Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Prefacio
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Prefacio

Todo tiene un principio

Thomas Scott Foster era un hombre que no debería quejarse de su suerte.

Era una persona solícita que trataba de hacer feliz a los que le rodeaban, y lo había hecho especialmente con su fallecido padre.

Hacía años que había heredado su título como vizconde Portman.

Se enamoró de la mujer que su progenitor dispuso que sería su esposa casi en cuanto la vio.

Su belleza tuvo mucho que ver en el asunto.

¿Quién no querría a una mujer preciosa de su brazo?

Emily era perfecta, toda una rosa inglesa en su máximo esplendor.

Unos ojos azules oscuros espectaculares, una figura envidiable, dócil, tranquila, criada para ser la esposa de un noble y no dar problemas.

Ciertamente, Emily cumplía con su papel de modo encomiable.

Ni una discusión, ni un grito, todo aguas mansas.

Incluso cuando se acostaba con ella y le hacía el amor era tranquila y del todo sosegada.

Eran tan jóvenes que se presentaban como una pareja bellísima.

La vizcondesa le había dado dos hijos antes de cumplir el primer año de casados, tal y como se esperaba que hiciera. Los dos nacieron a la vez. Mellizos, parecidos tanto físicamente como de carácter, pero con diferencias considerables.

Basil, su heredero, y Flavian, a sus cerca de seis años, eran dos torbellinos incansables.

Toda la energía que no tenía su esposa la habían recogido ellos.

El vizconde Portman, sosegado, era raro que sacase su genio a relucir, aunque lo tenía.

Pues de padres muy sensatos y serenos, habían salido dos granujas que mantenían Roseclouds ―la casa de campo que tenía la familia en la costa de Dover― muy alborotada.

Portman se levantó de la silla, apoyó los dedos en el borde de la mesa del escritorio y miró el libro mayor de cuentas.

Todo estaba bien. La dote que trajo su esposa al matrimonio saneó el patrimonio de los Foster.

Emily, bendita fuera, había cumplido su papel de forma magistral.

Estaban cerca del aniversario de lady Portman.

No le gustaba malgastar el dinero, pero su esposa merecía una chuchería.

Tal vez le comprase una bonita pulsera de rubís.

Esas piedras preciosas estaban haciendo furor en la ciudad.

Lo haría en cuanto llegasen a Londres para disfrutar de la temporada.

Suspiró. Dejó cerrado el libro de economía y se dirigió al mueble donde reposaban los licores.

Se sirvió un dedo de brandy y se lo tragó sin paladearlo.

―¡Padre, padre! ―gritaron los niños, al tiempo que corrían hacia él.

―Ah, mis muchachos preciosos. Venid los dos aquí y abrazadme con fuerza ―les pidió.

Los mellizos lo hicieron. Les dio un beso a cada uno en la mejilla y los miró con amor―.

Os adoro, ¿lo sabéis? ―Les sonrió con ternura y orgullo.

Sus hijos eran lo mejor que había logrado en la vida.

Solo necesitaba enderezarlos un poco, aunque el arduo trabajo del vizcondado y los negocios no le permitían dedicarse a sus hijos tanto como le gustaría.

Solo si su esposa pusiera un poco más de su parte…

―Sí ―respondió con satisfacción Flavian.

―Padre… ―comenzó a decir Basil.

Se escuchó un gemido muy alto desde el pasillo. Los pequeños se encogieron. Él se dio cuenta de que se avecinaban problemas.

―¿Qué habéis hecho ahora, niños? ―La pregunta fue pura formalidad. Thomas supo que algo grave había sucedido en cuanto la niñera de los mellizos entró minutos después empapada, de la cabeza a los pies, y gimoteando con furia.

Basil solía ser el instigador de las rebeliones, Flavian lo seguía en todas las batallas.

―¡Esto es intolerable, milord! ―gruñía la señora Phillips, al tiempo que sus hijos se ocultaban tras las piernas de él.

Thomas veía a la mujer muy alterada, y mientras la observaba mirando con ira y aires inclementes a sus dos polluelos, él estaba rezando una plegaria para que no dijese lo que intuía que vendría a continuación.

Además, se contenía para no reírse del aspecto que ofrecía la señora.

Con el pelo mojado y la cofia de lado, la correcta y severa niñera se veía esperpéntica.

Era inapropiado no compadecerse de la mujer que contrató tres meses atrás.

Incluso sus gafas tenían pequeñas gotas que no evitaban que él observase sus ojos inyectados en sangre.

―Esta vez no ha sido culpa nuestra ―comenzó a excusarse Basil.

―Es verdad, ha sido la señorita Phillips la que ha decidido pasar por debajo de la ventana por donde hemos vaciado la bacinilla ―corroboró Flavian, sin comprender la gravedad de lo que acababa de revelar. Los chicos solo habían pretendido ayudar en las labores de la casa.

―¿¡Un orinal!? ―gritó, llena de indignación la mujer, al comprender exactamente de qué estaba recubierta en realidad.

Portman se estremeció ante el chillido sin contención dado por la niñera. ¡Dios santo! La mujer estaba impregnada de orín.

―Señora… ―comenzó a decir él, tratando de apaciguarla.

―¡Renuncio! ―chilló la mujer de nuevo, provocando que los niños se tapasen, esta vez, las orejas debido a la violencia del estallido de ira de la mujer.

Cuando Portman solicitó los servicios de una niñera a la agencia de colocación de Pullman & Down de Londres, pidió específicamente a una mujer de mediana edad y con la paciencia de Job.

Las muchachas jóvenes solían ser más permisivas y los niños necesitaban mano dura.

Esa era la tercera niñera que ellos habían tenido desde que falleciera su nana ―a la que adoraban―, a causa de unas fiebres a las que Basil y Flavian sobrevivieron, hacía relativamente poco.

El vizconde acababa de comprobar que la mujer no poseía tanto aplomo como le aseguró que tenía en la entrevista que mantuvieron cuando llegó al campo para ocupar su lugar. Aunque viendo su aspecto podía entenderlo. Sin embargo, ella había pronunciado la palabra que él más temía.

Después del parto, su adorada Emily no volvió a ser la misma.

Estuvo alicaída y triste desde que los mellizos llegaron al mundo, con algunos golpes de alegría que duraban menos de lo que él quisiera.

Portman lo había interpretado al principio como una extensión de la docilidad de su vizcondesa, pero cuando se cayó por las escaleras, y vino el médico a revisar, en especial su tobillo, le explicó que la dama se apreciaba apática.

Poco a poco, su esposa había mejorado. No obstante, en las últimas semanas la había visto más enérgica y vital que nunca.

Incluso la había escuchado cantar, y él desconocía que lady Portman supiese hacerlo tan bien.

Thomas Foster miró a sus hijos con seriedad y los vio encogerse. Volvió a poner su mirada en la mujer que acababa de decir que abandonaría Roseclouds y sintió pánico. ¡No podía perder a otra niñera más!

―Le doblaré su estipendio, señorita Phillips, por los inconvenientes. Y le compensaré esta terrible complicación de modo extra. ―No iba a suplicar… todavía.

La aludida, que ya había emprendido el camino hacia la salida, se dio la vuelta y lo miró con aires de superioridad. Por un instante se sintió como un sirviente que tenía enfrente a su patrona.

―Ni aunque me lo triplique me quedaría, milord.

Mi dignidad vale más que unas monedas. Le deseo suerte con la próxima insensata que se presente ante su familia.

Tal vez sería apropiado comprar un par de varas y explicarles a sus…

―deseaba decir monstruos. No lo diría. Ella era alguien con una educación impecable.

Además, poseía recursos a su alcance para abandonar el empleo.

No pasaría por más torturas con la progenie del vizconde― …

vástagos que toda acción tiene sus consecuencias.

Se lo aconsejo encarecidamente. Si desea enderezar a esos dos engendros de Lucifer ―no pudo reprimirse, los niños la miraban como si no hubiese ocurrido una desgracia intolerable―, deberá usar toda la disciplina que tenga a su alcance o lo lamentará en el futuro.

Portman se irguió ante las palabras de la mujer. Podía entender su malhumor, a nadie le gustaría que la rociasen con orín mientras paseaba, sin embargo, se había excedido con sus crueles palabras con una sugerencia tan atroz.

―Precisé, durante su entrevista, que no toleraría ningún castigo físico.

Y después de escuchar el modo tan horrible en el que se ha dirigido a los honorables Basil y Flavian Foster ―hizo hincapié en los títulos de cortesía de sus pequeños con gran ceremonia―, le pido encarecidamente que salga de mi casa para no volver, señorita Phillips.

―No veo el momento de alejarme de aquí y perder a esos dos…

―¡Cuidado, señorita! ―la llamó al orden al intuir que una nueva afrenta podía salir de su boca.

Ella apretó los labios, les dio una mirada del todo gélida al padre y a sus dos hijos, y luego se marchó de allí como si fuese una reina despreciando a sus súbditos.

El vizconde suspiró. Los mellizos salieron de su improvisado escondite y él se acuclilló para observarlos con severidad en cuanto estuvieron frente a frente.

―¿Qué voy a hacer con vosotros? ―Los veneraba, no había duda de eso. La cuestión era que se metían en problemas día sí y día también.

―No ha sido culpa nuestra ―se excusó Basil―. Era imposible saber que ella pasaría por debajo de la ventana en ese instante.

―Además, no debería quejarse, rebajamos el pis con agua para que no oliese tan mal ―señaló con naturalidad el otro implicado en la fechoría. Sí. Eso apestaba a travesura, se dio cuenta el vizconde.

―¡Flavian! ―lo regañó su hermano por haber desvelado un detalle del plan que decía demasiado sobre las intenciones reales.

Portman observó a Flavian taparse la boca de pronto.

―No quería decir eso ―señaló el niño―. No planeamos nada. No silbé en cuanto vi a la señorita Phillips para que mi hermano soltase el contenido del orinal sobre ella.

―Oh, Flavian. No debería contar contigo para tramar…