

Se separó del espejo porque escuchó un sonido a su espalda. Robin se había levantado y permanecía sentado en el lecho.

―Hoy te has despertado muy pronto, terroncito ―le dijo cariñosamente. Aguardó unos segundos para ver si el niño le respondía. Nunca perdía la esperanza de que lo hiciera algún día―. ¿No te apetece conversar conmigo tampoco esta mañana? ―El pequeño negó con la cabeza.

Robin tenía cuatro años y todavía no había dicho una palabra. Suponía que hablaría cuando tuviera algo que decir. Cada niño tenía sus propias ideas sobre lo que deseaba hacer o no. No lo agobiaría hasta que fuese necesario.

―Bajaremos a desayunar y la señora Garland continuará leyéndote Pinocho .

Pero antes te achucharé, te besaré y te haré un montón de cosquillas.

¿Listo? ―El niño afirmó con un gesto y ella comenzó a hacerle toda clase de cosas que le hicieron reír.

Cuando estuvo satisfecha con su actuación se detuvo para darle al niño un respiro―.

¿Te gustan los cuentos, terroncito? ―le preguntó y Robin asintió―.

¿No te apetecería contarme uno algún día?

―El pequeño agitó los hombros―. Sí, tal vez lo hagas pronto, cuando estés preparado.

Vistámonos. Tengo que abrir la panadería y los dulces y el pan no van a hornearse solos. Mary seguramente ya estará allí.

Vio a Robin acostarse de nuevo en la cama y taparse con la colcha. Aura suspiró. El pequeño prefería quedarse caliente un poco más. ¿Quién lo culparía?

Si ella pudiese, también se quedaría en su habitación, esperando a que una doncella la despertase, le sirviese un chocolate y unas pastas para cuando se levantase, y la ayudase a colocarse un vestido de seda dorado.

Le encantaba ese color. Su padre solía decir que sus cabellos oscuros y sus iris de color verde azulado combinaban perfectamente con un vestido del tono del oro viejo.

Lástima que nadie la volviese a mirar con los ojos de su progenitor.

Comenzó a vestirse. La pequeña estufa de carbón se había enfriado pero la habitación no estaba helada todavía. La señora Garland era una casera de lo más aplicada y no les faltaban comodidades. Aura se esforzaba por dar el pago justo a los mimos de su empleadora.

Bajó por las escaleras del edificio que era propiedad de la dueña de la panadería y entró en la tienda. Tal y como había predicho, Mary ya estaba horneando la primera remesa de los productos que vendía.

―Buenos días, Mary ―la saludó.

―Señora Holt, si le parece bien, yo seguiré hoy con el horno mientras usted prepara la tienda.

―Es una excelente iniciativa, Mary. ―Acompañó su afirmación con una sonrisa de lo más afable.

La joven era la sobrina de la señora Garland. Dado que la mujer no había tenido descendencia, se la trajo a Londres desde Norfolk para que aprendiese su oficio, y en verdad era muy competente y responsable.

Aura salió a la calle. Serían poco más de las cuatro de la mañana.

―Uhm, diez minutos más y pensé que me iría de aquí sin mis dulces de limón. ―Escuchó una voz familiar a su derecha.

―Mary los ha preparado ya. Los he visto en la repisa de la cocina, señor Cook.

El hombre era el responsable de haberle encontrado un trabajo más acorde y respetable a su posición como viuda.

Aura había ido a las puertas de El placer del infierno para pedir cualquier trabajo.

Estuvo desesperada cuando la echaron de la última casa donde desempeñó un trabajo como fregona por no permitirle libertades al hombre que pagaba su salario y les dejaba a Robin y a ella vivir en el lugar.

Ser viuda con un hijo a cargo y no contar con recursos suficientes, era como estar condenada a vender su propio cuerpo si no se encontraba un trabajo decente. Sorpresivamente Aura había conseguido sortear esa cuestión, aunque con mucha dificultad.

El señor Cook, de quien había sabido después que era la mano derecha del dueño del club de juego El placer del infierno, la había llevado en aquel entonces ante la señora Garland, quien se había quemado una mano con el horno.

Su patrona no estaba para trabajar tan concienzudamente como lo hacía en su juventud, de ahí que le ofreciese trabajo y llamase también a su sobrina para que la sucediese en la dirección de la panadería algún día.

Toda una gran suerte que Aura hubiera disfrutado cocinando y tuviese cierto don para ello.

Lo que empezó como una afición en su juventud se había convertido en su forma de vida.

Sí era cierto que Dios tenía un plan para cada cual.

Después de salir bastante bien parada de dos incendios y no haber muerto de hambre en las calles de la ciudad, Aura estaba convencida de que así era. El Altísimo no la había olvidado.

―Excelente, Helen agradece muy placenteramente que le lleve los dulces de limón. ―Él alzó las cejas varias veces para ver si entendía la picardía de su alusión.

―Le dije que se conquista a cualquiera a través del estómago.

Cualquier hombre podría deslumbrar a su Helen con una apariencia física sobresaliente o con una excesiva fortuna, pero todo el mundo sabe que se llega a un hombre, una mujer en este caso ―precisó―, a través del estómago.

Eso es insuperable. Una garantía de éxito.

Cook se rio con franqueza. Helen Mirrell era la cantante de El placer del infierno, la mujer más preciosa que él había visto alguna vez, y desde que el objeto de sus deseos dejó de poner los ojos sobre el dueño del club de juego, Cook al fin fue visible para ella.

Los dulces con los que tentaba a Helen, y que habían sido sugerencia de Aura Holt, tenían mucho que ver en el asunto.

―Confesaré que las mujeres dan excelentes lecciones y que solo un necio no las llevaría a cabo, señora Holt ―le dijo con gratitud desmesurada―. ¿Qué consejo le daría a un hombre que ha comprado un anillo y que pretende hacer la declaración de su vida?

―Uhm. ―Se quedó pensativa―. ¿Cuándo piensa hacer su petición, señor Cook?

―¿Qué me recomienda? Me pongo en sus manos, señora Holt. No he decidido nada todavía sobre el mejor modo de proceder.