Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Epílogo
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Epílogo

Deseos cumplidos

Evangeline cortó la última rosa y la depositó en la cesta de mimbre tras quitarle las espinas.

Suspiró. Después de tres días lloviendo sin parar, al fin el sol salía.

Excelente presagio. Pronto sería la señora Sullivan.

Atrás quedaría su título y el desamor. Estaban por llegar momentos increíbles con los que había soñado siendo apenas una niña de quince años.

Se iban a establecer en una pequeña pero confortable casa, cerca de la costa.

En el campo. Ese remanso de paz iba a ser su hogar, el de sus hijos.

Sullivan trabajaría desde allí, aunque tendría que viajar a Londres ocasionalmente.

El señor Cook se comprometió a ser un buen reemplazo como cabeza de El placer del infierno.

―¡Evangeline! ―Oyó un grito desde las puertas francesas. Era Regina.

La hermana mayor se giró para verla. Estaba impecablemente vestida envuelta en muselina gris perla, con un lazo turquesa ceñido al pecho y el escote adornado con encaje blanco.

El contraste con el traje que había elegido Eve era elevado.

Evangeline optó por un atuendo de seda en tono dorado, con un lazo blanco fruncido bajo los senos.

No tenía ni una sola puntilla ni volante.

Lo único que era similar, en los vestidos que las Dreyer habían elegido para el día de su boda doble, eran las mangas abullonadas.

Evangeline estaba nerviosa, pero no tanto como lo parecía Regina. Dado que ambas hermanas habían conseguido alcanzar la felicidad y curar su corazón solo debía haber satisfacción.

Esa misma mañana se casaban y la futura señora Sullivan había querido cortar ella misma cuatro flores que su hermana y ella llevarían a modo de sencillo ramo.

Creyó que nadie la pescaría vestida de gala y cortando las flores.

Si Isobel se enterase de su osadía… Pero quería tener algo en común con Regina para recordar ese día.

Las dos amaban las rosas rosas y se casarían juntas sosteniéndolas.

Le ofreció la cesta a una doncella, se quitó los guantes de podar y se colocó los de seda blancos. Regina ya se estaba acercando a ella con la idea de darle una buena reprimenda. Eve lo veía en el rostro de Regina.

―Buenos días, hermana ―la saludó Eve.

―¿Estás loca? No deberías estar cortando flores poco antes de tu boda. ¡Podrías arruinar tu precioso vestido!

―Eso no ha pasado. Así que te ruego que te serenes.

―¿Serenarme? Hoy es nuestra boda, la familia está preparada e Isobel se volverá loca si nos ve en el jardín con nuestras mejores galas.

―Mira. ―Le señaló la cesta de mimbre de la doncella, quien no había osado abrir la boca porque la morena sí parecía una arpía. Regina vio lo que había dentro y se sintió desbordada.―. Quiero que las llevemos mientras recitamos nuestros votos nupciales.

Regina sintió que una lágrima se deslizaba por la mejilla derecha. Tomó una de las flores, se la llevó a la nariz y aspiró su aroma. La dejó en su lugar. Comprendía que Eve hubiese querido tenerlas recién cortadas porque era cuando mejor olían.

Evangeline le pidió a la doncella que entrase en casa y lo hizo. Ambas Dreyer necesitaban un momento a solas.

―Las favoritas de mamá. Nuestro padre la solía ayudar cuando trabajaba en el jardín, antes de que cayese enferma. ¿Lo recuerdas, verdad, Evangeline?

―Sí. Por eso cuando nos instalamos en casa de York le pedí a Isobel que me cediese un pedacito del jardín, para tener las flores de nuestra madre. Nuestra madre, nuestro padre… ―Eve trataba de contener la emoción al recordar a los difuntos condes de Snow, a Walter y a Fiona.

―Gracias ―dijo Regina, tras limpiarse la humedad del rostro y calmarse―. Cuando me instale en Ranfield Manor ―era el nombre de la finca campestre de Lawrence― pienso tener mi propio jardín. Rosas como las de mamá.

―¿Has decidido también ir al campo y quedarte allí?

―Sí. La ciudad no me interesó nunca. La tranquilidad es más refrescante. Si él ―añadió en alusión a su prometido― no me obliga a moverme de allí, no creo que lo haga.

―¿Estás bien, hermana? ―se interesó Eve. Regina había estado estos días pasados ausente. Creyó que era por la emoción, pero…

―Perfectamente. Al fin he cumplido mi deseo más secreto. No creí que lo consiguiese y estoy a punto de casarme con Lawrence. ¿Estás contenta con la boda, Evangeline? ―interrogó con suavidad.

―Llevaba desde los quince años imaginando este día. Será una ceremonia sencilla, pero nuestra familia estará con nosotras y es lo que importa. No necesitaba algo ostentoso, con la catedral de fondo y muchísimos invitados a los que no conozco. Lo prefiero así. ¿Tú no?

Regina asintió y luego le explicó que:

―Yo también lo prefería de ese modo porque bien sabes que soy muy sencilla.

A lo que me refería era sobre tu futuro esposo.

¿No tienes dudas? Pasar toda la vida con un hombre…

encadenada a él. Seremos sus esposas, suyas…

―Regina suspiró. La conversación tan reveladora que tuvo con Ranfield, y que le agrió la felicidad, no la compartiría con nadie.

―Entiendo lo que quieres decir. Nuestros padres no fueron nunca rígidos.

Isobel fue nuestra amorosa amiga, una que solo empleaba su tono de institutriz cuando en verdad era necesario.

York no opina de nada a menos que su duquesa se lo pida.

Hemos saboreado la libertad durante mucho tiempo, y posiblemente gracias a ello, hemos cometido la locura de acceder a un club malvado del que no tendríamos que conocer ni su existencia.

Todo está a punto de cambiar porque nuestros esposos serán la ley y deberíamos acatar lo que sea que dispongan.

―Evangeline se quedó un momento pensando en sus propias palabras―.

Creo que será protector y magnánimo al igual que trataré de serlo yo.

Amo a Avery. Lo he amado durante demasiado tiempo, incluso en esos años en los que nos mantuvimos separados.

Seremos felices. Sé que él siente lo mismo por mí.

―No mentía, él se había mantenido célibe, perverso pero virgen, hasta que ella llegó. Eso significaba muchísimo para Eve.

―Es cierto, Sullivan te adora y siempre lo hará.

Lamento mucho que estuvieseis lejos el uno del otro, hermana.

―Era injusto que Ranfield le hubiese colocado ese peso en su espalda.

Se sentía responsable por saber lo que hizo su prometido y el motivo que lo llevó a hacerlo.

No debía confesárselo a nadie. Demasiado doloroso.

Regina sentía como si Dios la hubiese colocado en el mundo para arreglar la injusticia que el padre de su bebé había hecho.

¿Se acabaría ahí esa sensación? ¿Podría olvidarlo todo y seguir adelante?

Se precisaba tiempo para averiguar la respuesta a esa pregunta.

Regina no tenía tanta seguridad como su hermana sobre su futuro inminente.

―No pienses en el pasado. Lo que importa es lo que tenemos ahora ―recomendó Eve.

Regina estuvo de acuerdo.

―Sí. Supongo que de nada sirve echar la vista atrás y maldecir lo que pasó.

Eve le tocó el brazo con suavidad, tras observar que su hermana tenía una mirada muy triste.

―¿Hay algún problema? Di por supuesto, cuando York anunció nuestro compromiso en mi fiesta donde Liam fue sustituido por Avery, que todo había resultado bien… ¿Me equivoqué? ―Regina parecía ansiosa y no de la forma que debería verse una futura esposa. Estaba alicaída.

―Todo se ha resuelto bien. ―Le sonrió para tranquilizarla―. ¿Has hablado con Banstorn? ¿Crees que vendrá? ―Regina quería desviar la conversación.

―No desde que él se marchó furioso aquella noche.

¿Regresar? Es imprevisible, ya lo sabemos.

Tal vez venga, se emborrache y haga un estropicio.

Antes escuché a York decirle a Isobel que si Liam finalmente aparecía no debía servir ninguna fuente con ponche u otro licor.

Algo sobre orinar ahí… No preguntes. Por lo visto una vez lo hizo en medio de una fiesta tras enfadarse con alguien.

―¿Que hizo qué?

―Desnudo. Sí. Escandaloso. Olvida lo que he dicho.

Regina se rio por lo bajo.

―No me sorprende que haya hecho algo como eso. Le gusta ser tremendamente inmoral.

―Yo tampoco me sorprendo. Supongo que estar casada con él no habría sido nada aburrido.

Regina cabeceó.

―Me equivoqué con él, Evangeline ―confesó apesadumbrada. Banstorn había hecho lo que creyó que ella se merecía. Había hablado con Ranfield para hacerla feliz―. Es un buen hombre.

―Escandaloso, como bien hemos dicho antes, pero uno de los mejores amigos que tendré.

Se ha echado a un lado sin presentar batalla.

Es más, está reconociendo en muchos círculos que no podía interponerse al amor verdadero y que ese fue el motivo por el que dio un paso atrás.

Incluso habla de Sullivan como un brillante hombre de negocios y lo elogia a cada paso.

―¿Ha hecho eso? ―Regina estaba atónita. Banstorn era mucho mejor de lo que supuso.

―Sí. Se lo he escuchado decir a York mientras hablaba sobre el asunto del ponche con Isobel.

Los duques van a ayudarlo socialmente. Sé que hay lugares donde me cerrarán las puertas por casarme con él.

No me importa. Quiero vivir en el campo la mayor parte del tiempo.

Esa fue nuestra idea siempre, desde que nos enamoramos.

―¡Eve! ―Se oyó un grito desde las puertas francesas.

Las hermanas vieron en la terraza a Avery y a Lawrence. Regina tragó saliva. ¿Sería su inminente esposo capaz de cumplir lo que le había prometido?

―Será mejor que entremos, Evangeline. Isobel quería servir el almuerzo a las doce en punto.