Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Epílogo #3
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Epílogo #3

―Tenía que saber la verdad de lo que pasó cuando te marchaste sin despedirte.

Te prometí que serías mío y todo me impulsó a ser intrépida y temeraria.

En mi fuero interno sabía que debía luchar una última batalla.

Eres un hombre excepcional, Avery Sullivan.

Una mujer enamorada no se olvida jamás del verdadero amor.

¿Cómo pretendías que yo siguiese con mi vida?

Lo intenté, pero no lo conseguí. No sé todavía la suerte que tuvimos cuando mis pretendientes comenzaron a huir de mí porque estaba empeñada en casarme con el primero que me impresionase.

―Bufó tras acordarse de que eso no fue fruto de la casualidad.

Él ya lo había confesado antes de casarse―.

Aunque fuiste tú quien los ahuyentaste y todavía no sé cómo me siento a ese respecto. Porque cada vez que lo recuerdo…

―Agradecida, como yo. No pude enfadarme contigo cuando descubrí tu engaño, mi bella cortesana francesa, porque comprendí la oportunidad que tenía ante mí. Así que te recomiendo que hagas lo mismo, dado que será más fácil para los dos olvidar viejas rencillas y seguir adelante.

―Uhm. Podría hacerlo ―señaló, mientras lo empujaba con la mano colocada en su torso para hacerlo sentarse en la silla más cercana.

―Debo preguntar, ¿qué es lo que te propones, querida?

―Quiero que te acaricies para mí, Avery.

―Me gusta que seas tan atrevida, pero si pongo mi mano sobre mí, podría terminar antes de empezar.

Estoy muy ansioso por ti, Eve. Quiero liberarme dentro de tu cuerpo, no sobre el suelo como solía ocurrir cuando…

―Se calló porque se dio cuenta de que no era bueno traer a colación su pasado más pícaro.

Eso y que ella había levantado esa ceja que tanto le hacía recordar al duque de York.

―Entonces… ¿No vamos a jugar un poco?

―Si te tiendes en la cama y me lo permites, puedo… entretenerte y te aseguro que te complaceré.

―¿Habrá besos? La última vez estaban especialmente prohibidos… salvo uno.

Él se rio emitiendo una larga carcajada debido al tono tan seductor que ella le dio a la sentencia.

―Habrá todo tipo de besos.

―¿Siempre?

―Siempre ―le confirmó él.

Evangeline ya se había tumbado sobre el colchón de plumas y él se estaba colocando sobre ella.

La besó con ternura. Pequeños besos como alas de mariposa.

Luego comenzó a ser un poco más tentador.

De modo que la caricia inicial acabó transformándose en besos crudos que los hacían gemir a ambos.

Ella lo tenía apresado entre sus brazos y con las piernas rodeando su cintura.

Avery se apartó de su boca y comenzó a besar su cuello. Las manos estaban en sus pechos. Tan rosados, tan apetecibles… La boca se le hacía agua. De un tamaño perfecto para que le cupiesen en las palmas de las manos. Rozó y acarició con suma expectación, siempre atento a las reacciones de su esposa.

―Averyyyyy ―gimió, en el momento en el que él engulló un pico enhiesto.

―Deliciosa…

Mientras la mano izquierda amasaba con suavidad el otro pecho, él mamaba de ella con deleite. Besó, acarició y lamió cada centímetro de sus senos, paladeando especialmente sus tersos pezones.

Sullivan percibió las manos en sus hombros en el momento en el que ella adivinó cuál era el siguiente destino de él.

Tal vez no se diese cuenta de lo que hacía, porque ella estaba más encendida que una cerilla, pero su pequeña codiciosa lo estaba obligando sutilmente a ir hacia su centro.

Oh, sí, estaba convencido de que podía recordar aquel beso íntimo lleno de lujuria que le dio entre las piernas, después de que ella lograse alcanzar el éxtasis.

Besó la carne de su vientre, ese que pronto se llenaría con su semilla y se hincharía con sus hijos. Llegó a sus rizos. Aspiró. Ella olía a mujer, a lascivia, a promesas… a amor.

No se lo pensó ni un momento más. Era preciso recordar su sabor, su suavidad. Le abrió los pliegues y tras contemplarla unos breves instantes, sacó la lengua y se zambulló entre su humedad para recoger el rocío que allí se formaba.

Dulce, con un punto picante. Ella era así. Y en esos momentos no se arrepentía ni un ápice de haber tomado la firme determinación de no tener jamás a ninguna mujer que no fuese su Evangeline. Su Eve. Su esposa. Su vida.

―¡Dios mío! ―gritó ella, llena de júbilo. Lo necesitaba precisamente ahí.

Avery debía borrar de la memoria de su esposa el último encuentro.

Tenía que hacerla dichosa y darle seguridad para que lo buscase cuando lo necesitase, para que se entregase sin reticencia a él.

Ella no estaba relajada del todo. ¿Cómo lo sabía?

Porque en cuanto apoyó un dedo en su entrada para que acompañase a su lengua, ella hizo presión para evitar la intrusión.

Se separó de su humedad y levantó la mirada. Ella se retorcía mientras lo observaba con los ojos cargados de deseo y molesta porque había parado su acción.

―Vas a tener que confiar en mí, Eve. No habrá dolor jamás. Te prepararé bien y te prometo que verás fuegos artificiales.

―Cuesta olvidar lo que fue ―rebatió.

―Y me maldeciré toda la eternidad por lo que pasó. Pero no fue culpa solo mía. Si hubieras desvelado tu secreto yo…

―Me habrías enviado a casa ―lo cortó ella entre un bufido.

―Está bien. No vamos a sacar nada en recrearnos con el pasado. Solo siénteme y recuerda que tu esposo te ama como si fueses el regalo más preciado entregado a sus manos por los dioses del Olimpo. Eres mía para cuidar, proteger… y complacer. ¿Me crees?

―Sí ―afirmó de inmediato.

―Demuéstralo ―la retó con una sonrisa.

Avery se volvió a concentrar en su labor.

Su lengua se movía a un ritmo más que trepidante.

Un primer dedo había conseguido conquistar su suave cavidad.

Decidió darle más emoción al asunto. Apoyó la boca en un lugar exacto y castigó ese punto, que la hacía gemir, suspirar y gritar, sin darle tregua alguna.

Un segundo dedo era necesario para estirarla bien. Le costó, pero logró que lo aceptase.

―Averyyyy… puedo sentirlo… se acerca pero…

Se separó un poco de ella. Los dedos de su otra mano sustituyeron su lengua mientras movía con concentración los que estaban en el cuerpo de ella. Necesitaba llevarla a la cúspide porque era cuestión de vida o muerte hundirse en ella y que su falo estuviese rodeado de su calor.

―Evangeline, ¿estás bien? ¿Sientes cómo mi presión no te lastima? ―Movió los dedos para que entendiese lo que le preguntaba.

―Sí, sí, sí. ―Ella no era consciente de nada más allá de la cruda pasión.

Con una sonrisa en el rostro, él regresó su boca al lugar donde debía estar. Preparado. Listo. Hambriento. Encantado.

―Mi amooooooor ―explotó ella, en cuanto la lengua de él regresó para darle la más dulce de las torturas.

Bebió de ella. La recompensa a su esfuerzo le supo a gloria divina. Dulce, picante y suya. Así era Evangeline.

Dejó de lamerla, porque ya había cumplido su cometido y llegó hasta su rostro. Eve lo envolvió en un abrazo de lo más reconfortante. Los ojos de uno sobre los del otro.

―Ha sido maravilloso, esposo. ¿Crees que podría dormir una ligera siesta?

―Cuando terminemos.

―Ah, pero es que yo ya he terminado… ―alegó con cierta firmeza divertida.

―Eso es lo que tú te crees.

Avery se sujetó su hombría con la mano derecha y buscó la entrada de su mujer. Ella lo percibió y movió las caderas hacia el lado contrario. Esa operación se repitió tres veces más. Evangeline dejó escapar una ligera risa. Él no estaba de humor. ¡Necesitaba tomar a su esposa!

―Has dicho que confiabas en mí ―le recriminó en tono enfurruñado.

―Por supuesto. Cuando se refiere a caricias o tu boca… dándome ese tipo de beso tan pecaminoso, lo hago.

―Quiero hundirme en ti, Eve. Esta vez no te dolerá. Te lo garantizo. ―La mano de él abandonó su virilidad para comenzar a acariciar ese botón femenino que esperaba que la adormeciese.

No tardó demasiado en sentirla laxa. Estaba de nuevo empapada y controló el impulso de volver a lamerla. Hizo malabares para colocarse de nuevo en su entrada sin abandonar la caricia que le otorgaba y reclamarla. No lo haría todavía.

―Estoy lista… Puedes partirme en dos. ―Efectivamente ella sonó como una vestal preparada para la muerte.

Avery la besó tiernamente y después de hundirse un poco en su interior se separó para mirarla.

―Si en algún momento te hago daño, pararé. Lo primero siempre serás tú, esposa. Estoy apenas dentro, ¿cómo te sientes?

―Extraña. Hay presión, pero no aquel fuerte dolor.

―Solo siénteme a mí. Te gusta que te acaricia aquí, ¿verdad? ―Le dio más intensidad a sus dedos y ella gimió.

―Sí. Me gusta muchísimo.

―Voy a entrar un poco más. Confía en mí, Eve. Esto es para los dos. Te daré más placer y terminaremos juntos. Necesito que me mires cuando consigas liberarte. Mírame a los ojos como cuando lo hacíamos en el club. Siempre voy a querer que compartamos ese instante. ¿De acuerdo? ―Ella asintió.

Se desplazó sin prisa. Estaba tan apretada que no dejarse llevar y acabar hundido hasta la empuñadura era una misión complicadísima.

Se sentía el paraíso en la Tierra. Suya al fin y de la manera que mereció ser tomada en un primer encuentro.

Con delicadeza, solo atendiendo su necesidad, su placer.

Este acto era para Evangeline y solo para ella, así que Avery se juró que costase lo que costase no iba a apresurar el momento.

Además, la expectación era sublime. Cada pequeño paso dado lo hacía sentir al borde de una muerte tan magnífica…

No supo cuánto tiempo trabajó en el asunto, pero al fin, llegó a su destino. Estaba completamente hundido en su interior. Ella lo miraba expectante.

―¿Ya está? ¿Hemos terminado? ―Eve estaba tranquila. No había dolor. Sí una sensación de plenitud. Estaba muy llena.

―¿Cómo me sientes, mi amor?

―Rígido.

Él se rio.

―Si no lo estuviera no habría podido cumplir con mi trabajo.

―¿Y ese cuál era?

―Reclamarte al fin como mi esposa.

―Ah… Entonces… ¿yo también te he reclamado como mi esposo?

―Desde la primera sonrisa que me ofreciste para hacerme saber que me iba a meter en dulces problemas.

Le tocó el turno de reír a ella.

―No tuviste nunca ninguna oportunidad.

―No. Caí a tus pies, Eve. Tan fácilmente que debería estar avergonzado.

―¿Vas a seguir o ya hemos terminado?

―He conseguido que no pensases en lo que me proponía y ha resultado.

―¿Qué? ―Él, que había comenzado a balancear sus caderas hacía unos pocos segundos, estaba yendo un poco, solo un poco, más rápido.

―¡Aaaah! ―Avery acababa de salir casi por completo de su cuerpo y había alargado el recorrido para chocar directamente contra su botón y un punto extraño en su interior.

―¿Quieres que pare? ―preguntó con un tono burlón.

―Quiero más. Muéstrame, mi vida. Hazme el amor.

―A sus órdenes, señora Sullivan.

Comenzó a moverse con cuidado pero sin olvidar que la meta era darle placer. Montones de placer.

Ella gemía, gritaba. Tenía que admitir que su esposo estaba haciendo una excelente labor. Eve dejó de estar quieta, subió sus piernas sobre los duros glúteos de él y comenzó a moverse para buscar eso que tanto necesitaba.

―¡Evaaaangelineeee!

―Sí, sí, sí… Ya estoy, ya estoy… Un segundo, un segundoooooo.

Los dos esposos se dejaron llevar en lo que resultó ser una comunión grandiosa. Absorbieron su propio placer a la par que embebían el uno del otro, pues sus miradas no se habían apartado en ningún momento.

Avery se dejó caer con precaución sobre ella. Eve lo apretó con codicia.

―¿Me amas? ―preguntó ella.

―¿No te lo he demostrado suficiente?

―Dímelo, necesito oírtelo decir. Dime que me amas. Susúrrame la verdad al oído cuando todavía te siento duro dentro de mí. Mientras todavía somos uno.

Él le acarició el pelo. La besó en la boca y luego se dirigió a su oído para decirle:

―El cielo me bendijo cuando te encontré, mi vida. No hay más mujer que tú. No habrá jamás otra como tú. Te amaré hasta que muera e incluso en la otra vida lo seguiré haciendo. Tú eres mi razón de existir, Eve. Solo tú. Siempre fuiste tú y solo tú.

―Te hago la misma promesa, Avery Sullivan. Solo tú y siempre tú. Te elijo una y mil veces, amor mío.

Aquel día se pusieron los cimientos para que la familia Sullivan se ampliase. Eve lo había sabido. De alguna manera estuvo segura de que Avery la había dejado embarazada y sería paciente hasta descubrirlo.

Fin.