Capítulo 16 #3
―Y tu preocupación me hizo sentir protegido y por eso te buscaba siempre. Tu padre pretendía que Evangeline y yo nos casásemos. ―Regina frunció el ceño. Era el primer dato que escuchaba al respecto.
―Eso no habría sido posible porque Eve estaba enamorada del administrador de mi padre y tú y yo habíamos descubierto que jugar a besarnos era muy satisfactorio.
―Y así se lo dije a mi maldito progenitor, Regina.
―¿Por eso dejaste de venir a Snow Cottage? ¿Te prohibió que te fijases en mí?
―Mi padre ha sido toda su vida muy… vigoroso y su avena no siempre fue salvaje. Tuvo un hijo con una mujer y no se casó con ella.
―¿Tienes un hermano?
―Uno al que, gracias a mi padre, odio profundamente.
Se lo quitó a una cantante de ópera, creo recordar que era ella, o tal vez lo dejó en nuestra puerta.
Un precioso bebé que cuando llegó al mundo tenía un año menos que yo.
Se lo entregó a una excelente familia para que lo criasen, como si fuese propio.
Lo admiraba. Todo el cariño y el orgullo que yo siempre esperé de mi propio padre fue para un bastardo con el que se empeñaba siempre en compararme.
Me solía decir que tendría que fijarme en otras personas, como el hijo de su abogado, que sin su título de cortesía y con humildad había conseguido labrarse un gran futuro.
En aquel momento, cuando siempre mencionaba a mi hermano, yo no era consciente del vínculo que compartíamos.
―Tu padre no debió haber hecho eso. Tú eres un gran hombre, Lawrence.
―Y por eso me fijé en ti, Regina. Tú eras la única que me veía sin necesidad de que yo hiciese grandes gestos. ¿Cómo no iba a quererte? ―Le dio un beso en los labios que ella sintió como la cosa más maravillosa del mundo.
―No digas palabras que me den esperanza. No juegues con mis ilusiones.
―Vas a ser mi esposa, Regina. No quería traerte a mi miseria pero vas a convertirte en la condesa de Ranfield y no será porque Banstorn o incluso el duque de York, o Phenton, puedan amenazarme con un duelo.
Ella frunció el ceño.
―Lo dices como si me condenases a una vida llena de sufrimiento. ¿Cómo podría haber eso en nuestro matrimonio si sabes que te amo y comienzo a entender que nunca te fui indiferente?
―Llevas a mi hijo y todo ha cambiado. Creo que cuando me acostaba contigo, secretamente esperaba que algo así sucediese.
Tú eras mi última esperanza. En realidad no creo que haya salvación para mí, Regina.
He hecho cosas que… No las comprenderías y no quiero que nunca las averigües ―confesó con ansiedad.
―No sé cómo interpretar lo que acabas de decir.
―Te quiero para mí, Regina. Siempre lo he hecho y estás atrapada conmigo. Lo siento por eso.
Lawrence levantó la mano derecha y le acarició la mejilla. Ella le tomó la mano y se la besó.
―Te prometo que te haré feliz. Conseguiré que olvides el pasado y te ilusiones conmigo y con tu hijo ―le dijo ella, con las lágrimas brillando en su mirada. Veía a Ranfield y su corazón sentía lástima por lo que él había tenido que sufrir.
―No pretendo que hagas desaparecer las palizas, los insultos, todos los maltratos que mi padre me imponía por mi propio bien, según sus palabras. Solo confío en que me des paz, Regina.
Ella se detuvo a acariciar la marca de la mano de él. Esa que tantas veces había besado.
―Lo odio. Odio lo que te hizo y si pudiera le daría a probar su propio veneno ―dijo al tiempo que las lágrimas seguían cayendo. Él le quitó la humedad con la mano que tenía libre.
―Esta es mi marca familiar. La que da fe de que soy su hijo.
Tres generaciones la hemos tenido. Mi padre en la pierna, mi abuelo en la espalda y yo en mi mano.
No merecía ser su hijo, ya te lo confesé en el club.
¿Lo recuerdas, verdad? ―Ella asintió―. Así que una noche, se emborrachó, me acercó la mano a la lumbre de su despacho y me quemó para intentar…
No sé lo que pretendía, pero solo contribuyó a que mi odio por él y por ese bastardo perfecto al que se empeñaba en encumbrar fuese creciendo con fuerza.
―Pero tu hermano no tenía la culpa de lo que hacía tu padre.
―Sí la tenía.
―Sabes que no es así. ¿Qué pudo haber hecho tu hermano para molestarte?
―Nacer, Regina. Si mi padre no hubiese tenido más descendencia todo habría sido diferente.
―Sospecho que tu padre estaba desquiciado, Lawrence. No creo que te hubiese tratado de otro modo.
―Sí lo habría hecho, porque mientras me quemaba, me lo dijo.
Mi hermano era todo lo que yo no lograría ser y mi padre deseaba que yo hubiera muerto, o no haber tenido más descendencia porque al compararme con su otro muchacho se daba cuenta del gran fracaso que yo era.
Creo que me alegro de no terminar con mi legado, porque sospecho que ese era su plan.
Ella lo abrazó.
―Siento tanto lo que te sucedió. ¡Oh, Lawrence!, no llego a hacerme una idea del suplicio que has tenido que pasar. Deja que te ayude a olvidar. Permite que te muestre el poder del amor. Deja a tu padre muerto en su tumba y no permitas que siga gobernando tu vida.
―Lo he intentado, pero no lo consigo. Me gusta pelear, Regina, porque me permite defenderme cuando me atacan.
No soy débil como cuando él empleaba una vara o un cinturón.
Le hago daño a los que se atreven a desafiarme y me quedaba una afrenta importante que debe ser saldada.
Me juré a mí mismo que el bastardo de mi hermano no tendría lo que más deseaba.
Hasta el momento creí haberlo conseguido.
―¿Sabes quién es tu hermano?
―Sí, y tú también.
Ella frunció el ceño.
―¿Quién es?
―He visto en el salón a Avery Sullivan esta noche. Creí que él había abandonado a tu hermana tiempo atrás.
Regina lo miró con atención. Lo veía serio, entero, controlando el momento. Se separó de él. Un paso, luego otro paso. La respiración de la joven se sentía pesada. Le dolía el pecho. Se llevó una mano al corazón. Todo ello sin dejar de mirarlo.
―No… dime que no fuiste tú… Por favor, Lawrence.
―Eso es solo una de las cosas ínfimas que he hecho, querida mía. Cuando le dije a mi padre mi preferencia por ti, me dijo que era mejor que su otro hijo tuviese a la hermana más bonita, más elegante… la mejor de las Dreyer.
―Evangeline y Sullivan…
―No iba a tenerla. Eso sí estaba en mi mano negárselo. Le escribí a tu padre una preciosa carta y lo urgí a regresar. Le conté mis sospechas sobre Avery Sullivan, y Snow se ocupó de quitarle lo que yo sabía que más quería.
―¿Qué más te daba a ti la felicidad de mi hermana y Sullivan, si tú estabas dispuesto a contentarte conmigo, Lawrence? ―Ella comenzó a sollozar al comprender lo que el hombre al que amaba había hecho.
―Mi padre me convenció de que tú no eras buena para mí. ¿Lo entiendes, Regina? Él me pegaba, me insultaba, me trataba como a un sucio perro enfermo y yo solo deseaba contentarlo. Vivía esperando el día en el que se diese cuenta de que yo era mejor que Avery Sullivan, su hijo bastardo.
―¿Valió la pena, Lawrence? Destruiste a una pareja que se adoraba y que tenía que estar junta, al tiempo que me apartabas, sin vacilar un instante, de tu camino.
―Interesante ―dijo él mientras sonreía―. Solo te he confesado una cosa muy pequeña sobre mí y veo la repulsión y la censura en tus ojos. ¿Ese es el amor que me profesas, querida?
―¡Yo te amaba!
―Interesante una vez más… Hablas en pasado. ¿Qué ha cambiado, Regina?
―¿Me preguntas qué ha cambiado? Confiesas lo que hiciste sin titubear, sin mostrar arrepentimiento y, ¿esperas que yo siga embelesada?
―Te avisé, querida. No una vez. Te lo dije. Mi morada era el infierno y tú te empeñaste en venir a rescatarme. Tus deseos se han cumplido, amor. Eres mía y serás mi condesa.
―¡No! Eso no va a suceder. Yo estaba enamorada de un hombre atormentado pero bueno. Tú has perdido tu alma en el camino.
Ranfield se acercó a ella y la abrazó con fuerza. Ella trató de soltarse.
―Mía, Regina. Tú y mi hijo sois lo único que tengo.
Debiste haberme hecho caso todas las veces que te imploré que te alejases de mí, incluso te dije al principio de nuestra conversación de esta noche que harías bien en correr hacia los brazos de Banstorn.
Te quedaste y me has obligado a mostrarte una parte de mí que mantengo oculta.
Solo te desvelé un retal muy pequeño y ya estás contrariada y asustada.
Te creí cuando dijiste que no me obligarías a casarme.
Nadie puede imponer algo que no desee, incluso esta boda.
Vas a casarte porque te quiero y te necesito.
―¿Por qué? ¿Por qué cuando alcanzo mi sueño lo conviertes en cenizas? ―Ella le pegaba en el pecho con los puños cerrados. No quería llorar, pero sus mejillas eran como lagos.
―¿Habrías preferido que te ocultase la verdad?
No. Necesitaba saber la clase de mujer que iba a convertir en mi esposa.
Veo que me preferías cobarde y tímido a seguro y vengativo.
No volverás a saber nada de mis asuntos.
Viviremos en paz, en nuestra casa con nuestro hijo.
Con un poco de suerte llegarás a perdonarme, pues sospecho que el orgullo de mi padre, hablo del bastardo de mi hermano, acabará siendo el esposo de Evangeline.
Todos seremos felices, y este pequeño secreto tuyo y mío nos servirá para unirnos todavía más.
―¿Cómo sé que no eres un monstruo? ¿Cómo sabré si no le harás a nuestro hijo lo mismo que te hizo tu padre? ¿Qué me garantiza que te olvidarás de esa estúpida venganza con Sullivan?
―Tú, Regina. Tienes mi promesa de que todo irá bien mientras estés a mi lado.
No trates de huir de mí. No escapes, porque te encontraré.
Llevo demasiado tiempo resignado a no tener lo que deseo y siempre fuiste tú la que me llenó la cabeza de sueños e ilusión.
No me pidas que te deje libre, porque no va a suceder.
Ella se quedó desencajada. Dejó de luchar con él y se dejó abrazar por Lawrence.
Un hombre al que había amado y que se había ocultado muy bien tras la máscara que fabricó durante años.
Estaba segura de que él era mucho más peligroso de lo que intuía.
¡Qué ilusa! Regina se había presentado siempre ante él para ocultar su identidad y Ranfield iba a cara descubierta haciéndole creer que era una cosa muy diferente.
Ella que era inteligente. Ella que sabía siempre lo que era bueno y malo.
Ella que se vanagloriaba de arreglar los problemas de los demás… Se sentía un auténtico fracaso.
¿Qué tenía sobre sus espaldas su futuro marido?
Regina no deseaba averiguarlo y mantendría a buen recaudo su curiosidad si no quería descubrir la verdad.
No podía huir de su matrimonio y si era honesta consigo misma, jamás sería capaz de abandonar o desprenderse de Lawrence Trent, conde de Ranfield.
Que Dios la ayudase, porque todo se acababa de decidir y confiaría en su promesa.
Abrazados, con Ranfield besando la cabeza de ella, fue como el duque de York los encontró después de abrir la puerta violentamente sin avisar de su acción.
―Vestidos… también… ―señaló York pensativo―. De vosotros habría esperado algo más escandaloso. Ya sabes… porque los votos fueron anticipados. ―Miró con una ceja alzada a Ranfield.
―Mi querida lady Regina ha accedido a hacerme el honor de convertirse en mi esposa, porque sabe que la amo y que haré cualquier cosa por ella ―dijo mirando a la aludida.
―Sí, ya ves, que solo se necesitó un poco de… persuasión para que te dieses cuenta de lo afortunado que eras ―confirmó York.
―Ahora que la tengo, no pienso perderla mientras viva.
Somos uno ―apuntó, sin dejar de mirar con intensidad a Regina.
Y ella se dio cuenta de que él no estaba bromeando en absoluto.
Veía decisión en sus ojos. Y también lo que esperaba que fuese amor y no algún tipo de locura que su padre, el difunto lord Ranfield, hubiera podido poner ahí.
―Vayamos al salón y anunciemos las dos bodas.
Tu hermana y el señor Sullivan también han hecho las paces.
―York se dio la vuelta y se marchó en busca de su duquesa para ver cómo hilaban dos grandes historias de amor para que toda la alta sociedad se las creyese a pies juntillas.
Lo de Liam y Evangeline era complicado, pero por suerte él era un duque con mucho poder, rico, apuesto y muy inteligente.
Así que lo arreglaría todo como solía hacer.
Regina se tensó ante el anuncio del esposo de Isobel. Lawrence lo sintió.
―No me tengas miedo, Regina. Tienes mi promesa y no la incumpliré.
Me olvidaré de Sullivan y él no tiene por qué saber nada sobre nuestra conversación.
Tu hermana tampoco. Vivamos nuestras vidas y concentrémonos en el futuro.
Siempre me has querido y me tienes. Yo siempre te he querido y te tengo. Piensa en ello.
―No es fácil lo que pides. No es lo que habría esperado de nuestro matrimonio.
―No soy un príncipe, tal vez el villano, no te lo negaré, pero tienes el amor de un hombre que te asegura tu protección. Nadie te hará daño, querida. Pronto te haré el amor y olvidarás que en algún momento tuvimos una pequeña desavenencia.
―Espero que estés a la altura, Lawrence, porque bien sabes que no soy una mujer sumisa, fácil y dada a seguir órdenes. La vida que te dio tu padre podrías llegar a compararla con el paraíso si tratas de importunarme ―lo amenazó, obviando lo que él dijo sobre hacer el amor.
Él soltó una larga carcajada y la besó con fuerza. Ella no respondió demasiado a su muestra de afecto y posesión. Le acunó el rostro entre sus manos y la miró mostrando una gran sonrisa.
―Y por eso siempre supe que serías tú o ninguna, Regina. Ahora vayamos, muéstrate llena de felicidad y anunciemos a todos que nuestro amor es especial.
―¿Lo es? ―lo retó ella.
―¿Sigues insegura? ¿Crees que no te amo, después de lo que te he confesado? ―Negó con la cabeza―. Mataré a cualquier hombre que te mire con lujuria, que ose tocarte o que haga algo inapropiado, Regina.
―¿Entiendes que lo que dices no puedes hacerlo?
―Por tu bien espero que Banstorn se resigne y no te mire más de la cuenta, o pronto descubrirás quién es el hombre al que siempre has amado y al que le has dado la oportunidad de ser padre.
Ahí fue el momento en el que Regina supo que él no estaba bromeando. Era más que amor. Posesión insana. Y eso no podía traer nada bueno. ¡Toda la vida soñando con que él la venerase y cuando lo conseguía…!
Ciertamente, sí había que tener cuidado con lo que se deseaba.