Capítulo 15 #3
Más allá de sentirse burlado o engañado, de que ella no le hubiese confesado jamás su identidad ni que tuviese pensamiento de hacerlo, él necesitaba hacerle comprender que el destino siempre los uniría de un modo u otro.
Lo veía al fin. Lo sentía en su interior.
Su amor por ella nunca antes fue tan poderoso y fuerte como en esos momentos.
No calculó bien sus movimientos, pues en cuanto cruzó la puerta para encaminarse hacia ella y tuvo a York, a Banstorn, a Phenton y a Portman sobre él…
Complicado. Todo se acababa de poner de un azul oscuro que daba mucho miedo.
***
Evangeline lo había sentido en el salón incluso antes de que él entrase. Sabía que Avery Sullivan andaba cerca. No entendía cómo podía percibirlo, pero estaba sucediendo.
Lo divisó desde su posición en cuanto entró por la puerta que daba acceso a la terraza. Lo veía ir directamente hacia ella con una expresión de absoluta convicción, tan seguro de sí mismo que la asustó. ¿Por qué había venido a su fiesta de compromiso? ¿Qué pretendía?
Entonces vio a todo un pequeño regimiento dirigirse hacia Avery y cortarle el paso de un modo la mar de discreto. York y sus compinches lo llevaron sin mayor escándalo hacia la zona de salida. Su hermana Regina llegó hasta ella.
―Ve a hablar con él, Evangeline ―le dijo, al tiempo que le daba un empujón nada sutil para que se moviera.
Lo cierto era que la hermana mayor estaba demasiado impresionada como para poder reaccionar.
La intervención de Regina, quien iba tras ella como si fuese un gran refuerzo, la ayudó a despertar del momento.
Cuando llegó a la puerta principal no había nada civilizado en la acción que estaban protagonizando los implicados. Avery Sullivan forcejeaba con todos, negándose a ser expulsado del lugar.
―¡Necesito hablar con ella! ¡Soltadme! ¡Esto no es asunto vuestro! ―vociferaba el dueño del club.
―¡York! ¡Liam! ―los llamó Eve para que la atendiesen.
Los hombres pararon su intento de echarlo de la casa. El duque miró a su hermano con curiosidad, mientras que Banstorn tenía la vista fija en las dos hermanas.
―Eve, él no debería estar aquí ―le dijo Liam.
―¡No la llames así, maldita sea, tú no tienes derecho! ―estalló Avery con enfado, quien ya estaba de nuevo tratando de librarse de sus improvisados captores.
―¿Y tú sí? ¡Qué molesto eres, Avery Sullivan! ―Evangeline se colocó delante de él para desafiarlo. Lo observó sonreír complacido y frunció el ceño―: ¿Qué es tan gracioso? Tu situación es precaria.
―Lo sé, pero estoy contento porque al fin hayas reconocido nuestra proximidad, nuestra relación. La última vez que te vi te empeñaste en negarme ―señaló él con cierta satisfacción.
Ella resopló.
―Soltadlo, por favor ―pidió. Sullivan estaba cogido por Phenton y por el vizconde Portman. York había sido quien lideraba la salida, mientras que Liam estaba en la retaguardia por si él conseguía escapar del agarre de sus amigos.
Nadie movía un músculo. Evangeline colocó las manos en jarras y repiqueteó el suelo con la suela de sus preciosos escarpines de seda rosa.
―Malcom, haz lo que te dice ―Isobel llegó por detrás―. Evangeline tiene que zanjar el asunto.
―No ―se negó el hermano del duque.
―Liam, por favor… ―suplicó la mayor de las Dreyer.
―Él es peligroso para ti ―trató de razonar Banstorn.
―Lo soy ―dijo con convicción Sullivan, quien seguía cautivo―.
Por ti abrazaría al peligro, besaría a la muerte y cortejaría al mismísimo Ángel Negro.
Así de peligroso soy, Evangeline. Así es mi locura por ti.
Has hecho que mi voluntad se resquebraje y que no consiga dejarte marchar.
Dime que amas a otro hombre y desapareceré para siempre.
Hazme un gesto y seré tu fiel vasallo el resto de mis días.
Te amo… te amo… te amo, mi pequeña francesa ―repetía una y otra vez con la esperanza bailando en sus ojos.
Evangeline sintió que su interior se estremecía. Se volvió para examinar a Regina. ¿Cómo se había enterado él de su secreto? ¿Por qué, maldita sea, tenía que venir a hacer esa brillante confesión la noche de la fiesta de su compromiso?
―Te mereces ser feliz, hermana ―susurró Regina.
La mirada de Eve se volvió para buscar la de Isobel.
―Habla con él y decide entonces, hija mía.
Ahí fue cuando York hizo un gesto para que soltasen al señor Sullivan. La palabra de su duquesa era la ley.
Liam, viendo que estaba a punto de perder a la única mujer que sabía que le ofrecería un matrimonio amigable, basado en la confianza y la compañía, se acercó a Evangeline.
―Si concluyes escucharle, nuestro compromiso ha terminado.
No es cuestión de amor, solo es un asunto de lealtad.
O él o yo, Evangeline. Es una decisión simple.
―El ultimátum había sido dicho con tranquilidad, pero fue muy efectivo, tanto que ella sintió sus mejillas mojadas al comprender lo que su gran amigo le acababa de hacer elegir.
―Lo siento, Liam… ―alegó, a modo de sentida disculpa.
Banstorn no esperó nada más, giró sobre sus talones y se marchó de allí sintiendo que acababa de perder la única oportunidad para lograr una unión que no acabase siendo insostenible.
―¿Isobel? ―preguntó York esperando instrucciones de su esposa.
―Cédeles tu despacho, mi amor.
Evangeline avanzó hacia ese lugar mientras escuchaba los pasos de él tras de sí.
Entraron y él cerró la puerta.
Regina se acercó a Isobel, la abrazó con fuerza y le dio un beso en la mejilla.
―Merecen estar juntos, se aman y se pertenecen ―susurró la hermana menor de Eve.
―Lo sé ―dijo Isobel, quien miraba con intensidad a su esposo―.
Cuando has encontrado lo que llevas esperando toda tu vida, no puedes más que luchar con todas tus fuerzas para no perderlo.
―York le sonrió y asintió. Su hermano iba a estar imposible, pero con un poco de suerte, el berrinche se le pasaría cuando estuviese listo para comprender la verdad de todo el asunto.
Isobel y Regina se dieron la vuelta y se toparon con Ranfield.
―¿Podría hablar en privado con lady Regina, excelencia? ―pidió permiso Lawrence, quien acababa de llegar y no estuvo al tanto de la acción ocurrida con Sullivan.
―Mi despacho está ocupado, esposa, ¿dónde crees que debería mandar a Regina y a lord Ranfield? ¿Tal vez a su habitación?
―¡Malcom! ―lo llamó al orden Isobel―. Lo que dices es del todo inapropiado.
―Sí, ya… ―York decidió morderse la lengua―.
Supongo que la sala de recibir visitas estará bien.
Sospecho que esta noche lograré colocar a dos de mis pupilas y solo quedarán los hombres para emparejar.
Liam y Theodore no lo pondrán fácil, lo sé ―dijo con cansancio, como si supiese el tedio que le sobrevendría más adelante.
Regina le agarró la mano al conde, sin estar segura de lo que ocurría, y se lo llevó hasta donde York había sugerido.
En el recibidor se quedaron dos duques, una duquesa y un vizconde.
―York, ¿hay algo que deba saber? ―inquirió Isobel. Su esposo parecía conocer muchas cosas, en especial sobre Ranfield, y si era habitual que los nobles se conocieran entre ellos, sospechaba que el duque no había podido tener contacto con el conde porque se movían en círculos totalmente diferentes.
―¡Ah! El uso de mi título… la sutil regañina que voy a tener por no contarte algunas cosas que no son importantes, mi amor. Lo fundamental es que tus dos hijas posiblemente consigan lo que desean esta noche y el resto es superfluo. ―Ella asintió. Confiaba en su esposo.
―Regresaré a la fiesta porque al menos uno de nosotros debería guardar las apariencias. Será complicado justificar el cambio de prometido de Evangeline.
―Yo me ocuparé de todo, mi amor. Ve a divertirte un poco, yo haré de guardián y si escucho alguna cosa inapropiada intervendré de inmediato para escoltar a las parejas hasta la vicaría más próxima y hacer que se casen de una vez.
―Oh, Malcom ―Isobel se rio con ligereza hasta que se puso muy seria al comprender algunas implicaciones―.
¿Es Ranfield? ¿El sobrino lejano de mi difunto primer esposo es el que…
? ―Se calló para no desvelar demasiado sobre la situación de Regina.
York asintió. La duquesa suspiró―. Ella siempre lo había favorecido cuando venía a pasar los veranos de visita en Snow Cottage.
El difunto conde había deseado una unión entre Evangeline y Ranfield, todo el mundo en la casa solariega lo sabía, pero fue Regina la que parecía ser más afín con él.
Creo que mi hija menor también tuvo el corazón roto y no dijo nada para no preocuparnos a su hermana ni a mí.
―Negó con la cabeza―. Iré al salón y aparentaré normalidad. ―Se dio la vuelta para marcharse.
―Isobel ―la llamó Malcom. Ella se detuvo y ladeó la cabeza para mirarlo por encima de su hombro―.
Lo importante es que todo salga bien, cosa que sospecho que está a punto de suceder.
El resto solo son detalles sin importancia.
Tú sola no puedes arreglar los problemas de la familia ni aunque los hubieses conocido de antemano.
Hay cosas que deben hacerse por uno mismo.
―Conocía bien a la mujer con la que se había casado y sospechaba que ella podría fustigarse por no haberse dado cuenta de la situación de Regina.
Ella cabeceó un par de veces ante la reflexión del duque de York.
―Te amo ―le dijo a su esposo.
―Lo sé ―respondió él, lleno de orgullo.
―¡Vanidoso! ―lo acusó en tono jocoso.
Cuando la duquesa desapareció de allí, York se acercó a sus amigos que estaban un poco apartados, cerca de la puerta principal de la casa.
―¿Os quedáis o seguiréis vuestro camino?
―Creo que es un buen momento para ir a una orgía ―planteó Portman, como si fuese un plan sencillo que se hacía cada día.
York se quedó atónito. Phenton no sabía si lo que acababa de escuchar era real o no.
―¿Tú acabas de decir que quieres ir a una orgía, después de todas las veces que te quejabas y te volvías a quejar porque te llevamos una única vez a una a traición? ―Malcom se sentía estafado.
Portman agitó los hombros.
―Sí. Phenton y yo iremos a casa de tu hermano, lo secuestraremos y lo llevaremos a la fiesta privada más indecorosa que se celebre hoy en Londres. Supongo que Phenton podría tener esa información en un par de minutos.
Ambos duques se dieron cuenta de lo que subyacía bajo la propuesta del vizconde y asintieron.
―Lo único que tiene mi hermano herido es su orgullo. Llevadlo a un lugar donde pueda resarcirse y disfrutar… Considero que no será complicado hacer que os siga en vuestras travesuras. Si el señor Mason Wilson está cerca cuando le digáis lo que os proponéis, tened el buen tino de no decirlo en alto.
―¿Hablas de tu ayuda de cámara? ―Malcom asintió―. ¿Qué hace con tu hermano? ―siguió con el interrogatorio Portman.
Los dos amigos del duque conocían al señor Wilson, dado que era un sirviente de lo más peculiar que los llamaba al orden cuando involucraban a York en planes que el valet no aprobaba en absoluto.
―Como bien sospecháis, recae sobre Liam la misión de perpetuar nuestra línea de sucesión, así que mi amigo Wilson debe enderezarlo y ponerlo en el buen camino.
―Tu amigo Wilson, como lo llamas, tiene una lengua afilada, tu hermano no estará feliz ―aludió Phenton.
―Nada en absoluto. Y después del rechazo de Evangeline, él estará todavía más furioso. Debería ir con él…
―¿Pretendes venir con nosotros a una orgía? ―preguntó Portman. York lo miró con una ceja alzada.
―¿Te das cuenta de que repites mucho y alegremente una palabra que decías hasta hace poco con la máxima de las censuras, Portman?
Además, mi esposa rebanaría esa parte de mí que tanto disfruta, si decidiera hacer algo como lo que sugieres.
―Malcom podía imaginar a Isobel sosteniendo un cuchillo cerca de sus partes si él…
―Nos ocuparemos de Banstorn, tú asegúrate de que las dos muchachas que siguen encerradas con sus… pretendientes, no se hagan su propia fiesta indecente…
Malcom suspiró. Si en un tiempo prudencial no se abrían las dos puertas, él mismo las derribaría.
―Gracias ―les dijo York a sus dos amigos.
―Puedes contar con nosotros siempre. Aunque ya no seas un disoluto sin corazón como nosotros tres, te apreciamos así: dulce, sensible y lleno de amor. Y no te censuraremos porque tu duquesa te tenga comiendo de la palma de su mano ―señaló Phenton con una pequeña sonrisa antes de salir.
Portman y Phenton escucharon un gruñido nada elegante cuando la puerta se cerró a sus espaldas. Los dos procedieron a reírse ampliamente del vanidoso duque de York.
―Tal vez no deberíamos reírnos de nuestro amigo, Phenton. ¡Quién sabe si en un futuro no muy lejano nosotros estemos en una situación todavía más cómica que la de York!
―Como diría Malcom W. Banstorn, no seas ridículo, Portman.
Tú y yo parecemos destinados a no conocer la dicha conyugal y el hermano de York, después de esta decepción, sospecho que tardará en volver a proponerse, y si lo hace será porque el duque le apunte con una pistola para que cumpla con el deber que sabe que tiene que asumir.