Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Epílogo #2
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Epílogo #2

―Vayamos y comencemos a vivir nuestra vida en familia, Regina.

¿Crees que Ranfield y Sullivan se llevarán mejor ahora que cuando coincidían en Snow Cottage?

Deseo que se conviertan en hermanos y que tú y yo podamos visitarnos siempre que lo deseemos.

Los cuatro tenemos que llevarnos bien, Regina.

La locura nos unió y no quiero perder este vínculo que establecimos con nuestras escapadas al club.

Regina le sonrió de todo corazón. Ranfield no había sido sociable con Sullivan desde su juventud y ya tenía el motivo sobre la mesa.

―Te prometo que haré todo lo que pueda para que encontremos la felicidad, hermana. ―Y de verdad esperaba poder cumplirlo.

Se acercaron hasta la terraza para unirse a sus inminentes esposos. Detrás de ellos vieron al duque, en compañía de Isobel, del hermano de York y de Theodore.

Sullivan miró embelesado a Eve. Ranfield hizo mucho más que eso.

Agarró a Regina de la cintura y la acercó muchísimo a su costado.

La mirada de la hermana menor se movió por inercia hacia Banstorn.

Él se veía muy sereno. No contento, pero sí tranquilo y sosegado.

Sospechaba que el duque no le había permitido a Liam escabullirse de la ceremonia.

¿Debería ella agradecerle su intervención, aunque no supiera si su enlace sería algo bueno o no en el futuro?

¿Debería hacer como que no sabía que era una buena persona bajo la fachada de un sinvergüenza?

―No alientes a un hombre si no quieres verle en un campo de duelo, porque ahí jamás pierdo, mi vida ―le susurró Lawrence, discretamente y solo para sus oídos.

Regina sintió la posesividad de él en cada palabra emitida.

Su corazón no se llenó de dicha. No, en absoluto.

Ese tipo de posesión que él emanaba era muy peligrosa.

Desvió la mirada rápidamente de Banstorn, dibujó una fingida sonrisa en el rostro y oró una breve plegaria porque ese momento solo hubiese sido el resultado de unos celos pasajeros.

Su vida estaba a punto de comenzar y, por Dios, que ella haría todo lo que estuviese en su mano para que su matrimonio saliese bien.

Su hijo merecía una familia feliz y ella pretendía ser una buena esposa.

Regina observó a su hermana aproximarse a Banstorn. Sullivan se apartó de su prometida, supuso, que para darles un momento de intimidad. Ahí supo que Evangeline tenía a un hombre que confiaba en su futura esposa y que no necesitaba reafirmarse ante nadie.

Eve había tenido el impulso de acercarse a Liam y fue lo que hizo en cuanto lo divisó entre el resto de los testigos de su inminente enlace.

―Gracias por venir, significa mucho para mí, Liam ―le dijo la mayor de las Dreyer con el corazón en la mano.

―No me lo perdería por nada del mundo. ―El hermano de York le dio un beso en la mejilla.

Nadie dijo nada. Todos intuyeron que acababan de hacer las paces. Incluso Sullivan estuvo de acuerdo con el gesto de Banstorn. No lo censuró. Se acercó y le tendió la mano. El hermano del duque se la aceptó.

Regina suspiró al ver toda la escena. Sonrió. Evangeline estaría perfectamente con el antiguo administrador de su padre. Había hecho bien en soltar su lengua y confesarle a Sullivan que ellas dos habían estado en su club.

La doncella les dio a las hermanas las dos rosas rosas de tallo largo y toda la familia se dirigió hasta el salón principal, donde un ministro de Dios estaba ya esperándolos.

Sobra decir que Ranfield no soltó a Regina de la cintura en todo el trayecto. Sullivan llevaba del brazo a Eve. Las dos parejas se colocaron en su posición y el enlace comenzó con las palabras del obispo:

―Queridos hermanos…

Y las dos hijas del anterior conde de Snow se convirtieron en mujeres casadas en lo que parecieron unos pocos minutos. La nueva señora Sullivan resplandecía. La recién estrenada condesa de Ranfield se mostraba más comedida. La familia estaba encantada.

Antes de proceder al almuerzo nupcial, Liam Banstorn se excusó y se marchó.

Se llevó consigo a Theodore con la tibia objeción de Isobel.

El joven conde de Snow estaba demasiado predispuesto a cometer…

lo que fuera que hacía con Liam. Las hermanas le permitieron a Theodore la huida y comprendían la de Banstorn.

Por lo que Evangeline había podido escuchar, Liam le comentó algo de una orgía a York. La señora de Avery Sullivan dio por supuesto que sería algún tipo de reunión muy importante que incluía además la participación del duque de Phenton y la del vizconde Portman.

La celebración transcurrió en un ambiente muy íntimo donde todos fueron muy joviales, incluido el conde de Ranfield, a quien Regina no sabía qué cara atribuirle como la verdadera. Bien. Fuese como fuese, ella pronto averiguaría lo que le deparaba el futuro más cercano.

***

Regina había emprendido el viaje hacia Ranfield Manor, mientras que Evangeline y su esposo pusieron rumbo a Dover para llegar lo antes posible a su nuevo hogar.

Avery había hecho las gestiones a toda prisa para que el lugar fuese de su propiedad antes del enlace.

La señora Sullivan no sabía a qué iba a enfrentarse y, cuando horas más tarde bajó del carruaje ―un vehículo donde Avery se había sentado al otro lado, bien lejos de ella para no caer en tentaciones―, divisó una preciosa casa de piedra que era bastante grande, pero de dimensiones inferiores a York Park o Snow Cottage. La amó en cuanto la vio.

―¿Es como esperabas? ―le preguntó Sullivan, quien estaba a su lado y no se perdía detalle de su reacción.

Los dos miraban su nuevo hogar desde el acceso principal.

―Es tal como dijimos que sería. ¡Te has acordado de que me gustaba la piedra en el revestimiento!

―Mi amor, recuerdo todo lo que dices en todo ―repitió con mayor énfasis la palabra― momento.

―¡Oh! ―exclamó, en cuanto su esposo la alzó en brazos para llevársela al interior de la casa―. ¿Qué pretendes? ―preguntó, al ver que él comenzaba a correr. Evangeline se sujetó el pequeño sombrero para evitar que se cayese.

―A la cama.

―¡No! Es demasiado temprano. ―Esas cosas se hacían en la oscuridad, en su noche de bodas, por supuesto.

La pobre Isobel había tratado de darles una charla a sus hijas sobre lo que debían esperar.

Por supuesto, Regina ya no la necesitaba, así que se quedó solo Evangeline.

En cuanto la duquesa dijo que el hombre tenía una herramienta parecida a un palo, que debía ir metido en una especie de círculo en la mujer…

Ella la frenó de inmediato para decirle que prefería descubrirlo todo por su cuenta.

No quiso explicarle que ella estaba tanto o más mancillada que su hermana pequeña. No había necesidad.

―Nunca es pronto o tarde para hacer uso del matrimonio. Voy a demostrártelo.

―Si va a ser la misma demostración que la última vez que me tuviste lista y dispuesta… ―comenzó a decir ella, con una ceja alzada como si fuese una gran duquesa y no la orgullosa esposa de un hombre de negocios.

―Un golpe muy bajo, Eve. Pienso resarcirte para que olvides aquello.

―Veremos… ―dijo no muy convencida. El dolor que sintió iba a ser complicado de olvidar.

―Un reto. Mantén ese pensamiento, porque siempre fui muy competitivo.

―¿No hay nadie en casa? ―Él la iba guiando, mientras recorrían su nuevo hogar, y no había visto a un alma viviente. Lo normal era que el servicio estuviese listo para ser presentado a su esposa.

―El personal que contraté vendrá mañana. Nos dejaron preparada la comida y algo frío para la cena. Solos los dos, mi vida.

―¿Qué tramas? ―Ya habían llegado hasta la habitación.

Él la dejó en el suelo. Su esposo parecía tener un plan muy elaborado.

Le dio una rápida mirada a la estancia. Era acogedora, con muchas posibilidades.

Lo importante era que tenía una cama… inmensa y se veía nueva.

Rodó los ojos. Eso seguro que era lo único que le había importado a su esposo.

La mirada de Eve se posó en Avery porque esa vista era más apetecible y… excitante.

―Todo bueno, te lo prometo.

Evangeline comenzó a reírse al verlo tan ansioso. Él se había quedado desnudo, con una velocidad tan increíble que no sabía si se arrancó la ropa que tenía esparcida a sus pies.

―¿Qué esperas que haga? ¿Tengo que obedecer órdenes también, monsieur Sullivan? ―Por descontado puso su acento francés.

―Tuve que haberme dado cuenta… ¡Tramposa!

―Me encontraste irresistible. Admite que hice un buen trabajo ―señaló ya en el idioma del rey.

―Hazlo desnudándote.

―¿Me harás de doncella? ¿Esta vez puedes tocarme? Porque el vestido no está hecho para una cortesana que tiene que desvestirse sin ayuda.

―Oh, señora Sullivan, no solo voy a tocarte. Voy a lamerte en todas partes y pienso estar tan encima de ti, que no sabrás dónde termina tu cuerpo y dónde empieza el mío.

―¿Es una promesa? ―le preguntó, en cuanto él se colocó a su espalda para ayudarla con su vestimenta.

―Va a ser un hecho.

―¿Y qué más me harás?

―De todo y será fantástico.

―Uhm… Eso deberé juzgarlo cuando terminemos ―señaló desafiante.

―Es lo justo. Sí. Esto va a ser para ti, pero lo voy a disfrutar muchísimo.

Avery la desenvolvió como si fuese un precioso regalo y cuando la tuvo desnuda dio un paso atrás para admirarla. Era perfecta. ¿Cómo no se dio cuenta de lo que tuvo frente a él en su club?

―No era natural que una mujer me tuviese de rodillas cuando juré que solo serías tú.

Me engañaste bien, lo reconozco, Eve. Nunca imaginé que la correcta hija de un conde sería tan audaz y contaría con un plan tan elaborado.

Le ocultaste la verdad a mi mente, pero mi cuerpo lo sabía y me hiciste rendirme.

Ella se acercó a él para darle un beso muy tierno mientras le acariciaba la mejilla.