Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

―¿Qué quieres que haga, Eve? De ti depende ahora nuestro futuro. Me replegaré a tus deseos, sean cuales sean. Te he fallado dos veces, no lo haré una tercera.

―No lo sé… no lo sé… ―repitió ella mirándolo a los ojos.

―¿Me amas?

―Nunca podré dejar de hacerlo ―confesó en un murmullo―. Ni aunque me lo propusiera podría conseguirlo. Solo estás tú.

―Te entiendo porque me sucede lo mismo. Ahora te haré la pregunta que importa, porque bien sabes que no he dejado de amarte ni de pensar en ti estos años. ¿Puedes perdonarme, Eve?

Evangeline lo examinó detenidamente. Ese que tenía ante ella, perfectamente vestido de gala, que la miraba como cuando eran más jóvenes y se habían cortejado en secreto, era Avery Sullivan.

El único que importaba. No habría nadie jamás como él.

Su corazón lo anhelaba, su cuerpo deseaba su cercanía, su mente exigía que actuase para conservarlo.

―Estoy dispuesta a intentarlo ―dijo, al tiempo que daba un paso hacia él.

Esa fue la única señal que él necesitó para correr hacia ella y estrecharla entre sus brazos, dispuesto a no dejarla marchar mientras Dios le permitiese vivir.

―Estaremos bien juntos, Evangeline, te lo prometo. Te haré la mujer más dichosa del mundo. Me tienes, con quince años me conquistaste y a tus veinte descubro a una magnífica mujer capaz de enfrentarse a cualquier problema y salir indemne. No volveré a dudar de tu valía.

Ella se apretó todavía más contra él.

―Me gusta escucharte decir eso, Avery, porque como tu futura esposa voy a pedirte que hagamos lo que hicimos en nuestros dos primeros encuentros… Nada más.

―¿Qué? ―Él no la había entendido.

―No creo que pueda dejarte tener más que caricias y besos, Avery.

No volveré a pasar por aquello, así que espero que no te gusten demasiado los niños, porque no los tendremos.

No mientras la procreación implique que tú tengas que estar dentro de mí.

―Lo escuchó reírse y ella se separó un poco para mirarlo con seriedad―. No es una broma, Avery.

―Oh, Eve. No te preocupes por eso ahora, ya habrá tiempo.

―No lo entiendes. No vas a volver a causarme daño de esa manera.

―Te juro que nunca habrá dolor, traición o… venganza. Conseguiré que sepas lo que es hacerte el amor y lo haré de un modo que te dejará llena, tranquila, relajada y pidiendo más de mí. No habrá dolor mientras yo me ocupe de ti.

Avery bajó la cabeza para encontrar los labios de Evangeline. Un beso tranquilo, lleno de promesas, de amor, de expectativas que acabarían siendo cumplidas, certificó la paz entre dos amantes que merecían, al fin, un final feliz.

Quedaba mucho por aclarar, por hacer, pero lo conseguirían, pues habían desafiado todas las normas establecidas, sociales y cósmicas, para poder estar juntos. Era su destino.

En ese instante la puerta del despacho se abrió de golpe.

―¡York! ―gritó Evangeline, después de separarse del abrazo y de dejar de besar de Sullivan.

―Uhm… vestidos… Seguís con la ropa puesta. No sé si sentirme agradecido por vuestro decoro o estafado por no poder darle un par de golpes al que intuyo que pronto se convertirá en tu esposo.

Una larga carcajada se escuchó tras las palabras del duque de York.

―¿Por qué tu risa, Avery? ―se interesó Eve.

―Porque un bastardo, el dueño de un infame club del East End, va a convertirse en parte de la familia del rico, apuesto e inteligente duque de York.

El afectado alzó una ceja.

―Sí… en una buena familia que se precie siempre debe haber una oveja negra…

En nuestro caso habrá dos. ―Se quedó pensativo y luego añadió―: Tres, si contamos a Theodore.

―Si no conseguía sacar al hijo menor de Isobel de las garras de la perversión a las que tan alegremente se había dejado arrastrar, su duquesa pediría más que explicaciones.

De acuerdo, quedaban todavía historias por delante, pero lo importante era que al menos las hermanas Dreyer estaban al borde del matrimonio.

York dejó la puerta abierta y salió al recibidor dispuesto a irrumpir en otra estancia. ¿Cómo encontraría a Regina y a Ranfield? ¿Vestidos o retozando? Gimió en alto. Tampoco era fundamental, pues esa pareja ya había pecado hasta el punto de que pronto habría un niño más en el seno familiar.

***

―¿Por qué yo, Regina?

El conde de Ranfield se había mantenido en pie desde que accedieron a la sala que les había brindado el duque para tener una charla importante. Ella estaba sentaba en el amplio sofá tapizado con flores doradas y fondo azul.

―Podría preguntarte lo mismo, Lawrence, e incluir además la cuestión de cómo descubriste mi engaño, porque sospecho que estás aquí por ese motivo.

―Dejando esos ojos a la vista, no podías pretender que no supiera quién estaba bajo ese elaborado disfraz. Vamos, Regina, nos conocemos lo suficiente como para saber que un poco de ropa atrevida, una peluca y un tono de voz bajo, no lograría que te ocultases de mí.

―Desde el primer beso, ese donde Banstorn nos separó, ya lo sabías, ¿verdad?

―Te ama. El hermano del duque está enamorado de ti y debería recomendarte que corrieses a sus brazos porque con él sufrirás mucho menos que conmigo.

―¿Tuvisteis una segunda pelea? ―preguntó adivinando la respuesta.

―Te he dicho que te ama. Supongo que no le costó hilar fino cuando descubrió… ―Su suposición se quedó suspendida en el aire.

Ese fue el momento exacto en que Regina supo que Liam W. Banstorn estaba detrás de la aparición de Ranfield en casa. ¿Cómo se sentía al respecto? No lo sabía. Pero sí era desconcertante que el hombre que pensaba que la odiaba con fuerza pese a desearla, hubiese hecho un gesto así.

―Como bien has indicado antes, Lawrence, nos conocemos demasiado. No importan los años que nos separen. Tú siempre has sido consciente de dónde estaban mis sentimientos. Lo que me inspirabas y lo que deseaba cada vez que te miraba. ¿Vas a negarlo?

―Es imposible faltar a la verdad. ―Él suspiró―. Te lo volveré a preguntar. ¿Por qué yo, Regina?

―Porque te veía furioso ya siendo un muchacho, porque sentía que me necesitabas y quería protegerte contra lo que suponía que te causaba dolor.

Él afirmó con la cabeza. Comprendía lo que le acababa de explicar.

―Nadie puede protegerme, Regina. Estoy enfadado con el mundo y odio a mi padre con intensidad a pesar de que está muerto.

Lo que hago, lo que soy… Es complicado tener una esposa y por eso no hice lo honorable cuando te despojé de tu virtud.

No pude apartarme y cada vez que viniste sucumbí.

Te vi en el club y di por supuesto que te habías descarriado.

Ibas con el hermano de York y su reputación de libertino le precede.

De haber sabido que eras inocente… Solo estaba mi deseo por ti.

Si yo era capaz de ver lo que te hacía sentir, estoy seguro de que tú también lo adivinabas.

Fueron tus ojos, Regina. Siempre han sido tus ojos.

Soy un canalla de la peor clase, porque si pudiera volver atrás, haría el amor contigo del mismo modo, y sin preguntarte si sabías cómo no concebir.

―No pienso obligarte a casarte conmigo. Intuyo que Banstorn te puso al corriente de todo.

―Sí. El duque, su hermano y un par de amigos más estuvieron cuando me volví a pelear con él.

―La opinión que debe importar es la mía. Si yo digo que no me casaré contigo porque tú no quieres, ellos no pueden obligarme.

―Lo sé, Regina. Recuerdo muy bien tu determinación.

―Él se sonrió―. La primera vez que gané a Banstorn en el ring fue muy fácil.

Esa segunda no lo vi venir. Me dijo que debía presentarme ante ti con un ramo de flores, un anillo realmente caro y debía susurrarte palabras bonitas al oído para que comprendieses que no puedo vivir sin ti, que todo el tiempo supe que te amaba y que eras la mujer de mis sueños… Fue algo de ese estilo.

Ella sonrió. Le costaba imaginar al hermano del duque diciendo algo como eso.

―¿Estás seguro de que no te pidió que rescatases al sapo de la historia?

―Oh, no. Lo escuché atentamente y sentí sus furiosos golpes. Él en verdad está de rodillas ante ti.

―Se le pasará. En cuanto una mujer abra sus piernas y recuerde que es feliz siendo libre, agradecerá que mi corazón no estuviese con él.

―¿Dónde está tu corazón, Regina?

―Creo que lo sabes, Lawrence.

―Mi hijo crece en tu interior.

―No es ninguna obligación. No te dije que estaba embarazada porque no deseaba coaccionarte. Hice lo que hice sin esperar más que lo que obtuvimos. Nunca pretendí tenderte una trampa, no te envié a mi familia para obligarte. Nunca haría algo como eso.

―Te creo, Regina. Te lo dije cuando nos veíamos en el club. No deseaba casarme. Pero tengo un heredero. Le juré en el lecho de muerte a mi padre que no me casaría.

―No te lo he preguntado, porque quería respetar tus…

asuntos, por llamarlos de alguna manera, sin embargo, no entiendo lo que pudo hacerte tu padre para que un conde, uno de tu posición y rango no pensase en el matrimonio.

Al principio creí que era porque querías más tiempo para…

¿Cómo lo llamáis vosotros? ¿Sembrar avena salvaje?

―Algo así, aunque no era mi caso.

―Lo sé. Creí que no tenías intención de atarte a una dama hasta más adelante, y a medida que hablábamos me di cuenta de que era algo mucho más profundo.

―Lo es y por eso quería mantenerte alejada.

―Dime lo que te aflige, Lawrence. ―Regina se levantó y se acercó a él para acariciarle la mejilla.

―Soy un libro abierto para ti, lo has demostrado antes. Dime tú el motivo por el que no desearía seguir con el legado familiar.

―Recuerdo que solías hacerlo todo para impresionar a tu padre.

―Desde que mi madre murió, todo fue diferente. Me culpó de la muerte de la condesa. Yo, un recién nacido acusado de asesinato… ―Suspiró.

―Era frío. No te ofrecía cariño, eso me hacía sentir enfadada porque no merecías ese trato. Cuando el anterior conde de Ranfield nos visitaba… Tuve pensamientos de rociarlo con el té hirviendo más de una vez.

Le sonrió.