Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Prefacio #2
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Prefacio #2

―Es suficiente ―intervino el padre―. Estaréis castigados dos semanas sin dulces ni postres. Ahora id a vuestra habitación para que yo siga pensando en el mejor modo de privaros de algo más que os guste, porque lo que habéis hecho no se puede tolerar.

Los niños no dijeron una palabra más. Detectaron que su padre estaba muy agraviado por la situación.

No se atrevieron a explicar que la mujer les había pellizcado con fuerza la barriga la última vez que no se sentaron correctamente sobre el pupitre, y que eso solo era una de las muchas afrentas sufridas por ambos.

Mientras Portman observaba salir a sus diablillos por la puerta, pensaba en que de nuevo debía redactar una carta a Pullman & Down de Londres para solicitar una nueva niñera. Había perdido la cuenta de las excusas que ofreció a la agencia de colocación cada vez que perdía a una empleada.

Se acercó hasta el cordón situado detrás de su escritorio para hacer sonar la campana y, enseguida, tal y como supuso que sucedería, apareció Daphne Collins. Thomas permaneció de pie frente a la señorita.

―Deberá ocuparse nuevamente de los niños hasta que consiga traer a la sustituta de la señorita Phillips ―le dijo a la doncella. La vio mirarlo con resignación. La señorita Collins era la mujer más instruida que tenía a su servicio y ya lo había ayudado con anterioridad con los niños.

―No se preocupe, milord, trataré de mantenerlos alejados de la tentación.

Él se sonrió ante esa frase en particular.

Basil y Flavian eran unos niños increíblemente inteligentes.

Él podía decir que estaban fuera de la media, en especial Basil.

Flavian también, pero era más confiado y hablaba antes de pensar en lo que iba a decir, y eso hacía que su hermano lo amonestase por revelar información sensible sobre sus travesuras.

¿Desde cuándo la audacia era mala para un niño? Desde que se inclinaba a hacer diabluras en vez de usar el ingenio hacia cuestiones más productivas. A veces dudaba de que sus pequeños tuviesen casi seis años, porque parecían tener muchos más.

―Gracias, señorita Collins. Dígale al ama de llaves que puede contratar a otra doncella para que la sustituya, no sé cuánto tardaré esta vez en traer a una nueva niñera. Le pagaré a usted el sueldo de la señorita Phillips mientras tanto.

―Se lo agradezco, milord, pero… esto será temporal, ¿verdad? Como las otras veces. ―Hasta la fecha no le había ofrecido un estipendio más elevado y eso la preocupaba. Los pequeños no tenían maldad, disfrutaban ideando travesuras que, en su opinión, solo pretendían llamar la atención de sus padres.

Para Daphne el problema residía en la vizcondesa, quien solo se había ocupado de traerlos al mundo.

No se quejaría ni opinaría sobre la inconveniencia de no tener a una figura materna sobre Basil y Flavian, puesto que era habitual que las damas con título dejasen a cargo de otros a sus hijos cuando los traían al mundo.

A Portman no se le había escapado el evidente tono de pánico de la joven que acompañó a la pregunta.

La que hacía las veces de improvisada niñera, cuando los niños se deshacían de las que no les gustaban, tenía cierta práctica y era bastante competente, pero cuando la devolvía a su lugar de trabajo Daphne Collins parecía más que aliviada.

―Le prometo que no será demasiado tiempo. Tiene mi palabra de honor.

―Gracias.

La señorita Collins salió de allí dispuesta a comenzar con sus obligaciones.

Cansarlos, con un paseo largo o algún juego, era una buena forma de mantenerlos con la mente ocupada y dejarlos sin fuerzas.

Sabía conducir a los niños hasta cierto punto, aunque no había sido capaz de enderezarlos por completo.

¿Cuándo cambiarían Basil y Flavian, y dejarían de tramar travesuras y ejecutarlas con tanta precisión?

Portman estaba tomando asiento tras su escritorio cuando lo interrumpieron.

―Milord ―entró en tromba el jefe de cuadras en el despacho muy alterado―, ha habido un accidente.

―¿Qué sucede, Greasom?

―Me temo que es la vizcondesa. El carruaje ha volcado en medio del camino.

―¡Vayamos! ―Sintió pánico.

Los dos comenzaron a correr en dirección a las cuadras para ir en busca de su esposa.

―¿Dónde ha sido? ―se interesó Thomas.

―Cerca del acantilado. El joven Louise ha venido de inmediato para avisarnos y buscar ayuda, parece ser que se ha partido el eje del vehículo y hay problemas que… ―No acabó de explicarse.

Subieron a los dos caballos más rápidos que encontraron y al llegar hasta la ubicación, el muchacho al que el jefe de cuadras había aludido ―hijo de unos arrendatarios de lord Portman― estaba allí, frente a un carruaje volcado en el suelo con las ruedas de lado.

Habían desenganchado los caballos, tal vez el cochero.

Él no lo sabía. Lo único que veía era el carruaje en una zona alta, al borde del precipicio. La situación era apremiante.

―No tiene mi blasón ―dijo el vizconde con el ceño fruncido. El dibujo que identificaba su título, y que tenían sus dos carruajes, era un águila romana, parecida a la de las legiones de Julio César. Ese vehículo no lo llevaba. ¿Seguro que su mujer estaba ahí?, se preguntó con extrañeza.

―No es su carruaje, milord.

―¡La vizcondesa está aquí! ―gritó Louise.

Portman se acercó hasta el lugar indicado por el muchacho con mucho cuidado, y se colocó delante de la portezuela que estaba abierta.

Un paso en falso y podrían hacer caer por el terraplén el medio de transporte en el que se encontraba su esposa.

La escuchó chillar. La vio allí dentro, llorando sin parar.

Gritando con una pena inconmensurable. Acariciaba el rostro de un hombre mientras le decía cosas que él no podía entender.

―Emily, estoy aquí. Dame la mano ―se ofreció, obligándose a tragar el terror que sentía. Thomas estaba asomado en el interior del carruaje, pero sin entrar. La situación era insostenible.

―He tratado de sacarla, milord, lo juro. El carruaje no es estable, debe salir de inmediato ―advirtió el muchacho con nombre francés.

―Emily, tienes que darme la mano. Ven, te lo suplico. No es seguro permanecer ahí dentro.

―No, no, no… ¡Valiant, no! ―exclamó lady Portman.

Los ojos del vizconde se concentraron en la figura masculina a la que su esposa miraba sin cesar mientras sollozaba. No lo reconoció, pero sí vio que el hombre figuraba con la cabeza ladeada y que no tenía consciencia. Se habría roto el cuello puesto que parecía no respirar.

―No podemos hacer nada por él, ven conmigo ahora, Emily ―le suplicó.

―No. No, no… Valiant, Valiant… ―sollozaba la dama.

El carruaje cedió un poco en ese momento.

―No aguantará, milord. Hay que sacarla de allí ahora o… ―El jefe de cuadras no se atrevió a seguir hablando.

Portman hizo acopio de todo el coraje que fue capaz de reunir y actuó rápido para solventar la situación.

Dio un salto hacia el interior del vehículo, agarró a su esposa por la cintura dispuesto a salir de allí antes de que la estructura cayese por el terraplén.

En cuanto consiguió apartar a lady Portman del hombre que yacía sin vida allí dentro, comenzó a emprender a toda prisa la salida.

El jefe de cuadras y el otro joven estaban preparados para ayudarlo, dado que sujetaban ―en la medida de lo posible― el pesado carruaje.

Entonces dejaron de sostener el vehículo, cogieron a la vizcondesa en cuanto Thomas la alzó por la puerta, y luego el vizconde dio otro gran salto para dejar el interior del carruaje atrás.

Estaban fuera de peligro. Lord y lady Portman habían conseguido salir indemnes. En la salida, el vizconde había tropezado y caído al suelo, y era desde esa posición desde donde veía al joven Louise batallando con su esposa, quien gritaba y pataleaba para que la dejase libre de su agarre.

Portman no entendía la situación. ¿Qué hacía su mujer, a la que creía metida en la cama, viajando con un hombre al que jamás había visto? Le venían a la mente muchas preguntas, pero no era momento de preocuparse por ellas.

―¡Cuidado! ―gritó el señor Greasom en el instante en el que el carruaje comenzó a caer desde lo alto del barranco en dirección al profundo mar.

Portman rodó por el suelo, tratando de alejarse de la fatalidad. La carcasa que constituía el medio de transporte desapareció de su vista.

―¡ Milady , no, no! ―chilló de pronto el joven Louise.

La vista del vizconde buscó la fuente del pavor que se escuchó. Su esposa estaba corriendo hacia el acantilado a toda prisa. Se puso de pie lo más rápido que pudo y comenzó a avanzar sin descanso hacia lady Portman.

Todo ocurrió en una fracción de segundo. La mano de Thomas rozó la de ella, antes de que lady Portman se precipitase por el mismo lugar por el que acababa de caer el carruaje.

―¡Emily! ―gritó, devastado por no haber logrado atraparla.

Se quedó allí, en el borde del acantilado contemplando los restos del vehículo, con el cuerpo de su esposa derramado sobre las rocas, durante unos pocos instantes, que fue lo que tardó una gran ola en engullir lo que veían sus ojos.

A su lado se colocaron los dos hombres que lo habían auxiliado en las labores de rescate.

―Lo siento, milord ―dijeron, casi al unísono, ambos.

El vizconde se quedó inmóvil, sin poder desplazar la vista del mar embravecido que anunciaba que por el sudoeste se avecinaba una gran tormenta.

¿Qué acababa de suceder? No entendía nada y era incapaz de componer el rompecabezas con lógica.

Emily. Su vizcondesa. La madre de sus hijos.

Una mujer de temperamento callado que nunca lo había desobedecido, que había pasado la mayor parte del tiempo abstraída en sí misma, acababa de saltar al vacío para quitarse la vida.

¿Por qué? Era la pregunta que se hacía en su cabeza una y otra vez, y otra…

y otra. Aunque no deseaba averiguar la respuesta, dado que se intuía dolorosa.

―Mi mujer no llegó a salir del carruaje. Quedó atrapada y cayó cuando la estructura cedió desde lo alto ―dijo, conteniendo la congoja que sentía en su corazón.

―Por supuesto ―señaló el jefe de cuadras.

―Así ha sido ―alegó el muchacho pelirrojo y desgarbado que se encontraba a su lado.

No hizo falta dar más explicaciones. Se llevarían el secreto a la tumba.

Fuese lo que fuese lo que acababa de ocurrir, nadie sabría nunca que lady Portman se quitó la vida ante los ojos incrédulos de su esposo y otros dos hombres.

Ese era un pecado imperdonable a los ojos de la humanidad y del mismo Dios.

El corazón de Thomas se encogió preso del dolor.

No podría ahorrarles el sufrimiento por el que pasarían sus mellizos en cuanto supieran que la mujer que los alumbró no estaría más.

Dos pequeños sin guía femenina. Había esperado con ilusión que su esposa se interesase por su propio instinto hacia los niños.

Eso no había llegado a ocurrir y nunca lo haría ya.

No era tan sorpresivo, su propia madre tampoco le prestó especial atención en su niñez, pero él la amaba por el simple hecho de ser su madre.

Sus hijos llorarían desconsolados la pérdida de la vizcondesa, y la echarían de menos a la hora del desayuno, cuando solían reunirse los cuatro juntos. Era el único momento del día en el que se convertían en una familia unida que intercambiaba anécdotas y charlas sin demasiada formalidad.

¿Cómo podrían seguir Basil, Flavian y él mismo, después de la fatalidad que había sacudido la apacible existencia campestre de la que disfrutaban?

Y a la desgracia se unió el hecho de que la doncella encargada de los niños abandonó su puesto, semanas más tarde, para casarse con un granjero del pueblo colindante.

¡Estaban perdidos!